Capítulo 40
Griffin
Sé que Nadia llegará a casa hoy en algún momento, pero no sé cuándo, y por eso estoy sentado en los escalones de la caravana Airstream en la que he estado viviendo, mirando el camino de entrada recién pavimentado en lo que antes era un terreno completamente virgen.
Estoy estresadísimo. Lanzo un palo y Trípode corre a por él ladrando alegremente.
Y sigo esperándola.
Hoy por la mañana Stefan me ha dejado subir a su habitación para poner el último sobre en su almohada y me ha dicho que no permitiera que se alejara de mi vida otra vez. Ha sido un amigo inquebrantable estos últimos meses. Me ha visto desmoronarme por mi vida, por mi carrera y por su hermana.
Me ha visto sufrir con todo mi ser y no se ha acobardado ni una sola vez. Me visitó en rehabilitación, cuidó de mi caballo el mes que estuve ahí y me ha dado noticias de su hermana que, definitivamente, no entran en la categoría de «ruptura limpia».
No necesitaba su aprobación para amarla. Pero es estupendo contar con su apoyo.
Han pasado seis meses desde que Nadia se alejó de mí. Y han sido sin duda los meses más angustiosos de mi vida, pero también los más esclarecedores.
Por fin he obtenido el apoyo que siempre he sabido que necesitaba pero que evitaba abordar.
Por fin tengo un motivo para ser feliz.
Trípode deja caer el palo a mis pies y da saltitos, con la lengua fuera y los ojos saltones esperando a que vuelva a lanzárselo, pero entonces algo lo distrae y se pone a mi lado, ladrando como uno de esos puñeteros juguetes que tienen un silbato.
Cuando me vuelvo en la dirección en la que apuntan sus ladridos, tengo que mirar dos veces para asegurarme.
Me da un vuelco el estómago, como si acabara de caerme del punto más alto de una montaña rusa.
Ella está aquí .
Me incorporo en los escalones de aluminio, con el corazón latiendo descontrolado contra mis costillas.
Los nervios previos a la Super Bowl no tienen nada que envidiarle a esto.
Tengo en la punta de la lengua todo lo que llevo queriendo decirle desde hace medio año, pero muere en mis labios cuando por fin la tengo delante.
Me pongo de pie y la contemplo mientras viene en mi dirección, con un sencillo vestido camisero gris y una chaqueta de cuero, mirando a un lado y a otro de la propiedad. Parece mayor, más madura, más segura de sí misma. Más serena. Hay una confianza en sus movimientos que antes no existía.
Me deja sin aliento.
—¿Griffin? —Por fin llega a la cima de la colina y se detiene a pocos metros.
Me meto las manos en los bolsillos de los vaqueros para no abalanzarme sobre ella.
Me apetece tocarla con un ansia que no habría creído posible; quiero pasarle el pelo por detrás de la oreja, rozar con mi nariz la punta de la suya y poner su cabeza bajo mi barbilla—.
He venido en cuanto he recibido tu nota.
Ella encaja perfectamente en este lugar, y ansío con todo mi ser que siga sintiendo lo mismo.
—Hola, florecilla silvestre. —Aprieta los labios y parpadea con rapidez—. Tienes buen aspecto.
Trago saliva y deslizo por su cuerpo una mirada apreciativa que la hace sonrojarse.
—Me siento bien. —Asiente—. ¿Ya te has divorciado?
—Soltero como el día en que nací.
Una pequeña sonrisa de satisfacción se dibuja en sus labios y le da alas a mi esperanza.
—¿Qué es esto? —Carraspea y se da la vuelta para contemplar el campo de flores silvestres. Solo se vuelve ante la insistencia de Trípode, que le araña las piernas, a punto de estallar de excitación, y cuando por fin lo acaricia, sus ojitos se cierran de placer.
Y por un momento estoy celoso de un puto perro.
—Es… Bueno, ven a dar un paseo, te lo mostraré. —Hago un gesto con la mano por encima del hombro y doy media vuelta, sintiéndome aliviado y molesto a la vez por dejar de mirarla durante un momento. Sus zapatillas blancas se ponen al lado de mis botas.
Aquí, en lo alto de la colina, los campos verdes se abren a ambos lados del establo y los prados; es el lugar perfecto para construir: llano y sin riesgo de inundación.
Paseamos por el camino en un silencio cargado de preguntas.
En otro momento ella se habría puesto a divagar, pero creo que ahora mismo se ha quedado muda.
Por un instante, su dedo meñique se engancha en el mío, como si no pudiera evitarlo.
Pero cuando me giro para mirarla, lo suelta y baja la barbilla.
—¿Todo esto es nuevo? —pregunta por fin cuando llegamos al final del camino.
—Sí. Es…, bueno, en parte es mi terapia. He descubierto que soy más feliz y me siento más tranquilo cuando trabajo con las manos.
Vuelvo a mirarla desde debajo del ala de mi sombrero favorito, el que me compró mi abuelo en mi primer rodeo. Entonces me quedaba grande, y no volví a encontrarlo hasta después de su muerte. Es curioso cómo algo que ni siquiera sabías que tenías puede llegar a significar tanto para ti.
Nos acercamos a la puerta por la carretera principal.
—Pensaba que vendrías por aquí.
Me dirige una sonrisa nerviosa, y se pasa las manos por la falda del vestido.
—Solo recordaba ese camino.
Me aclaro la garganta, tratando de no estropear este momento.
—Vale… —Doy unos pasos más y me giro hacia ella, haciéndole señas para que se una a mí. Me mira algo extrañada, pero hace lo que le pido—. Como decía, este lugar es parte de mi terapia, pero sobre todo es para ti. —Se vuelve hacia el cartel de la entrada y ahoga un grito tras la palma de la mano.
El cartel reza « Centro de rescate de caballos de carreras “Florecilla Silvestre”» .
—Griffin.
Solo puedo ver su espalda y la forma en que se tensan sus hombros y se lleva las manos a las mejillas. La oigo resoplar, pero ha pasado tanto tiempo que no sé qué es lo apropiado. No sé si quiere que la toque.
—¿Te gusta? Lo hice en rehabilitación.
—¿Que si me gusta? —Se da la vuelta hacia mí, con el asombro reflejado en su expresión.
—El cartel. Hice el cartel yo mismo. Terapia artística. Lo tallé y lo pinté, intentando usar todos los colores de las flores que te envié.
Se le saltan las lágrimas y se queda pálida, como si hubiera visto un fantasma. Genial, lo aborrece. Tenía que haberlo imaginado: intento hacer algo romántico y fracaso miserablemente.
Se acerca al letrero, montado sobre dos gruesos postes. Traza con los dedos bien cuidados las flores que pinté allí, un segundo antes de volver la vista hacia la colina.
—¿Y el establo?
Me rasco la barba.
—También lo he construido yo. Me ha tenido bastante ocupado, por eso no te he escrito últimamente.
No quería molestarte. —Me mira, confusa, así que sigo hablando—.
No estaba seguro de qué color querías, así que elegí el blanco porque pensé que sería fresco y luminoso, pero me pareció demasiado sencillo y no te pegaba, así que pinté el tejado de azul y…
Podemos cambiarlo si no te gusta. —Estoy divagando.
Parpadea y se lleva las manos al cuello.
—¿Cambiarlo?
Me humedezco los labios. Sus respuestas me están poniendo nervioso. No estaba seguro de cómo iba a reaccionar, pero no contaba con que se quedara parada repitiendo mis palabras.
—Sí. Lo que tú prefieras. Lo único que quiero es que te guste.
Hay suficiente sitio como para levantar una casa, pero no quería empezarla sin tu aprobación.
Había planeado que tuviera vistas a las flores silvestres.
—Doy unas pataditas en el suelo, nervioso—.
He metido la pata, ¿no? He dado muchas cosas por supuestas, ya lo sé. Si ya has superado lo nuestro, yo…
—Griffin —me interrumpe—. Esto es… —Mira a su alrededor, abriendo y cerrando la boca como si buscara las palabras. Deja caer los brazos a los lados y finalmente me mira a los ojos, regalándome una visión perfecta de esos preciosos iris color whisky—. Esto es demasiado.
Me río entre dientes. No tiene ni idea. Ni puta idea.
—Nadia, esto ni siquiera alcanza a devolverte lo que has hecho por mí.
Nada será suficiente. Voy a pasar el resto de mi puñetera vida devolviéndote el favor, y lo haré con una sonrisa.
Este lugar es tuyo si lo quieres y como lo quieras: conmigo, sin mí, sin ataduras.
Quiero que lo tengas. Quiero verte desplegar tus alas y volar, que todos tus sueños se hagan realidad.
—Hago una pausa, inspiro profundamente y continúo con el discurso que había planeado—.
Pero te ruego que me des otra oportunidad.
Tuvimos que aprender a ganar, pero ahora hemos hecho borrón y cuenta nueva.
Quiero todos tus momentos, todas tus mañanas.
Lo quiero todo contigo. —Ella solloza y mueve la cabeza, impotente, pero yo no me detengo—.
He cometido muchos errores en mi vida, pero tú no eres uno de ellos.
Eres mi mejor casualidad, la mejor decisión que he tomado. Mi motivo para ser feliz.
Con dos pasos rápidos se abalanza sobre mí, me rodea las costillas con los brazos y me agarra la chaqueta vaquera, estrechándome contra ella todo lo que puede. Me relajo, la abrazo y disfruto de su calor.
Suelto el suspiro que he estado conteniendo durante seis meses.
Se acurruca contra mí y la humedad de sus lágrimas empapa mi camisa. Da un hipido y yo apoyo la mejilla contra su coronilla, arropándola justo como había soñado. Todavía huele a rosas dulces, y cierro los ojos mientras me embebezco de su aroma.
Se aparta para mirarme, con los ojos brillantes y los labios en forma de corazón temblorosos.
—Llevo seis meses sin ti. ¿Y sabes lo que he aprendido? —Parpadeo rápidamente y vuelvo a pegarla a mí para asegurarme de que es real.
—¿Qué?
—Que puedo hacer cualquier cosa que me proponga sin ti —hace una pausa y se lame los labios con nerviosismo—, pero no quiero.
—Sacude la cabeza con un gesto incrédulo—.
¿Que si he superado lo nuestro? ¿Estás loco?
Eso no va a pasar jamás. Te he echado de menos todos los días, Griffin Sinclaire.
He sufrido por ti. No dejes que me aleje nunca más.
Átame, enciérrame, retenme para siempre. Solo quiero pasar mi vida contigo.
El aire entre nosotros crepita, y no vacilo. Agacho la cabeza y reclamo esos preciosos labios, saboreando su delicioso gemidito y las palabras que tan desesperadamente deseaba oír.
—No te dejaré ir —murmuro; mis manos recorren su cuerpo como si intentara convencerme de que está ahí de verdad, que esto es real.
—Tus notas me ayudaron a seguir adelante.
—Entonces, seguiré escribiéndolas. Te escribiré notas el resto de mi vida si eso te hace feliz.
Me dedica una tímida sonrisa, con los ojos llenos de lágrimas.
—Gracias por esperarme.
Me aclaro la garganta y me preparo para darle mi corazón en bandeja.
—También te esperaría el resto de mi vida si tú me lo pidieras.
Me acerca y roza con la punta de su nariz la mía, como hace siempre.
—Me encanta el tejado azul, Griffin. Me encanta este lugar. Me encanta lo mucho que te has esforzado, por ti y por construir este hogar para nosotros. Y, sobre todo, me encantas tú, y te quiero.
Una auténtica sonrisa se dibuja en mis labios cuando oigo por fin las palabras que ella nunca me había regalado.
Nunca me ha importado: me habría pasado la vida queriéndola tanto si ella me correspondía como si no, pero oírlas me hace sentir mejor de lo que imaginaba.
Ganarse el amor de una mujer como Nadia Dalca no es fácil, pero ha merecido la pena.
Siempre va a merecer la pena.
—Yo también te quiero, florecilla silvestre.
Suelta un suspiro melancólico, satisfecho.
—Bien, ¿podemos dejar de esperar? —Me pasa los dedos por la barba y, cuando asiento con decisión, me guía hacia ella, me rodea el cuello con las manos y me tira del pelo.
Y nos quedamos abrazados, al principio de lo que espero que sea el resto de nuestras vidas juntos. Porque ya permití que se alejara de mí una vez, y ahora no voy a dejarla marchar.