IV
Mientras vuelve al pueblo, no puede sacarse de la cabeza la imagen de la Pubilla alejándose a caballo. Cuando pasa por la bajada estrecha que da a su casa, una vecina, sentada a coser en la puerta de una de las casas, le pregunta:
—¿De dónde vienes tan bien vestido? ¿Ya has hablado con el inspector? Te estaba buscando.
Él la mira, sorprendido.
—¿Qué inspector?
—Los de la aseguradora lo han enviado de Barcelona. Por el fuego. Se ve que ha ido primero a la Destilería, a ver cómo había quedado, y después ha venido al pueblo para hablar con quien hubiese visto algo. Es un señor muy serio. Parece de la policía.
Carrau se revuelve, un poco inquieto.
—Algunos vecinos le han hablado de ti. Ahora debe de estar en tu casa, con tu madre.
Carrau da las gracias a la vecina y aprieta el paso hacia su casa. Madre ya es mayor y no le convienen ni sustos ni interrogatorios.
Cuando llega a casa, los encuentra en el comedor. Madre le ha servido un vaso de vino y están los dos sentados a la mesa. El sombrero negro del inspector reposa al lado de un cuaderno lleno de notas. Sobre la silla tiene el maletín.
—Hijo, este señor es un inspector de Barcelona. Ha venido por el fuego de la Destilería —le explica Madre, a la que se ve muy tranquila.
El inspector se levanta y le da la mano formalmente a Carrau.
—Buenos días.
Va vestido con una americana de lana oscura, camisa azul y corbata. Lleva el cabello muy bien peinado y, mientras habla, primero se toca el fino bigote negro y luego se coloca bien las gafas de montura metálica fina.
—Buenos días. ¿En qué le podemos ayudar?
El inspector vuelve a sentarse a la mesa y le hace un gesto a Carrau para que se siente en una de las sillas libres.
—Aquí, su madre, muy amablemente, me ha explicado que usted vio el fuego mientras ardía la Destilería. Otros vecinos ya me lo habían comentado.
Carrau se mantiene de pie.
—Sí, señor. Cuando vi el fuego, ya no se podía hacer nada. Con las vigas de madera, las barricas y el licor, aquello era un infierno.
—Sí, está claro, está claro —murmura el inspector, revisando sus notas—. ¿Y cómo cree que se pudo iniciar un incendio de tal magnitud?
—No lo sé, pero supongo que por eso tenían la balsa al lado, porque podía pasar.
—Ciertamente —dice el inspector—, pero en este caso la balsa no sirvió de nada.
Carrau sigue allí de pie, como para no alargar demasiado la conversación. Entonces Madre se levanta y le dice al inspector:
—¿Se quedará a comer?
El inspector sonríe, claramente agradecido.
—No, señora, muchas gracias. Cuando acabe las entrevistas volveré a Barcelona para redactar el informe preliminar.
—Pues si no le parece mal, yo iré a la cocina a acabar de preparar la comida, mientras termina de hablar con mi hijo.
—Claro, señora. Muchas gracias por su paciencia.
Cuando Madre ha salido del pequeño comedor, el rostro del inspector parece endurecerse. Cierra un poco los ojos y le pregunta:
—¿Vio algo extraño en el incendio?
—No, ¿qué quiere decir con extraño? Yo estaba en la viña de al lado y tuve que correr para no morir quemado, tal era la virulencia del fuego. Ha sido una desgracia para el Amo, justo hace un momento lo comentábamos.
—Bien, una desgracia relativa, si me lo permite —contesta el inspector ajustándose las gafas de manera instintiva.
—No entiendo qué quiere decir, señor.
—La Destilería era totalmente deficitaria, y estaba arrastrando al resto del negocio a la ruina. Pero, por otro lado, estaba muy bien asegurada. Así que este incendio se podría calificar, incluso, como un golpe de suerte para la propiedad.
El inspector mira a Carrau con ojos expertos y puede ver que su sorpresa es genuina.
—No sabía nada de todo esto.
El inspector aprovecha el momento de desconcierto de Carrau para preguntarle:
—¿Y qué me puede decir del encargado de la Bodega? Usted fue el primero en encontrar la nota de suicidio. ¿Qué decía?
Es la segunda vez ese día que le preguntan por aquella maldita nota.
—Hablaba del juego. Decía que lo había matado el juego, o algo similar. La nota la tienen los guardias civiles que vinieron a casa del Vecino.
El inspector se queda un rato sin decir nada, como pensando en el contenido de la nota.
Cuando habla, sus palabras parecen helar la sangre a Carrau:
—¿Y no le parece cuando menos curioso que, al día siguiente de un incendio tan devastador, aparezca colgado nada menos que el encargado de la propiedad?