Capítulo 37
Griffin
Las dos últimas semanas han transcurrido como si viviera fuera de mi cuerpo.
Entreno a los jóvenes potros, que han avanzado tanto que ya ni me necesitan.
Me limito a cumplir con mi contrato y a exponerlos a todo lo posible: tractores, tráfico, pistas, lluvia, oscuridad.
Sea lo que sea, estos potros se han enfrentado a ello; cuando vayan a las pistas este invierno para empezar su entrenamiento, van a estar más que preparados, incluso el miedoso que me dejó tirado en el campo.
Le doy unas palmaditas en el cuello a ese mismo caballo, lo guío a su corral, lo suelto y cierro la puerta tras de mí. Cuando me vuelvo, mi mirada se topa con el edificio que alberga la clínica, justo al otro lado de la propiedad, en la que Nadia solía pasar el día.
Desde nuestra charla en las escaleras aquella noche, solo he vuelto a ver a Nadia de pasada, cuando iba o venía de la clínica.
Llevé a Trípode para que Mira le hiciera una revisión, esperando que Nadia estuviera allí, pero no fue así, y soy consciente de que Mira me pilló espiando sobre su hombro para intentar encontrarla.
No me importa admitir que tengo el corazón roto o que Trípode se acurruca todas las noches junto a mí y agradezco infinitamente su compañía de tres patas.
Hacer lo correcto es una mierda; se supone que soy el maduro, pero hoy es el día en que Nadia se va y estoy de un humor de perros.
En teoría, iba a vivir aquí y a ir a la facultad en Emerald Lake, pero ha encontrado un piso en alquiler y se muda.
Quiero ir a despedirme de ella, pero no sé si soy lo bastante fuerte como para verla partir… o si ella querrá que vaya.
Cuando se perdió en la oscuridad de los prados llevándose un pedazo de mi corazón ya fue lo bastante duro: ver cómo se marcha de verdad podría acabar conmigo.
Suelto un gruñido, sacudo la cabeza y regreso al rancho para ver si encuentro algo con lo que mantenerme ocupado; algo que me impida correr hasta su casa y comportarme como un idiota.
Entro en el guadarnés y cojo un cubo de agua, una esponja y jabón para sillas de montar, y me pongo a trabajar en cada puntada de los arreos de cuero que cuelgan de la pared.
Me dejo llevar por el movimiento repetitivo: frotar, limpiar, mojar, escurrir, aclarar, repetir.
Una y otra vez, durante no sé cuánto tiempo.
Mis recuerdos me llevan a los días en el campo de fútbol, a todos los amigos que ya no están desde que lo eché todo a perder; le doy vueltas al problema con mi exmujer, me obsesiono pensando que va a difundir la historia de nuestra boda y nuestro vídeo sexual en cualquier revista o periódico que le haga caso con la esperanza de conseguir el dinero que no le he dado.
El remordimiento se me clava como un puto puñal en el corazón.
—¿Por eso te pagan tanto? —sonríe Violet desde la puerta; entra en la sala y cuelga la silla de montar en una percha.
—Supongo —refunfuño como un gilipollas; me da igual: llevo comportándome como un gilipollas desde que Nadia se perdió tras esa colina y salió de mi vida.
Creía que sabía lo que era sufrir, pero no tenía ni idea.
—La echas mucho de menos, ¿verdad? —La voz de Violet es suave, a pesar de que no me merezco ese tono.
También me molesta que todo el mundo sepa lo que pasó entre nosotros, pero que nadie se hable de ello.
Es como si nunca hubiera ocurrido, como si no hubiera pruebas de que lo nuestro fue real, y lo detesto.
—Sí —mascullo esa simple palabra con un gruñido que retumba en mi pecho. No tiene sentido negarlo.
—Suenas como mi marido cuando está de mal humor. —Ni se inmuta. De hecho, sonríe; es una sonrisa diminuta, pero sonrisa al fin—. ¿Sabes?, Cole es diez años mayor que yo.
—Ah, ¿sí? ¿Esto que es?, ¿la charla esa de que la edad es solo un número? —rezongo, fulminándola con la mirada—. Lo siento —añado al instante. No se merece que la tome con ella. Sacudo la cabeza y clavo la mirada en las riendas de cuero que tengo entre las manos.
Se encoge de hombros.
—Creo que, en algunos casos, la edad solo es una forma de medir el número de años que has pasado sin la persona que tenías predestinada.
—Joder. Eso es poético—. Creo que es muy sabio que, aunque pudierais evolucionar juntos, os hayáis dado un tiempo para madurar por separado.
—Trago saliva, y ella continúa—. Lo que sí sé es que Nadia siempre va a por lo que quiere.
—Da unos pasos y me aprieta el hombro al pasar—.
Si la quieres, tienes que estar preparado para cuando vaya a por ti.
Si ella ha madurado, tú también debes hacerlo. No la decepciones quedándote atrás.
Y entonces se va, dejándome a solas con el dolor que me atenaza el pecho. Llevo la mano a mi corazón como si pudiera calmarlo solo con ponerla ahí, pero no funciona: cada vez es peor.
Me inundan la tristeza y el autodesprecio, y el deseo de ahogarme en un vaso de líquido ámbar es tan intenso, tan real que me desmorono.
Tiro la esponja en el cubo, salgo a grandes zancadas del establo y me dirijo directamente al Neighbor’s Pub, muriéndome de ganas de saber si aún tengo fuerzas para enfrentarme cara a cara a un buen bourbon y dar media vuelta. Estoy fuera de mí.
Salgo de la camioneta y atravieso las pesadas puertas delanteras sin pensármelo dos veces. Me siento en un taburete ante la barra lacada y pido una copa antes de perder el valor.
El camarero me acerca el vaso; me aferro a él y me asalta la familiaridad de su olor y su peso. No me dedica ni una segunda mirada: llevo la gorra baja y huelo a mierda de caballo, así que el personal no va a reconocerme.
Giro el vaso, contemplando el líquido ámbar que deja un círculo almibarado sobre el cristal. Ni siquiera tengo que probarlo para recordar su sabor… o el infierno al que me llevó.
Miro fijamente el vaso, sintiendo el habitual tira y afloja en mi cabeza, en mi corazón. Es un círculo vicioso: encuentro algo, me obsesiono con ello y llego al punto en el que me convenzo de que lo necesito para seguir adelante, que puede curarme, que puede hacerme sentir mejor.
«No puedo ser la causa de tu felicidad».
Cuando lo dijo, no lo entendí porque estaba demasiado ocupado intentando no derrumbarme. Pero ahora, cara a cara con otra clase de tentación, la clarividencia de sus palabras me deja perplejo.
«Quiero ser el motivo por el que quieres alcanzarla».
Aparto el vaso con tanta fuerza que el líquido salpica los bordes y se derrama sobre la barra, y, de pronto, me repugna esa visión; me repugna mi debilidad, lo triste que es venir aquí y hacerme esto a mí mismo.
Saco el teléfono y marco. Cuando contestan suspiro, aliviado.
—¿Papá? ¿Todavía tienes los nombres de esos programas de rehabilitación que habías mirado?
Nunca había tenido un motivo mejor para acabar con esta mierda.