III
Ha llegado a la viña andando, al alba. Durante todo el camino, acompañado por el olor húmedo del rocío, no ha podido sacarse de la cabeza la imagen del Vecino.
Todavía parece verlo allí. En la penumbra de la cuadra. Inmóvil junto al mulo inquieto. Iluminado por el mismo sol que ahora mira de reojo la viña y empieza a bañarla.
En medio del silencio de la madrugada, se cuelga la mochila sulfatadora y empieza a recorrer las hileras de cepas, todavía medio a oscuras. Solo algunos pájaros perturban el chic-chac suave y los resoplidos del azufre al salir.
El olor a infierno lo envuelve y lo vuelve a llevar al fuego.
Y, por momentos, le parece que todo se volverá a encender.
Pero no pasa nada. Solo los fsss y el chic-chac rítmico del pulverizador.
Y aquí y allá, la fragancia de las hojas frescas y las flores que empiezan a salir reina suavemente para, acto seguido, ser batida irremisiblemente por la agresividad del azufre.
También piensa en la nota. Hay algo que parece fuera de lugar en ese escrito.
No se puede imaginar al Vecino escribiéndola.
Quizá momentos antes de ponerse la gruesa cuerda al cuello, o el día anterior, cuando pensaba en hacerlo, en acabarlo todo.
¿En encenderlo todo? ¿Quizá la escribió al volver cojeando del incendio de la Destilería?
¿En la desesperación de aquel que lo ha perdido todo?
Con estos pensamientos, Carrau hace pasadas por la viña, sulfatando pacientemente cada cepa, en silencio, durante horas.
El sol ya está bastante alto cuando oye un rugido profundo que eclipsa el zumbido del pulverizador. Carrau se detiene y mira hacia el camino que conduce a la viña. Reconoce la silueta de una moto de gran cilindrada que se acerca, levantando una gran polvareda tras de sí.
Carrau se saca la mochila y la deja apoyada en una cepa.
Entonces va hacia donde tiene el zurrón con el Papitu, la fiambrera y el trozo de madera que hace días que trabaja.
Cuando la moto llega a la viña, lo encuentra sentado en la piedra grande, dando forma, corte a corte, al pequeño trozo de madera con el cuchillo afilado, como quien no quiere la cosa.
Carrau mira al recién llegado, que ha parado la moto con el motor aún en marcha, a pocos metros de él. La moto es alemana, una BMW de gran cilindrada. Aunque es grande, parece pequeña en comparación con el hombre que la lleva. Un inmenso gigante rubio que lo observa con curiosidad desde lo alto.
—Buenos días —le grita el gigante por encima del rugido de la moto. Tiene un acento muy fuerte y denso. Lleva el pelo rapado casi al cero.
—Buenos días y buena hora, jefe —le contesta Carrau, levantando la cabeza de la pieza de madera, sin moverse de la piedra.
El gigante mira fijamente el cuchillo resplandeciente que Carrau tiene en la mano. Detiene la moto y se hace el silencio entre ellos. Carrau va haciendo pequeños cortes precisos en la madera con el Papitu, dándole forma aquí y allá.
—Vengo de parte del Amo —le dice el gigante germánico. Cuando habla, hace las erres muy fuertes y cada frase parece, en realidad, una orden.
Por toda respuesta, Carrau, que se ha tensado un poco, deja de tallar y lo mira fijamente. Está seguro de que habla con un militar.
—Quiere hablar contigo. Esta tarde. En la Finca. Alles klar?
—Entendido, jefe —le contesta Carrau y vuelve a su trabajo con el cuchillo.
El gigante enciende de nuevo la moto y sin decir nada más gira y se va por donde ha venido, la polvareda siguiéndole por el camino.
Aquel día termina antes en la viña. Cuando llega a casa, se da un lavado de gato y se pone la ropa de domingo. Madre se queda mirándolo desde fuera del baño mientras Carrau se peina y se echa colonia.
—El Amo quiere verme.
Madre no dice nada, solo lo mira, reflejado en el espejo del baño. Tan guapo, con los ojos del Grande.
De camino a la Finca, arranca un tallo de hinojo y se lo pone en la boca. El gusto dulce y anisado le llena el paladar mientras camina feliz entre los campos repletos de amapolas.
No sabe por qué, pero entonces le vienen a la cabeza los hechos de aquel atardecer de luna llena, al principio de la guerra, cuando todavía era un niño.
Él estaba jugando a canicas al lado de la puerta que daba a la era, bajo la luz de carburo, cuando uno de sus amigos vino a buscarlo.
¡Habían prendido al Amo! ¿Quién? Pues quién había de ser, los milicianos.
Le preguntó a su amigo si era el pelotón de su primo, pero él no lo sabía.
Solo le habían dicho que lo habían prendido.
Quizá lo llevarían a la checa que había en la Vila.
O quizá le pegarían un tiro y lo dejarían tirado en la cuneta.
Y alguien lo encontraría allí muerto, como encontraron al cura del pueblo de al lado.
¿Cómo quieres que lo maten? Dijo él. Si es el Amo.
Pues justo por eso, le contestó el otro.
Y él pensó en la hija del Amo. En la Pubilla.
Y la vio llorando desconsolada por la muerte de su padre.
Y no lo pudo soportar, y arrancó a correr hacia la Finca, dejando atrás los gritos de su amigo. ¿Pero adónde vas?
Pasó como una flecha por entre las viñas, tomando el atajo del bosque, cruzando de un salto la riera pedregosa. Corriendo como una liebre. Como solo un muchacho de quince años puede correr.
Cuando ya estaba cerca de la cabaña de piedra del borreguero, los oyó. Iban riendo y uno gritaba. ¡Venga, date prisa, que no tenemos todo el día! Y se oyó un golpe seco, como si hubieran pegado fuerte a alguien. Y un grito apagado, un gimoteo resignado.
Los espió desde los pinos. Las siluetas de los milicianos recortadas por la luna llena.
Eran cinco, todos armados, y al prisionero lo llevaban atado con las manos a la espalda, en medio de ellos.
Caminando pesadamente. No podía verles las caras con claridad para reconocerlos, pero en ese momento uno de ellos habló, y tenía la voz muy profunda.
¿Para qué llevarlo hasta la Vila, si allí lo acabarán fusilando?
Acabemos con esto aquí mismo. Y todos se detuvieron y el que había hablado y parecía ser el cabecilla se descolgó el fusil de la espalda.
Y empujaron al Amo, atado como iba, hacia el lado del camino.
Y este gimoteaba y les decía que no lo hicieran, pero lo decía en voz muy baja.
No parecía el Amo. Y dos más también cogieron sus fusiles.
El que estaba al lado del que mandaba intentó hacerle cambiar de idea diciéndole, tenemos que llevarlo a la Vila para que lo juzguen. Y entonces, por la voz, y también porque era muy espigado, lo reconoció, ¡era su primo! Y el grito se le escapó, casi sin querer. ¡Primo! Con su voz de niño.
Los soldados se volvieron hacia el bosque, asustados, y uno de ellos apuntó con el arma hacia la oscuridad de los pinos. ¿Quién anda ahí? ¡Salid! La voz era atronadora. Y entonces él salió a la luz de la luna, levantando las manos. ¡No disparéis! Con la voz de niño.
¿Es tu primo? Preguntó el de la voz profunda.
El que parecía mandar. El otro, el que lo apuntaba, bajó el fusil y se puso a encender un cigarro.
¿Qué haces aquí? Sí, es el hermano pequeño de Carrau, el que se marchó con la Columna Durruti.
Esto último lo dijo con un tono de admiración, mientras empezaba a fumar.
Su primo se le acercó y lo agarró fuerte por la camisa. ¡Vete a casa y olvida lo que has visto!
Parecía furioso. Pero él se quedó firme en el sitio, y mirando fijamente al que mandaba le dijo que no podían matar al Amo.
Que él conocía a su hija. Que no podían hacer eso.
Y lo decía muy serio, pero con voz de chico de quince años, todavía sin mudar.
Y los otros lo miraban sin saber qué decir. Y el Amo también lo miraba, fijamente.
Es tozudo este Carrau pequeño, dijo sonriendo el que mandaba. Ha salido a su hermano. Tozudo… y valiente. Y entonces se echó el fusil a la espalda, empujó al prisionero hacia delante y dijo, vamos a la Vila, que se hace tarde. Los de la checa ya sabrán qué hacer con él.
Y su primo, que todavía estaba a su lado, le dio un empujón para que se marchase de una vez y entonces él se fue con los otros.
Inmerso en estos pensamientos, Carrau llega a la Finca.
La gran puerta de fuera está abierta, así que entra por el largo camino de los cipreses que conduce a la casa grande.
El día es espléndido. Hacia la mitad del camino se encuentra con uno de los masoveros, que está podando las ramas de los árboles. Lo saluda y le pregunta por el Amo.
—Lo encontrarás en la casa. Está hablando con el nuevo Capataz.
Carrau se dirige hacia la casa pairal. Todo está lleno de flores y muy bien cuidado.
La pared de la puerta que da al baluarte, recubierta de hiedra, refulge verde, con un hibisco que se abre bajo la campanilla para llamar.
La puerta de madera del baluarte también está abierta, así que entra sin hacer sonar la campanilla.
La casa está en lo alto de un cerro y desde el baluarte hay unas vistas magníficas a buena parte de la llanura del Penedès.
En unas sillas, bajo el olivo grande que hay en el centro del empedrado, se sientan el Amo y el Capataz. Están de espaldas a la puerta del baluarte, de cara a las vistas, y tienen una mesilla delante con un vermut servido y unas olivas.
Están discutiendo en alemán. La madre del Amo era de aquel país, y Carrau sabía que el Amo hablaba el idioma, pero nunca lo había oído hablar alemán. Hablan de manera bastante exaltada, de algo que debe de ser importante, y no se dan cuenta de que Carrau se les ha acercado.
Carrau se aclara la garganta, para hacerles notar que está allí, y cuando el Amo se gira le dice:
—Señor, me mandó llamar.
—Ah, Carrau, sí —responde el Amo, claramente molesto por la interrupción.
El Capataz aprovecha la ocasión para dar por concluida la discusión con el Amo.