Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 31
77%

Capítulo 31

Griffin

No puedo ni moverme. Incapaz de levantarme de donde me ha dejado, aquí, en la mesa, hago girar la taza entre las manos. Ni siquiera puedo disfrutar del café.

Todo es peor cuando ella no está: el aire no es tan suave y mi corazón no se acelera, porque espero con impaciencia verla.

Solo un destello de su pelo rubio o el sonido de su risa pueden alegrarme el día.

Tener a Nadia a mi alrededor durante los últimos meses me ha hecho darme cuenta de que antes no vivía: me limitaba a existir.

Su presencia me ha resucitado, y se lo he pagado abrumándola con el peso de mi pasado.

Doy un sorbo a mi café y miro su taza aún llena. Está tibio y sabe fatal. Esta taza de café y yo tenemos más en común de lo que me gustaría admitir.

La puerta de su coche se cierra de golpe y ese sonido me arranca un escalofrío: se marcha, y no puedo culparla. Es una mujer inteligente, y las mujeres inteligentes salen corriendo cuando se topan con un hombre como yo.

Pero no llego a oír el motor de su coche. Solo escucho el silencio, interrumpido por el sonido que hace mi taza al moverla sobre la mesa. Es irritante. Yo soy irritante.

No ir a ver lo que está haciendo es una tortura, así que al final me rindo, me levanto de la silla, dejo las tazas en el fregadero y atravieso el salón a grandes zancadas hasta la ventana: su coche sigue aparcado fuera.

Dejo escapar un profundo suspiro de alivio y voy hacia la ventana lateral, la que da al campo de flores; está ahí sentada, con la cabeza gacha, garabateando furiosamente en su diario.

Ojalá pudiera sacarle una foto mientras está inmersa haciendo algo que sabe que le sentará bien.

No soy capaz de deshacerme de esa florecilla silvestre por más que lo intento.

Levanta la vista y, aunque está lejos, juraría que nos miramos.

Se muerde el labio y yo retrocedo a trompicones, porque de pronto me doy cuenta de que me estoy entrometiendo en un momento privado; me siento en el sofá, apoyo los codos en las rodillas, dejo caer la cabeza entre las manos y espero.

Barajo en mi mente todas las opciones, incluso la de perderla, que me enferma.

No puedo haberla encontrado para perderla ahora.

Sin más: no puedo. Me niego a aceptar ese destino.

No sé cuánto tiempo llevo aquí sentado, dándole vueltas en bucle a la cabeza, cuando por fin oigo pasos en el porche delantero.

El corazón se me acelera en el pecho y me quedo paralizado cuando se abre la puerta principal.

Ella se apoya en la jamba y me mira fijamente.

No tengo ni idea de qué está pensando: se ha esforzado por mantenerse inexpresiva.

—Creo que voy a volver a casa. Debo preparar unas cuantas cosas para la facultad.

Se me revuelve el estómago: va a alejarse de mí, y no puedo culparla ni un poco.

—De acuerdo. —Asiento, y mis manos caen sin fuerza entre mis piernas. Me siento derrotado.

Le relampaguean los ojos y se eriza como un gato; se cruza de brazos, con el diario aún en la mano.

—Que te jodan.

Me incorporo un poco en el sofá, apoyando las manos a mis costados.

—¿Qué has dicho?

—He dicho «Que te jodan» —vocaliza con cuidado.

Rechino los dientes.

—Lo siento. De verdad que lo siento. Solo intentaba evitar que pasáramos por esto.

Pone los ojos en blanco y, por una vez, aparenta su edad: parece una cría.

—Los tíos no sois muy listos, ¿no? Me importa una mierda tu estúpido matrimonio.

¿Siento un odio irracional hacia una mujer a la que ni siquiera conozco?

Sí. ¿Me pongo mala solo de pensar en ti con alguien más?

Sí, en mayúsculas. ¿Estoy enfadada porque no me lo habías dicho?

Sí, Griffy, lo estoy. Pero sobre todo estoy cabreada porque eres demasiado cobarde como para luchar por mí.

—La fulmino con la mirada, aunque detesto que tenga razón—.

¿Le tienes miedo a mi hermano? ¿Temes hacerme daño?

¿O es que estás demasiado asustado como para creer que te mereces algo bueno?

Que te jodan por ser tan cobarde. Dijiste que era tuya, ¿y ahora vas a sentarte ahí y a dejar que me vaya?

—Suelta un resoplido—. Sí, perdona mi lenguaje, pero que… te… jodan.

Me quedo paralizado cuando lo que acaba de soltarme cala por fin en mí. Ha despertado mi vena competitiva, al atleta olvidado que se deja la piel para ganar, para desafiar las probabilidades, para conseguir lo que quiere. Le ha dado un golpecito en el hombro a ese tío.

No.

Le ha dado una patada en las pelotas.

Sé que hace tiempo que me la merecía, y me inunda una oleada de frustración. Me levanto y recorro la distancia que nos separa con un par de largas zancadas. Le rodeo la nuca con una mano y apoyo la otra en el marco de la puerta, aprisionándola.

—Eres mía.

Nadia abre los ojos de par en par al ver lo rápido que me he movido, pero sus labios dibujan la sombra de una sonrisa, como si le divirtiera cabrearme.

Pasa los dedos por mi pecho agitado. La Bella y la Bestia enfrentadas en una cabaña remota en las montañas.

—Por fin. Me preguntaba cuándo ibas a atreverte a ir a por lo que quieres.

—¿Intentas cabrearme? —digo, jadeante. Se le pone la carne de gallina en los brazos.

—No —responde con voz entrecortada; sus pezones se erizan bajo la camisa—. Intento que espabiles de una puta vez.

—Misión cumplida, florecilla silvestre.

Levanta la barbilla con un gesto desafiante. No se siente intimidada; jamás la he intimidado, y no me gustaría empezar ahora.

—Perfecto.

—Vuelve a la mesa para que podamos hablar. —Hago un gesto por encima del hombro hacia la cocina.

—Vas a tener que obligarme, porque no estoy de humor para hablar, Griffy. —Sus ojos relampaguean y el color de sus iris pasa de dorado a un tono tierra flamígero—. Prefiero que hagas que me incli…

Me agacho, la cargo sobre mi hombro y sonrío al oír su chillido de alegría. Debería haber sabido que este era el modo con el que quería descargar la tensión. Le doy un buen azote en el culo con la mano libre y cojo la cuerda que cuelga junto a la puerta.

—¿Qué te dije que iba a pasar si volvías a llamarme «Griffy», florecilla?

Intenta soltarse mientras atravieso la casa a toda velocidad; la deposito en la mesa y me pongo entre sus muslos abiertos. Dejo caer la cuerda a su lado, y no se me escapa cómo se humedece los labios cuando posa la vista en ella.

—No sé, me cuesta recordarlo… —Se pasa un dedo por los labios—. Fue hace mucho tiempo. —Es mentira. Y, además, ha estado intentando provocarme desde el mismísimo momento en que ha puesto un pie en mi porche.

—Tenemos que hablar. Y voy a atarte a la silla si intentas huir otra vez. —Escudriño su expresión, buscando cualquier indicio de inseguridad o confusión, pero solo hallo calidez y deseo.

—Después. —Tira al suelo el diario, con la cubierta adornada con un diseño floral, se quita la camisa y la deja caer a mis pies—. Ahora mismo, lo que quiero es tenerte dentro; quiero sentir que soy tuya y que tú eres mío y de nadie más. Lo necesito.

Sus palabras esconden una profunda angustia, y lo único que deseo es hacerla desaparecer; si es así como quiere que lo intente, no voy a negarme, y menos al ver sus suaves pechos contra las copas rosa pálido de su sujetador de encaje: no tiene relleno, y el efecto translúcido que deja ver sus pezones rosados me pone duro al instante.

Alargo la mano y le pellizco uno entre el pulgar y el índice; sus labios se abren con un grito de sorpresa.

—¿Estás celosa, florecilla silvestre?

Se le desencaja la mandíbula y me mira fijamente, indómita y excitada. Un hermoso rubor cubre su piel bronceada.

—Sí —murmura, como si le hiciera daño reconocerlo.

—No tienes por qué. Eres todo lo que quiero.

—Le recorro el cuerpo con la mirada: veo cómo el pulso le late en el cuello y el rubor desciende hasta su pecho—.

Solo pienso en ti. —Me echo sobre ella, con las manos apoyadas en el tablero de la mesa, y lamo el punto donde palpita la sangre en la vena—.

Sueño contigo. —Ella gime y yo le muerdo el cuello hasta dejarle una marca, como sé que le gusta—.

Eres mía. Lo eres todo para mí. —Me echo hacia atrás para asegurarme de que me ha oído bien—.

Ahora quítate los putos pantalones. Te quiero desnuda y suplicando.

Se levanta al instante, pegada a mi pecho, y se quita los vaqueros. Gimo cuando veo las bragas de encaje a juego.

Esta chica va a acabar conmigo .

Se aparta de mí y se echa sobre la mesa, pero, aunque me encanta follar con ella desde atrás, hoy quiero verle la cara.

—No. —Le rodeo la cintura con las manos, la vuelvo hacia mí y la siento en el borde de la mesa.

Pongo la palma de la mano en su pecho, la empujo para que se recueste y me deleito con el jadeo silencioso que deja escapar cuando la superficie fría toca su espalda.

Me mira con avidez, con nerviosismo. Le cuesta abrirse, como a mí, pero vamos a tener que intentarlo si queremos que esto funcione—. Quiero ver tu cara cuando entre en ti.

Le acaricio el clítoris con el pulgar a través del fino encaje y su cuerpo se estremece debajo de mí.

—Joder —suspira, y se aferra a la madera que tiene debajo.

—¿Estás mojada para mí, Nadia? —pregunto, sin apartar la vista de su hermoso cuerpo, justo donde debe estar: tendido sobre mi mesa.

—Sí —susurra, con los ojos nublados por el deseo.

Ya lo sabía: noto su humedad a través del triángulo de encaje que apenas consigue taparla.

—Voy a atarte las muñecas, ¿te parece bien?

Se muerde el labio inferior.

—Sí.