Capítulo 29
Griffin
Me despierto solo en mi casa escondida en las montañas.
Apenas faltan unas semanas para finalizar mi contrato en el Gold Rush Ranch y, aunque acabamos de pasar aquí el fin de semana preparándolo todo para el invierno, necesitaba algo de tiempo para pensar después de ese paseo a caballo con Nadia, algo de tiempo para averiguar qué coño estoy haciendo porque , al parecer, todo de lo que he estado huyendo está a punto de volver para darme en los morros .
O al menos mi abogado me ha advertido de que así será.
La ansiedad me atenaza el pecho; me he pasado años cavando mi propia tumba, pero ahora, con Nadia junto a mí, las circunstancias me abruman. Debería haberme ocupado de esto hace años.
Me entran ganas de conducir hasta el bar y pedirme una copa porque durante años solucionaba así mis problemas… antes de empezar a esconderme de ellos.
Pero estoy dispuesto a pasar página: tengo treinta y cinco años y ya es hora de que deje de autocompadecerme.
Por primera vez en mucho tiempo me siento solo aquí, en mi cama.
Parece imposible después de casi una semana, pero juraría que sigo percibiendo el aroma de Nadia entre mis sábanas.
Anoche me masturbé pensando en su piel suave, en sus tentadores gemidos, en cómo nuestros corazones conectan al ritmo de nuestros cuerpos.
Y luego me pasé la noche soñando con ella, con todo lo que quiero hacer por ella y con el hombre que quiero ser para ella.
Soy consciente de que una conexión como la nuestra se da una vez en la vida, y eso me aterra, pero aun así decido empezar el día con café en lugar de con licor. Echo el edredón hacia atrás y me aparto el pelo revuelto de la cara.
Tengo que cortarme el pelo un día de estos.
Voy a la cocina para prepararme un café normal y corriente en mi cafetera normal y corriente, y sonrío al ver cómo sale de la máquina: el café siempre va a hacerme pensar en mi madre, en mi querida madre, que siempre ha estado a mi lado y me ha dado su apoyo a pesar de ver cómo caía en picado.
La regañina del fin de semana pasado fue la peor que me ha dedicado desde hace mucho tiempo; no había vuelto a meterse en mis asuntos desde que tuvo que ir a buscarme una noche al Neighbor’s Pub.
Jamás olvidaré esa noche, a pesar de lo borracho que estaba; mis recuerdos son borrosos y están fragmentados, pero se ha quedado grabada en mi mente como un punto de inflexión en mi vida.
En el pasado
—Griffin Sinclaire, levanta el culo de ahí ahora mismo. —Mi madre jamás me había mirado con semejante furia, aunque debo reconocer que la he decepcionado tanto que la he empujado a hacerlo. Mira a su alrededor, a todos los que nos rodean, avergonzada.
—Eh. —Le hago un gesto con la mano al camarero; soy incapaz de recordar su nombre ahora mismo—.
Ponme una para el camino. —Él niega con la cabeza, y una sutil mezcla de fastidio y lástima se apodera de su rostro.
Esa mirada solo consigue cabrearme—. ¡Soy un c…
c… cliente y voy a pagar! —Lo malo de estar borracho es que mi tartamudeo empeora, pero también es más fácil achacarlo al alcohol; eso lo hace menos vergonzoso, porque en mi mente retorcida lo único que importa es cómo te perciben los demás; importa lo bueno que eres en tu trabajo y cuánto dinero ganas.
Y yo era un playboy, el quarterback con el contrato mejor pagado de la liga, un campeón de la Super Bowl… y ahora soy un puto despojo tartamudo.
El hombre saca brillo a un vaso y me mira, impasible.
—Eres un cliente al que le han cerrado el grifo. Vete a casa, Griffin.
A casa. A mi enorme casa vacía en mi enorme rancho vacío.
Al parecer, el dinero, la fama y la notoriedad no dan la felicidad.
Lo único que consigues son falsos amigos que abandonan el barco cuando ya no eres una estrella ascendente.
Y entonces tu madre tiene que ir a buscarte a la mierda de bar en el que estás, borracho perdido. Más dura será la caída…
—Griff —dice mi madre, pasándome el brazo por las costillas como si una mujer de su tamaño pudiera sostenerme—. Vámonos. Tu padre está esperando en el coche.
Estupendo. Maravilloso. Como si no me hubiera humillado ya lo suficiente. Suelto un gemido y cierro los ojos; el mundo da vueltas a mi alrededor y me tambaleo en el taburete.
Qué patético.
Abro los ojos a regañadientes y levanto las manos temblorosas en señal de rendición, esforzándome por ponerme en pie.
—Vale, vale. De todas formas ya ha p… p… pasado la hora de irse a la cama.
El camarero me hace un gesto con la cabeza y relaja los hombros, aliviado de que me vaya.
—Lo siento mucho —lloriqueo.
Patético de cojones.
No soy uno de esos borrachos que se vuelven agresivos: yo me pongo triste. La ira la guardo para cuando estoy sobrio, que es cuando tengo que enfrentarme de verdad al vuelco que ha dado mi vida.
Cuando mi madre me saca del bar intento no apoyarme demasiado en ella, y escudriño su cara menuda, donde brilla el rosa de su sonrojo. La he humillado en su pueblo natal. A mi madre. A la mujer a la que más quiero en el mundo.
Me inunda la vergüenza una vez más. ¿Cómo he podido hacerle esto? ¿Cómo he podido llegar tan alto para caer tan bajo? Un golpe en la cabeza y mi vida se pone patas arriba. Es muy injusto.
Me mete de un empujón en el asiento trasero del coche, que nos está esperando con la puerta abierta.
Mi padre ni siquiera se vuelve para mirarme: me echa un vistazo por el retrovisor.
Ojalá se enfadara, pero, incluso en mi estado actual, me doy cuenta de que lo que está es decepcionado, y eso es muchísimo peor.
Mi madre entra en el vehículo y nos ponemos en marcha; ninguno de los dos me mira ni me habla: se limitan a dejarme ahí, como si fuera un niño castigado en el asiento trasero del todoterreno de sus padres.
Estoy tan borracho que tengo la sensación de estar viéndolo todo desde arriba, como si fuera un espectador en mi propia vida.
No se dirigen a mí hasta que llegamos a su casa; es entonces cuando los dos se vuelven para mirarme, y no estoy tan borracho como para no saber que ha llegado el momento de la verdad.
Quizá haya sido una estrella del fútbol y tenga un montón de dinero en el banco, pero sé cuándo van a leerme la cartilla.
—Esto tiene que terminar, hijo. —La voz de mi padre es fría e inexpresiva, pero a mi madre le tiemblan los labios y sus ojos brillan con las lágrimas no derramadas—.
La vida te ha repartido malas cartas, pero se acabó lo de ahogar tus penas en alcohol.
Tienes los recursos suficientes como para conseguir ayuda donde sea, y a partir de mañana eso es lo que vas a hacer.
Métete en rehabilitación, ve a terapia, busca una puñetera cabaña escondida en las montañas, me da igual, pero aquí y ahora vas a dejar de beber hasta caer redondo y que el camarero tenga que llamar a tus padres para que te recojan; a ti, todo un hombre de treinta años.
Todo me da vueltas. Soy fuerte, soy un puñetero atleta. Lo de pedir ayuda no va conmigo.
Pero una cabaña en el bosque… Le doy vueltas a la idea y siento un cosquilleo en el estómago… Quizá esa es la solución, pienso.
Y luego vomito en el asiento trasero.
En la actualidad
Un golpe en la puerta me arranca de mis recuerdos. Sacudo la cabeza, todavía conmovido por lo que ocurrió aquella noche. Mis padres dejaron el coche como estaba, hecho un desastre , y me dijeron que lo limpiara por la mañana cuando estuviera sobrio .
En vez de eso, les compré un coche nuevo.
Y si eso no es una metáfora de cómo he afrontado mi vida, huyendo de las consecuencias de mis actos, entonces no sé lo que es. Y hacerles frente ahora es desolador.
Los golpes vuelven a sonar, pero esta vez soy consciente de lo que significan; ¿qué coño pasa? Nadie llama a mi puerta ni me visita cuando estoy aquí.
Miro el rifle de caza y la cuerda que siempre dejo junto a la puerta principal, por si acaso, pero prefiero no cogerlos.
Eso es para los pumas y los lobos, o si se suelta un caballo, pero esos no llaman a las puertas.
Atravieso la sala, me asomo a la ventana y reconozco el coche blanco perla de la entrada.
Nadia.
Abro la puerta y ahí está, con toda la pinta de estar enfadada. No puedo reprimir una sonrisa, porque me encanta su vena rabiosa. Es peleona.
—Hola, florecilla silvestre.
—¿Por qué sonríes?
—Por ti.
—Bueno, ya está bien. He ido a verte y no estabas. Te he llamado y no has contestado. —Pone los brazos en jarras, como si eso la hiciera parecer más dura.
—He venido a pasar el fin de semana. —Estiro el brazo y me aferro a la puerta para no tocarla.
—¿Y no se te ha ocurrido comentármelo?
—Bueno, no he pensado…
—Exacto —me interrumpe, señalándome con el dedo—. No has pensado. No has pensado que podría estar preocupada por ti o que decirme que me amas ha cambiado las cosas. De verdad, a veces haces que quererte sea muy difícil.
La miro fijamente.
—Ya lo sé.
—A veces eres un auténtico capullo —resopla, apartando la mirada.
—Tienes razón.
—No puedes seguir escondiéndote aquí cuando las cosas se ponen difíciles. Hay gente que se preocupa por ti. Incluida yo. Yo soy «gente».
Eso me sienta como un puñetazo en las tripas, y bajo la mirada y la voz.
—Lo sé. Lo siento.
—Cuando no hablas conmigo me asusto. —Otro puñetazo—.
He pasado los últimos años prometiéndome a mí misma que iba a tener una vida tranquila, que no necesitaba fuegos artificiales, ni anhelos ni un amor obsesivo mientras tuviera una pareja estable y sincera.
—Me limito a responder con un gruñido. Suena terrible.
Suena a que habla de alguien que no soy yo—.
Y entonces llegaste tú y lo jodiste todo.
Lanzo una carcajada seca y me paso las manos por la cara.
—Tengo un don para joderlo todo.
—Y para comer coños. —Esboza una sonrisa, siempre dispuesta a alegrar el ambiente. ¿Dónde has estado toda mi vida, florecilla silvestre?
—Lo pondré en mi currículum.
Estamos en el porche y los dos sonreímos, pero el ambiente es tenso: la sonrisa no le alcanza los ojos, y estoy seguro de que la mía tampoco.
—¿Quieres entrar? Te haré un café y te lo contaré todo.
No pasa nada, pienso cuando asiente.
Pero cuando la veo entrar en mi casa, con sus vaqueros desteñidos ciñéndose a su culo perfecto y esas ondas de pelo rubio deslizándose por su espalda, me doy cuenta de que, en realidad, pasa todo.
Porque, en el fondo, sé que voy a perderla.