Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—En realidad, no me has dicho una mierda.

¿Se supone que debo esperar sentada a que termines lo que quiera que sea que tienes que hacer?

, ¿que debo quedarme aquí calladita, confundida y cachonda esperando?

—Responde con un gruñido y salta del caballo cuando llegamos a una larga verja metálica que da a un gran prado; la abre de par en par—.

¿Después de todo lo que ha pasado vuelves a no hablar?

—resoplo, jadeante, y llevo a Mancha hacia el campo abierto, aunque no tengo ni idea de adónde vamos.

Basándome en la posición del sol, esta debe de ser la tierra que separa el Gold Rush Ranch de Cascade Acres, el rancho de mi hermano.

Griffin vuelve a subirse al caballo, que se tambalea un poco. Le desliza la manaza por el cuello y me inunda una oleada de celos porque quiero ser yo la que reciba esa caricia. Pero, claro, necesita un par de semanas para hacer… algo.

El suave murmullo que le dedica al caballo me transporta a la noche que pasamos juntos, a las palabras que musitó contra mi piel, al modo en que me reclamó como suya. «Mía», dijo, pero ahora me está apartando de su lado otra vez, y eso me enfurece.

—¿El fin de semana pasado no significó nada para ti?

—Levanta la cabeza como si lo hubiera abofeteado—.

¡Dímelo! No soporto no saberlo. Se supone que yo soy la inmadura, ¿no?

¿Puedes decirme algo?, Algo, lo que sea.

Sobre ti, sobre mí, sobre nosotros… ¿De quién son estas tierras?

¿Estamos invadiendo una propiedad privada?

—Levanto una mano y grito la última palabra, hirviendo de indignación.

Y ese gesto nervioso pone en alerta a su caballo: el alazán se encabrita y Griffin está lo bastante distraído por mi tono como para que lo pille desprevenido y caiga al suelo con un fuerte golpe.

Me tiemblan hasta los huesos solo de verlo y escucho mi grito, aunque no parece mío: suena lejano, ahogado por el golpeteo de los cascos de su caballo y la sangre que ruge en mis oídos.

Salto de Mancha y corro junto a él, que yace de espaldas; no sé prácticamente nada de su traumatismo craneal, pero sospecho que un buen golpe en la cabeza no va a hacerle demasiado bien. Recuerdo lo inflexible que se mostró con lo del casco y doy gracias por que sea tan estricto con la seguridad.

—¡Griff! ¡Griff! —Caigo de rodillas a su lado, y me aferro a su camisa; siento la calidez de su piel bajo los dedos—.

¡Griffin! —chillo, frenética, escudriñando sus ojos oscuros.

Él se echa a reír—. ¿Estás bien? —pregunto, jadeante, paseando las manos por su hermoso cuerpo como si pudiera curar cualquier lesión con solo deslizar los dedos por encima.

Y el muy gilipollas se ríe con más ganas—.

¡Griffin! Es… Estás… ¿Estás bien? —Paso una pierna sobre él para sentarme a horcajadas en su cintura.

Está claro que se encuentra bien… a no ser que no deje de reírse, porque entonces la que va a hacerle daño seré yo.

¿Por qué coño tengo que haberme pillado de alguien tan sumamente irritante?

—No —ríe, pasándose una mano por la cara—. Estoy enamorado de una puta loca.

Me quedo congelada; su cuerpo sigue temblando debajo de mí mientras me esfuerzo por asimilar las palabras que acaban de salir de sus labios.

—¿Qué? —digo, empalideciendo.

Suspira y pone las manos sobre las mías, que están apoyadas en sus pectorales. Me da un pequeño tirón, me pega a él y me obliga a mirarlo a los ojos.

—No te he dicho nada porque me avergüenzo de lo que hice y no sé cómo contártelo.

Te mereces algo mucho mejor que yo. Aún estoy intentando solucionarlo.

—Sacude la cabeza y resopla, incrédulo—.

Me he pasado la vida espantando a los demás porque era un imbécil arrogante, y entonces llegaste tú, y hasta cuando me comporto peor que nunca, cuando todos dan un paso atrás, tú te quedas ahí, tan tranquila, sonriendo, como si pudiera bajarte la luna con las manos.

Quiero ser digno de esa sonrisa, y ahora mismo no lo soy.

Quiero contártelo todo, y planeo demostrarte que voy muy en serio porque eso es lo que te mereces, pero déjame resolver esto de la única forma que sé, ¿vale?

—Frunce el ceño al ver la expresión de sorpresa de mi cara—.

Ah, y el dueño de estas tierras soy yo. Me quedé con ellas cuando le vendí el rancho a tu hermano, así que no estamos invadiendo una propiedad privada.

El aroma dulzón de la hierba se arremolina a mi alrededor.

Contemplo las hermosas colinas mecidas por la brisa, los verdes, los dorados…

Me queda tanto por descubrir de este hombre, es tan reservado, tan comedido…

; está tan acostumbrado a hacerlo todo sin contar con nadie…

Pero a mi corazón no parece importarle, porque está intentando escapar de mi pecho por él.

Debería preocuparme más por lo que me ha dicho porque cualquiera que sea la mierda que está escondiendo suena problemática, pero estoy demasiado enfocada en lo otro que acaba de soltar, y, en el fondo, hay muy pocas cosas que podría hacer para espantarme.

—¿Puedes retroceder a la parte anterior?

Sus labios carnosos se curvan en una sonrisa.

Está guapísimo cuando sonríe; parece más joven y despreocupado.

Y por esta versión de él que solo es para mí merece la pena esperar y merecen la pena todas las miradas malhumoradas.

Es genial tener algo que es solo mío, y quiero que Griffin sea todo mío.

Todo: con el ceño fruncido, los gruñidos, las sonrisas y hasta los chupetones.

Me invade una oleada de posesividad al pensar en las demás mujeres que han compartido esas cosas con él en el pasado. Me gustaría arrancarles los ojos. Me han querido muy pocas personas de verdad en la vida, y estoy desesperada por que me lo digan, por sentirlo. Si lo consigo, nunca lo dejaré ir.

—¿La parte en la que dije que estabas loca?

Capullo.

—Sí. Esa parte.

Me aprieta los dedos y suspira, recorriendo mi cuerpo con la vista; se detiene en la forma en que estoy sentada a horcajadas sobre él antes de regresar a mi cara. Su mirada es tan dulce, tan desgarradora que casi me derrito sobre él.

—Yo también debo de estar loco…, porque estoy locamente enamorado de ti, florecilla. Por favor, ten paciencia conmigo.

En ese momento me doy cuenta de que esperaría eternamente otra mirada como esa seguida de otra confesión como esa. El corazón se me encoge en el pecho y me arden los ojos; el suyo se acelera bajo nuestras manos unidas, y es como si, por increíble que parezca, pudiera sentir lo mucho que me quiere.

Dios mío, ayúdame, porque estoy perdida por este hombre. Juré que no le daría a nadie el poder de hacerme daño, pero Griffin Sinclaire me ha hecho romper todas las promesas desde el primer día que lo vi.