Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) VIII
31%

VIII

Hacía solo dos días que se había publicado el bando de leva y todo el pueblo hablaba de ello.

El primero en contarlo fue el viejo de Cal Carnisser.

Como cada día desde hacía cuarenta años, había bajado a la Vila a buscar carne y víveres para venderlos luego en el pueblo, y allí se lo habían dicho.

Toda la Vila estaba conmocionada por la noticia.

¡Los muchachos de diecisiete años! Parecía que las cosas pintaban mal en la guerra y necesitaban todos los efectivos que pudieran encontrar.

¡Pero los muchachos de diecisiete años! La gente ya los llamaba la quinta del biberón.

Se rumoreaba que los enviarían enseguida al frente. Eran medidas desesperadas.

En casa, Madre recibió la noticia como si le hubiera caído una bomba encima. Ya había perdido al hijo mayor hacía un año, muerto en la guerra, y viuda como era, solo le quedaba el pequeño.

Carrau estaba en el huerto, junto a la era, cuando vio que la vecina se acercaba a Madre para contarle algo, y las dos lo miraban desde allí mientras hablaban con cara de espanto.

Entonces Madre se echó a llorar desconsolada y la vecina la abrazó, y ahora también lloraba.

Carrau pensó primero que la vecina había recibido malas noticias de su hijo, que estaba en el frente del Segre, pero cuando se acercó a ellas ya vio que la cosa no iba por ahí.

—No pueden llevárselo. Eres viuda y es el único hijo que te queda —le decía la vecina a Madre. Pero ella no atendía a razones y seguía llorando.

—¿Qué pasa, Madre? —preguntó él, cogiéndole la mano.

Ella lo miró con aquellos ojos tristes que se le habían quedado desde la muerte de su hermano. Había muerto como un valiente, le habían dicho los soldados que vinieron a darle el pésame.

—Quizá mi marido pueda hablar con aquel Coronel que conoce. Que lo tome bajo su tutela, para alguna tarea de intendencia. Y que no tenga que ir al frente a luchar.

El Vecino, por su cojera, se había librado de las levas sucesivas. Era casi el único hombre hecho y derecho que quedaba en el pueblo. Los demás habían sido alistados y se habían ido a la guerra.

Pese a las buenas intenciones de la vecina, sus palabras hicieron llorar aún más a Madre, que ahora abrazaba a Carrau con fuerza, como si no quisiera que nadie se lo arrebatara.

A la mañana siguiente, al alba, oyeron unos golpes muy fuertes en la puerta de abajo.

Madre se levantó y fue a la habitación de Carrau, que también estaba despierto.

Su cara era de una determinación total y le dijo que se escondiera.

Que el Vecino aún no habría podido hablar con el Coronel en cuestión, y que si lo cogían ahora ya no habría forma de solucionarlo.

Carrau le dijo que no quería esconderse, que él no era un cobarde.

Pero ella lo agarró con fuerza por el brazo y le dijo que no quería perderlo, ¡y que hiciera lo que le decía de una santa vez!

Así que, mientras Madre bajaba a enfrentarse a los que seguían golpeando la puerta y despertando a todo el vecindario, Carrau trepó al tejado para esconderse.

Desde allí podía oír bastante bien la conversación de la calle:

—¡Mi hijo no está! Se ha ido a la viña a trabajar bien temprano, que de algo tenemos que vivir —les decía Madre con voz decidida.

—Señora, tenemos que registrar la casa —respondían ellos, medio disculpándose.

—Mi hijo mayor ya murió en el frente —decía la mujer, como ganando tiempo para que Carrau pudiera esconderse bien—, y yo soy viuda. No me lo podéis quitar.

—Eso ya lo decidirán los de la oficina de reclutamiento, señora. Nosotros somos unos mandados y tenemos órdenes de llevarnos a todos los muchachos de diecisiete años de este pueblo. Aquí aparece en la lista.

Y entonces debió de enseñarle el bando de leva con la lista de nombres.

—¡Entrad en la casa y registradlo todo! Mirad también arriba, en el tejado —ordenó.

—¡No podéis hacer eso! —suplicaba Madre.

Al oír la orden, Carrau se estremeció, volvió a entrar en la casa por la misma ventana por la que había salido y, bajando las escaleras de dos en dos, fue a esconderse en el establo. Desde allí oyó pasos de soldados subiendo las escaleras. Y a otro que decía desde el comedor, ¡aquí no hay nadie!

Por un momento pensó que todo estaba perdido, pero entonces recordó el pozo. Cogió una cuerda gruesa e improvisó un arnés, tal como Padre le había enseñado que hacían los poceros cuando tenían que bajar.

El pozo era frío y hondo. Desde que había muerto Padre no había vuelto a bajar.

Primero descendió un tramo por la propia cadena del pozo y después ató la cuerda a la argolla de hierro que Padre había puesto unos metros más abajo, y empezó a bajar más y más, rezando para que no mirasen dentro y para que la cuerda aguantara, y luego rezando un poco más para que, si miraban, estuviera lo bastante oscuro como para que no vieran la cuerda.

Ya estaba muy abajo cuando oyó ruidos que venían del establo. Debían de estar revolviéndolo, buscándolo. Las voces de los soldados llegaban apagadas y como con eco.

Y entonces oyó la voz del que había hablado con Madre. Al principio también apagada y lejana, pero luego cada vez más cerca y más clara, como si se estuviera acercando a la boca del pozo.

Y, desde el frío de allí abajo, Carrau, atado a la cuerda gruesa con su arnés improvisado, que le pasaba por debajo de las piernas y ya empezaba a dolerle, miraba el círculo de la boca del pozo. Los dientes le castañeaban sin control y temió que desde arriba pudieran oírlo.

Y entonces vio la cara del soldado, recortada en la boca del pozo.

Y Carrau apretó los labios y contuvo el aliento, como si estuviera bajo el agua.

Y la cara del soldado se veía pequeña allí arriba.

Como al final de un tubo grueso. Y creyó verle los ojos, y que le brillaban, y que el otro también lo estaba viendo, y que lo habían atrapado, y que moriría como su hermano, como un valiente. Pero el otro solo dijo:

—¡Este pozo es muy hondo! Vámonos, que aquí no hay nadie.

Y esas palabras resonaron muy fuertes por las paredes del pozo y, antes de que acabara de decirlas, el círculo de la boca del pozo volvió a llenarse, y Carrau, helado allí abajo y ya respirando, supo que aquel día no se lo llevarían al frente.

Lunes después del Mercado, por la tarde

Carrau vuelve cansado de la Torre Grossa. De camino se le ha hecho de noche y anda deprisa porque tiene ganas de llegar a casa y cenar algo.

Por suerte, Peret le dijo que sí y el otro rabassaire también estuvo de acuerdo en ayudarlo con la viña grande.

Aun así, tenían que acabar algunos trabajos en sus trozos de viña, de manera que durante aquella semana todavía estaría solo.

Esto quería decir jornadas que empezaban mucho antes del amanecer y acababan cuando se hacía de noche.

Cuando entra en el Pueblo recuerda que Madre le había dejado una nota con un encargo por la mañana: recoger un paquete en casa de la telefonista.

Aquella mujer era también viuda y, a diferencia de su madre, tenía un interés total y absoluto en la vida de los demás y en cualquier cosa que sucediese en el Pueblo, especialmente en los cotilleos. Eso significaba que lo tendría un buen rato haciéndole el tercer grado.

Seguro que le preguntaría sobre el Amo, ¿y está muy envejecido?

Y por la Pubilla, ¡dicen que es muy guapa!

Seguro que pronto tendrá pretendientes y el Amo tendrá que elegir a uno.

Ya tiene edad de casarse y tener hijos. Y por el Vecino, su pobre mujer está muy afectada.

Y así sin parar, hasta que Carrau consiguiese deshacerse de ella con alguna excusa.

Cuando llega a casa de la telefonista, la mujer lo recibe con cara de preocupación.

—¡Ay, hijo mío! —le dice, y le coge las manos como si hubiese pasado algo muy gordo.

—¿Qué pasa, señora?

—Pues que hablaba muy, muy alto. Y todo en ese idioma que nadie entiende. Pero por el tono, yo, que estoy acostumbrada a escuchar las conversaciones, ya me he olido que no era nada bueno. Al contrario, ¡que era algo muy malo!

La telefonista era la encargada de conectar las llamadas desde la centralita que tenía en el comedor.

Y allí tenía un teléfono por el cual le comunicaba al que llamaba que lo pasaba con el receptor.

Y todo el mundo en el Pueblo sabía que la mayoría de las veces se quedaba escuchando.

El que llamaba estaba dentro de una especie de confesionario que tenían en otra habitación y que daba una falsa sensación de privacidad.

Tal como estaban las cosas, hubiese sido lo mismo si hubiese hablado desde el teléfono del comedor, con la telefonista allí delante tomando apuntes.

—¿De quién habla, señora?

—Pues del nuevo Capataz del Amo. Hablaba con alguien en aquel idioma suyo que nadie puede entender.

Me puse a escuchar en cuanto lo oí gritar y no he podido oír quién era el otro.

Si era hombre o mujer. Solo que lo debía de entender, claro.

Pero no era una llamada internacional, no.

La chica de la Telefónica no me lo ha dicho cuando me ha pasado la llamada.

Él llevaba ya cinco minutos esperando, muy serio.

Es muy rubio y un auténtico armario. Con una mirada que da miedo.

No quiso ni un café. Se ve que ya debía de haber salido enfadado de su casa.

Carrau pone cara de no entender qué tiene que ver todo eso con él. Y entonces la telefonista, intuyendo que no está entendiendo nada, le explica:

—Y en medio de los gritos, el Capataz ha dicho tu nombre.

—¿Mi nombre? —responde Carrau, sorprendido—. ¿Está segura?

—Pues claro que sí. Lo ha dicho arrastrando mucho las erres, Karrrau, pero estoy segura de que era tu nombre. Y en un tono que no era de buenos amigos. Ten cuidado, hijo mío.

Y vuelve a cogerle las manos a Carrau, como si le estuviera dando el pésame por adelantado, mientras sigue hablando sin parar.