Capítulo 23
Griffin
Mi paraíso privado en las montañas se ha convertido de repente en un infierno porque no dejan de asaltarme los recuerdos de anoche en la tienda.
Hemos pasado el día arreglando los escalones de la entrada y cambiando algunas tablas de la terraza trasera.
Nadia es diligente y muy trabajadora, y actuamos con cordialidad aunque un poco tensos.
Para Nadia, esa tensión significa que se mantiene a una distancia prudencial.
Para mí, la tensión está en mi miembro, que se endurece cada vez que veo su culo con esos pantalones cortos que lleva cuando se arrodilla en mi terraza.
Cuando terminamos se adentra en el campo de flores silvestres diciendo que quiere explorar la propiedad. Veo cómo se aleja con el diario en la mano hasta que encuentra un lugar entre las flores y se sienta en el suelo, abre el cuaderno y se pone a escribir.
Si no resultara un poquito espeluznante, le haría una foto ahí sentada tranquilamente en ese campo cuyas flores no hacen más que recordármela: en el peor de los casos, son mala hierba; en el mejor, un milagro, y, de cualquier modo, algo de lo que no puedo deshacerme por mucho que lo intente.
Suelto un gruñido y me burlo de mí mismo por haberme convertido en un idiota después de haber pasado la noche con una chica. Es tan poco propio de mí que no sé qué hacer, así que opto por romper algo.
Siempre me aseguro de tener suficiente madera y leña para pasar el invierno y aguantar una tormenta, así que, mientras Nadia se queda sentada con aspecto angelical en el campo, yo decido coger el hacha y ponerme a cortar leña.
El trabajo físico siempre me ha parecido terapéutico, y esta vez no es la excepción: alinear el tocón, levantar el hacha, soltar el hacha. Cortar la madera. Limpiar. Repetir.
Es fácil dejarse llevar por la simplicidad del movimiento, y eso hago.
Solo me paro a quitarme la camiseta cuando ya estoy empapado en sudor y me resulta incómodo.
Pierdo la noción del tiempo mientras sigo cortando; solo puedo guiarme por el tamaño del montón que crece a mi lado y que contiene mucha más leña de la que necesito.
Pero sigo hasta que me duelen los músculos de la espalda y me tiemblan los brazos de puro agotamiento.
Solo me detengo cuando me inunda la sensación que siempre tengo cuando Nadia me está mirando.
No puedo explicarlo, pero hay una atracción entre nosotros, una energía, y la ha habido desde el primer día en aquel sucio cuarto de baño al fondo del viejo bar, con ese perdedor metiéndole la lengua hasta la garganta como si intentara encontrar algo ahí dentro.
Odio a ese puñetero niñato.
Me detengo, tiro el hacha al suelo, jadeante, y una gota de sudor se desliza por mi columna.
—Nadia, me estás mirando fijamente —digo sin siquiera darme la vuelta.
—No hay derecho a que estés tan bueno, Griffin Sinclaire.
Su voz suena más animada después de haber pasado el tiempo en el campo, más como ella misma.
Me doy la vuelta, sonriente. No puedo evitarlo. Oírle decir que tengo buen aspecto me quita un peso de encima, como si, después de todo, lo de anoche no la hubiera decepcionado.
—Vas a hacer que me sienta como un trozo de carne, florecilla silvestre.
—Me guiña un ojo, descarada y juguetona, con el diario bajo el brazo.
Me muero de curiosidad por saber qué ha escrito ahí.
Algo que le ha cambiado el humor, seguro—.
¿Estás hambrienta? —pregunto, enjugándome la frente con el antebrazo; intento ignorar cómo un rubor rosado sube por sus mejillas, el modo en que se vuelve y mira hacia otro lado como si intentara fingir que no ha pillado el doble sentido de lo que acabo de preguntarle.
Me mira de soslayo, me señala y enarca una ceja con aire crítico.
—Tengo hambre de comida.
—Qué mente más sucia, mujer —río; dejo los guantes en el tocón y me acerco a ella.
—¿Puedes ponerte una camiseta? —Me pasa una mano por el torso desnudo, más agradecida que ofendida.
—¿Por qué?
—No te hagas el tonto, Sinclaire.
Me ha pillado.
—Me haría el tonto si fingiera no haberme dado cuenta de que ayer me comías con los ojos mientras descargaba balas de heno.
Se ríe a carcajadas y se aproxima a la casa; está más cerca de mí que en todo el día.
—¡No hice tal cosa!
—Por supuesto que sí. Y me sentí muy escandalizado. —Finjo ofenderme y me llevo una mano al pecho—. Si no te conociera mejor, diría que solo me quieres por mi cuerpo.
—¿He dicho yo que no sea así? —Se encoge de hombros y se obliga a mantener una expresión neutra sin perder un segundo.
Señalo con el dedo sus brillantes ojos marrones. Esos dos pozos de sinceridad que siempre la delatan.
—No lo es. —Parpadea confundida—. También me miras de otro modo, florecilla.
Se queda congelada y un poco aturdida.
—¡Te odio, Griffin Sinclaire!
Me río de su fingida indignación y sigo andando. Tengo que darle de comer antes de… tomar el postre.
—¿Cómo es eso que dicen…? ¿Que del odio al amor hay un paso?
—Debe de ser un dicho muy viejo. Nunca lo había oído.
—Mocosa descarada. —Sonrío, pero no me doy la vuelta mientras subo las escaleras de atrás—. Te daré una lección después de cenar, florecilla silvestre —respondo, y oigo su risa musical detrás de mí cuando entro en casa para prepararle la cena.
Es estupendo que esté aquí conmigo.
La noche es cálida , y Nadia no deja de mirar el paisaje desde el porche trasero. No estoy del todo seguro de si está disfrutando de las vistas o si solo evita mirarme, pero , de cualquier modo , no me preocupa demasiado: me da la oportunidad perfecta para hacerle compañía .
Y cuando digo «hacerle compañía» me refiero a mirarla embobado.
Aquí estoy, en mi hogar, con la mujer que ha ocupado un rinconcito en mi cabeza durante los dos últimos años, y eso ha sido una estupidez monumental: pensaba que dejándola ahí, escondida en los recovecos de mi puñetera mente, no iba a obsesionarme con ella, pero estaba muy equivocado.
He olvidado e ignorado muchos de los errores que he cometido, y había pensado que podría hacer lo mismo con ella, pero la cuestión es que Nadia no es un error.
La noche que nos conocimos, las clases de equitación, el caballo que le compré, el dichoso perro… Todo ha sido el universo riéndose de mí, poniéndola en mi camino a cada paso.
—Quiero ir a ver la puesta de sol desde el campo de flores.
Quiere acabar conmigo.
—De acuerdo —respondo, porque jamás voy a impedirle que haga lo que quiera. Además, me encanta verla en ese campo.
Sin decir nada más, se levanta y se dirige hacia la larga puerta de madera que separa el campo del resto del patio y de los prados, con el pequeño establo rojo a su izquierda y los sencillos corrales vallados a su derecha.
Este lugar no es del todo Cascade Acres.
Compré Cascade cuando lo mío eran la ostentación, el glamour y el espectáculo. Este lugar es… más yo.
Es sencillo, acogedor y tiene una belleza salvaje e indómita.
Aquí encaja a la perfección.
Se va y siento una sacudida en el centro del pecho, como si me llevara con una correa y acabara de darle un tirón. No puedo reprimir una sonrisa: esa chica me tiene cogido por las pelotas, y creo que no se da ni cuenta.
Mierda, ni siquiera estoy seguro de que quiera que sea así.
Aquí arriba estamos en una burbuja, lejos de todos los motivos por los que no podemos estar juntos, pero eso va a cambiar cuando regresemos al valle, y, si solo tengo esta noche, no voy a desperdiciarla sentado aquí, mirándola.
Debería «vivirla». He pasado muchos años dejando la vida pasar, pero Nadia me hace desear algo más: un perro, amigos… A ella.
Mis pasos me llevan hasta ella sin darme tiempo a considerar lo que acabo de descubrir. Solo me detengo para coger la manta gris de mi tienda, la que escondí anoche en un rincón porque su dulce aroma a rosas me estaba volviendo loco.
Paso agachado bajo la valla y tomo el camino más rápido en su dirección. Vuelve la cabeza, su mirada encuentra la mía por encima del hombro y se me corta el aliento.
Es tan hermosa que duele mirarla. La suave sonrisa hace juego con sus cálidos y salvajes ojos, esos ojos que han visto demasiado para una mujer de su edad. Estoy atrapado en la dicotomía entre lo dulce que parece y lo diablilla que es.
Mi brujita enmascarada; la chica con la cara inocente que puede manejar un arma como un puñetero asesino a sueldo.
Es muy sexy.
Y cómo me miró por encima del hombro anoche…
Más sexy.
Va a ser mi recuerdo favorito en lo que me queda de vida.
—Esto es muy hermoso —suspira, contemplando el campo—.
Usamos demasiado esa palabra, ya sabes: hermoso, bello, grandioso…
, y hay muchas cosas atractivas o agradables a la vista, pero este lugar es verdaderamente hermoso.
No creo haber visto nada igual: es… indómito o algo así.
Y, a la vez, pacífico. No me canso de mirarlo, y no me apetece nada irme.
Quiere acabar conmigo de verdad .
Se me seca la boca de repente y trago saliva. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan atraído por una mujer.
—Encajas perfectamente con este lugar.
Suelta una risita irónica y me mira.
—¿Tú crees?
—Hermosa e indómita. A mí también me encanta este lugar. —Aparto la mirada, inundado por una súbita timidez, y extiendo la manta ante nosotros; me siento y contemplo el cielo salpicado de dorado, coral y rosa intenso, con pinceladas de azul colándose por los extremos.
Al cabo de un rato, Nadia se sienta a mi lado y mira el cielo también, con un temblor en su labio inferior.
—Pero no pacífica. No me siento en paz, me siento desarraigada, como si me faltara una dirección, un propósito o mi propia familia.
Sí, tengo a Stefan, pero él tiene a todos los demás, incluso a Hank.
Yo aún tengo a ese gilipollas como padre y, de algún modo, creo que eso me hace ir por detrás de toda esa gente de mi edad que sabe lo que quiere en la vida, que va a la facultad, se gradúa, consigue un trabajo y sigue avanzando. Yo sigo dando vueltas en círculos.
Gruño y me apoyo en las palmas de las manos. Conozco bien esa sensación.
—¿No te habían aceptado en la facultad de Veterinaria?
—Sí —responde con una sonrisa vacilante.
—Pues ve y demuestra lo que vales.
—No sé si voy a ser capaz. Tal vez debería usar mi herencia para montar una protectora para caballos de carreras retirados, como Vaquero. Creo que me gustaría.
Enarco una ceja.
—Puedes hacer las dos cosas.
Arruga la nariz, como si tener todo ese dinero fuera algo desagradable. Y, la verdad, no la culpo.
—No sé si estoy a la altura.
—Lo estás.
—¿Así de fácil?
—Sí, florecilla silvestre, así de fácil. Es como si el gilipollas que te crio te hubiera hecho creer que no mereces más que la mierda que te dejó, pero puedes demostrar que se equivocaba. Sé que puedes.
Nuestras miradas se encuentran y algo pasa entre nosotros: un sentimiento, una idea. No puedo precisarlo, pero es lo bastante fuerte como para obligarme a apartar la vista de sus ojos y desviarla hacia sus manos bien cuidadas.
—¿Siempre has sabido que querías ser jugador de fútbol? Jugador de fútbol americano…
Cuando levanto la vista, me guiña un ojo. Le hace mucha gracia.
—Joder, no. Mi camino ha sido cualquier cosa menos recto, florecilla. A decir verdad, de pequeño pensaba que iba a estar haciendo lo que hago ahora: vivir una vida sencilla y trabajar con caballos, como mi abuelo.
Se recuesta en la manta, cruza las manos bajo la mejilla y me mira con esos grandes ojos marrones.
—Háblame de eso.
—A mis padres no les interesan mucho los caballos.
No sé si te has dado cuenta, con los cafés glamurosos y la obsesión por el golf.
—Ella se ríe, y esa risa es fresca y ligera, como música celestial—.
Aprendí a tratar con los caballos con mi abuelo, el padre de mi madre.
Creció en un rancho ganadero de la zona, con su familia.
Me hizo montar a caballo desde muy joven y me enseñó todo lo que sé.
Me encantaba pasar tiempo con él, hasta que lancé un balón de fútbol y me di cuenta de cómo podía ser mi vida.
Participé en un par de rodeos, monté un par de caballos…
, pero luego perdí el interés. Mi brazo lanzador era demasiado valioso y me hice adicto al éxito.
—Suspiro. Rememorar mi infancia me hace sentir aún más fracasado, porque no tengo ninguna buena razón que explique por qué caí en la mierda en la que caí.
Salvo la codicia y el ego—. Antes del accidente, era un auténtico imbécil.
No te habría gustado; para ser sincero, esa versión de mí mismo tampoco me gusta demasiado a mí.
—¿Por qué lo dices?
—Porque lo di todo por sentado: mi buena suerte, mi familia.
Nada era suficiente: quería ganar más, follar más, comprar más.
Lo tenía todo, pero nada me bastaba; era codicioso y engreído, me creía intocable.
Pero el universo tiene una manera fascinante de ponernos en nuestro lugar, y eso fue lo que me pasó. Tomé muchas decisiones absurdas.
—Creo que eres demasiado duro contigo mismo.
—Eso es porque no tienes ni idea de todas las mierdas que he hecho.
—Vale.
—¿Por qué me das la razón así?
Tumbada en la manta, se encoge de hombros, con el pelo extendido a su alrededor como un halo.
—Porque que yo te diga que estás equivocado no va a hacer que lo creas, así que me ahorro el esfuerzo.
Me río entre dientes y me tumbo a su lado.
—Parece una frase sacada de terapia.
—Lo es.
—¿Es ahora cuando me dices que necesito terapia? Dios sabe que mis padres lo han intentado.
—¿Eso te haría ir?
Giro la cabeza para encontrarme con su mirada curiosa.
—Hasta ahora no.
Su sonrisa es sombría.
—Entonces también me ahorraré el esfuerzo. Tú sabrás si lo necesitas. Yo sé que sí, que todavía lo necesito.
Resoplo, me vuelvo hacia ella e imito su posición, cruzando las manos bajo la mejilla.
—¿Cómo supiste que necesitabas terapia?
—Porque saboteaba todas las cosas potencialmente buenas que me pasaban. Porque la voz en mi cabeza que me decía que no valía nada era más fuerte que la que me decía que merecía ser feliz.
—Yo también oigo esa voz —murmuro.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
Se ríe sin pizca de humor.
—Porque cuando la escuchas te juro que puedo verlo en tu cara, en tu cuerpo, como si yo también pudiera oírla.
Nuestras miradas se cruzan unos instantes y el aire crepita entre nosotros. Entreabre los labios, como si estuviera a punto de decir algo más, pero suspira y se tumba boca arriba; la brisa fresca se desliza entre nosotros como un muro invisible.
—Vamos a ver la puesta de sol. Luego me iré a la cama.
Debería atraerla hacia mí, debería decirle que soy lo que necesita, que nada es demasiado complicado con una conexión como la que nos une.
Pero creo que probablemente sería mentira.