III #2
Se levanta y sin siquiera mirar al recién llegado, pasa por su lado y sale del baluarte con paso firme, por la puerta de la hiedra.
—¿Quieres tomar algo? —le pregunta el Amo, señalando hacia el vermut.
—Solo bebo agua, señor.
—Ah, debe de ser por aquello de tu padre. Abstemio. Haces bien —contesta el Amo.
Apura lo que le quedaba de vermut y se levanta de la silla. De dentro de la masía sale la masovera, para recoger la mesa.
Parece que con su salida, el Capataz se ha llevado también la mala sombra, pues ahora el Amo sonríe y le dice a Carrau:
—Acompáñame a los establos.
Al Amo le gustan mucho los caballos, y tiene unos cuantos purasangres. No los pone a competir, pero a menudo se lo puede ver entre las viñas, cabalgando a lomos de uno de sus corceles negros.
Los establos están más allá del bosque, detrás de la casa grande, así que salen del baluarte y se dirigen hacia allí.
Carrau nota al Amo mucho más envejecido desde la última vez que hablaron.
Caminan los dos en silencio. Desde allí arriba se ve una parte de las tierras del Amo y también la Bodega, donde hacen todo el vino.
—Me han dicho que viste el fuego que quemó la Destilería —le dice con voz grave el Amo.
—Sí, señor. Cuando lo vi ya no se podía hacer nada. Ardía sin parar y habrían hecho falta muchos hombres, con el agua de la balsa, para apagarlo a tiempo.
—Una gran desgracia. La construyó mi bisabuelo y fue el primer lugar donde la familia hizo vino. Ahora solo la teníamos para el brandy. Además del edificio, hemos perdido toda la producción de licor. Una gran desgracia.
Resopla ligeramente mientras habla y parece como si le cayeran diez o doce años más encima. Le perlan gotas de sudor en la frente, que ahora se seca con un pañuelo que lleva bordadas sus iniciales, como todo en la Finca.
—Lo siento, señor —acierta a decir Carrau.
—Y tú también fuiste quien descolgó a mi encargado.
El Amo se detiene y lo mira fijamente. Carrau cree ver en su mirada los ojos de la muerte, como aquella noche de luna llena. Es un instante que parece no acabar nunca.
—Me han dicho que dejó una nota. ¿Qué decía? —le pregunta sin dejar de escrutarlo intensamente.
—Algo acerca del juego, señor. La nota se la llevaron los de la Guardia Civil.
—Nadie lo sabía, pero jugaba mucho. Alguna vez incluso tuve que prestarle dinero. Era su maldición, y al final ha podido con él. Nunca volveré a tener un encargado mejor —suspira el Amo.
Caminan un rato más, en silencio. La sombra del bosquecillo les refresca un poco y ahora el Amo no suda.
—Dicen que las desgracias nunca vienen solas —reflexiona en voz alta, mientras mira las viñas que se extienden como un mar verde, colina allá.
—Esta viña también la plantó mi bisabuelo, fue la primera —lo dice señalando con la mano extendida la viña grande de la Finca, como si quisiera abarcarla desde allí.
—La Torre Grossa, señor —responde Carrau inmediatamente, admirando también la viña en toda su extensión. Le brillan los ojos.
—Me han dicho que trabajas mucho y muy bien. Que eres incansable.
Carrau medio sonríe por el halago imprevisto y no dice nada.
—Me gustaría que la llevaras tú, la Torre Grossa. En rabassa muerta —le dice el Amo, que ahora lo vuelve a mirar a los ojos.
Ya casi no se hacen contratos en rabassa muerta. Que el Amo le ofrezca uno, y además para su mejor viña, es un gran honor y una gran responsabilidad. También para Carrau tendría una importante repercusión económica. Madre no tendría que sufrir más.
—Señor, Vos me honráis. Es vuestra mejor viña.
—Por eso mismo. Soy una persona a la que le gusta pagar siempre sus deudas, y a ti te debo la vida. Además, eres mi mejor rabassaire.
El Amo le da una palmada paternal en la espalda y reanuda el paso. Continúan caminando los dos en silencio hasta la puerta de los establos.
—Mi nuevo Capataz te traerá los papeles para firmar la semana que viene.
El Amo le extiende la mano y Carrau se la estrecha, con lo que el acuerdo queda cerrado.
Desde el establo llega el relincho de uno de los caballos. Un mozo de cuadra aparece llevando un gran purasangre, negro como la noche. El semblante del Amo se ilumina cuando ve a la muchacha que sale del establo tras el caballo.
—¡Ah, veo que lo has encontrado! —dice hechizado—. Es mi mejor ejemplar.
Mientras su padre le dice eso, ella mira a Carrau.
Él siente que el corazón se le estremece.
Va vestida con una camisa blanca de cuello alto y un chaleco ajustado de color negro, como el caballo.
Lleva unos pantalones bombachos y las botas altas de montar.
El cabello, también negro, lo lleva recogido.
Se acerca entonces a su padre y por toda respuesta le da un beso en la mejilla, sonriendo.
Mientras se pone los guantes de montar, vuelve a mirar a Carrau, que la ha reconocido de inmediato, aunque hacía muchos años que no la veía. Entonces monta grácilmente el caballo que el mozo le sujeta, y cuando este le pasa las riendas, con un golpe de espuela se marcha al galope.
Los dos se quedan allí clavados, admirando a la amazona.
—Llegó la semana pasada del norte de Suiza —le dice el Amo mientras sigue, embelesado, la figura de su hija a caballo, alejándose galopando por el camino—. Ha terminado sus estudios de finanzas en la universidad de allí. ¡La primera de la familia con estudios!