Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 30
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Capítulo 30

Nadia Entro en la acogedora casa de Griffin esforzándome por aparentar una tranquilidad que no siento porque estoy intentando comportarme como una adulta y tomármelo con calma .

Si es capaz de sentarse y contarme lo que lo corroe, lo menos que puedo hacer es afrontarlo con madurez.

A menos que haya asesinado a alguien… A lo mejor ha escondido un cadáver en sus terrenos. O está infiltrado en la mafia. O puede que seamos parientes…

Voy a la enorme mesa de la cocina con la mente desbocada y me dejo caer en una silla. Inspiro muy muy hondo y apoyo las manos en la madera. He afrontado cosas terribles: esto no puede ser tan malo.

Miro a Griffin, que me ha seguido con calma. No va a ser tan grave: Griffin es un buen hombre, no como mi padre. Es amable y considerado, y voy a poder superar lo que quiera que tenga que decirme.

Debo superarlo.

Mientras sirve los cafés, me dedico a contemplar cómo la camiseta se ciñe deliciosamente a sus anchos hombros y se le levanta un poco en la cintura; lleva el pelo hecho un desastre, como si se hubiera pasado toda la noche mesándoselo.

—Toma. —Desliza mi taza de café por la mesa, pone una silla frente a mí, le da la vuelta y se sienta en ella del revés, con el respaldo contra su pecho como si fuera un escudo.

Sus enormes ojos marrones se clavan en mí con una terquedad que detesto.

—Deja de mirarme así —digo—. Van a salirme canas de tanto esperar.

En sus labios se dibuja una sonrisa.

—Seguirías estando buena con canas —dice, saliéndose por la tangente.

—Griff —suplico. Sé que está tratando de aligerar el ambiente, o lo que sea, pero no va a funcionar.

Clava la mirada en la taza, y nos envuelve el silencio.

Pasa la yema de un dedo por el asa, con delicadeza, pensativo, y las venas de la parte superior de su mano acompañan el movimiento de un modo hipnótico.

Sus caricias son hipnóticas: tienen un propósito, un significado.

Nunca son apresuradas ni descuidadas. Me encanta cuando me acaricia.

—Nunca le he contado esto a nadie salvo a mi madre.

Ni siquiera a mi p… p… padre. —Se pasa una mano por el pelo y se tira de las puntas.

Me da un vuelco el corazón cuando tartamudea: está nervioso—.

Creo que no podría soportar cómo me miraría si lo supiera.

Siempre he querido una relación como la que tiene con mi madre, y sé que es lo que ellos querrían que yo tuviera.

—Asiento y rodeo con las manos la taza que tengo delante.

No quiero interrumpirlo, así que confío en que el calor del café temple mi cuerpo y espante el frío helador que me invade—.

El día de mi accidente estaba borracho. — «Borracho» .

Odio esa palabra referida a Griffin. Odio pensar en él de esa manera—.

Me pasaba la vida saliendo de juerga. Tenía d…

d… demasiado d… dinero y me creía invencible, y estaba rodeado de gente que solo quería complacerme.

Era una mala c… combinación. —Traga saliva y se sonroja, sin mirarme aún a los ojos.

—Eh, eh… —Extiendo la mano sobre la mesa para coger la suya. Detesto ver cómo se debate—. Puedes hacerlo.

Asiente con un gesto brusco, pero no me mira a los ojos, porque debe de saber lo que va a encontrar, pero los músculos de sus manos se relajan y destensa un poco los hombros.

—Todavía estaba borracho de la noche anterior, estoy seguro.

Íbamos a jugar un partido a Las Vegas, y la tentación era…

excesiva. Cada vez tomaba decisiones más estúpidas.

A veces me pregunto si habría hecho la misma jugada estando sobrio, si habría visto venir lo que pasó o si me habría acordado de abrocharme el casco.

Todo el mundo veía a la superestrella, la versión mediática, perfecta y deslumbrante del gran quarterback Griffin Sinclaire.

Pero las cosas eran muy distintas bajo esa fachada.

Dios, no tenía ni idea… Me contó que salía mucho de fiesta y se define a sí mismo como alcohólico, pero no sabía lo atormentado y avergonzado que se siente ni lo intensa que es su lucha interior.

De pronto, su comportamiento adquiere mucho más sentido. Le estrecho su cálida y enorme mano entre las mías para darle los ánimos que necesita.

—Aquella noche… —Suelta un gruñido y levanta la vista hacia el techo. Veo cómo se le mueve la nuez y lo único que deseo en este momento es que me mire—. Esa noche me casé.

El aire se escapa de mis pulmones en una brusca espiración.

—¿Estás casado?

Resopla.

—Sobre el papel. Era una fan que vino a Las Vegas a animar al equipo. No la había visto antes, y no he vuelto a verla desde entonces.

Mi corazón late tan fuerte que casi no puedo oír sus palabras. Casado. Casado. Casado. Esa palabra resuena como un puñetero eco en mi mente. Tampoco es que haya pensado en casarme con Griffin —aún no—, pero sí se me había ocurrido de pasada que podía compartir mi vida con él.

—¿Estás casado? —repito.

Por fin me mira, y veo la agonía en sus ojos cuando me rodea las manos con la suya. Está devastado.

—Tienes que entenderlo: no lo supe hasta que recibí una carta de su abogada un mes más tarde, con una copia de la licencia, fotos nuestras con el tío disfrazado de Elvis que nos casó y la exigencia de un estipendio mensual.

Según ella, tenía una grabación y amenazaba con sacarla a la luz, como en una película cutre.

Es mucho menos divertido cuando se trata de tu propia vida.

Me humedezco los labios, intentando asimilar lo que me cuenta, y siento en mi pecho esa chispa de rabia tan familiar.

—¿Un vídeo sexual? ¿Iba a por tu dinero?, ¿te chantajeó?

—Nadia, en ese viaje lo perdí todo: mi carrera, mi fama, mi habla…

Todo lo que me definía quedó barrido de un plumazo y me dejé llevar por la ira y la tristeza; y por un abrumador sentimiento de vergüenza, porque no podía culpar a nadie más que a mí mismo o al universo por mi mala suerte, y me moría por poder acusar a alguien más.

Pero solo me tenía a mí mismo, estaba atrapado en mi propia compañía y consumido por el autodesprecio, y entonces llegó ese sobre manila de una mujer cuyo nombre ni siquiera recordaba y fue como el último clavo en mi ataúd, lo que me llevó al límite.

No solo había perdido mi carrera, todo aquello por lo que había trabajado, sino que también les había escupido a la cara los valores que mis padres me habían inculcado.

Lo último que me importaba eran el dinero o ese acuerdo, porque no quería que nada de eso saliera a la luz.

Mi único objetivo en ese momento era no humillar más a mis padres.

O a mí mismo. Eso era lo único que me importaba.

—Su otra mano se posa sobre la mía, y prácticamente estamos agarrados por encima de la mesa—.

Hasta que llegaste tú. Quiero empezar de cero contigo, no quiero cargar con ninguna mierda.

Llevo años enviándole los papeles del divorcio sin recibir respuesta, y hasta ahora el dinero y las implicaciones legales me daban igual.

No me importaban porque no tenía un motivo para que así fuera.

Era más fácil seguir ocultándolo. Pero ahora… , bueno, ahora sí me importa.

—No es justo que tengas que llevar todo esto a cuestas, Griffin. —Recorro con la mirada los rasgos duros de su rostro, adornado por las finas líneas de años de dolor y sufrimiento inmerecidos, de dolor y sufrimiento autoinfligidos—. No te mereces una mierda así.

—Deberías odiarme.

Ladeo la cabeza y lo miro muy fijamente, intentando atravesar la nube de vergüenza que nubla sus ojos.

—No.

—Deberías —repite con un tono más duro, intentando alejarme. Lo sé porque reconozco esa chispa de ira en sus ojos. Parece poseído por la misma furia que me dominaba a mí, pero yo ya no la siento.

Le clavo las uñas en la piel, lo bastante fuerte como para que se remueva en la silla.

—Nunca podría odiarte, Griffin Sinclaire; ya te odias tú lo suficiente por los dos. Yo lo intenté y fracasé. Odio que te haya pasado algo así, odio que no me lo hayas contado antes y odio que creas que no puedes contárselo a nadie más. Pero a ti no te odio.

—Lo siento. —Parpadea para espantar las lágrimas que anegan sus ojos. Me duele todo el cuerpo por la necesidad de estrecharlo entre mis brazos y demostrarle que esto no cambia nada, pero algo me lo impide.

Eso no cambia lo que siento por él, es verdad: nuestros corazones laten a la vez y por eso el mío me duele tanto ahora mismo, pero todavía conservo una pizca de instinto de supervivencia y recuerdo las palabras de mi terapeuta, las que escribí en mi diario…

Recuerdo desear con desesperación no ser como mi madre, unida a un hombre infeliz que, a su vez, hacía infelices a todos los que lo rodeaban.

Griffin no es mi padre, pero a veces me preocupa que yo pueda ser mi madre.

—Lo siento mucho, joder. Intenté mantenerme alejado de ti, pero hasta en eso he fallado.

Esbozo una sonrisa triste y le estrecho los dedos entre los míos.

—Soy muy terca, Griffin. Nunca has tenido ni la más mínima oportunidad.

Me devuelve la sonrisa, pero es forzada.

—Parece que por fin va a firmar los papeles, me lo dijo mi abogado anoche, y entonces podremos tramitar el divorcio.

—¿Le pagaste?

—No. Decidí que me daba igual si lo hacía público o no.

Asiento, aprobadora.

—Bien. Me alegro por ti.

Suelta una risa rabiosa.

—No tienes por qué ser tan madura con todo este lío, Nadia.

—Te aseguro que para mis adentros no estoy siendo muy madura. En mi interior detesto a esa bruja y lo único que quiero es decirle algo así como «Que te den, avariciosa de mierda. Acércate y te daré una patada en el culo».

Me mira fijamente, sacudiendo la cabeza, con los labios dibujando apenas una sonrisa.

—Eres muy peleona, florecilla.

—¿De verdad hay un vídeo? ¿Te acostaste con ella? —pregunto antes de poder contenerme. Supongo que, después de todo, no soy tan madura, porque está claro que se acostó con esa mujer.

Griffin hace una mueca, incómodo.

—No lo sé. Nunca he hablado directamente con ella, y no recuerdo nada en absoluto de esa noche.

Un gemido agónico se escapa de mis labios; me echo hacia atrás y suelto las manos, que aún están entre las suyas.

Siento el frío sobre mi piel y me muero por saltar sobre la mesa y acurrucarme entre sus brazos, pero mi parte racional me dice que debo mantenerme sentada y tomarme un poco de tiempo para pensar.

—¿Qué harás si lo saca a la luz?

Cierra los ojos de golpe e inspira con dificultad.

—Rezar para que no lo veas.

Se me hace un nudo en la garganta y el estómago me da un vuelco. Siento náuseas, así que cambio de tema enseguida; no quiero ni pensar en verlo con otra y menos en que el mundo entero lo vea.

—¿Alguna vez fuiste a rehabilitación?

Sus manos yacen inertes sobre la mesa y parece desolado por completo. Detesto verlo así porque entiendo cómo se siente: ese dolor, esa ira, esa tristeza… Así estaba yo hace unos años, antes de esforzarme por superarlo.

—No.

—¿A terapia?

—No. —Su rostro traza una mueca incómoda, como si supiera que no son las respuestas adecuadas.

Cojo la taza de café y le doy un sorbo, pero ni siquiera lo saboreo. Doy vueltas a la historia en mi mente, a su tristeza, a cómo ha evolucionado.

Yo, que pretendía querer a alguien normal y feliz, he acabado perdidamente enamorada de uno de los hombres más complicados del mundo.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Es difícil deshacerse de los viejos hábitos, y llevo mucho tiempo guardando el secreto —dice con un quejido—.

Estoy muy avergonzado. Quería ser una persona normal y feliz para ti y pensé que podría…

—esconde la cabeza entre las manos—, no sé…

, solucionarlo y luego decírtelo, y así podríamos hacer borrón y cuenta nueva, como tú te mereces. Dicho en voz alta suena estúpido.

Me río entre dientes. Sí que suena estúpido; bienintencionado, pero estúpido; estúpido e imposible.

—No somos gente normal y feliz, Griffin. ¿Recuerdas?

Se echa hacia atrás con un profundo suspiro desgarrador, y deja caer los brazos en señal de derrota.

—Sí, ya lo sé.

¿Lo sabe?

—Tengo que dar un paseo. —Una expresión de pánico atraviesa su rostro cuando aparto la silla para levantarme—. No me voy y no voy a dejarte. Solo necesito algo de tiempo para procesarlo todo.

Griffin asiente, frunce los labios y se pone su máscara de indiferencia, pero sé que está aterrorizado, y cuando salgo por la puerta, debatiéndome entre emociones encontradas, me doy cuenta de que los dos estamos fingiendo, porque yo también estoy aterrada al ver que la facultad, la familia que deseaba, todas las metas que me había propuesto se esfuman ante mis ojos.

Estoy enamorada de Griffin Sinclaire, pero me niego a renunciar a todo lo que he querido en la vida solo para oírle decir que me corresponde.