Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Según Violet, con quien he estado en contacto más que nunca desde que me fui, Griffin recogerá a Vaquero y se lo llevará a su casa para empezar a entrenarlo el año que viene.

He aprendido mucho sobre la rehabilitación de caballos de carreras desde que Griffin me lo compró, y me veo haciendo esto una y otra vez con otros caballos en el futuro.

Aquellos que necesitan una segunda oportunidad en la vida, un nuevo comienzo. Son como mis almas gemelas.

Estoy en la recepción mirando el reloj de pared, que se acerca a medianoche. El tictac es hipnótico en la tranquilidad de la clínica. Todo el personal me ha advertido de que la Navidad es una puta locura: a mitad de la noche empieza a aparecer gente con mascotas que han comido algo que no debían.

Así que disfruto de un poco de paz mientras puedo, y la Nochebuena poco a poco se convierte en el día de Navidad. Unos minutos después de medianoche, suena la puerta principal y entra un hombre con cara de cansado.

Levanta un sobre rosa pálido.

—¿Está Nadia Dalca? —pregunta.

Me señalo el pecho, justo donde mi corazón se ha descontrolado.

—Esa soy yo.

Sonríe brevemente y deja el sobre encima del mostrador que hay entre nosotros.

—Feliz Navidad.

—Feliz Navidad —respondo, incapaz de apartar la vista del mejor regalo que podría haber deseado.

Cuando abro el sobre, veo unos pequeños pétalos azules y morados casi esféricos que crecen a lo largo de un tallo alto en forma de lanza. Reconozco esas flores del campo que hay junto a la casa de Griffin.

« Lupino

Estas flores silvestres producen una neurotoxina llamada esparteína. Por la tarde, la concentración es casi cinco veces superior a la de la noche: es una táctica defensiva contra los hábitos de alimentación de la liebre americana. Qué inteligentes. Me recuerdan a ti».

Pues sentada aquí, sosteniendo la nota de uno de los hombres más profundamente reflexivos que he tenido el placer de conocer, me siento muy poco inteligente. Las chicas inteligentes no dejarían atrás a alguien así.

¿Y si me he equivocado? Esa pregunta se me ha pasado más de una vez por la cabeza.

Meto el sobre en el bolso, que está debajo del escritorio, y luego me encierro en el baño y me permito solo un minuto para llorar; de hecho, lo cronometro. Y luego inspiro hondo, muy hondo, vuelvo a la recepción y me preparo para salvar algunas vidas.

Porque sí soy inteligente, lo bastante como para saber que estoy aquí para trabajar duro y para demostrarme a mí misma que puedo apañármelas sola si hace falta, que no voy a tirar por la borda mis sueños y mis esperanzas por un hombre.

Si no lo hago, siempre me preguntaré si habría sido capaz. Él lo sabe, y yo también.

Aun así, con cada nota que envía me enamoro más de él. El tiempo, la distancia y su comprensión inquebrantable solo hacen que lo quiera más.

Lo echo de menos.

Buena parte de mis compañeros se van al sur a pasar las vacaciones de primavera, pero ir de fiesta a un centro turístico no es lo mío.

Una de las cosas que he aprendido viviendo fuera es que hay ciertos entornos que me sientan bien a pesar de mis traumas del pasado, y otros que no.

Las fiestas multitudinarias y ruidosas con mucho alcohol nunca van a gustarme.

Es inevitable que la gente me insista para que beba, y negarme una y otra vez es incómodo e irritante .

Todas las fiestas a las que he ido en los últimos meses me han demostrado que tengo muy poco en común con la gente de mi edad, y por eso me he unido a un grupo de estudio de «estudiantes maduros». O ese es el chiste habitual.

Marni se quedó en casa para criar a sus tres hijos; Jin ya es médico, pero ha descubierto que su forma de tratar a los pacientes es más adecuada para los animales: me parto de risa con su costumbre de tomárselo todo de forma literal; Erin es veterinaria desde hace más de una década y lleva años queriendo abrir su propia consulta, pero el idiota de su marido siempre hacía que se echara atrás diciéndole que suponía una inversión muy grande, que era demasiado vieja…

Así que ella abandonó a su marido y volvió a estudiar. La admiro muchísimo.

Ni que decir tiene que todas las personas que se han convertido en mis verdaderos amigos han vuelto a pasar las vacaciones de primavera con sus familias, así que aquí estoy, haciendo lo mismo que ellos: sacando una maleta de mi coche y llevándola a rastras hasta la entrada de la propiedad de mi hermano en Cascade Acres.

Stefan abre la puerta de golpe y sale corriendo a coger mi equipaje como un caballero.

—Hermanita —me pasa un brazo por encima del hombro—, estoy encantado de tenerte en casa.

En casa… Me encanta este lugar, pero no me siento como en casa.

Una casita acogedora en las montañas, con vistas a un acantilado rocoso y rodeada de flores silvestres es lo que mi mente evoca cuando oigo esa palabra.

Y la única razón por la que considero ese lugar como un hogar es el hombre que vive allí, el que habita en mi cabeza y en mi corazón, el que me hace sonreír y llorar a la vez.

Consideraría mi hogar cualquier lugar donde estuviera él.

—Me alegro de estar aquí. —Apoyo la cabeza en su hombro y sonrío—. Te he echado de menos, Stef.

—Ah, lo dices por decir. Ambos sabemos que has estado evitándome porque soy un incordio.

No te he evitado a ti, sino a tu mejor amigo.

—Un poquito. Es parte de tu encanto.

Me da un suave empujón justo cuando vamos hacia a las escaleras.

—Me quieres.

—Claro que sí —respondo, y lo siento de verdad.

Cuando llegamos a lo alto de las escaleras, justo enfrente de mi habitación, se detiene detrás de mí y me giro hacia él, preguntándome por qué no me sigue el ritmo.

—Yo también te quiero. Lo sabes, ¿verdad? —Traga saliva. Parece un poco nervioso.

—Lo sé —sonrío, y asiento buscando en su expresión una pista sobre el motivo de esta repentina seriedad.

—Te debo una disculpa. Me he pasado de la raya. —El corazón se acelera en mi pecho y empalidezco—. Creo que os separé a Griffin y a ti porque en realidad no lo entendía.

Se me seca la boca e inspiro hondo.

—¿Entender qué?

Me señala mi dormitorio con la cabeza, incómodo.

—Tienes correo.

Me doy la vuelta y me asomo a la habitación. La cama está perfectamente hecha y sobre una de las almohadas hay un sobre rosa pálido. Me llevo una mano al pecho y mi hermano me guiña un ojo antes de bajar las escaleras.

Dejo tirada la maleta en el pasillo, entro y me siento lentamente en el borde de la cama para coger el sobre.

No he recibido nada desde Navidad, pero no he querido preguntarme el porqué. No quería pensar que, como le pedí, había pasado página.

Cuando lo abro, me encuentro con lo que parecen unas margaritas de un amarillo radiante.

«Árnica montana

Se utiliza para curar cortes y contusiones.

En algunas culturas se considera un amuleto para el amor. Me recuerda a otra flor silvestre que conozco y que ha curado mi corazón magullado y mi alma herida sin un puñetero esfuerzo: mi amuleto del amor. El motivo de mi felicidad.

Si alguna vez necesitas un poco de árnica montana, puedes encontrarla en el campo donde me caí. Vaquero también está aquí, y te estamos esperando».

En el campo donde se cayó, la propiedad que está entre esta y el Gold Rush Ranch, donde me dijo por primera vez que me amaba.

Salgo por la puerta y bajo corriendo las escaleras, sin siquiera haberme instalado.

—¡Hasta mañana! —grita mi hermano cuando salgo volando por la puerta principal; me monto en el coche, aún aferrada a la hojita de papel, y acelero por las carreteras secundarias, intentando recordar dónde está el acceso a esa propiedad.

El valle está reverdeciendo; es como presenciar el nacimiento de la primavera desde el parabrisas: verde brillante, flores abriéndose, polen flotando en el aire.

Cuando por fin encuentro la carretera secundaria que creo que me acercará hasta ahí, la recorro hasta llegar al sendero por el que pasamos el día que nos separamos.

Cuando aparco el coche contemplo el hermoso valle donde Griffin me dijo las palabras que llevaba toda la vida deseando oír, y sollozo, tapándome la boca con una mano, conmocionada, porque todo está lleno de flores silvestres, como un mosaico de brillantes colores primaverales: blanco, rosa, rojo, naranja, azul, amarillo…

Todas las flores que me ha ido enviando en sus notas.

En lo alto de la colina que domina el campo hay un remolque plateado y un bonito establo nuevo, recién pintado de azul y blanco, pequeño y pintoresco.

Mi reluciente caballo de pelaje oscuro está pastando allá arriba, detrás de una valla blanca y brillante.

Sin pensarlo dos veces, salgo del coche, atravieso la valla y voy por el campo de flores con el corazón en la garganta. No: con el corazón en las manos.