Epílogo
Tres años después…
Griffin Estoy sentado en la silla plegable más incómoda del universo, pero me importa una mierda , porque he llegado lo bastante temprano como para conseguir un asiento en primera fila en la graduación de mi chica. Estoy a punto de salir con una médica veterinaria .
Eso sí que es superarse…
Y, joder, nunca me he alegrado tanto de progresar.
Las filas delante del escenario provisional que han montado junto a Emerald Lake empiezan a llenarse, y me miran mal por el número de asientos que he reservado en primera fila, pero me da lo mismo.
Al final, la música suena por los grandes altavoces y me cosquillea el estómago. Lo ha conseguido. Estoy tan orgulloso de ella que podría echarme a llorar aquí mismo.
Cuando volvimos a estar juntos pasó los dos últimos meses del semestre viviendo en su apartamento junto al campus.
Quería mudarse conmigo enseguida, pero la convencí de que terminara el curso como tenía que ser.
Y lo hizo, aunque pasamos los fines de semana juntos follando como conejos cuando se tomaba un descanso del estudio.
Luego, ese verano, nos pusimos a trabajar en nuestra propiedad —esa palabra sigue sonándome a música celestial—. Y diseñamos una casa pequeña y sencilla, con el tejado azul. Un rancho con grandes ventanales que dan al valle, rebosante de flores silvestres en verano.
Me dijo que era un desperdicio de campo, pero le recordé todas las cosas increíbles que pueden hacer esas flores silvestres. Puso los ojos en blanco y me dio igual. Veo esas flores todos los días a través de la ventana, y puedo pasear entre ellas con Nadia. La vida es bella.
Yo he seguido entrenando caballos y trabajando en nuestro rancho mientras ella estudiaba, hasta hoy, que se gradúa por fin.
Va a dedicarse a rehabilitar caballos en nuestra propiedad y a seguir trabajando con Mira en el Gold Rush Ranch.
Lo tiene todo planeado, y yo me siento afortunado de estar a su lado y ver cómo lo lleva a cabo.
Pero antes tengo una sorpresa.
—Hola, tío. —Stefan me da una palmada en el hombro y me levanto para abrazar a Mira. El resto de la pandilla del Gold Rush Ranch viene tras ellos: Billie, Vaughn, Violet, Cole, Hank, Trixie.
Incluso mis padres, Joan y Doug, están aquí, tan felices como si fuera su propia hija. Todos los que la quieren están aquí para ver cómo recorre ese el escenario; toda la familia que ha elegido.
El grupo charla mientras se acomodan en sus asientos, pero yo me limito a mirar el escenario, moviendo nerviosamente la rodilla.
Tengo el corazón a punto de estallar por la mujer que amo.
Y cuando empieza la ceremonia, todos se olvidan de mí, y me concentro en el podio.
Cuando por fin llegan a los apellidos que empiezan por de, ella aparece deslumbrante con su toga azul y suelto un fuerte e inapropiado silbido.
La mirada de Nadia encuentra la mía al instante y nos contemplamos un segundo, sabiendo lo importante que es ese día. Que tengo toda la intención de celebrar una vez que le quite el vestido…
En cuanto sale del escenario, Stefan me aprieta el hombro.
—Vete. ¡Largo de aquí!
Le dedico una sonrisa pícara a mi mejor amigo, le doy un puñetazo en el hombro y me escabullo de la ceremonia.
Paso por detrás del escenario y la veo, abrazada a una amiga, feliz. Me meto las manos en los bolsillos del pantalón y le dejo disfrutar de su momento.
Pero, como siempre, sabe que la estoy mirando y gira la cabeza en mi dirección. En unos instantes corre hacia mí con una sonrisa contagiosa. Cuando está lo bastante cerca, se lanza a mis brazos, la levanto del suelo y la hago girar.
—¡Lo he conseguido! Lo he conseguido de verdad. —Su aliento me acaricia la oreja cuando se acurruca contra mí, irradiando felicidad.
—Siempre he sabido que lo conseguirías, florecilla. —Y es cierto. Supe que era extraordinaria desde el primer momento en que la vi.
Cuando vuelvo a dejarla suavemente en el suelo, me susurra al oído: —¿Recuerdas que había una votación sobre si te quedaban mejor los vaqueros o las mallas de fútbol?
—Gruño y pongo los ojos en blanco, lo que la hace reír.
Se muerde el labio inferior y dibuja la forma de mi boca con un dedo, mirándome de arriba abajo con expresión apreciativa—.
Pues creo que como más follable estás es con traje.
—Cuidado con lo que dice, doctora Dalca —resoplo.
—¿O qué? —Me da un ligero tirón de la corbata y arquea una ceja. Vale, mi chica está lista para celebrarlo.
Me meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y saco dos billetes de avión.
—O no iremos de vacaciones al Trópico, a Costa Rica.
Se queda boquiabierta.
—¡Venga ya!
Me encojo de hombros, regodeándome por haberla sorprendido. Sorprenderla se ha convertido en uno de mis nuevos pasatiempos favoritos.
—Era lo último en tu lista de cosas que hacer antes de morir y no quería que quedara incompleta. Nos vamos dentro de unas horas.
Levanta una mano, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—En primer lugar, es una lista de tareas pendientes.
—Semántica… —Me doy la vuelta y me dirijo al aparcamiento—. Vamos, florecilla, no quiero perder el vuelo.
Se apresura para seguirme el ritmo.
—Segundo, ¿querías completar mi lista?
Me prometí a mí mismo que completaría esa lista hace cuatro años. Ya era hora. La miro por el rabillo del ojo y veo la diversión que se dibuja en su rostro.
—Sí. Y acabo de añadir algo.
Dos cosas.
—¿Has añadido algo a mi lista? —pregunta.
—Sí. Unirnos al club de la milla de altura. Ya sabes, los que follan en los baños de los aviones.
Y arrodillarme y rogarte que seas la doctora Sinclaire el resto de tu vida.
—Me parece bien. Los baños sucios son lo nuestro.
Suelto una carcajada y le cojo la mano, acariciando el lugar donde irá el anillo que he elegido para ella. Me la llevo a unas merecidas vacaciones tropicales y, mientras estemos allí, pienso hacerla mía de una vez por todas.
Mi chica. Mi motivo para ser feliz. Mi florecilla silvestre. Para siempre.