Capítulo 33
Griffin Mi mejor y , posiblemente , único amigo me mira fijamente con el asombro pintado en el rostro. Siempre he sabido que iba a decírselo, pero no había imaginado que iba a enterarse de este modo .
—Estás enamorado de mi hermana —dice esas palabras como pertenecieran a un idioma desconocido, con la confusión grabada en cada sílaba.
Me limito a ofrecerle un seco asentimiento.
—Stef —interviene Nadia.
Él se vuelve para mirarla.
—Nadia, por favor, no interrumpas. Esto es entre Griff y…
Sus ojos relampaguean, furiosos, y señala a su hermano con el dedo índice.
—Que ni se te ocurra terminar esa frase, Stefan Dalca.
Ni te atrevas, joder. Esto es entre Griffin y yo.
Tú ni siquiera eres una variable. ¿Crees que puedes irte de mi vida a las primeras de cambio y luego volver e intentar meterte en mis relaciones?
, ¿en lo que hago con mi cuerpo? Pues va a ser que no.
—Stefan empalidece de forma visible, atormentado por su pasado—.
No pienso quedarme a ver cómo decidís quién la tiene más larga.
Ahora mismo estoy demasiado enfadada con los dos.
Le tiembla el cuerpo entero de rabia, y me doy cuenta de lo endeble que es todavía nuestra relación.
Sospecho que ver a Tonya presentándose aquí como si fuera de la realeza ha roto la frágil tregua a la que llegamos anoche.
Estoy casado, y está claro que toda esta debacle va a empeorar aún más antes de mejorar.
Nadia se marcha y ninguno de los dos hace nada por detenerla. Al llegar a su vehículo, se da la vuelta y se aferra a la parte superior de la puerta hasta que se le ponen blancos los nudillos.
—Sois buenos amigos, par de trogloditas, así que no hagáis el imbécil.
Os veré a los dos esta noche en la cena familiar.
—Sacude la cabeza, decepcionada, se sube al coche, cambia de sentido con tres maniobras y sale quemando rueda.
Nos deja a los dos en medio de una nube de polvo y mirándonos, avergonzados.
Stefan rompe el hielo.
—Creo que mi hermana acaba de darnos una lección.
—Es todo un carácter —apruebo, porque es verdad: Nadia no aguanta las mierdas de nadie.
Los dos nos miramos fijamente y un silencio incómodo cae sobre nosotros.
—Verás, sé que debería habértelo dicho…
Stefan niega con la cabeza y se pasa la mano por la cara.
—No. Ella tenía razón. No es asunto mío se mire por donde se mire. Solo estoy sorprendido. Alucinando… Mira me dijo que le parecía que había algo entre vosotros, pero me lo tomé a risa. Yo no había visto nada, pero a lo mejor es que no estaba mirando.
Inspiro hondo.
—En realidad la conocí antes de saber que era tu hermana. Hace dos años, en el Neighbor’s Pub.
—Mierda. —Se lleva las manos a la nuca—. No tenía ni idea.
—Ya… —Es lo único que se me ocurre decir, porque, es verdad, Nadia tiene razón: no le debemos explicación alguna a Stefan. Esto es, sobre todo, entre nosotros.
—Bueno…, tú me gustas mucho más que ese tal Tommy.
—Detesto a ese puto crío —respondo con un gruñido. La sola mención de su nombre despierta mis celos.
Stefan se ríe y me mira como si me hubiera crecido una segunda cabeza, o algo así; como si no fuera capaz de asimilarlo. Y no lo culpo. Es rarísimo para cualquiera que no sepa cómo han sido las cosas.
—Oye, solo quiero lo mejor para Nadia: amor, felicidad, que hagan realidad todos sus sueños.
Tenemos una relación única, y aunque sé que he cometido errores en lo que a ella respecta, no quiero cometer ninguno más.
Si ella te ama y tú la amas, si la haces feliz y puedes convertir sus sueños en realidad…
, bueno, ya te quiero como a un hermano, Griffin; sería muy fácil acostumbrarme a lo demás. Solo quiero lo mejor para los dos.
—Joder, Stefan… —Creo que eso es lo más cerca que va a llegar mi amigo de demostrarme su afecto.
—Pero, Griffin… —me dedica una mirada penetrante; no es una mirada furiosa o desafiante, sino absolutamente sincera—, tienes que valorar si esta mierda —sacude una mano tras de sí, hacia donde Tonya ha estado plantada y proclamando que iba a arrastrar mi nombre por el fango— va a volverse contra ella.
Sé que tienes tus demonios, y una de las cosas más valiosas de nuestra amistad es que nunca nos los echamos en cara.
Pero ¿esa chica? No necesita cargar con nada más.
Lo que dice es muy cierto; es duro oírlo, pero tiene razón, y no sé cómo responder.
Las palabras no son mi fuerte en el mejor de los casos, y este no es uno de ellos, así que me limito a responder a su mirada inquisitiva con una serena de mi propia cosecha.
Solo tengo que asentir para que comprenda lo que intento decirle.
Me da una palmada en el hombro y se aleja a grandes zancadas hacia su todoterreno por el camino de entrada y me deja solo.
Bueno, solo no: con mis demonios.