Capítulo 38
Un mes después…
Griffin —¡Hombre! —Stefan me da una palmada en la espalda y nos abrazamos con fuerza. No tengo que mirarlo a la cara para saber que está sonriendo como un loco—. Me alegro mucho de verte.
Suelto una carcajada.
—Gracias por venir a buscarme. Mis padres han estado a punto de posponer sus vacaciones en México para recogerme, y no iba a dejar que lo hicieran.
—Claro, no hay de qué. ¿Solo llevas una bolsa? —Mira a mi alrededor, confundido, porque le he pedido que trajera la camioneta.
—Ah, sí. Hay algo más dentro con lo que necesito tu ayuda. Déjame que meta esto.
Asiente, un poco desconfiado, sin apartar la vista de mí mientras suelto la bolsa en el asiento trasero.
Llevo un mes en rehabilitación: me registré sin dudarlo en el primer sitio que me aceptó porque, si me paraba a reconsiderarlo, me echaría atrás y se me ocurriría cualquier motivo para no ponerme a tratamiento.
Tras años huyendo de mis problemas, me he convertido en un experto buscando excusas, pero eso se acabó: ahora afronto las cosas, y mis días de esconderme de la sociedad, de mi pasado o de esconder la verdad se han acabado, porque, incluso después de semanas lejos de ella, sigo perdidamente enamorado de Nadia Dalca.
Y lo estoy todavía más porque tuvo el valor de alejarse de mí. Qué mujer. Maldita sea, estoy orgullosísimo de ella.
—¿Por qué sonríes? —pregunta Stefan cuando voy hacia él con las manos metidas en los bolsillos.
—Nadia.
Parpadea, como si no esperara que lo reconociera sin más, aunque hemos hablado por teléfono a menudo desde que empecé el programa y siempre le pregunto cómo le va. No he ocultado lo que siento por ella y no pienso empezar ahora. Al contrario.
Muevo una mano por encima del hombro para que Stefan me siga.
—Le va genial, ¿sabes? —dice cuando llega a mi lado.
—¿Sí? —Las puertas correderas se abren y entramos para coger el gran trozo de madera envuelto en una sábana. Lo señalo, y la confusión se pinta en su cara, pero no hace preguntas. Tenemos que trabajar más esa parte de nuestra amistad, la de hablar de las cosas en lugar de fingir que no existen.
Pero hablar de mis sentimientos es difícil de cojones: tengo una verdadera relación de amor/odio con ello, incluso después haber practicado durante todo un mes.
Él levanta un lado y yo cojo el otro.
—Sí. Quiero decir, claro, está estresada y abrumada, pero está trabajando duro, entregada por completo.
Es increíble verla así, teniendo en cuenta lo alocada que era cuando llegó a Canadá, pero tras un puñado de años, de golpe, se ha transformado.
—Sacude la cabeza, sonriente, mientras nos acercamos al remolque de la camioneta—. Es una persona distinta.
Trago saliva: espero que no sea demasiado distinta, no tanto como para no quererme, como para haberse dado cuenta de que soy un peso muerto y que estoy hecho polvo, y que prefiere a un puto muñeco Ken normal y feliz.
Si así fuera, respetaría su decisión, aunque estoy convencido de que jamás podría superarlo: ella lo es todo para mí.
¿A quién pretendo engañar? Mataría a ese puñetero tío.
Subimos el trozo de madera a la parte trasera del camión y, una vez lo hemos colocado en su sitio, Stefan hace un gesto con la barbilla.
—Mira, intento no ser un fisgón, pero ¿qué es esto?
De pronto me invade la timidez, como si no hubiera planeado enseñárselo a nadie.
—Solo es algo que he hecho… Puedes echarle un vistazo.
Le ofrezco una sonrisa tensa, bajo de la parte trasera del camión y me dirijo al asiento del copiloto. Por el retrovisor, veo que mi amigo por fin se deja llevar por la curiosidad.
Sube de un salto y se agacha para quitar la sábana. Frunce el ceño al verlo, y juraría que se queda pálido.
Levanta la cabeza y encuentra mi mirada en el espejo retrovisor. No me molesto en fingir que no lo he visto: clava en mí sus ojos verdes y me hace un gesto con la cabeza: es firme, preciso, significa algo.
Y cuando vuelve a la camioneta y se aleja de las instalaciones a las que he llamado hogar durante el último mes, no hablamos de ello en absoluto.
En su lugar, rompe el silencio con otro tema.
—Ya no eres viral en Twitter.
No puedo evitar reírme. Qué puta broma. En cuanto Tonya se dio cuenta de que no iba a soltarle pasta, llevó su culo codicioso al primer medio que le hizo caso.
Resoplo.
—No lamento no haber tenido acceso a las redes sociales. Es más fácil ignorarlo cuando ni siquiera tienes la oportunidad de mirar.
—Por supuesto. La buena noticia es que no creo que haya un vídeo. Si lo hubiera, ya lo habría sacado a la luz.
Apoyo la cabeza en el asiento y suelto un suspiro.
—Sí. Mi abogado piensa lo mismo. —Lo que, a decir verdad, me deja con sentimientos encontrados: por una parte, estoy aliviado de que no pueda filtrar un vídeo, pero, por otra, me enfuerce haberme pasado años huyendo de una puta mentira venenosa.
Cuando mis padres me llamaron esa noche para hablar de la rehabilitación les conté la historia completa porque quería que estuvieran preparados.
Como de costumbre, se mostraron estoicos y comprensivos hasta lo doloroso, pero no soy tan imbécil como para no saber el daño que les hizo.
Preparar a las personas que quieres para que se avergüencen de ti públicamente es un trago duro.
Por suerte, por una vez, las cosas están saliendo bien para mí.
—Lo único que he visto son las fotos de la boda oficiada por ese Elvis —continúa Stefan, sin apartar la vista de la carretera—. Y, curiosamente, la opinión general se ha dividido en dos bandos: los que piensan que está buenísima y los que creen que es, y cito, «una zorra manipuladora».
Me acobardo un poco. Está claro que Tonya no es mi persona favorita, pero yo sigo siendo el borracho idiota que se metió en eso. Aunque tampoco me molesta que toda su campaña le haya explotado en la cara.
A decir verdad, la única persona con la que estoy enfadado es conmigo mismo por ponerme en esa situación, pero estoy mejorando: después de un mes de terapia diaria, asesoramiento e incluso logopedia, me conozco mejor que nunca y estoy muy motivado.
—Supongo que por eso ha metido el rabo entre las patas y ha aceptado la mediación en vez de un gran drama en los juzgados.
—Bien. —Los nudillos de Stefan se ponen blancos en el volante: es la única señal de que ella lo cabrea más de lo que deja entrever.
Vamos por la carretera principal de regreso a Ruby Creek y él rompe el agradable silencio que compartíamos.
—¿Lo que llevamos ahí detrás es para mi hermana?
Trago saliva y aprieto los labios.
—Sí —respondo en voz baja.
—¿Por eso me has hecho traer el remolque?
—Sí. —Me da un vuelco el corazón: deseo con todas mis fuerzas que esto funcione.
—Siento todos los obstáculos que te has encontrado.
Me aclaro la garganta e inspiro hondo, intentando mantener la compostura.
—Ella lo vale.
Mi mejor amigo se limita a sonreír.
—La quieres de verdad, ¿no?
—Tanto que duele —respondo con sinceridad.
—Bien —dice, y su sonrisa se hace más amplia.
Es entonces cuando aparece el invernadero a lo lejos, a la derecha de la carretera. Lo señalo.
—Tira por ahí, puto masoquista.
Suelta una carcajada y pone el intermitente. Yo saco la lista del bolsillo trasero y rezo para que mi plan sea suficiente para recuperarla o, al menos, para arrancarle una sonrisa. Así podré vivir sabiendo que ha hecho realidad todos sus sueños.