Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

Griffin

Me despierto con los hermosos mechones dorados de Nadia sobre mi cara, difuminando la visión de sus piernas desnudas entrelazadas con las mías. No sé dónde acabo yo y dónde empieza ella, y es justo así como me gusta.

Vuelvo a cerrar los ojos. No estoy preparado para que esta noche termine; no estoy preparado para afrontar el día ni la realidad. Soy feliz así, suspendido en el tiempo, en las montañas, con una mujer que no esperaba y que no merezco.

Anoche fue…

Suspiro. Lo de anoche fue diferente. Cuando inspiro, percibo su dulce aroma a pétalos de rosa y sonrío. Su tacto, su olor, esos putos gemidos… Es ella, solo ella.

Después de pasar solo la mayor parte de los últimos años, por fin sé lo que es sentirse a gusto con alguien.

No solo gustarle, sino sentir que encaja en tu mundo y tú en el suyo.

Sí, puedo arreglármelas con la mayoría de la gente, pero no me importa que nos separemos.

Aparte de mis padres, no echo de menos a nadie.

Pero la mera idea de pasar el invierno aquí arriba mientras Nadia lo pasa en el valle hace que me dé un vuelco el corazón; me estremezco, y ella debe de notarlo, porque se acurruca contra mi pecho y se acerca más a mí, aunque estaba convencido de que no podíamos estar más pegados.

Desliza una mano por mi pecho, apoya la palma de su mano en mi mejilla y recorre con los dedos mi espesa barba incipiente. Luego deja escapar un adorable suspiro y lleva la mano hasta mi torso.

Me fuerzo a abrir los ojos: los suyos están cerrados, pero esboza una sonrisita juguetona mientras su mano desaparece bajo la sábana.

—Buenos días, florecilla silvestre —sonrío, y le doy un beso en la coronilla.

—Buenos días. —Posa sus labios sobre mi pecho, me recorre la piel con la lengua y me da un mordisco.

—Eh, ¿a qué ha venido eso?

Clava en mí sus ojos color miel, somnolientos, cálidos y llenos de picardía. Me agarra el miembro y se lame los labios, y yo casi me corro en el acto como un crío repleto de hormonas.

—Eso es por todos los chupetones que me dejaste esa noche detrás del Neighbor’s Pub.

Frunzo el ceño. No fue mi mejor momento, pero a ella no parece importarle.

—No debería haberlo hecho.

Se sienta a horcajadas sobre mis caderas y su resbaladizo calor queda sobre mi erección. Sus pechos relucen bajo la luz dorada de la mañana y se me seca la boca. Es condenadamente hermosa.

—Supongo que tendrás que compensármelo. —Hace un puchero dramático y yo suelto una carcajada.

Le rodeo la cintura con el brazo y ella suelta un gritito alegre cuando la pongo debajo de mí. Joder, qué bien ha sonado eso.

—¿Te han dicho alguna vez lo descarada que eres?

Lo que pasó anoche ha transformado esta conexión entre nosotros en algo más seguro, más fuerte.

—Nunca —dice, pero los dos sabemos que miente. Apenas puede contener la risa, con los dientes clavados en el labio inferior y las mejillas tensas. No lo consigue, y estalla en carcajadas.

La beso a pesar de la mentirijilla porque me encanta sentir sus suaves labios contra los míos; me encanta cómo me ha abierto el corazón y cómo me ha convencido sin esforzarse para que yo haga lo mismo. Es como si me conociera mejor que yo mismo.

Se ríe contra mis labios, contonea las caderas y sus brazos me rodean el cuello.

—¿Has acabado de reírte, florecilla? Tengo algo que compensarte. —Le mordisqueo el labio y ella gime.

Y luego pasamos la mañana fundidos el uno en el otro, hasta que Trípode por fin se despierta y empieza a saltar entre las mantas como si estuviéramos jugando a un juego muy divertido. Estúpido perro…

Hemos pasado la mañana ordenándolo todo con rapidez y en silencio, salvo el momento en el que lo he dejado todo aparcado para follar en las escaleras.

Después hemos cerrado la finca y ahora vamos en su coche hacia el valle. Ella ha insistido en conducir, y no voy a mentir: es aterrador.

No sé qué tiene en la cabeza: se salta el límite de velocidad en las curvas cerradas y deja un rastro de polvo tras de sí en los caminos de tierra por los que pasa volando.

—¿Estamos compitiendo en una carrera y no me he enterado? —pregunto; miro por encima del hombro—. ¿Nos persigue alguien? Ella resopla. Al menos lleva las manos en la posición de las diez y diez, pero conduce como una psicópata—. ¿Tienes edad para conducir?

Gira la cabeza y entrecierra los ojos.

—Vete a la mierda, Griffy.

—Ahí es donde vamos a acabar, sí…

Hunde el pie en el acelerador y sonríe mirando a través del parabrisas como si intentara demostrar algo.

Y lo único que demuestra es que está tan loca como yo creía.

Dejo escapar un suspiro de alivio cuando Nadia por fin aminora la marcha, pero me quedo sorprendido cuando detiene el vehículo.

—Conduce tú.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque pareces a punto de tener un infarto —sonríe.

—¿Es un chiste sobre mi edad? —pregunto cuando abre la puerta.

Nadia suelta una carcajada divertida, rodea la parte trasera del coche y abre mi puerta de un tirón.

—Jamás se me ocurriría —dice, seria, con los ojos muy abiertos.

Me echo a reír, sacudo la cabeza y salgo del coche.

Le rodeo la cintura con la mano y me apodero de sus labios, incapaz de resistirme.

Podría pasarme horas recorriendo su cuerpo, besándolo, sintiendo sus labios moviéndose suavemente contra los míos o la minúscula ráfaga de aire fresco cuando suspira tras besarme, como acaba de hacer.

Se estrecha contra mí y me siento como un adolescente con corazoncitos en los ojos.

Su calor y su aroma me envuelven como un manto reconfortante.

La empujo contra el coche blanco perla, agacho la cabeza y reclamo su boca, con una mano aferrada a su culo y la otra acariciándole la mejilla.

El suave vello de su nuca me cosquillea en los dedos y el ala de mi sombrero me da una sensación de intimidad, como si estuviéramos encerrados en nuestro propio mundo al borde de la carretera.

Sonríe contra mis labios y se le escapa una ligera risita cuando le mordisqueo suavemente el labio inferior y le dedico una sonrisa tierna e íntima.

—Cuidado, Sinclaire. Vas a hacer que te trepe como a un árbol aquí mismo, junto a la carretera.

Mi sonrisa se amplía aún más: me encanta que no quiera nada de mí, que no le importen mi dinero, mi pasado o mi fama.

Solo desea una vida tranquila y sencilla, y tal vez podría quererla conmigo a su lado, y eso es lo más increíble de todo, el saber que me quiere por mí mismo, no por lo que puedo hacer por ella.

Me calienta el corazón de un modo que no había conocido antes.

Suelta un chillido y la levanto y la dejo en el asiento del copiloto, y mi dichoso corazón se acelera al oírlo, tan dulce y juguetón…

Nadia me sonríe cuando cojo el cinturón de seguridad y tiro suavemente de él por encima de su hombro, y cuando me echo sobre su cuerpo —mirando cómo suben y bajan sus pechos al respirar— me besa en el cuello, me pasa una mano por la espalda y me da un apretón en el culo.

Dejo escapar un gruñido sordo, se ríe otra vez y me mordisquea el lóbulo de la oreja.

Todo eso mientras lucho con la hebilla del cinturón de seguridad.

Lógico: lleva distrayéndome desde el primer día.

—Florecilla…

Su mano se desliza por debajo de mi camiseta justo cuando engancho el cierre.

—Yo no tengo la culpa de que hayas estado pavoneándote delante de mí con ese cuerpazo.

Sacudo la cabeza, un poco incómodo por el cumplido y por el ansia que puedo leer en su voz. Le agarro la barbilla y la miro directamente a los ojos con una sonrisa cómplice.

—Pórtate bien.

Me guiña un ojo como la mocosa descarada que es y vuelvo a besarla; nuestras lenguas se enredan brevemente, pero cuando sus manos empiezan a vagar, me alejo. No vamos a salir jamás de esta puñetera montaña si seguimos así.

Cuando vuelvo al coche, me mira con picardía. Es una mirada que reconozco, una mirada que me persigue.

Lo dijo aquella noche. Y sus ojos lo dicen ahora.

Trago saliva, ajusto el asiento y los retrovisores y evito mirarla, porque, si lo hago, me preocupa adónde podría dirigirse el curso de mis pensamientos. De pronto, lo que hay entre nosotros me parece inmenso. Inmensamente bueno.

Salgo de nuevo a la carretera, y ella juguetea con la radio, intentando localizar una emisora.

Cuando por fin se da por vencida, se recuesta en el asiento y me pone la mano en el muslo.

Empieza de forma inocente, pero al cabo de un par de minutos me acaricia con un dedo.

Su pulgar se une, dibujando un círculo. La mano se desliza hacia abajo y hacia dentro, hacia mi miembro, que se endurece a toda velocidad.

Mantengo la vista fija en la carretera, pero sé que me está mirando, y, por el rabillo del ojo, alcanzo a ver una sonrisa. Una muy problemática.

En ese instante, desliza la mano hasta el botón de mis vaqueros y lo desabrocha.

—Nadia… —Mi tono es de advertencia, pero el deseo me traiciona y mi voz destila todo el anhelo que me provoca.

—¿Sí? —Parpadea con expresión cándida y me sube la cremallera con una sola mano, que se desliza dentro de mis bóxers y envuelve mi longitud de acero; todo lo que estaba a punto de decir huye de mi mente.

Mueve la mano de arriba abajo y ladea la cabeza con aire inocente—. ¿Ibas a decir algo, Griffin?

Enarco una ceja en su dirección, pero no aparto la vista de la carretera durante mucho tiempo. No conducimos rápido, pero mi historial de seguridad al volante deja mucho que desear, y lo último que quiero es que le pase algo a Nadia.

Concéntrate en la carretera.

Me limito a soltar un gruñido; ella esboza una sonrisa divertida y lleva la mano a mi cinturón de seguridad.

—No me lo quites —digo para detenerla.

Pone los ojos en blanco, juguetona, y lo deja en su sitio. Después me la saca de los vaqueros.

—Es injusto que estés tan bueno y encima tengas una polla como esta —suspira. No puedo evitar reírme entre dientes. Adoro sus cumplidos—. No voy a volver a ver nada parecido. Estoy perdida.

Tenso los hombros y se me pone más dura cuando ella me toca con expresión lasciva.