Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 39
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Capítulo 39

Nadia

Doy unos golpecitos con el bolígrafo el libro de texto que tengo delante. Estoy a mitad del primer semestre de Veterinaria y a punto de empezar los parciales .

Me siento realizada, enfrentándome a nuevos retos…

y abrumada de cojones. ¿En qué estaba pensando?

Tenía un trabajo placentero y estable, estaba forjándome un futuro y tenía a un hombre que me amaba, y lo dejé todo por esto: por el estrés y las lecturas inacabables, por las noches conviviendo con esa voz en mi cabeza que me dice que no soy lo bastante buena, y que se parece sospechosamente a la del imbécil de mi padre, lo que solo hace que tenga más ganas de arrasar en los exámenes.

Me reclino en la silla y me presiono las cuencas de los ojos con las manos. Juro que ya ni veo. Estoy en ese punto en el que, después de quemarte las pestañas, sabes que, si hay algo que no sepas, ya no lo vas a aprender.

Para cambiar de aires, cojo la pila de correo que he sacado del pequeño cubículo cerrado en el vestíbulo de mi edificio.

He tenido suerte y he encontrado un piso amueblado cerca del campus a pesar de la poca antelación con la que me puse a buscar.

Podría haberme desplazado los cuarenta y cinco minutos de ida y vuelta a Emerald Lake, pero con el tráfico eso podría haber sumado casi dos horas a mi jornada, y ahora me alegro de disponer de ellas para estudiar.

Tener la nariz enterrada en los libros aquí supone tres cosas: una, que no voy a cruzarme con Griffin Sinclaire en el pueblo; dos, que no leo nada que hable de Griffin Sinclaire o de su divorcio —que, según mi hermano, se ha convertido en una historia sensacionalista de lo más popular, incluso sin la existencia de un vídeo sexual—, y tres, que tengo menos tiempo para pasarlo obsesionada con Griffin Sinclaire.

Todavía me hierve la sangre al recordar a esa mujer. Esa punzada de ira que tanto me ha costado controlar aún está clavada en mi pecho. Aborrezco a esa bruja.

Cuando me instalé, Stefan me llamó para decirme que Griffin se había internado en un programa de rehabilitación de veintiocho días y que estaban convencidos de que no había ninguna cinta.

Cuando colgué el teléfono, lloré. Lo echaba de menos, como si hubiera dejado atrás una parte de mí, pero, sobre todo, me sentí aliviada.

Se debía a sí mismo mucho más de lo que tenía, y yo quería de tal forma que lo tuviera que hasta me resultaba doloroso. Quería que supiera en lo más profundo de su corazón lo que yo ya sé: él lo vale. Lo vale todo.

Ojeo los sobres.

Factura.

Factura.

Correo basura.

Me detengo con un sobre rosa entre los dedos. Las letras mayúsculas garabateadas en él no combinan con el delicado color.

Se me acelera el corazón porque, incluso aunque no lleve remite, sé de quién es.

Es como si pudiera percibir su esencia en el papel cuando deslizo un dedo tembloroso bajo la solapa y lo abro.

Con un suspiro angustiado, saco un pequeño trozo de papel y un sobre más pequeño aún con la fotografía de una flor blanca con rayas rosa claro en los anchos pétalos que la adornan.

Abro el pequeño sobre, pero está vacío. Estoy segura de que antes debía de contener semillas de una flor llamada belleza primaveral.

Le doy la vuelta al papel y veo un párrafo garabateado.

« Belleza primaveral

Flor silvestre alpina. Surge justo después de que se derrita la nieve. Florece de dos a cuatro semanas. Puede usar sus reservas de energía para producir calor y derretir lo que queda de nieve. Es fuerte de narices: me recuerda a ti».

Una lágrima cae sobre la página y, presa del pánico, la limpio frenéticamente. No quiero estropear la nota. No sé lo que significa, pero sé que me ha llamado «florecilla silvestre» desde el día que nos conocimos, y ese apodo se ha vuelto increíblemente significativo para mí.

Esa noche duermo aferrada a la nota y fantaseo con que Griffin está aquí conmigo. Lo echo de menos.

Han pasado dos semanas desde los parciales, que he superado con creces. Eso me ha ayudado a librarme de parte de las dudas sobre mi capacidad que llevo a cuestas desde hace años, y estoy avanzando .

Me seco el sudor de la frente al entrar en mi edificio después de salir a correr, mi nueva afición. Es una forma de quemar energía y de despejarme. Siempre he odiado correr, pero me he obligado a seguir y ahora me gusta. Es raro.

La llave hace clic cuando la giro en el buzón para comprobar si hay otro sobre rosa, como todos los días desde hace dos semanas.

Me he desahogado tanto corriendo que ya me había convencido de que hoy no iba a haber sobre, lo que hace que encontrarlo sea mucho mejor.

Ni siquiera espero a subir a mi apartamento para abrirlo; estoy demasiado nerviosa.

Esta vez veo una flor de color rosa intenso con un borrón en el centro. Me encanta el color. Cojo la nota y sonrío como una loca cuando me pongo a leerla.

« Flor de mono

Esa parte peluda del centro se llama estigma. Al parecer, es el órgano reproductor femenino. Estas flores tienen estigmas especialmente sensibles, y se cree que eso podría ayudar con la polinización. Todavía pienso en ese ruidito que haces. Esta flor me recuerda a ti».

Lanzo una carcajada. Será pervertido… Con la nota en la mano, sonrío durante todo el trayecto en ascensor hasta llegar a mi piso; sigo sonriendo mientras voy hacia la ducha. Y no es hasta que el agua me calienta la piel cuando dejo que mis lágrimas se derramen y se vayan por el desagüe.

Lo echo de menos.

Los exámenes finales están a la vuelta de la esquina y estoy deseando demostrar lo que valgo.

Soy la primera de la clase y no pienso bajar el ritmo.

Cuando empezó el semestre estaba muy asustada, pero ahora esta se ha convertido en una de las mejores experiencias de mi vida.

Estoy aprendiendo mucho y he hecho nuevos amigos que no tienen ni idea de mi pasado, que no conocen a mi hermano ni saben nada de mi reputación en el instituto; que no conocen a Griffin.

La experiencia no habría sido la misma si hubiera seguido viviendo en Ruby Creek y hubiera tenido que desplazarme todos los días.

Me habría llevado mi bagaje conmigo, pero ahora solo soy Nadia Dalca, la chica que quiere licenciarse en Veterinaria.

Me han invitado a salir un par de veces y he declinado amablemente la invitación sin pararme ni a pensarlo siquiera.

¿Este tiempo separados es una tortura autoimpuesta para Griffin y para mí?

Por supuesto que sí, pero sé que era justo lo que me hacía falta.

Le dije que no tenía que esperarme, y lo dije en serio, aunque procuro no pensar en ello, pero no esperarlo me parece mal: el corazón me dice que no hemos terminado.

Sobre todo cuando llego a casa después de mi último examen y encuentro otro sobre rosa esperándome. Esta vez corro a mi apartamento para abrirlo en la intimidad: me echo en la cama y me tomo mi tiempo para ver lo que tiene dentro.

No sé cuántas notas más con temática de flores silvestres va a enviarme. Quizá algún día deje de hacerlo porque ha pasado página. Debería pasar página. No puedo pedirle que se quede sentado esperándome, pero la chica insegura que llevo dentro desea con desesperación que me espere.

Abro el sobre y esta vez me encuentro con unas espigadas flores rojas y amarillas que coronan los largos tallos verdes.

« Pincel indio

Los colibríes dependen de estas flores silvestres que crecen en las montañas.

El néctar les da fuerzas para enfrentar la migración.

Estas flores los mantienen en marcha, los hacen avanzar en sus vidas sin siquiera intentarlo, solo deja que sean ellos mismos.

Estas flores son la razón por la que los colibríes sobreviven. Me recuerdan a ti».

Me arden los ojos, pero no lloro porque entiendo el mensaje: yo soy la que lo hace seguir adelante, y eso me motiva más que cualquier cosa que pudiera haberme dicho.

Parpadeo rápidamente, lo vuelvo a meter todo en el sobre y lo guardo en mi mesilla de noche con el resto de sus notas.

Luego voy a mi escritorio, abro mis libros y me pongo a estudiar.

Me concentro en la tarea que tengo ante mí, pero aun así…

Lo echo de menos.

Mira y mi hermano se han ido al Trópico estas Navidades, a Hawái.

Me pidieron que fuera con ellos, pero no podía soportar la idea de irme con su pequeña familia y sin Griffin.

He esperado todo este tiempo para tomarme unas vacaciones , y quiero que sean perfectas, tan perfectas como aquel día en el campo.

Además, uno de mis profesores me ha ofrecido un trabajo en prácticas durante las vacaciones en su prestigiosa clínica veterinaria en la ciudad. Así los demás técnicos y veterinarios no tendrán que hacer turnos de noche —que, sorpresa, nadie salvo yo quería— durante las Navidades.

Mis recuerdos navideños no son muy agradables, así que es mejor que lo celebre dejándome la piel y matándome a trabajar, que por lo menos quedará bien en mi currículum. También me ha parecido la forma ideal de pasar el tiempo entre el primer y el segundo trimestre.

En Nochebuena estoy en el turno de urgencias de la clínica veterinaria, atendiendo a los miembros peludos de la familia de otras personas, rodeada de empleados que no conozco.

Es culpa mía, pero echo mucho de menos a mi familia y a mis amigos; echo de menos a mi caballo.

He vuelto los fines de semana a verlo y he dado algunas clases de equitación con Violet y Billie, y estoy mejorando mucho.

Cuando regreso, evito el pueblo y me escondo en el rancho de mi hermano para no encontrarme con nadie. Me paso horas acicalando a Vaquero para que luzca perfecto, soñando con el día en que podré montarlo. Le doy masajes, le doy mimos, le cuento mis secretos más ocultos.

Si Vaquero estuviera aquí ahora mismo, le diría que esperaba en secreto que Griffin se pusiera en contacto conmigo por Navidad. Sé que le pedí una ruptura limpia, pero podría haberme enviado un mensaje o algo. Cualquier cosa.