Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) VII
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VII

Mercado de la Vila

Carrau ha bajado a la Vila en carro para hablar con dos payeses que sabe que estarán allí y con los que le gustaría contar para que lo ayuden en la Torre Grossa.

Uno de ellos atiende una viña pequeña y el otro cuida el terreno familiar cuando termina el trabajo que tiene en una bodega del pueblo.

Son dos buenos elementos, trabajadores y serios, y piensa que quizá estén interesados en trabajar la viña más grande del Amo.

Además de esas cavilaciones, durante el lento trayecto sentado en el carro, mientras la mula iba haciendo camino por la senda pedregosa, no ha podido quitarse de la cabeza la nota del Vecino y las palabras del Amo: «Nadie lo sabía, pero jugaba mucho.

Era su maldición». Uno de sus amigos de infancia trabaja ahora en el Casino, en la Vila.

Si alguien sabe algo del juego, tiene que ser él. Quizá pueda aclararle algo.

Después de dejar el carro en el descampado, a la entrada de la carretera de Barcelona, se dirige hacia la Plaza de la Vila.

Como es día de mercado, hay una buena hilera de carros.

La mula se queda tranquila, pastando, atada junto a un árbol.

Le da una moneda a un chiquillo que vigila los animales para que se encargue de ella.

La Vila está llena de gente que va y viene. Los pocos que conoce son todos del pueblo. Saluda a uno cuando pasa por la calle de Sant Joan, camino de la plaza. Le pregunta por su madre y por el trabajo.

Y, cada vez que se cruza con alguna muchacha, Carrau no puede evitar pensar en la Pubilla. Sin querer se lleva la mano a la herida de guerra bajo la oreja.

El mercado está a rebosar. Los olores de cada puesto se mezclan con los gritos de los vendedores para atraer a la gente.

«Reina, ¡tengo fresas del Maresme!»

«Guisantes, frescos y dulces».

A Carrau aquel bullicio le molesta mucho, de modo que decide buscar primero a su amigo del Casino y hablar después con los dos rabassaires.

Así que se dirige hacia la Rambla, abriéndose paso como puede entre la gente que se amontona en los puestos de ropa.

Delante del Casino, bajo los toldos, ve gente acomodada que toma el vermut o se bebe un café.

Unos niños juegan al escondite, traviesos, entre las mesas.

Hay unos cuantos camareros que van de un lado a otro, atareados, sirviendo las muchas mesas.

Su amigo está en la puerta del local y parece supervisarlo todo. Lo localiza enseguida y le hace un gesto con la mano para que se acerque.

—¡Carrau! ¿Qué haces por aquí? ¿De mercado? —el palillo que lleva en la boca se le mueve al hablar. El lápiz para apuntar lo lleva afilado detrás de la oreja y también lleva un monedero de cuero atado al cinturón. Siempre ha sido un poco tarambana, pero es buena persona.

—Sí, hombre. Está todo lleno de gente.

—¿Quieres beber algo? Invita la casa —le dice su amigo, como si fuera el dueño del Casino.

Carrau le dice que no con la cabeza, y se quedan los dos junto a la puerta, mirando las mesas y a los camareros, que no dan abasto.

Uno de los clientes mira a su amigo y le hace el gesto de pedir la cuenta.

El amigo se acerca y le cobra. Luego vuelve a la puerta, entra un momento en el Casino y deja la propina, que cae con un tintineo, en un tarro junto a la caja.

Carrau lo ha seguido con la mirada desde la puerta.

Cuando vuelve a su lado, su amigo le dice:

—Ya me han dicho que el Amo te ha dado la Torre Grossa en rabassa para que la lleves. ¡Enhorabuena!

—Gracias. He bajado a la Vila para hablar con Peret de Can Sogues, a ver si le interesa trabajar conmigo.

—Hace un rato he visto a Peret. Estará en el puesto de su madre. Lo tienen en la Plaza de la Verdura. Es muy trabajador, harás buen negocio si acepta.

—Luego me paso por allí.

Entonces Carrau siente que se le hace un nudo en la garganta. Por fin se atreve a decirlo:

—Oye, ¿te has enterado de lo del Vecino?

A su amigo se le cambia la cara:

—Una desgracia. ¿Cómo está su mujer?

—Ya te lo puedes imaginar —dice Carrau. No sabe bien cómo sacar el tema de la nota, y mientras piensa cómo hacerlo, el otro se le adelanta, bajando la voz.

—Jugaba mucho. Y también apostaba. Dicen que en una carrera del Velódromo el mes pasado lo perdió casi todo.

Carrau no sabe muy bien qué decir, pero ahora el otro ya habla solo.

—Y con el patrón del Casino también tenía muchas deudas. Hasta hace una semana.

—¿Qué quieres decir? —acierta a preguntarle Carrau.

—Hace una semana vino el nuevo Capataz de la Bodega y le pagó todas las deudas. Contante y sonante. El patrón quedó tan contento que lo invitó a un licor de hierbas alemán, porque parece que ese señor es de por aquellas tierras.

En ese momento, otro cliente pide la cuenta y su amigo se dirige hacia la mesa para cobrar de nuevo.

Carrau lo mira sin saber qué pensar de todo aquello. ¿El Capataz? Nota cómo la sangre le sube a la cabeza. ¿Qué hacía el Capataz metiéndose en las deudas del Vecino?