Capítulo 24
Nadia
Griffin se tumba a mi lado en el campo y nos envuelve un silencio agradable.
Tal vez haya picado el anzuelo y haya coqueteado conmigo, pero no ha ido más allá.
No me ha puesto las manos encima ni se ha abalanzado sobre mí para arrancarme la ropa, pero tampoco se ha esfumado después de haberme abierto su corazón .
Ayer me miró como si yo fuera fascinante, un tesoro, algo precioso, y hoy se ha tumbado aquí conmigo, sin tocarme, solo para hablar.
Me ha escuchado y he podido ver cómo les daba vueltas a mis palabras en su mente.
Estaba claro que quería algo más, pero mantenía las distancias.
Al parecer, se lo dejé muy claro ayer, cuando le di su ropa y lo eché porque me estaba volviendo loca.
Los sentimientos encontrados que me invadieron después de acostarme con él me estaban consumiendo, lo estaban complicando todo, y no sabía cómo manejarlos.
No quiero rendirme de ese modo ante un chico…
, un hombre… Lo que sea. No quiero ser tan vulnerable frente otra persona y punto.
Y él lo entiende. Lo respeta.
Pero ahora estoy tumbada en mi tienda deseando que no se hubiera comportado como un caballero; un caballero gruñón, grosero y que suelta un montón de tacos. Quién lo iba a decir…
Ha intentado convencerme de que me quedara en su casa y no aquí, pero no he aceptado: quedarme en esa casa con él sería demasiado tentador.
Anoche me reclamó de tal modo con esas palabras groseras, con sus sensuales caricias…
Dios, con sus caricias bruscas. Jamás me había acostado con nadie que me hiciera sentir así, que supiera en todo momento dónde tocarme, cuándo tocarme, con cuánta intensidad.
Sabía muy bien cómo decir algo ardiente y cuándo algo dulce que me hacía estremecer.
El sexo con Griffin Sinclaire es sucio y romántico a la vez, y también adictivo. Me di cuenta mientras yacía aquí, rememorando una y otra vez sus dedos en mi boca mientras me llenaba, la ternura en sus ojos, la reverencia en sus manos. Su expresión decepcionada cuando le pedí que se fuera…
Normalmente a los tíos les gusta eso, pero Griffin parecía dolido, como si pretendiera quedarse y abrazarme toda la noche. Y aborrecí esa expresión tanto como detesto no querer otra cosa que estar en sus brazos.
Me tapo la cara con el saco de dormir y suelto un grito de frustración.
Mi plan era dejar de acostarme con hombres que no significaban nada, y pensé que podía romper mi regla por una noche para aliviar la comezón, pero Griffin tiene razón: nada entre nosotros carece de significado, y sentarme aquí a escribir hasta que se me ha nublado la vista solo ha conseguido llevarme a esa conclusión.
Sentir algo por un chico siempre me ha asustado —destrozó la vida de mi madre y en el proceso casi destrozó la mía—, y mantener los sentimientos separados del sexo siempre me ha resultado tristemente fácil hasta que llegó el puto Griffin Sinclaire con su mal humor y su puta barba hirsuta y me fastidió la buena racha.
Y para qué hablar de todo ese rollo del leñador descamisado…
Eso fue provocarme de la manera más cruel.
No estaba convencida de poder acostarme con alguien y que significara algo, pero lo hice. Lo hice, joder, y ahora estoy perdida.
El mejor amigo de mi hermano; un hombre mucho mayor que yo… Es muy raro que algo que parece tan malo sea tan bueno.
Me tumbo en el saco de dormir e inspiro hondo, sopesando mis opciones. Después de todo el día trabajando en este precioso oasis, debería estar agotada, pero estoy inquieta, confusa y frustrada.
Y cachonda. La hostia de cachonda.
El corazón me dice que tengo que acercarme a él o tenerlo lo más lejos posible, así que mis opciones son coger el coche y dejar a Griffin aquí arriba —lo que me convertiría en una gilipollas, pero podría corregir el rumbo de mi vida amorosa— o acercarme a esa casa, aporrear la puerta y contárselo todo, arriesgarlo todo.
Arriesgarme a que me trate como si fuera una niñata dramática de la que consiguió lo que quería, por la remota posibilidad de que quiera volver a acostarse conmigo.
Y sé que no quiere, aunque también sé, en el fondo, que no me rechazará.
Pude sentir cómo cambiaban las cosas entre nosotros, y esa es la parte más aterradora de todo el asunto: si me abro a él, ¿lo echaré todo a perder?
, ¿hará que quiera dejar la facultad y renunciar a mis sueños para refugiarme en las montañas con él?
Suena casi atractivo, pero nunca me perdonaría si lo dejara todo para esconderme aquí.
Se me acelera el corazón y mi respiración se convierte en un jadeo nervioso cuando recreo en mi mente los peores escenarios posibles, pero solo hay una forma de averiguarlo.
Aparto el saco de dormir y salgo por la puerta de la tienda. Ni siquiera me molesto en calzarme, y la hierba húmeda me cosquillea en los pies cuando correteo hasta la puerta de la preciosa casita de Griffin en la montaña.
Llamo con timidez y miro por encima del hombro mi coche, aparcado a un puñado de metros, preguntándome si debería haber corrido hasta él. Dos opciones que están muy cerca una de la otra y, sin embargo, distan una vida.
La puerta se abre y el pecho desnudo y los musculosos brazos de Griff, salpicados de tatuajes, ocupan todo el espacio. Tiene revuelto el pelo oscuro, y me viene a la cabeza la sensación de deslizarlo entre mis dedos. Solo lleva unos pantalones cortos grises y un ceño fruncido.
Me encanta ese ceño fruncido.
—¿Qué pasa? —Mira detrás de mí como si un asesino armado con un hacha me hubiera perseguido hasta aquí.
—Tengo miedo —digo, aferrando los puños de mi enorme sudadera.
—¿De qué?
Sigue mirando más allá de mí, como si hubiera algo aquí fuera; me rodea la cintura con uno de sus grandes brazos, me pega a él —y mis pechos rozan su torso desnudo— y me hace entrar en el refugio de su hogar, como si pudiera salir a matar a mis dragones internos mientras yo me acurruco en la seguridad de su casa.
Ojalá fuera tan sencillo.
—Nadia. —Me agarra por los hombros y se agacha lo suficiente para mirarme a los ojos—.
¿Has oído algo?, ¿has visto algo? —Parpadeo, tratando de recuperar el control de mis nervios—.
Joder. —Se pasa una mano por el pelo y vuelve a mirar a la oscuridad del patio—.
Sabía que no debería haberte hecho caso con lo de quedarte ahí fuera sola.
No siempre tienes que comportarte como una tía dura.
Alarga la mano hacia el rifle que cuelga de la puerta trasera, pero pongo una mano en su bíceps para detenerlo. Mis uñas rosas contrastan a la perfección con la tinta negra.
Es verdad. He sido demasiado terca al preferir quedarme en la tienda en lugar de en su casa, pero necesitaba algo de distancia.
—No —suspiro—. Lo que me da miedo es esto.
—No puedo ni mirarlo; mantengo la vista clavada en su pecho, buscando desesperada las palabras que merece escuchar.
Nos señalo a ambos—. Esto. Lo que hay entre nosotros.
Tengo miedo de ti… —Miro hacia el techo y recorro las líneas de la jamba de la puerta, pasándome los dedos por el pelo—.
Tengo miedo de mí misma. —No sé por qué esperaba que dijera algo: Griffin es un hombre de pocas palabras.
Debería haberlo visto venir, debería haber sabido que yo no soy lo que busca.
Es un hombre que sabe lo que quiere, y yo soy la mujer que revolotea de chico en chico como si polinizara putas flores—.
¿Sabes qué? Da igual, olvídalo. —Se me escapa una risita sombría—.
Debería haberme dado cuenta de que esto no es lo que querías.
Intento empujarlo y huir. A la mierda con todo. ¿Estoy siendo infantil? Tal vez. Pero estoy hecha un lío y no soy capaz de actuar con coherencia.
Su antebrazo me rodea la cintura y hace que pegue la espalda contra el calor de su pecho; sus fuertes brazos me rodean como una prensa.
—No me digas lo que quiero, florecilla. —Su tono es peligroso, como si hubiera dicho algo que le molestara—. Cualquier hombre que no vaya detrás de ti es un puto idiota.
El corazón me palpita con tanta fuerza que apenas puedo oír su voz profunda y gruñona por encima del estruendo de sus latidos.
—Entonces, ¿por qué me apartas?, ¿por qué dejas que te aparte yo? —Mi voz es infantil, triste y quebradiza. Cierro los ojos, como si eso pudiera evitarme la vergüenza de poner en voz alta la pregunta «¿Por qué no has puesto el mundo patas arriba para estar conmigo?».
Su barba me roza el cuello cuando se agacha hacia mí.
—¿Por qué coño crees que lo hago?
—¿Porque soy la hermana pequeña de tu mejor amigo y he salido con la mitad de los chicos del pueblo? ¿Porque ya has conseguido lo que querías de mí? —Eso es una burda exageración y un pobre intento de sarcasmo. Pero estoy enfadada, y cuando eso ocurre, ataco.
Me estrecha aún más contra sí, me agarra la barbilla y me obliga a mirarlo. Sus ojos centellean con furia, pero es una diferente a la que he visto hasta ahora: es pura indignación.
—¿De dónde has sacado que lo único que puedes ofrecer es lo que tienes entre las piernas?
Del gilipollas de mi padre y de todos los gilipollas con los que me he cruzado desde entonces.
Se pasa los dedos por el pelo, nervioso.
—En serio, podría cargarme a todos los hombres que te han hecho dudar de ti misma.
—Resoplo y sacudo la cabeza para apartar la vista, pero sus dedos clavados en mi mandíbula no me lo permiten—.
Mírame cuando te hablo, Nadia. —Parpadeo rápidamente, pero le sostengo la mirada—.
Me importa una mierda con quién hayas estado.
Podrías haberte pasado por la piedra a todos los tíos de Vancouver y yo seguiría deseándote, encantado de esperarte. ¿Sabes por qué?
—No —murmuro. La verdad es que no entiendo por qué no le importa.
Una sonrisa salvaje se dibuja en sus labios.
—Porque mi polla es la última que vas a montar.
La conmoción cabalga por mis venas y suelto una risa incrédula.
—Eres un cabrón engreído, Sinclaire.