Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

Nadia

Griffin y yo no hemos follado desde hace cinco días, y estoy a punto de perder la cabeza. Por eso me quedo embobada mirando por la ventana de la clínica su culo perfecto mientras pasea a un caballo arriba y abajo por el camino de entrada, con Mira atenta a cualquier signo de cojera.

Y solo puedo confirmar que los vaqueros le sientan de maravilla y que es mucho más tierno de lo que yo creía.

Aunque ahora mismo esté cabreada con él.

Cuando nos separamos después de esas dulces —aunque falsas— vacaciones en el Trópico, me dijo que necesitaba un poco de tiempo para resolver un asunto; cuando le pregunté de qué se trataba, me dijo que me lo contaría cuando se ocupara de ello; cuando le pregunté qué quería decir con «un poco de tiempo», me dijo que no lo sabía con seguridad.

Y me juró una y otra vez que no estaba rompiendo conmigo: «No me malinterpretes, florecilla, esto no es el final, es el principio.

Cuando te dije que eras mía, lo dije en serio.

Pero no puedo seguir contigo si no resuelvo esto antes. Te mereces algo mejor» .

Fue muy vago y me cabreó, y por eso le dije que no volviera hasta que estuviera listo para ser sincero conmigo.

Detesto los secretos, estar en la inopia y que me oculten cosas por mi propio bien, como si fuera una cría.

Y ni siquiera ver en sus ojos el daño que le estaba haciendo me hizo retractarme.

Pero sigo queriendo acostarme con él, porque nadie, nadie en absoluto, es mejor en la cama que Griffin Sinclaire. Además, en realidad entiendo que tenga cosas de las que no esté preparado para hablar.

Para ser sincera, lo que siento por él va más allá del sexo; si no, no me habría acostado con él, porque me prometí a mí misma que iba a dejar de usar el sexo sin compromiso para llenar el vacío en mi interior.

El problema es que estoy obsesionada con su miembro, con sus gruñidos malhumorados, con el modo en que ha hecho suya mi lista de tareas, con las miradas dulces que le echa a Trípode cuando se agacha para rascarle detrás de las orejas.

¿Hay algo más sexy que un hombre que es un blandengue con los animales?

Yo creo que no, y ver lo mucho que Griffin quiere al sucio y desnutrido chucho de tres patas al que ha adoptado podría hacerme llorar.

Lleva al caballo trotando hasta Mira y se ponen a hablar; cuando ella le acaricia el lomo, Griff levanta la vista hacia mí, como si supiera que estoy espiando.

Nuestras miradas se encuentran como si fuera inevitable, como si fuéramos polos opuestos de un imán que se atraen por su propia naturaleza, aunque no deberíamos.

Cuando me mira así, lo demás no importa. Es como si el universo hubiera hecho que nuestros caminos se cruzaran aquella noche, como si mi hermano hubiera comprado su rancho para que nuestros mundos colisionaran.

Aún a riesgo de parecer una ilusa, creo que lo nuestro parece cosa del destino.

No aparto la mirada, y él tampoco. Se limita a fruncir el ceño, y eso me hace sonreír. Puede que actúe como un oso gruñón, pero ya he visto lo que esconde, he sentido cómo se suaviza bajo mis caricias, he oído las frases cariñosas que me susurra al oído.

Soy lo bastante lista como para saber que hay algo que lo frena, algo de lo que se avergüenza, algún demonio de su pasado; pero sus demonios no me asustan: hacen buenas migas con los míos.

Compartimos la misma naturaleza indómita y nuestros lados sombríos encajan a la perfección.

Nuestros demonios bailan juntos, como si sumar oscuridad a la oscuridad pudiera producir luz.

Una vez le dije que no sabía qué tendría en común con alguien de mi edad que hubiera disfrutado de una vida normal, que me sentiría como si oscureciera su aura brillante con mis sombras, pero con Griffin no me siento así en absoluto.

No me trata como si estuviera destrozada: se limita a coger los pedazos en mi interior y a encajarlos con los suyos.

Y quiero más.

Debe de notarlo en mi cara, porque frunce el ceño y dibuja una mueca que quien no lo conozca puede interpretar como malhumorada, pero en la que yo solo veo ansiedad y todo aquello que no se atreve a decirme.

Le guiño un ojo y me doy media vuelta; miro el reloj, cojo el bolso y voy hacia la puerta principal.

Una semana separados es tiempo suficiente para que él se vuelva loco… y yo también. Además, estoy harta de fantasear con que mi vibrador es él.

Es hora de coger el toro por los cuernos.

—¡¿Te vas?! —grita Mira.

Le hago un gesto con la mano, sonriendo.

—Sí. Me apetece dar un paseo a caballo.

—Me alegro por ti. Entre este tío —señala a Griffin con el pulgar— y Violet, has progresado mucho. —Esta mujer es mi mayor admiradora desde el primer día, y la adoro.

—Bueno, ya me conoces. Siempre estoy dispuesta a pelear por lo que quiero. —Mi mirada se dirige a Griffin, que se pone rígido y frunce aún más el ceño, algo que no habría creído posible.

—Estoy muy orgullosa de ti —dice, con un brillo emocionado en su mirada.

Hoy mismo le he contado mis planes de poner en marcha un programa de rescate o de rehabilitación de caballos de carreras cuando me gradúe en la facultad de Veterinaria.

El entusiasmo de Mira y el voto de confianza de Griffin y de su familia me hacen pensar que ese sueño es posible, que soy capaz de llevarlo a cabo y que cada vez hay más gente en mi vida que de verdad quiere que lo consiga.

Y ese apoyo me reconforta de una manera que llevo años buscando.

Mira está a punto de echarse a llorar; tener un bebé ha ablandado a mi cuñada, y no me parece mal.

Estoy encantada de disfrutar de un poco de atención maternal, venga de donde venga.

A veces recuerdo que estuvimos a punto de perderla, y sé que mi vida sería mucho menos luminosa sin ella. Por eso la envuelvo en un abrazo.

—Te quiero mucho —le susurro al oído.

Me estrecha con fuerza.

—Yo también te quiero.

Cuando me alejo, el ceño de Griffin se ha esfumado y en su lugar hay una expresión que no consigo descifrar.

—Hasta luego, Sinclaire —murmuro, dando media vuelta para marcharme.

—¿Con quién vas? —suelta cuando me he alejado unos pasos.

—Con nadie. Me gusta estar sola.

—No es seguro.

Miro por encima del hombro, porque no voy a pasar por alto esa reacción.

—Gracias, papá.

Tengo que contener la risa cuando veo cómo se tensa ese músculo en su mandíbula. Debe de estar destrozando el chicle de canela.

—Nos vemos en mi casa. Puedes montar a Mancha. Yo llevaré a uno de los jóvenes que tengo ahí ahora mismo.

Me freno en seco y me vuelvo hacia ellos; no se me escapa cómo nos observa Mira: sus ojos ya no brillan de emoción, sino de diversión.

—Acabo de decirte que me gusta estar sola. —Me paso la lengua por detrás de los dientes, reprimiendo una sonrisa.

—Y te he oído, pero me da igual. —Se encoge de hombros, caballo en mano, y se marcha tras decir la última palabra, destilando esa irritante arrogancia masculina por todos sus poros.

Pero yo no estoy irritada, al contrario: estoy sonriendo porque acabo de conseguir que Griffin Sinclaire y yo pasemos un rato a solas.

Mira pasa frente a mí, incapaz de disimular la sonrisa que se dibuja en su rostro.

—Por Dios, pequeña Dalca —dice cuando ya nos separa un buen trecho, lo bastante alto como para que pueda oírla—. Me atrevería a decir que tienes pilladísimo a ese tío.

Y está bien: espero que esté tan pilladísimo por mí como yo lo estoy por él.

—Me has ensillado el caballo.

Griffin me mira impasible cuando se detiene cerca de los corrales que hay detrás de su casa.

—¿Quieres comprobar si lo he hecho bien? —Me apoyo en la valla y enarco una ceja—. ¿Vas a echar a perder mi tiempo libre dándome órdenes?

Sus labios se crispan, pero no sonríe, sino que se sacude las manos y se dirige hacia el purasangre alazán de largas patas que está en el prado junto a Mancha.

—No. Fui yo quien te enseñó a hacerlo, así que debe de estar bien. ¿Estás lista? —pregunta; se quita el sombrero y se pone el casco.

Asiento y me doy media vuelta, porque, si no, me voy a abalanzar sobre él, lo voy a tirar al suelo y le voy a hacer de todo aquí mismo.

Salvar un caballo, montar a un vaquero, y todo eso.

—Sí. —Como soy demasiado gallina para hacer lo que estaba pensando, le pongo las bridas a Mancha, lo acerco a la valla y me monto.

Le doy un toquecito con el talón para instarlo a avanzar y lo guío hacia el camino de entrada sin mirar atrás, aunque sé que Griffin me sigue porque oigo el ruido de los cascos de su caballo detrás de mí.

—Por aquí. —Se detiene a mi lado mientras paseamos tranquilamente y me señala un amplio sendero que serpentea entre los árboles.

Mancha tiene la cabeza baja y la balancea con un gesto relajado.

El joven potro de Griffin, en cambio, está a todas luces nervioso: tiene la cabeza alta y los ojos desorbitados, y no deja de mover las orejas.

—Tu caballo está flipando, Sinclaire.

—Deja de llamarme «Sinclaire». Así me llamaban los chicos de mi equipo.

—¿Y? —Me encojo de hombros.

—He estado dentro de ti. No eres uno de esos chicos.

Me encojo de hombros de nuevo.

—Por cómo me has estado tratando, bien podría serlo.

—Nadia. —Su tono lleva implícita una advertencia, pero me trae sin cuidado—. No digas eso.

Un pájaro pasa volando a ras de suelo y su joven caballo se sobresalta.

—Pues deja de comportarte como un viejo gruñón.

—Te dije que tenía un asunto que resolver.