Capítulo 34
Nadia
Me estoy escondiendo en el establo de Vaquero en Cascade Acres, donde lo he guardado para pasar la noche.
La hinchazón de la pata casi ha desaparecido y lo he cepillado hasta dejarlo reluciente; le he dado un masaje, he hecho con él los estiramientos que Griffin me enseñó, le he engrasado los cascos, lo he besado en sus suaves belfos y lo he estrechado contra mí cuando ha metido la cabeza bajo mi brazo para intentar coger más galletas de las que ya le había dado .
Me vuelvo hacia él, apoyo mi cabeza en su cuello y lo abrazo: es como un enorme oso de peluche, cálido y reconfortante.
Mientras me ocupaba de él le he contado todo lo que ha pasado hoy.
Ha suspirado y ha cerrado esos ojos adornados con largas pestañas.
No me ha juzgado ni me ha dado su opinión, solo ha hociqueado en mis bolsillos porque sabe que siempre llevo ahí alguna golosina.
¿Quién iba a decir que este caballo se convertiría en el mejor amigo y confidente que he tenido jamás? Siempre me han gustado los caballos, pero Vaquero es algo más. Somos almas gemelas: ambos abandonados, ambos subestimados; ambos con todo el potencial y mucho por hacer.
Mi plan es darle los próximos meses libres mientras me dedico a los estudios y que Billie lo entrene un poco.
Solo voy a estar a una hora de distancia, pero sé que mis días estarán completos entre las clases y los estudios.
Los fines de semana tengo pensado seguir aprendiendo a montar, pero espero que, para cuando termine el semestre de primavera, pueda dar esas clases de equitación con Vaquero.
A lo mejor conseguimos saltar o a lo mejor solo podemos dedicarnos a pasear, no lo sé, pero él y yo vamos a estar juntos para siempre y voy a adaptarme a su ritmo.
Miro el reloj y me doy cuenta de que llego tarde.
Me he tranquilizado un poco, pero aún tengo miedo de enfrentarme a todos.
Le doy un último beso a mi caballo en el cuello caoba oscuro, salgo del establo, cierro tras de mí y subo a regañadientes el empinado camino de entrada, directa al caos de la cena de los domingos para enfrentarme a los dos hombres que me he pasado la tarde evitando.
El corazón se me hincha en el pecho al pensar en que Griffin le ha dicho a mi hermano que está enamorado de mí, pero, al mismo tiempo, también se me revuelve el estómago, como si tiraran de mí en direcciones opuestas.
Quiero ver adónde llega lo mío con Griffin, quiero decirle que lo quiero, pero también sé que no es el momento adecuado.
Mi hermano lo ha mirado boquiabierto, pero yo me he quedado alucinada: una cosa es que lo susurre contra mi piel y otra muy distinta, que se lo suelte a mi hermano tan clarito.
Lo nuestro es importante, es trascendental, pero tengo la sensación de que no está del todo bien, como si nos mereciéramos empezar de cero de verdad, como si los dos tuviéramos un montón de mierdas que resolver y que no deberíamos llevar a nuestra relación; como si estuviéramos condenados tanto si lo hacemos como si no.
Ver a esa hermosa y maquiavélica mujer amenazándolo ha sido la prueba viviente de ello.
Pero se han acabado mis días de huir de los problemas: puedo afrontarlos porque sé que soy fuerte, que valgo mucho. O al menos eso es lo que me digo.
Alargo la mano hacia el picaporte, pero la puerta se abre de un tirón antes de que pueda cogerlo. Mira está en la entrada, sonriéndome.
—Iba a buscarte.
Le dedico una sonrisa de cortesía.
—Pues ya estoy aquí. Me has encontrado.
—No sabes lo incómodas que están las cosas ahí dentro… —resopla—. Pasa y únete a la fiesta.
Gimo y echo la cabeza hacia atrás; ella me rodea los hombros con un brazo y me lleva a rastras al interior. Se lo está pasando pipa.
—Vamos. —Me estrecha contra ella—. No va a pasar nada. Todos te queremos.
Bajo la barbilla hacia el pecho e intento no reírme por el modo absurdo en que ha enfatizado la palabra «todos».
—Por Dios, ¿es que Stef te lo cuenta todo?
Se ríe entre dientes, con los ojos refulgiendo de pura diversión.
—Literalmente, todo. Ya sabes lo sincero que es.
Pongo los ojos en blanco y me quito los zapatos de una patada antes de seguirla a la cocina y salir a la terraza trasera, donde mi hermano está haciendo una barbacoa.
Las dos hijas de Violet y Cole están retozando en el patio con Silas, asomándose a una jaula de malla mientras chillan felices por los bichos que han capturado.
Cole y Violet están sentados uno junto al otro, con las sillas imposiblemente cerca.
—¿Por qué no te sientas en su regazo, Vi? —bromeo cuando entro por las puertas correderas.
Violet se sonroja, pero Cole me dedica una sonrisa depredadora.
—Buena idea —dice; hace que su menuda esposa se levante y la lleva a rastras hasta sentarla sobre su regazo, ignorando por completo sus débiles protestas y su chillido de sorpresa.
Son adorables.
Griffin está sentado a la cabecera de la mesa, dando vueltas a una lata de refresco entre las manos, observándome, y su expresión no es de felicidad.
Le sonrío con timidez y él me guiña un ojo bajo ese sombrero que es un indicativo de su estado de ánimo: cuando se siente seguro de sí mismo y capaz de comerse el mundo, lleva el pelo peinado hacia atrás y parece un Keanu Reeves sexy, joven y barbudo, pero cuando quiere esconderse, se pone esa cosa vieja y ajada para que el ala le ensombrezca el rostro, como la primera noche que coincidimos.
—Hola, Stef —digo a su espalda—. Huele de maravilla.
—Hola —responde, tenso.
Incómodo de cojones .
—¡Es la receta de pollo tandoori de mi nana! —exclama Mira desde la cocina.
—¡Genial! —contesto; me apetece mucho probarlo, porque todo lo que hace su nana es increíble. Me dejo caer en una de las sillas que hay junto a la mesa de hierro forjado—. ¿Cómo está Billie? —pregunto.
Mira me tiende un refresco de piña, mi favorito. Puedo fingir que estoy de vacaciones en el Trópico.
—Está bien, y los bebés también, aunque ha sido un parto largo que acabó en cesárea. Por ahora están recuperándose en el hospital, en Garnet Ridge. Hank y Trixie están con ellos.
Sonrío y le doy un sorbo a la bebida burbujeante.
Esta pequeña familia del Gold Rush Ranch es digna de verse.
Se me encoge el corazón al pensar en cómo Billie se presentó ante Hank, buscando trabajo como una adolescente fugitiva.
Y ahora está aquí, viviendo feliz para siempre con su atractivo marido en su hermoso rancho, con Hank actuando como el buen padre que nunca tuvo.
Se me llenan los ojos de lágrimas al pensar en esa historia maravillosa.
—¿Habéis ido a verla? —pregunto.
—Aún no —interviene Violet—. Estamos dándoles algo de tiempo.
—Los llamé para felicitarlos y lo único que hicieron fue discutir sobre los nombres que iban a elegir y sobre si Vaughn iba a cambiar su coche deportivo por otro más seguro —tercia Cole. Suelta una carcajada y pone los ojos en blanco—. Como si no hubieran tenido nueve meses para decidirlo…
Todos se echan a reír, e incluso a mi hermano le tiemblan los hombros.
Mira se echa hacia atrás con un suspiro, mirando al cielo.
—Creo que me preocuparía si esos dos no discutieran. Para ellos es como los preliminares.
—No quiero oírlo —gime Cole, y esconde la cara en el brillante pelo rubio de Violet.
Violet suelta una risita y cambia de tema.
—¿Cómo está Vaquero, Nadia? Le he echado un vistazo cuando hemos llegado. Tiene un aspecto increíble.
Sonrío, orgullosa, por el cumplido que acaba de hacerle a mi caballo.
—Gracias. Está muy bien. Espero poder entrenarlo este invierno, así quizá estará listo para una principiante como yo el próximo verano.
Ella asiente.
—Es un buen plan. Así le darás tiempo para que se tranquilice. ¿Por qué no se lo dejas a Griffin? Le vendría genial pasar una temporada en las montañas, recorriendo esos senderos.
Stefan se queda paralizado y echa un vistazo por encima del hombro hacia la mesa. Es la primera vez que lo hace desde que he llegado.
—Bueno, no sé. He pensado que tal vez…
—Me parece una idea estupenda, Violet. —Mira sonríe y bebe un sorbo de vino, y mi hermano se vuelve hacia ella para aplastarla bajo el peso de su ceño fruncido. Ella lo ignora—. ¿Verdad, Griff?
Él asiente con una sonrisa forzada.
—Claro. Encantado —dice, con el menor número de palabras posible.
—Qué bien. Esta noche estamos rodeados de charlatanes —ríe Mira.
Stefan relaja los hombros y su expresión se suaviza cuando abraza a Mira.
—Casi me hace echar de menos a Billie —dice, soltando el chiste para echarle un cable a su mujer. Guiña un ojo y todos se ríen, porque no hay nadie que iguale a Billie y su personalidad chispeante.
La noche transcurre con calma. Stefan y Griffin permanecen en silencio y los demás llevamos el peso de la conversación.
Incluso el habitualmente callado Cole se anima a llenar el vacío, porque, por muy relajado que parezca el ambiente, todos sabemos que hay una cierta tensión subyacente.
Cuando terminamos de comer, Stefan se levanta de la silla y huye a la cocina, insistiendo en limpiar, como siempre hace.
Pero esta vez lo sigo porque no me gusta nada cómo están las cosas entre nosotros. Es la única familia de verdad que tengo, y eso quiere decir que el muy tonto está condenado a soportarme.
—¿Vas a seguir ignorándome? —pregunto cuando entro en la cocina acarreando un montón de platos.
—No te estoy ignorando. —Abre el grifo y deja que el fregadero se llene de agua humeante.
—No seas gilipollas. Eres mi única familia. No puedo soportar que estés enfadado conmigo.
Se gira para mirarme, un poco avergonzado.
—Todos los que estamos aquí esta noche te consideramos de la familia.
Espero que lo sepas. Y no estoy enfadado contigo.
—Se pasa una mano por el pelo y mira a su alrededor como si esperara encontrar las palabras escondidas en una de los estantes de la cocina—.
Estoy preocupado por ti. —Parpadeo; no me esperaba esa respuesta—.
Quiero a Griff como a un hermano, pero tiene que resolver sus asuntos antes de que yo pueda ver todo esto con buenos ojos.
—Sus palabras son cortantes y demuestran el daño que le hemos hecho al ocultarle lo nuestro—.
No quiero que te veas envuelta en eso y, sobre todo, no quiero que te hagan daño.
Ya te han hecho bastante daño para cien vidas y yo lo he permitido, y ahora intento encontrar la manera de evitar que vuelva a ocurrir sin comportarme como un puto capullo prepotente.
—Me río. No puedo evitarlo. Apenas dice palabrotas, y me parto de risa cada vez que lo hace—.
¡No te rías! ¡Es una puta locura encontrar el equilibrio perfecto!
—Me dejo caer contra la encimera y me llevo las manos a la cara, llorando de risa—.
Dios. Eres como un grano en el culo, pero te quiero mucho. Es un incordio.
Eso me tranquiliza un poco. Stefan y yo nos llevamos un montón de años. En muchos aspectos, nos une el modo en que nos educaron, pero, en otros, hace poco que he llegado a conocerlo de verdad, porque tuvo la suerte de escapar del infierno que era el hogar de nuestra infancia.
—Yo también te quiero.
Suelta un gemido, acorta la distancia que nos separa y me estrecha en un abrazo firme y fraternal, apoyando la barbilla sobre mi cabeza. Cuando se separa, me sujeta por los hombros y sus ojos verdes se clavan en mí.
—Quiero que vayas con cuidado y que pienses primero en ti.
Quiero que consideres las implicaciones de involucrarte con un hombre mucho mayor que tú, uno con un pasado lo bastante tortuoso como para rivalizar con el tuyo y que está a punto de ser vilipendiado en los medios.
Y de verdad de verdad quiero que vayas a la facultad de Veterinaria.
Quiero verte en ese puñetero escenario cuando te gradúes, como si estuvieras entonando un «Que te jodan» dedicado al monstruo que nos crio.
Quiero que tengas el mundo a tus pies, que cumplas todos tus sueños, que alcances todas tus metas.
Quiero que tengas todas las oportunidades que nuestra madre nunca tuvo.
—Tensa los dedos sobre mis hombros y me da un apretón que pretende ser reconfortante—. ¿Lo entiendes?
Asiento, intentando contener las lágrimas.
No tiene ni idea de lo bien que lo ha hecho, de lo bien dirigido que iba ese golpe: compararme con mi madre ha sido un puñetazo en las tripas que consigue levantar de nuevo todos mis muros.