Capítulo 31 #2
Vuelvo a acariciarle el clítoris y me aparto hacia el otro lado de la mesa; de camino, cojo la cuerda.
Ella lleva las muñecas por encima de la cabeza y yo se las ato al respaldo de la silla; tiro de la cuerda y sonrío al ver que se mantiene firme.
Uno no crece en un rancho sin aprender a hacer un buen nudo.
Retrocedo lentamente, contemplando cómo su pecho sube y baja al compás de sus jadeos.
Sus pezones se asoman a través del encaje y aprieta los muslos, intentando aliviar la tensión que siente entre ellos.
Me acerco y le paso un dedo por las rodillas, que cuelgan del borde.
—¿Confías en mí? —digo con voz ronca. Esto es importante para mí: quiero su confianza.
—Sí —suspira con sinceridad.
Me trago el nudo que se me hace en la garganta; estiro las manos y engancho los dedos en sus bragas para deslizarlas por sus caderas torneadas y sus muslos firmes; las dejo caer al suelo con el resto de su ropa desechada y me agacho para darle un beso en la rodilla.
—No sé ni por dónde empezar. —La provoco deslizando un dedo por su muslo hasta sus caderas.
—Vamos a follar —dice, con voz desesperada, retorciéndose contra la cuerda—. Por favor, acaba con mi sufrimiento y vamos a follar de una vez. Te deseo con locura, y no sé si lo odio o me encanta.
No puedo evitar una sonrisa, sintiéndome cada vez más como yo mismo. Sé exactamente lo que quiere decir, porque a mí me ocurre lo mismo.
—De eso nada, florecilla. —Dejo un reguero de besos por su cuerpo y percibo el pulso que late bajo su piel cuando llego al cuello, deleitándome por lo vulnerable que se muestra ahora mismo—. No vamos a follar aún. Voy a saborearte y a hacer que te mueras por mí.
—Ya lo hago —susurra, y hay una pizca de tristeza en su voz, como si supiera algo que yo todavía no he descubierto.
—Ni por asomo —digo con voz ronca; pongo la palma de la mano sobre su clítoris palpitante, y ella se retuerce y gime; apenas puedo oír el leve sonido de sus jadeos bajo el rugido de la sangre en mis oídos.
Cuando estamos juntos es como si no existiera nada más. El mundo se difumina a nuestro alrededor; nuestras respiraciones se sincronizan, nuestros corazones palpitan al unísono.
Deslizo los labios por su torso y le acaricio los pechos, pellizcándole los pezones con suavidad. Paso la lengua por su vientre, por el hueco de sus caderas. Se contonea bajo mi cuerpo y la silla traquetea cuando tira de la cuerda sin poder evitarlo.
Todavía no me acerco a su sexo, aunque sé que está deseando que lo haga.
—Es una agonía querer algo que no puedes tener, ¿verdad? —pregunto, acariciándole la parte superior de los muslos.
—Tócame.
—No. —Me pongo en pie con una sonrisa burlona y me cruzo de brazos.
—¡Por favor! Tócame, o… —exclama, suplicante.
—¿O qué?
—O voy a volverme loca —dice, con tono desesperado—. Esto es una tortura. —Sus dedos se tensan y se relajan sobre su cabeza.
—Eres la mejor tortura posible, Nadia. Mi infierno preferido.
Y te deseo tanto que ni siquiera me importan las llamas.
—Se humedece los labios y me mira, temblorosa.
Mi confesión la ha dejado sin palabras. Doy un paso atrás y la recorro con la mirada—.
Ahora abre las piernas para mí. —Se estremece y separa sus preciosos muslos con un gemido silencioso.
Estoy tan duro que duele—. ¿Sabes lo guapa estás así?
Nunca he estado más duro de lo que estoy ahora contigo atada y tendida en la mesa de mi comedor como un banquete de cinco platos.
—¿Solo cinco? —Suelta una risita desquiciada.
Me acerco y ella tiembla. Paso una mano por el interior de su muslo y tanteo su húmedo calor con un dedo y veo cómo desaparece en su interior.
Jadeo. Es demasiado, joder. Cuando lo saco, mueve la cabeza de un lado a otro.
Nadia no es una mujer paciente, y la espera la está matando tanto como a mí, pero eso es lo que es nuestra relación: una espera deslumbrante, cruel y tortuosa.
Sus ojos se encienden cuando me meto el dedo en la boca, lo chupo y lo saco con un lascivo chasquido.
—Está…, bueno, creo que no me basta con cinco platos.
—Griffin. Apúrate y vamos a f…
Me arrodillo entre sus piernas abiertas y la hago callar.
—Si vuelves a llamar a esto «follar», voy a ponerte sobre mis rodillas y a dejarte ese culo perfecto como un tomate. —Me pongo sus muslos sobre los hombros, clavándole los dedos.
—Me da miedo llamarlo de otro modo. Por ahora —confiesa, y se me encoge el corazón.
—Entonces, esperaré. —Le sostengo la mirada durante un instante: quiero que lea en ella lo mucho que la deseo. Y entonces me sumerjo entre sus piernas e intento demostrárselo de otro modo.
Sus muslos tiemblan al rodear mi cabeza con más fuerza cuanto más la empujo hacia el orgasmo.
Cada lametón, cada beso la llevan al límite.
A veces soy brusco, pero otras doy un paso atrás y ralentizo el ritmo, optando por un toque ligero como una pluma que la hace gruñir de frustración, pero yo me limito a seguir volviéndola loca.
Hay algo en este momento que parece un principio y un final a la vez. Como si todas las cartas estuvieran sobre la mesa y ninguno de los dos estuviera seguro de lo que eso quiere decir, aunque los dos somos conscientes de que es trascendental.
Cuando le meto dos dedos, grita mi nombre y se contonea sobre la mesa.
—¡Griffin! Me voy a correr. Por favor, no pares.
Quiero decir algo así como «Joder, ya lo sé», pero me ha pedido que no pare, y no pienso hacerlo. Sigo hasta que su cuerpo se tensa, sus piernas me estrangulan y su sexo late contra mi boca.
Es el puto paraíso.
Cuando por fin se relaja, me levanto y me quito la ropa, contemplando cómo parpadea e intenta recuperar el aliento. Ni siquiera abre los ojos cuando le paso la punta de mi miembro dolorido por la entrada.
—¿Quieres mi polla, florecilla silvestre? —Mi voz resuena en el silencio que nos rodea, y, cuando nuestras miradas se cruzan por fin, me deja sin aliento. Tiene las mejillas sonrojadas, y en la calidez de sus ojos puedo ver lo saciada que está.
Así es como la veo en sueños. Como debería verla todos los días.
—Quiero… —Se le hace un nudo en la garganta y se calla. No es propio de ella. Había pensado que iba a suplicar por mi polla como la brujita adorable que es, pero en cambio dice—: Te quiero a ti. A ti entero.
Y, joder, es mucho más de lo que esperaba. Mucho más de lo que merezco.
Me deslizo dentro de ella de un solo empujón, me cierno sobre su cuerpo y reclamo su boca para tragarme sus gemidos; siento el roce de su sujetador de encaje y sus pechos turgentes contra mi pecho desnudo cuando su sexo se contrae en torno a mi longitud.
—No es suficiente. Quiero más —murmura contra mis labios, y estoy de acuerdo: quiero sentirla más cerca, quiero de ella más de lo que razonablemente puede darme.
Levanto las manos, tiro de las cuerdas y suspiro aliviado cuando sus brazos me rodean y me estrechan. Sus piernas me envuelven la cintura y mis caderas se mueven violentamente contra ella. La mesa emite un chirrido sordo con cada fuerte empujón que la arrastra por el suelo.
—Te deseo con toda mi alma —susurra, enredando las manos en mi pelo. Nos besamos frenéticamente: mejillas, barbillas, orejas, cuellos… Nos cubrimos de besos mientras la embisto con temerario abandono. Su espalda se arquea para recibir cada embate.
—Y yo a ti, florecilla silvestre. Y yo a ti.
Ahuyento la vocecilla en el fondo de mi cabeza que ha aparecido para recordarme que cuando deseo algo con todas mis fuerzas no sale bien. Quería una carrera larga y fructífera; quería un matrimonio como el de mis padres. Querer esto con Nadia es como el beso de la muerte.
Pero aun así le hago el amor todo el día. Y más tarde, mientras duerme, cojo su diario y tacho ese punto de su lista de tareas pendientes.