Capítulo 27
Nadia Me despierto en los brazos de Griffin y, por primera vez en mi vida, tengo la extraña sensación de estar donde debo; me siento segura y adorada, y sé que mi hogar está entre sus brazos duros como rocas.
Y no es lo único que está duro esta mañana, como me confirma el bulto que está contra mis nalgas…
Griff me abraza como si fuera a escapar de su lado en cuanto tenga la oportunidad, y nada más lejos de la realidad: podría pasarme la vida entre sus brazos, envuelta por su aroma a canela y pino, acurrucada contra su cuerpo firme y rodeada por sus suaves manos.
Ayer, después de tomar un café con sus padres, llevamos a Trípode a dar un paseo y me contó su infancia en Ruby Creek.
También me habló de Griffin Sinclaire, el extraordinario quarterback, de lo mucho que le gustaba este deporte, de cuánto lo echa de menos y de todos los sacrificios que hicieron sus padres para que alcanzara sus metas.
Detesto admitir que una diminuta parte de mí sentía envidia. Sí, todo se fue a la mierda y él lleva desde entonces enfrentándose a diario con sus demonios, pero ¿el resto?, ¿el apoyo y el amor de sus padres?
Yo quería algo así, y todavía lo quiero.
Volvimos a su casa, me preparó un baño y salió a dar de comer a los caballos.
Lo oí hablar por teléfono, pero lo ignoré mientras me sumergía en las burbujas.
Cuando salí, estaba deseando echarme desnuda sobre la cama y convertirme en un bufé para Griffin Sinclaire, pero me quedé dormida.
Y en vez de despertarme para darme ese gusto, me arropó como un perfecto caballero y se tumbó a mi lado, y yo me desperté en mitad de la noche y me di cuenta de lo que había pasado, pero volví a acurrucarme y caí como un tronco otra vez, sin pasar la mano por debajo de la almohada para comprobar si tenía ahí mi pistola; caí sin más en el sueño más tranquilo de mi vida.
El timbre de la alarma de su teléfono suena al otro lado de la silenciosa habitación y él deja escapar un gemido; es un sonido profundo y masculino, que siento retumbar en su pecho, contra mi espalda.
Sonrío. El sol brilla a través de las persianas y tengo al hombre más varonil de todos los tiempos abrazado a mí, ¿qué más puedo pedir?
Me besa el pelo y me pasa la callosa palma de la mano por el brazo desnudo; se levanta de la cama y va hasta la cómoda para parar el despertador, y yo me doy la vuelta, envuelta en las sábanas y absolutamente feliz, para contemplar la mejor vista del mundo: sus redondeadas nalgas.
Me encanta que duerma desnudo; me llena el corazón que se sienta lo bastante seguro a mi lado como para pasearse sin una mísera pieza de ropa cuando se pasa la vida atormentado por sus inseguridades.
Se da la vuelta, sonriente, y paso de contemplar su culo a mirarle la entrepierna.
—Buenos días, florecilla silvestre.
Le devuelvo la sonrisa.
—Tienes buen aspecto, Sinclaire.
Menea la cabeza en un gesto típico de él, pero sonriendo aun así. Espero que vuelva a la cama, me muero por que vuelva a la cama, pero abre un cajón de la cómoda y se pone a sacar ropa.
—¿Adónde vas tan temprano? —Frunzo el ceño, confusa.
—Al parecer, hoy la temperatura va a ser infernal, así que voy a entrenar a los caballos antes de que haga demasiado calor para ellos.
—Ah. —Se me cae el alma a los pies. Los chicos siempre se marchan después del sexo, así que es así como interpreto esta situación.
—Eh, eh… —Atraviesa el dormitorio poniéndose la camiseta gris y, cuando llega al borde de la cama, se arrodilla y extiende un brazo entintado para acariciarme el pelo, mirándome fijamente a los ojos—.
Esto solo quiere decir que tengo que ir a trabajar.
Esto… —Se detiene, con la cara un poco desencajada—.
¿Por qué no vienes esta noche cuando salgas de la clínica?
Busco en su expresión algo que me dé una pista de lo que le pasa por la cabeza; por un lado, las cosas entre nosotros han ido muy deprisa, pero, por otro, es como si lleváramos años dando vueltas uno en torno al otro, intentando ignorar lo que sentíamos. Así que estoy un poco nerviosa.
—Vale —respondo en voz baja.
Frunce el ceño y me escruta con esos ojos tormentosos.
—Nadia, por favor, no tengas dudas: te aseguro que lo nuestro es importante para mí.
Se me acelera el corazón y suelto un suspiro que no sabía que había estado conteniendo.
—Vale. Aquí. Después del trabajo. Es una cita.
Sonríe, pero esa sonrisa no alcanza sus ojos.
—Es una cita.
Me besa rápidamente y sale por la puerta. La voz que tanto me he esforzado por acallar me pregunta si estoy segura de que quiere algo más.
Voy andando por el campo al final de mi jornada, sin saber muy bien cómo sentirme aparte de acalorada, sudorosa y alterada.
El trabajo me ha ayudado a distraerme, pero aun así me he pasado un montón de tiempo pensando en Griffin y preguntándome por qué esta mañana se ha mostrado tan comedido después de no contenerse lo más mínimo los dos últimos días .
Tengo el presentimiento de que algo va mal, y esa sensación no deja de emponzoñar mis pensamientos y mis sentimientos hacia Griffin.
No puedo evitar pensar en mi madre, en cómo la engañó mi padre con su fortuna y sus aires de hombre mayor y sofisticado.
Tenía el mundo a sus pies y lo dejó todo para atarse de por vida a un hombre que resultó ser un monstruo.
No dejo de preguntarme una y otra vez si voy a caer en la misma trampa, aunque mi parte cuerda sabe que Griffin no se parece en nada a mi donante de esperma…
como compruebo cuando llego a lo alto de la colina y contemplo el pequeño patio anexo a la casa de invitados.
Griffin está ahí, sentado en una silla de playa y leyendo un libro, vestido con tan solo un bañador y los tatuajes que adornan sus músculos, con las largas piernas estiradas y los pies a remojo en una pequeña piscina de plástico azul, junto a otra silla vacía.
Del altavoz Bluetooth escapa música caribeña y tiene un cubo lleno de…
Me aproximo con el corazón en la garganta y los ojos abiertos de par en par.
Un cubo lleno de botellas de mi refresco favorito con sabor a piña.
Me acerco a él, ruborizada, aunque no va a notarlo porque hace demasiado calor para que sea evidente.
Cuando levanta la vista y me sonríe por debajo del ala de su sombrero, doy un traspiés. Maldita sea, debería ser ilegal estar tan bueno, con esa piel bronceada y los tatuajes negros, que le dan un aire peligroso.
—¿Qué es todo esto? —pregunto al acercarme.
—Es lo más parecido a unas vacaciones en el Trópico que puedo ofrecerte ahora mismo.
Me cosquillea el estómago y se me acelera el corazón al ver todo el montaje: toallas bajo una gran sombrilla, un montón de revistas y un diminuto bikini rosa. El tío ha pensado en todo.
—Bueno, vaya… Esto es muy romántico, Sinclaire.
Señala el bikini con la barbilla, un poco avergonzado.
—Ve a cambiarte.
—Puedo cambiarme aquí mismo… —me insinúo.
Aprieta los labios.
—Suena genial, pero nos arriesgamos a que alguien te vea.
—Cierto. —Tiene razón, pero aun así me hace daño. No quiero mantener en secreto lo que hay entre nosotros—. Vuelvo enseguida.
Me dirijo a la casa para cambiarme, consciente de que algo no va bien, de que algo le pasa. ¿Quién coño rechaza que la chica que le gusta se desnude delante de él? Las posibilidades de que alguien nos vea son prácticamente nulas. Anoche dormí aquí, por el amor de Dios.
Me pongo el bikini y me queda perfecto, por supuesto, porque Griffin es un gilipollas romántico, gruñón y malhablado del que nunca voy a cansarme.
Me voy enfadando más y más mientras salgo hacia donde él está sentado; lo achaco al calor, a mis hormonas, a lo que sea.
Me acerco a él, apoyo el peso en una pierna y me cruzo de brazos como sé que le gusta: no puede apartar la vista de mis pechos cuando lo hago; estoy dispuesta a utilizar todo mi arsenal para averiguar qué demonios le pasa.
—Estás raro.
Veo que lucha por mantener la vista en mis ojos, pero al fin se desliza hacia abajo y yo intento no regodearme.
Se rasca la barba con la mano que tiene libre, la que no sostiene una lata de mi bebida favorita.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Puedo ver la vacilación en sus enormes ojos claros, la angustia.
—Es algo de mi pasado, algo de lo que he estado huyendo. O, en realidad, más bien algo que he dejado de afrontar.
Esperaba cualquier cosa menos eso; puedo empatizar con algo así, puedo entender que no quiera hablar del tema.
Al fin y al cabo, no nos conocemos demasiado bien, y también hay historias oscuras de mi pasado que no le he contado, cosas que sé que saldrán con el tiempo, cuando haya más confianza, fragmentos de mi vida que le explicaré cuando llegue el momento, así que, en lugar de echarle la bronca, suspiro y desvío la vista hacia el campo.
—¿Quieres hablar de eso?
Frunce los labios.
—La verdad es que no. Prefiero sentarme aquí contigo. Estar cerca de ti hace que el mundo me parezca un lugar mejor. Me haces feliz. —Traga saliva y veo su nuez moverse bajo la piel del cuello.
Incluso la forma en que traga me hace apretar los muslos.
—Vale. —Asiento y me dejo caer en la silla que está a su lado; juraría que puedo hasta tocar el alivio que lo inunda.
Abre una lata amarilla y me la da, y yo me hundo en la silla de playa. Estoy cansada y abrumada y les doy demasiadas vueltas a las cosas.
Pero cuando se acerca y me coge la mano, todo va bien. En realidad, durante las siguientes horas todo mejora un poco. Disfruto de su compañía, me remojo en el agua fresca y leo cotilleos sobre los famosos.
Y me siento feliz. Hasta que él lo echa todo a perder.