Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 24 #2
60%

Capítulo 24 #2

Sus labios se crispan, pero sigue mirándome con intensidad.

—Es la verdad. —Me acaricia la mandíbula con el pulgar y me contempla como si yo fuera el cielo nocturno, lleno de constelaciones complicadas, materia oscura y destellos brillantes de la luz más pura—.

Te aparto porque soy catorce años mayor que tú y he experimentado muchas cosas que a ti aún te faltan por vivir.

Hay días en los que me siento tan acabado que apenas creo ser digno de tu atención.

Llevo demasiado peso a mis espaldas, aunque cada vez me importa menos.

Intento con todas mis fuerzas ser bueno, Nadia.

Quiero ser bueno para ti. —Me suelta un poco y me doy la vuelta en la jaula de sus brazos, muy consciente de todos los lugares en que nuestros cuerpos se tocan—.

Me da igual lo que los demás piensen de mí, hace tiempo que lo superé.

Y no voy a pedirle permiso a tu hermano para que intente quitarme lo único que me ha devuelto la vida desde que todo se vino abajo.

Intento ser maduro y darte tiempo para que te des cuenta de lo que hay.

Pero Dios sabe que tengo algo que resolver, y es lo más difícil que he hecho nunca, y sí me importa lo que tú pienses de mí.

Quiero ser digno de ti y me temo que aún no lo soy, que aún no he llegado a ese punto.

—Me acaricia la cabeza como si fuera de porcelana y me limpia con los pulgares las lágrimas que ni siquiera he sido consciente de derramar—.

Yo también tengo miedo. —Su aliento me acaricia las mejillas húmedas, apoya la frente en la mía y los dos cerramos los ojos—.

Tengo miedo porque quiero poner el mundo en tus manos y sé que no puedo. Todavía no.

Abro las manos y las deslizo por su cuerpo, explorando las firmes líneas de su abdomen.

—Dame un ahora. Dame un día cada vez. Contigo los días siempre son mejores, y eso es lo que quiero.

Traga saliva y ninguno de los dos se mueve. Mis palabras flotan en el aire, suspendidas, como si estuvieran a punto de caer al suelo entre nosotros si él no las recoge. Si no lo hace, esto será lo que me temía, por mucho que se haya enfadado antes. Si me rechaza ahora, puede que nunca recu…

—Te daré todos mis aciertos, Nadia. Hasta el último de ellos.

Te daré todo lo que quieras. Estoy perdido desde la primera vez que te vi.

—Esas palabras, pronunciadas con su voz grave, me ponen la carne de gallina aunque esté arropada por el calor de su abrazo y, cuando me besa, todos mis temores se desvanecen.

Me besa como aquella noche: sin desesperación, sin brusquedad; me besa como sé que merezco ser besada.

El reconfortante roce de su barba en mi cara me provoca una tensión entre las piernas y el suave roce de su lengua contra la mía me hace gemir y convertirme en masilla entre sus manos, como si mi cuerpo supiera que los dos juntos somos perfectos.

—Ese sonido… No tienes ni idea de lo que me provoca ese sonido…

—¿Qué sonido? —musito.

Me empotra contra la puerta y se apodera de nuevo de mis labios; su lengua acaricia la mía con la presión perfecta y sus dedos me colocan un mechón de pelo detrás de la oreja. Esa caricia me arranca un gemido.

—Ese sonido. A la mierda con todo. —Se aparta un poco para mirarme con el ceño fruncido—. Eres mía, florecilla silvestre.

Me levanta y le rodeo la cintura con las piernas cuando cierra la puerta de una patada y me lleva al interior de su casa. Suelto una risita de sorpresa y me aferro a él. Me encanta sentir sus manos en mi culo y sus palabras en mis labios.

Eres mía.

Nadie me había dicho eso antes. Nadie me había hecho sentir tan absolutamente deseada como Griffin.

—Dilo otra vez.

Atraviesa a toda prisa el pequeño bungalow hacia lo que, estoy segura, debe de ser un dormitorio. Sus ojos se clavan en los míos, y la cortina de mi pelo rubio que nos separa me hace sentir como si estuviéramos en nuestra propia burbuja privada.

—Mía —gruñe, y me besa en la comisura de los labios al entrar en el dormitorio.

Me tumba en la cama de matrimonio y se tiende sobre mí, mirándome como si fuera un guerrero y yo un territorio que le pertenece por derecho de conquista.

El deseo crudo que hay en sus ojos me deja sin aliento, sobre todo cuando brillan, posesivos, al volver a hablar—: ¿Lo has pillado? Tú. Eres. Mía.

Asiento, impaciente, sin palabras; él se desnuda y deja caer los calzoncillos al suelo.

Las dos lámparas de las mesillas de noche alumbran la habitación y tengo una visión mejor de su cuerpo que la noche anterior.

Las tensas líneas de sus músculos, iluminados por la luz, me hacen la boca agua.

Tiene un cuerpo perfecto, sus manos callosas se deben al duro trabajo físico y las finas arrugas junto a sus ojos son el testimonio de días en los que podría haberse reído más.

Quiero hacer que se ría más.

En unos instantes, está desnudo ante mí en más de un sentido; se ha quitado la ropa, pero también se ha despojado de mucho más: de sus inseguridades, de su autocontrol… Se ha deshecho de todo eso por mí.

Me tira del dobladillo de los leggins sin apartar su mirada de la mía; me contempla con tanta intensidad que casi no puedo soportarlo, como si viera todas mis inseguridades y aun así quisiera hacerme suya.

—Demuéstramelo —digo. Me paso la lengua por el labio inferior, y los nervios me atenazan las entrañas cuando me saca los leggins— . Si soy tuya, demuéstralo. —Levanto la barbilla, porque no quiero parecer tan vulnerable como me siento.

Se arrodilla en la cama y su mirada desciende hasta la unión entre mis muslos cuando me abre las piernas.

—Creía que ya habíamos superado lo de que no me dijeras qué tengo que hacer.

—¿De verdad? No me acuerdo…

El movimiento es rápido pero inconfundible, y la quemazón que lo sigue me resulta desconocida, pero en absoluto desagradable. Me levanto sobre los codos, jadeando.

—¿Me acabas de dar una palmada en el coño?

La mirada que me lanza, con esa ceja enarcada, es diabólica y la hostia de sexy. Me mete dos dedos muy despacio, y echo la cabeza hacia atrás.

—Esto es mío.

Se me escapa un gemido cuando sus labios siguen a sus dedos. Es lento e intencionado, cada embestida, cada beso en la cara interna de mis muslos. Es la sinfonía perfecta compuesta para volverme loca.

—Por favor —suplico.

Solo hace una pausa para darme un beso en la rodilla.

—Por favor, ¿qué? —pregunta.

—Por favor… —Me freno en seco. «Por favor, follemos» es lo que tengo en la punta de la lengua, pero ahora me suena mal y, sin embargo, no me atrevo a decir lo otro.

Ya he mostrado demasiado de mí esta noche.

Aún no estoy preparado para colgarle esa etiqueta a esto—.

Por favor… —La cabeza me da vueltas. Por favor, ¿qué?

Me distraen los besos que me da en el muslo mientras espera a que encuentre las palabras—. Enséñame lo que es la dulzura.

Sus dedos vuelan sobre mi piel, se queda paralizado, con los labios sobre mí, y se me encoge el corazón por la confesión: solo quiero que alguien me abrace, que me toque con algo no sea rabia o lujuria desatada y enloquecida.

—Lo que tú quieras, florecilla silvestre —murmura; asciende por mi cuerpo y me quita la sudadera y todas las capas de ropa hasta que solo quedamos él y yo, pegados el uno al otro.

Sus ojos me dicen que toda la indiferencia fingida ha desaparecido—.

Esto es mío. —Me besa en el vientre—. Mío.

—Me besa el esternón—. Mía. —Me besa la sien. Y luego me abraza.

Todas nuestras cicatrices se borran cuando nuestras manos exploran el cuerpo del otro.

Todas nuestros límites se desvanecen cuando su dura longitud se desliza entre mis piernas.

Y todas nuestras esperanzas de no caer rendidos el uno ante el otro desaparecen cuando me penetra con calma, saboreando cada centímetro y susurrando lo increíble que soy contra mi cuello.

Y mientras nos mecemos el uno contra el otro en silencio, despacio, con suavidad, en una unión perfecta, sé que acabo de tachar algo trascendental de mi lista sin siquiera proponérmelo.