Capítulo 25 #2
—Dios —digo, y ella se echa a reír.
Se lame los labios y me mira fijamente, y yo rezo para que no nos estrellemos, porque un instante después baja la cabeza y su lengua se arremolina alrededor de mi miembro; me da un lametón y ronronea de placer.
—Tienes una polla perfecta —susurra antes de metérsela hasta el fondo de la garganta.
Me aferro al volante con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos; miro el pelo rubio que se extiende sobre mis piernas mientras conduzco por la carretera de gravilla, llena de baches; la vibración lo está empeorando todo, ver cómo me la chupa me arranca un gemido, y me obligo a concentrarme en la conducción.
Una gota de líquido preseminal aparece en la punta, y ella la lame al instante.
—Mmm, me encanta.
—Joder… —Paro el coche en el arcén porque soy incapaz de seguir conduciendo cuando me dice esas cosas con su dulce voz.
Levanta la vista con una sonrisa malvada cuando pongo el freno de mano y vuelve a hundirse entre mis piernas.
Le sujeto el cabello dorado en el puño y la levanto lo suficiente como para poder ver cómo me la chupa al echarme hacia atrás: sus mejillas se ahuecan y succiona con sus bonitos labios rosas mientras sube y baja.
Me vuelve loco hasta la sombra de sus pestañas sobre sus pómulos.
Maldita sea, hasta sus pestañas.
Ronronea y un latido empieza a formarse en mis riñones. Apoyo una mano en el techo del coche para no tomar el control: quiero ver cómo se ocupa de mí y deleitarme con ello.
Un leve roce de sus dientes hace que mis caderas corcoveen, y suelto una maldición.
—Te lo estás pasando genial, ¿no? —Asiente, con mi polla aún entre sus labios, y casi exploto al verla—.
Muy bien. La chupas muy bien. —Sonríe ante el cumplido y desliza otra vez los labios sobre mi longitud.
Cuando sube, sus dientes vuelven a rozarme y la tensión se acumula en mi pelvis—. Joder, sí. Así, otra vez.
Repite el movimiento, y me apoyo en el reposacabezas, con el corazón acelerado y los labios entreabiertos.
Pasa un camión y sospecho que el pasajero puede haber visto lo que estamos haciendo; por un lado, tengo ganas de darme puñetazos en el pecho —«¿Ves cómo me la chupa esta preciosidad, imbécil?»—, pero otra parte de mí tiene ganas de localizarlo y matarlo.
Pero mis planes de asesinato se esfuman cuando sus dientes vuelven a rozarme, y solo puedo concentrarme en cómo me aprieta en su puño, en el calor húmedo de su boca y en cómo mi miembro roza su garganta cuando se la mete hasta el fondo.
De repente, no puedo contenerme más. Empujo en su boca y me corro en su lengua.
—¡Joder! —grito, echándome hacia delante.
Sigue chupándome, apretándome y lamiéndome como si fuera un puñetero polo, y traga como si le encantara el sabor.
Me reclino contra el asiento y le acaricio el pelo, recreándome en lo que me provoca que se ocupe de mí de una forma tan ansiosa y juguetona.
Y cuando se sienta y me sonríe, limpiándose con delicadeza la comisura de los labios, juro que casi me da un infarto. Es demasiado: mi propia kriptonita, hecha a medida.
No sé cómo he llegado a pensar que podía resistirme a ella.
—Ha sido la mejor mamada de mi vida.
—¿De verdad? —Sonríe y le brillan los ojos, emocionada de verdad por el cumplido.
Le pongo la mano en la nuca y la pego a mí para besarle esos labios hinchados.
—Claro que sí. Voy a recordarla el resto de mi vida. Estoy deseando devolverte el favor.
Cuando vuelvo a acercarla para reclamar su boca una vez más, se estremece; puedo saborearme en sus labios, y me importa una mierda.
Besarla es un privilegio que nunca daré por sentado.
—¿Lista para irnos, florecilla silvestre?
Me roza la barba con los labios y sonríe contra mi piel antes de besarme.
—Sí.
Nos tomamos un momento para recomponernos y regreso a la carretera. Vuelvo a ponerle la mano sobre mi pierna y la entrelazo con la suya; no quiero soltarla, como si temiera que pudiera escapárseme entre los dedos si no lo hago, como si esto fuera demasiado bueno para ser verdad.
Cuando llegamos a la señal de stop donde el camino de tierra se une con el asfaltado, Nadia inspira tan hondo que sus hombros acompañan el peso de su respiración.
—Ojalá pudiéramos quedarnos en tu casa.
—Ojalá.
—Ahora sé por qué te gusta tanto esa cabaña. Se respira paz.
—Sí. —Asiento y suelto un profundo suspiro.
—¿Puedo volver a subir? —Mira por la ventanilla, intentando parecer despreocupada, pero creo que el mero hecho de preguntarme eso la incomoda. Trago saliva.
—Sí. Cuando quieras.
Vuelve la cabeza para mirarme.
—¿Solo pronuncias frases con más de dos palabras cuando estás en tu propiedad y vuelves a los monosílabos cuando sales de ahí?
Me limito a soltar un gruñido. Ahora mismo estoy demasiado perdido en mis pensamientos.
Ella se ríe y yo pongo los ojos en blanco y me cruzo de brazos.
—Fuiste tú quien me dijo que sabía escuchar.
Asiente cuando pongo el intermitente y compruebo de nuevo la carretera, aunque aquí apenas hay tráfico.
—No quiero que esto termine —dice con un tono tan bajo que apenas puedo oírla. Esa confesión me llega al corazón—. Me refiero a este fin de semana.
Bien.
—¿Quieres ir a tomar un café absurdo y que te cuenten lo fascinante que es jugar en el mismo campo de golf todos los dichosos días?
Esboza una suave sonrisa cuando piso el acelerador.
—Sí. Un café absurdo me parece genial.