Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) VI
23%

VI

Piensa que, si elige bien a los otros, quizá con cuatro podrían sacarla adelante. Irán desbordados, eso sí. Y cuando toque vendimiar seguro que harán falta diez jornaleros más.

Camina entre las cepas mientras le da vueltas a todo eso. Toca con cuidado los pámpanos verdes, mirando si ya les hace falta una pasada de azufre.

Cuando está a la altura de la higuera, ella detiene el caballo. Tiene las mejillas encendidas y lleva la misma camisa blanca y el chaleco negro del otro día. El caballo relincha por el esfuerzo.

—Buenos días —le sonríe desde lo alto.

—Buenos días, señorita —responde Carrau. Mira el botijo que está fresco bajo la higuera y, sin pensarlo, lo señala—. Si quiere refrescarse.

Ella baja del caballo y lo ata a la higuera. Coge el botijo que él le ofrece y bebe un buen trago de agua.

—¡Sí que está fría! Hasta da dolor de cabeza —lo dice riendo, y al reír entorna un poco los ojos, igual que cuando era una niña, piensa Carrau.

—Es del pozo de casa. Es tan hondo que el agua sale helada. Lo hizo Padre.

Ella lo mira con curiosidad. Están los dos bajo la sombra de la higuera.

Entonces se le acerca más, mucho más, y, llevando la mano hacia su cara, le roza con delicadeza la cicatriz bajo la oreja.

Él se queda muy quieto. Como cuando alguien acaricia a un gato.

El corazón le late con fuerza mientras una descarga eléctrica le recorre la espalda y se le pone la piel de gallina.

—¿Te dolió mucho? Cuando los del pueblo nos lo dijeron, la nodriza pensaba que seguro que te morirías —le pregunta ella con dulzura.

Él parece reaccionar, traga saliva y le dice:

—En el instante de la explosión fue como si el tiempo se detuviera y se hiciera de día de golpe. Por un momento fue como si volara.

Ella sigue mirándolo, ahora fascinada por la explicación.

—Después estuve muchas semanas sin oír nada. Solo un silbido agudo. En la cama, allí, en el hospital militar. Siempre con un mareo enorme. Todo me daba vueltas.

—Y… ¿ahora? —se atreve a preguntar ella. Siguen estando muy cerca y él parece haber quedado atrapado en los ojos de ella, tan negros.

—Por esta oreja no oigo nada —murmura él.

Ella baja la mirada, como avergonzada de haberle preguntado.

—Pero por la otra oigo mucho mejor —dice él con jovialidad, intuyéndolo, para que vea que no pasa nada.

Ella alza los ojos y lo mira de nuevo. Y se quedan unos segundos sin decirse nada, allí, bajo la sombra de la higuera. En medio de la Torre Grossa. Bajo la masía del Amo.

Y entonces ella se gira, desata el caballo y sujeta las riendas. Agarra la silla y, poniendo un pie en el estribo, lo monta con agilidad. Desde lo alto le dice:

—Tengo que irme. Me ha gustado hablar contigo.

Y, dando un golpe con los talones, el corcel arranca al trote y él la ve marcharse, camino arriba, sobre su caballo negro.