Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) V
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Con estos pensamientos en la cabeza, prosigue su corto trayecto por el camino que bordea el mar y que asciende hacia el acantilado y de allí baja a la pedrera. El olor a sal y el murmullo del mar se mezclan con el aroma del romero y el crujido de sus pasos sobre la tierra seca.

—¡Carrau! —le llama el Maestro desde la boca de la galería grande y le hace una señal con la mano.

El Gran apresura el paso.

—Dígame, Maestro.

Por respeto se ha quitado el sombrero que lleva. Es un sombrero ancho, de tela, con una forma un poco triangular. Le va bien para protegerse del sol.

El Maestro es de complexión robusta y mucho más bajo que él.

Lleva una gorra plana con visera corta y rígida.

La misma que llevan la mayoría de los picapedreros que pasan a su lado, atareados.

Los que tienen que acarrear peso todo el día, llevan faja y van empapados de sudor. La mayoría lleva también chaleco.

—Carrau. Aparta unas cuantas piezas blancas de las mejores que tengas, que quizá hoy tengamos visita.

El Maestro es francés y su catalán tiene un acento cerrado, de allá arriba.

Cuando pronuncia el sobrenombre con el que nombra al Gran, lo hace directamente en francés «Carreau».

Al principio, al Gran le sorprendió que lo llamara así, pero otro picapedrero de fino, que también es francés como el Maestro, le contó que en realidad era un honor.

Que en francés quería decir piedra cuadrada en forma de bloque o baldosa y que, cuando estaban en la pedrera de Comblanchien, el Maestro llamaba así a su mejor picador.

El Maestro solo parece pensar en términos de piedras, como el Gran. Los dos sueñan con piedras.

—¿Visita? —le pregunta el Gran, mientras caminan juntos hacia el fondo de la galería, donde tiene las últimas piezas que ha pulido.

El Maestro sonríe, satisfecho.

—Sí, quizá incluso vendrá Él mismo, en persona —los ojos le brillan cuando lo dice, en la penumbra de la galería.

—¿El Amo? ¿El Señor Güell? —responde el Gran.

El Maestro suelta una carcajada que resuena en la cavidad que los envuelve. Está siempre de buen humor, menos cuando no.

—Él. ¡Gaudí en persona!

Al oír eso, el Gran nota que el corazón le da un salto y apresura el paso hacia la zona donde tiene las piedras.

El Maestro se ha quedado a medio camino hablando con otro picador.

Dos picapedreros rompedores trabajan en la pared del fondo, picando fuerte.

El Gran los saluda entre el ruido y el polvo, mientras separa unas cuantas piezas acabadas de entre las mejores que tienen.

Después las lleva fuera una a una, ya que son muy grandes y pesadas.

Bajo el sol de la plaza se podrá apreciar mejor la blancura característica de aquella nueva veta. Y el acabado.

Cuando las ha llevado todas, vuelve dentro de la galería y se pone a pulir una de las piedras que le trajeron ayer.

Sentado en otra piedra, el nerviosismo que ha sentido hace unos instantes, cuando el Maestro le ha anunciado la posible visita, empieza a desvanecerse mientras se sumerge más y más en la pieza que tiene delante. El suyo es un trabajo de precisión.

Trabaja casi como lo haría un escultor. El ruido a su alrededor parece desaparecer mientras sus manos operan de manera experta sobre la piedra con el pequeño cincel. Un cirujano que va haciendo pequeños cortes sobre la piel de la piedra, procurando no hacerle daño. Tec-tec-tec.

Como cada día, la mañana se le pasa sin darse cuenta y de pronto oye gritos fuera y cierta conmoción.

Se levanta de donde está y sale de la galería.

Tiene las piernas medio dormidas. La luz del sol lo ciega y se cala el sombrero.

Justo está entrando en la plaza un carruaje flamante, tirado por caballos de los buenos. ¡Parece que las visitas han llegado!

El carruaje se detiene en mitad de la pedrera y a su alrededor empieza a formarse un corro, al que se van acercando más y más peones y picapedreros, que salen de las galerías para ver al recién llegado. Todo el trabajo se detiene.

El Gran lo observa desde atrás, aprovechando su altura.

La puerta se abre y del carruaje bajan dos Señores.

El Gran no tiene dudas de quién es Gaudí, porque todas las miradas se vuelven hacia él y algunos, desde atrás, murmuran «Mira, es Gaudí».

Camina muy erguido y viste un traje oscuro.

A diferencia del que lo acompaña, que va muy arreglado, Gaudí lleva el pelo castaño y ondulado, peinado de forma desordenada.

Los dos llevan barba, pero la de Gaudí ya tiene algunos tonos grises, sus facciones son más fuertes, tiene una buena nariz, y lo mira todo con gran intensidad.

Ahora el Maestro se acerca y le estrecha la mano, saludando en francés a Gaudí y a su ayudante.

El ayudante se mantiene en un segundo plano mientras el arquitecto habla con el que lleva la pedrera. Parece que ya se conocían.

El Gran entiende algunas palabras de francés, pero no cuando lo hablan deprisa, como lo hacen ahora.

El Maestro debe de estar explicándole la voladura que han hecho esta mañana y la disposición de las galerías, porque las va señalando con la mano mientras el corro se abre para dejarles paso y que puedan verlo todo bien.

Gaudí no deja de hacer preguntas y de señalar aquí y allá.

El Maestro parece responder como puede a la avalancha de cuestiones.

Entonces el Gran se estremece al ver que se dirigen hacia las piezas blancas que ha dispuesto hace unas horas.

Se acercan todos y el Maestro se las muestra a Gaudí.

Él apoya una rodilla en el suelo, sin importarle que se le manche el pantalón.

Pasa la mano por una de las piedras, acariciándola y mirándola con intensidad.

Lo oye decir: «Ils sont d'une blancheur très belle».

Entonces Gaudí le pide algo al Maestro y este se queda como atónito. Pero reacciona enseguida y, mirando hacia donde asoma la cabeza del Gran, grita:

—¡Carrau! Trae de dentro una de las más blancas. Una que tengamos a medio hacer.

Al instante, el Gran echa a correr hacia la boca de la galería mientras Gaudí lo sigue con la mirada, sonriendo.

Llega resoplando donde ha estado trabajando toda la mañana y agarra la piedra que tiene a medio pulir.

Aún distingue la zona que ha estado trabajando hace un rato.

La saca afuera tan rápido como puede. Cuando sale de la galería, todos se han acercado a la boca y lo están esperando, como si fueran el público de una función.

Gaudí lo mira con atención. Sus ojos son de un azul grisáceo y ahora parecen querer atravesar la piedra, que luce bien blanca bajo el sol de la plaza.

El Maestro le dice:

—Carrau, pule un poco más la pieza, para que la vea el señor Gaudí.

Se hace un silencio sepulcral y la tensión los envuelve.

El Gran asiente y se sienta en una de las otras piedras, deja el sombrero en el suelo, saca del bolsillo del chaleco el pequeño cincel que siempre lleva encima, y el metal brilla afilado bajo el sol, y él empieza a trabajar la piedra con destreza.

Tec-tec-tec. No se oye nada más, solo el Tec-tec-tec que resuena, solitario, en la plaza.

Y aunque todos lo miran, expectantes, el Gran se concentra tanto en el trabajo que, otra vez, todo parece desvanecerse a su alrededor.

Es solo él, el pequeño cincel y la piedra blanca bajo el sol, al lado de la inmensa pared calcárea. Tec-tec-tec.

Cuando lleva un rato, parece despertar como de un sueño y levanta la vista, casi con timidez. Gaudí lo está mirando, fascinado. Entonces le dice:

—Esta piedra blanca irá a la Fachada del Nacimiento.

Y al hablar sonríe, y su voz suena emocionada, y mira al Gran con los ojos azules como si ya fuese su aprendiz, como si lo conociera de toda la vida.

Se acerca, vuelve a apoyar en el suelo la rodilla ya sucia y acaricia la hermosa piedra con la mano.

Los cortes que el Gran acaba de hacer, heridas precisas en la piedra blanquísima. Y, mirándolo fijamente, le dice:

—Carrau, tenemos que hacer una Fachada que hable por sí sola, llena de significado y de belleza.

Y entonces se levanta, satisfecho, y dirigiéndose a toda la concurrencia que los rodea, concluye con voz potente:

—¡Que nadie pueda ya nunca detener la construcción, ni aunque esta se alargue más de cien años!