Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 32
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Capítulo 32

Nadia

La sensación de terror en la boca del estómago aumenta a medida que me aproximo a Ruby Creek. En las montañas todo es perfecto: los dos solos en nuestra propia burbuja de felicidad, practicando un sexo alucinante.

Pero en el valle se impone la realidad. Miro el parachoques del camión de Griffin, que va delante de mí, mientras lo sigo de regreso al rancho; de regreso a las complicaciones.

Encerrados en su casa nos sentíamos como si el mundo real no pudiera alcanzarnos.

Hemos pasado todo el día y toda la noche enredados, sin parar más que para comer o bañarnos y volver de nuevo a la cama.

Apenas hemos hablado; nos hemos limitado a perdernos el uno en el cuerpo del otro, escondidos ahí, donde estábamos a salvo y nos sentíamos bien, como si creyéramos que, si salíamos a tomar el aire, nos daríamos de bruces con la realidad: la facultad, el pasado, el divorcio, las opiniones ajenas, la cinta sexual, el juicio…

Me da igual que sea catorce años mayor que yo, pero no soy tan tonta como para pensar que los demás no van a opinar sobre nuestra diferencia de edad.

Nunca me ha importado lo que los demás piensen de mí, pero la idea de que alguien pueda pensar de Griff lo que no es me pone furiosa, aunque bajo esa furia hay tristeza.

Tengo que demostrarme a mí misma que puedo conseguir lo que quiero y, lo que es más, que Griffin también lo desea.

Giramos por el serpenteante camino bordeado de árboles que conduce a la casa de invitados del Gold Rush Ranch, pero al doblar la última curva no hay ni un solo sitio donde aparcar, al contrario; mi hermano está aquí, apoyado contra la puerta principal con cara de enfado.

Hay un Audi rojo aparcado junto a su todoterreno gris, y, cuando Griffin se detiene y salta de su camioneta, otra persona sale de ese coche carmesí.

El pelo rubio de bote, perfectamente liso, se ondea alrededor de su cintura cuando sus torneadas y bronceadas piernas salen del vehículo. Le dirige una sonrisa bien ensayada a Griffin y mi corazón se salta un latido y vuelve a palpitar tan despacio que creo que va a detenerse por completo.

Stefan la estudia como un halcón y se vuelve hacia mí.

Ladea la cabeza a modo de pregunta, pero apenas le echo un vistazo antes de mirar de nuevo hacia Griffin, que está acercándose a esa muñeca Barbie a tamaño natural, vestida con vaqueros ajustados y tacones de aguja.

Camina hacia él como si el lugar le perteneciera.

Ni siquiera tengo que salir del coche para saber quién es; ni siquiera tengo que conocerla para odiarla. Me da igual que Griffin se haya pasado el último día adorando mi cuerpo y profesándome su amor; me da igual que ni siquiera la conozca ni quiera estar con ella.

Todo eso se desvanece de mi mente cuando veo cómo su mujer le pone las manos en el brazo —ese brazo que me rodeó toda la noche—, una cruzada sobre la otra, mientras él la mira con el ceño fruncido.

Ese antebrazo es mío, y verla paseando su manicura francesa sobre él como si tuviera todo el derecho del mundo me hace abrir la puerta de un empujón y subir furiosa por el camino de entrada.

No llego a oír lo que dice, y no me importa.

O deja sus putas manos quietas o voy a darle una patada en el culo.

—No me toques, joder. —La voz de Griffin es cortante como un cuchillo caliente a través de mantequilla, brusca y categórica.

Ella pone los ojos en blanco y cambia el peso del cuerpo de un pie a otro.

—¿Quién es? —Mueve la cabeza hacia mí, con expresión despectiva.

El sentimiento es mutuo.

—Es mi hermana. —Stefan pasa a toda prisa frente a ella para ponerse a mi lado.

—Qué adorable. —Se vuelve hacia Griffin con un mohín en sus labios pintados de rosa. Va demasiado arreglada, pero habría que ser idiota para no darse cuenta de que es sexy de cojones.

Y eso lo empeora todo, porque ahora mismo llevo unos vaqueros rotos, unas chanchas y una camiseta estampada; a su lado, me siento cohibida, infantil y descuidada, y aborrezco que provoque todo eso sin siquiera proponérselo. No se lo merece después de lo que le ha hecho a Griffin.

Alarga la mano para tocarlo de nuevo, pero él se aparta, mirándola como si estuviera dispuesto a acabar con ella ahí mismo si no fuera tan caballero.

—Hablemos dentro.

—No.

—¿Y en privado? —Griffin sigue su mirada hasta donde estamos Stefan y yo.

Agradezco en el alma que mi hermano mayor esté aquí, como un escudo ante lo que está ocurriendo. Siempre me ha protegido a su manera, y en esta ocasión no es diferente.

—P… —Griffin levanta las manos y aprieta la visera de su ajada gorra de béisbol. Ha estado a punto de tropezar con la palabra, lo que significa que está estresado, y detesto que se sienta así. La detesto a ella—. Di lo que tengas que decir —reformula.

—Sí. Me encantaría saber por qué merodeabas por su casa y mirabas por las ventanas. —La voz de Stefan es mordaz; su pose, un mal augurio. Siempre ha sido protector con pe mayúscula, y más desde que es padre.

Ella suspira y levanta el sobre de papel manila que tiene en la mano.

—Le dije a mi abogado que iba a firmarlos, pero no veo ninguna compensación económica. Tu abogado no cede, así que he pensado que podía venir a buscarte y hacerte entrar en razón.

Un profundo gruñido retumba en el pecho de Griffin. Es un caballero, pero la amenaza es evidente, y no le ha gustado.

—No hay base para ello: estamos separados y nunca tuvimos una relación. Me limité a pagarte para que te largaras.

La mujer se tensa y tiene el suficiente sentido común para parecer un poco avergonzada delante de nosotros.

—Bueno, si quieres mantener alejada a la prensa, es mejor que añadas algo más.

—Le estampa el sobre en el pecho con una floritura—.

Sería una lástima que ese vídeo saliera a la luz, aunque tampoco es que me importe mostrarlo.

Hacíamos buena pareja. Al menos, antes de que te dejaras la barba.

—Mueve la mano frente a él, y quiero rompérsela.

Me encanta su barba—. Y lo pasamos de miedo, ¿verdad?

—La muy bruja tiene el descaro de guiñarle un ojo.

—Esto ya ha durado demasiado. Se ac… ac… acabó. —Se me encoge el corazón, pero me siento muy orgullosa porque no ha renunciado a las palabras exactas que quería usar.

—Q… Q… Qué mal —se burla, con una sonrisa que me pone la carne de gallina.

Y todo se vuelve rojo.

—Vete. Ahora mismo. Estás invadiendo una propiedad privada. —Doy un paso hacia ella y le señalo su coche con una mano temblorosa por la rabia.

Ella se limita a poner los ojos en blanco y yo me planteo seriamente sacar la pistola del coche y practicar tiro al blanco con sus uñas postizas.

Después de cómo fue mi infancia me juré a mí misma que jamás iba a recurrir a la violencia, pero ahora mismo lo estoy considerando seriamente.

Lo único que me detiene es la mirada que me lanza mi hermano, como si supiera que estoy pensando en matarla de verdad.

—No, hasta que consiga lo que he venido a buscar.

—Griffin, que ni se te ocurra darle nada —espeto, aunque no sea asunto mío. Nunca superará la vergüenza de su pasado si sigue enterrándolo, y eso no es lo que quiero para él. Quiero que empiece de cero, que podamos empezar de cero. Y al infierno con el vídeo.

Además, ella no se merece una mierda de él.

Su mirada torva se suaviza cuando se vuelve en mi dirección y se convierte en esa mirada especial que solo me dedica a mí, que me demuestra que da igual lo que lleve puesto o si estoy despeinada, porque lo que hay entre nosotros no es superficial, es profundo como el alma.

Nadie nos entiende como nos entendemos el uno al otro.

Y por la forma en que me mira, sé que siente lo mismo.

Se gira hacia ella, le echa un vistazo fulminante y tira el sobre sobre la grava, a sus pies.

—Nos vemos en el juzgado —dice, e inspira hondo.

Compartimos una sonrisa cuando ella regresa a su coche con la cabeza alta, como si no hubiera intentado chantajear a un hombre aprovechándose de haber coincidido con él en las horas más bajas de su vida.

—La odio con toda mi alma —mascullo cuando acelera y pasa demasiado cerca de Stefan y de mí. Las luces de freno se encienden al tomar la curva a toda velocidad.

Espero que se largue para siempre, pero me da que no va a ser así.

—¿Alguien puede decirme qué está pasando?

—Abro los ojos de par en par cuando la atención de mi hermano se centra en mí, con un brillo acusador en sus ojos verdes.

Como no recibe ninguna explicación, me da la espalda y se dirige a su mejor amigo—.

Porque no se me ocurre ni una sola buena razón para que mi mejor amigo pase sus días libres con mi hermana pequeña.

—Francamente, Stefan, eso no es asunto tuyo —digo, y él se tensa ante mis palabras.

—Lo es cuando todo el mundo ha estado intentando localizarte para decirte que Billie ha tenido a los bebés. —Se vuelve hacia mí, y por fin me doy cuenta de lo angustiado que está—. ¡Nadie sabía dónde estabas! Me he vuelto loco intentando encontrarte.

Joder. Ahora me siento como una gilipollas.

—Lo siento —digo con un mohín—. En la montaña no hay cobertura y mi teléfono está muerto. ¿Billie está bien?

—Sí. Todo el mundo está perfectamente. Pero volviendo a lo de la casa de la montaña: ¿puedes decirme qué hacías ahí?

—Me limito a parpadear, porque no estoy preparada para poner en voz alta lo que hemos hecho ahí arriba, y menos después de toda esta escena—.

¿Griff? —pregunta mi hermano, con voz suplicante.

Griffin se encoge de hombros.

—No voy a hablar por Nadia.

Stefan se pasa una mano por el pelo como si acabáramos de anunciarle la peor noticia de su vida —¿En serio? Es catorce años más joven que tú.

Griffin busca mi mirada de nuevo, y lo que leo en sus ojos es que está a punto de dejar atrás la cautela y lanzarse a la piscina. Y no me decepciona.

—Ya. Y aun así estoy enamorado de ella.