Capítulo 26
Griffin
Llamo a la puerta y espero, y es entonces cuando recuerdo que mi madre le susurró algo a Nadia al oído cuando estuvimos aquí, justo antes de marcharnos.
—¿Qué te susurró mi madre la última vez que la viste?
Nadia levanta la vista hacia mí y me roza con el dedo meñique, aunque se aleja de mí al momento porque no está dispuesta a entrar como si fuéramos novios.
—Me dijo que soy la única persona con la que nunca te ha visto tartamudear.
Me da vueltas la cabeza al pensar en ello. No consigo recordar si me he atascado con alguna palabra en su presencia estos últimos días, pero ha tenido que ser así. Es imposible que…
La puerta se abre de golpe, y Trípode, a mis pies, suelta un ladrido y entra en el apartamento como si fuera suyo.
—Hola, mamá.
—¡Trípode! ¡Griffy! —Mi madre abre los brazos para acogerme entre ellos. Y de pronto el volumen de sus chillidos aumenta, lo que significa que debe de haber visto a Nadia detrás de mí—. ¡Nadia, cariño! Qué alegría volver a verte.
Me aparta de un empujón para poder abrazar a Nadia, y ella se ríe y, por encima del hombro de mi madre, vocaliza algo así como «Creo que me quiere más a mí»; luego mi madre se aparta y nos abraza a los dos.
—Yo también me alegro de volver a verte, Joan. Griffin no para de hablar de lo mucho que le gusta tu café, así que teníamos que pasarnos.
Mocosa descarada.
Mi madre sonríe y me lanza una mirada escéptica. Sabe que Nadia está mintiendo, pero le hace gracia que me tome el pelo.
—Es el sabor, ¿verdad, cariño?
—Sí, mamá. Está muy bueno —digo, y en ese momento alguien me arranca el sombrero y la manaza de mi padre aterriza sobre mi cabeza para despeinarme.
—Hola, chico. ¡Y Nadia! Qué agradable sorpresa.
Mis padres intercambian una mirada emocionada. Supongo que cuando no les has presentado a una chica en treinta y cinco años, dos veces seguidas parece algo importante.
Nadia me mira y me guiña un ojo.
Trago saliva. Ella sí que es importante.
—Vale, pues vamos al salón. Ha empezado la temporada. Griff, ¿quieres quedarte a ver un partido?
Reprimo un gemido. Desde que dejé el fútbol profesional, no me interesa demasiado la temporada.
Me encanta el fútbol y lo echo de menos, pero verlo es como clavarme un puñal en el corazón, aunque a mi padre le sigue emocionando; ha dedicado un montón de años a apoyarme, a asistir a mis partidos, a ver las grabaciones conmigo…
Es una crueldad que yo haya llegado a lo más alto y que ahora apenas reconozca la existencia de ese deporte.
—Sí, papá. Suena genial.
Da una palmada y todos vamos por el pasillo hacia la sala de estar.
—¿De qué equipo eres, Nadia? —pregunta cuando ella se deja caer en el enorme sillón frente a mí. Frunzo el ceño, porque donde debería sentarse es en mi regazo.
—¿Perdona? —pregunta, acomodándose con las piernas dobladas bajo el cuerpo. Trípode se levanta de un salto, da una vuelta rápida y se acurruca contra ella. Suspiro satisfecho al verlos juntos: el perro al que atropellé y la chica que me atropelló a mí.
—Fútbol, ya sabes. Te he preguntado cuál es tu equipo favorito.
—Uy, ni idea. De donde yo soy, el fútbol es otro deporte y se juega con una pelota redonda.
Mis padres levantan la cabeza como si hubiera soltado una blasfemia, y yo me tapo la boca con un puño para no reírme.
—¿Quieres decir que no te gusta el fútbol?
Mi padre, más alarmado que ofendido, pausa el partido y nos sumimos en un silencio incómodo.
Nadia intenta esquivar el golpe.
—Bueno, yo no diría tanto. Estoy segura de que me gustaría si supiera algo al respecto.
—Entonces —interviene mi madre—, ¿no sabías quién era Griffin cuando lo conociste?
Me estoy esforzando tanto por reprimir las carcajadas que voy a ponerme a temblar de un momento a otro. «¿No sabías quién era?». Ha sonado patético.
Recuerdo a la chica del baño aquella noche, arrogante y sensual, llamándome la atención por ser tan gilipollas como de costumbre. No, esa chica no tenía ni puta idea de quién era yo, o de quién había sido. Y tampoco le habría importado lo más mínimo.
—Sabía que era un completo gilipollas —contesta Nadia.
Y mis diques de contención se rompen y suelto una carcajada que me dobla por la mitad. Nadia me mira disimulando una sonrisa, mi padre suelta una sonora carcajada y, al cabo de unos instantes, mi madre se une a ella.
Nadia se ríe entre dientes, y levanta las manos.
—¿Qué? ¡Es la verdad!
Me río con más ganas: solo Nadia Dalca sería capaz de sentarse en el salón de mis padres y decirles que su querido hijo único es un completo gilipollas.
—Me caes bien, Nadia —dice mi madre desde la isla de la cocina, sacudiendo la cabeza con los ojos brillantes—. Griffin necesita relacionarse con más gente como tú.
—¿De qué clase de gente hablamos, mamá?
Ella me señala con el dedo índice.
—De la clase de gente que no aguanta tus mierdas.
—¡Ja! —suelta Nadia con expresión triunfal—. ¿Ves? Sabe de lo que hablo.
Sonrío y sacudo la cabeza. El ambiente es tan divertido y desenfadado que solo quiero embebecerme de él. Nadia también está a gusto aquí, conmigo y con mi familia.
—Muy bien, Nadia… —Mi padre se mueve al otro extremo del sofá para sentarse más cerca, vuelve a poner el partido, que se reproduce en la enorme pantalla plana, y le explica el juego.
Yo la contemplo, embelesado por la línea de su nariz, el brillo de sus ojos, sus labios suaves y ese cabello dorado que se pasa por detrás de la oreja mientras escucha a mi padre hablar de un deporte que, a todas luces, no le interesa en absoluto.
Intercambiamos una mirada tan dulce que el corazón se me encoge en el pecho.
—Griffin. Ven a ayudarme con los cafés.
Mi madre me hace una seña con expresión ilegible.
Apenas puedo apartar la vista de Nadia. Es como si, al bajar los muros anoche, ahora estuviera obsesionado y hasta me hiciera daño separarme de ella.
—Sí, claro. —Me doy una palmada en las rodillas, me incorporo y voy a la cocina, donde me queda claro que mi madre no necesita ayuda.
—¿Qué pasa, mamá? —Apoyo las palmas de las manos sobre la encimera de mármol y les echo un vistazo a todos los artilugios que tiene delante; sigo sin saber por qué no se limita a moler el café, llenar la cafetera y pulsar un botón.
—La primera vez pudo ser casualidad. —Pesa el café molido en una báscula de verdad, sin mirarme siquiera mientras habla—. Pero ¿la segunda? Tienes un montón de cosas que contarme, Griff —murmura para que no se la oiga por encima de las voces de los locutores que resuenan en el salón.
Me paso la lengua por los dientes.
—Ya lo imaginaba…
—Entonces, ¿es la hermana de Stefan?
—Sí.
—¿Qué edad tiene?
Es demasiado joven.
—Veintiuno.
Mi madre, bendita sea, ni siquiera reacciona ante ese pequeño detalle.
—Está claro que te hace feliz; y tú a ella. No sé cuándo fue la última vez que te oí reír así.
¿Antes de Nadia? Años.
—Mmm.
El café gotea en la jarra de cristal, y ella vierte el agua hirviendo de la delicada tetera, derramando el humeante líquido en lentos círculos sobre el filtro, sin perder ni un segundo.
—¿Sabes algo de…?
—No.
—¿Sabe ella…?
—No —gruño; una vena protectora que ni siquiera sabía que poseía asoma a la superficie.
Mi madre se vuelve hacia mí con los ojos entrecerrados. Acabamos de entrar en terreno pantanoso.
—No me gruñas. Tienes que decírselo. Y tienes que arreglarlo de una vez. Ya hace tiempo que deberías haberlo arreglado. No puedes seguir huyendo de tu pasado, o va a volver para darte un golpe en esa cabeza testaruda.
—Lo sé —susurro en tono seco, no mucho mejor que un gruñido, y mi buen humor se esfuma de golpe.
—No remolonees. —Vierte el café en las tazas.
Me llevo una mano al pelo, mirando fijamente la encimera.
—Ya, ya. Lo intento. Hace años que lo intento.
Me mira con los ojos entrecerrados.
—Pues esfuérzate más, Griffy. Y coge esas dos. —Me señala con la barbilla las dos tazas que tengo más cerca; su expresión hosca se convierte en una sonrisa, coge las otras dos tazas y va hacia el salón.
—Bueno, Nadia, cuéntanos tus planes. La última vez dijiste que estabas pensando en volver a estudiar. ¿Qué tienes en mente?
Nadia da un sorbo al café con una cálida sonrisa, envolviendo la taza con sus delicados dedos.
—Bueno, me han aceptado en la facultad de Veterinaria. —Me mira de reojo, poseída por una súbita timidez, y se aclara la garganta—. Empiezo en septiembre. Presenté la solicitud fuera de plazo.
—¡Eso es genial! —Dios, ¿por qué parece que mi padre siempre está gritando? Escondo una sonrisa tras la taza.
—¿Es cerca? —pregunta mi madre.
Nadia asiente.
—Sí. Es la facultad de Veterinaria de Emerald Lake.
—¿Volverás a trabajar donde estás ahora cuando te gradúes? —Mi madre intenta averiguar si va a quedarse aquí, y tengo que esforzarme para no poner los ojos en blanco.
—Yo… No lo sé. —Nadia se sonroja y se queda mirando el café—.
Me apetece trabajar en algo relacionado con rescatar animales.
—Cruza la mirada conmigo y en sus ojos brilla una emoción que no logro descifrar—.
He disfrutado mucho rehabilitando a Vaquero, el caballo que Griffin me compró.
El negocio de las carreras puede ser muy duro con los caballos, y algunos acaban en una situación muy poco halagüeña, y me gustaría ayudar en algo así…
No sé… —Se encoge de hombros y mira al techo como si hubiera dicho una tontería, pero a mí no me lo parece: con ese corazón tan blando y su valentía, ese trabajo le iría a la perfección—.
He heredado algo de dinero y me gustaría destinarlo a algo bueno; a algo útil.
Se me hace un nudo en la garganta e intento tragar saliva. No entiendo cómo alguien como ella, con todo lo que ha tenido que superar, ha podido fijarse en mí.
Tengo que ponerme las pilas.
—Me parece una idea estupenda —dice mi madre amablemente, pero no parece entender lo increíble que es esta mujer, lo auténtica, fuerte e inspiradora que es.
Y lo único que quiero, cueste lo que cueste, es que los sueños de Nadia se hagan realidad.
La perspectiva de hacerle daño me pone enfermo, lo que significa que tengo que atar un enorme cabo suelto.
La única mujer en el mundo con la que consigo pronunciar todas las palabras se merece eso y mucho más.