Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1) II
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Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1)

Aqua Vitae (El legado secreto de Gaudí 1)

Por J. Raventos

© inepub.com

II

Corre por entre los árboles como si le fuera la vida.

Como solo un muchacho de diecisiete años puede correr.

Como correría una liebre. Detrás de él, un infierno de explosiones, tiros y gritos escalofriantes se extiende por el campo de batalla que hay al lado del bosque.

A pocos metros de su carrera. Hombres y muchachos como él, muriendo y matándose para nada.

Y él sigue corriendo. Tiene que llegar como sea al otro lado de la montaña. En el zurrón solo lleva el cuchillo y el mensaje que le ha dado el Coronel. Una misiva que puede representar la vida o la muerte de mucha gente.

Cuando sale del bosque por la parte baja, la que queda más cerca de la balsa, oye por primera vez el zumbido. Es un sonido muy grave y constante, que se va acercando y se cierne sobre el campo de batalla. Esto le hace correr todavía más rápido, ahora entre las piedras y el romero.

Cuando está a pocos metros de entrar en el bosque que asciende a la cresta y el terreno empieza a empinarse, el sonido cambia a un silbido agudo. Un silbido ensordecedor que viene del cielo. Un silbido que parece buscarlo.

El hielo del pánico le invade por un momento, pero no deja de correr.

Entonces oye los TRAC-TRAC-TRAC que vienen hacia él, y de repente todo se ilumina, como si por un instante se hiciese de día.

Y todo se ralentiza. Y él sale volando por los aires.

Y cae pesadamente sobre unas piedras. Y todo el tiempo tiene los ojos abiertos.

Y solo siente un silbido muy fuerte, dentro de su cabeza. Nada más, solo el maldito silbido.

—¡Hijo, hijo! ¡Despierta!

La voz de Madre parece llegarle de muy lejos. Y algo le toca la espalda. Entonces Carrau se despierta, abre los ojos y se gira hacia la oreja buena. Ve a Madre al lado de la cama. La mira como si fuera una aparición. Ella está llorando.

—¡El Vecino, el Vecino! —le grita, entre sollozos.

Carrau se levanta como impulsado por un resorte y en calzón corto deja la habitación a la carrera, baja las escaleras que llevan a la entrada y sale a la calle. Apenas está amaneciendo.

En la puerta de la casa del Vecino está su mujer. Está sentada en el poyo de piedra, con la cabeza entre las manos. Muy quieta. Como si fuese parte del poyo. Igual que muerta.

Carrau pasa por su lado sin decir nada y cruza la casa del Vecino en dirección a la parte trasera. Hacia la cuadra donde guardan el mulo. No sabe por qué, pero tiene la certeza de que el Vecino está allí.

El olor a animal encerrado lo golpea y, con la luz de los primeros rayos de sol que se cuelan por la ventana del fondo, ve al mulo que se remueve inquieto, recortado contra las sombras.

Cuando el mulo lo ve, lo reconoce y le brama.

Es un bramido que, por un momento, le recuerda la llegada de los aviones durante la guerra. Un bramido que le hiela la sangre.

Y entonces ve la sombra. Y cuando la sigue sin querer con la vista, lo ve a él. Al Vecino.

Cuelga de la viga grande al fondo de la cuadra. La gruesa cuerda con la que ataban al mulo, ceñida a su cuello.

Una sensación de irrealidad lo golpea. Un frío glacial que lo recorre por dentro mientras se acerca, lentamente, sin poder parar de mirarlo. La imagen se le graba para siempre a fuego en la retina.

En el suelo, cerca de donde cuelga, encuentra la nota.

«Me ha matado el Juego»