Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

Griffin

Miro fijamente el poste que hay en lo alto de mi tienda, con las manos apoyadas en el pecho.

Llevo horas aquí tumbado. Al principio me rodeaba una oscuridad absoluta y, poco a poco, a medida que amanecía, el resplandor azul de la mañana lo ha ido iluminando todo y ahora puedo ver las siluetas de todos los postes.

Preferiría estar en la otra, pero Nadia no me quería allí.

Creo que es la primera vez que me pasa; hemos follado como locos y después me ha pedido que me fuera: esa chica que lleva persiguiéndome y viendo cómo me opongo a ello durante meses ha dado un paso atrás, justo cuando yo decidía que tal vez no hacía falta que me resistiera a la atracción que hay entre nosotros.

Mierda, puede que incluso quiera estar con ella, y ese pensamiento es aterrador para alguien que ha pasado los últimos años solo. Que incluso ha disfrutado estando solo.

La compañía, las charlas, las sonrisas me agotan. Me gusta la paz que me proporciona mi lugar aquí arriba, en las montañas. Me gusta la soledad.

Sin embargo, pensar en compartir ese espacio y ese tiempo con alguien ya no me resulta tan desagradable, pero solo si ese alguien es Nadia.

Suelto un gemido y me paso una mano por la cara; vuelvo a excitarme con solo recordarla, con solo imaginar cómo me miraba por encima del hombro, directamente a mi alma, mientras yo la penetraba.

Me esforcé para que fuera solo sexo. Incluso la puse a cuatro patas pensando que eso me ayudaría a mantener un poco las distancias, pero con ella es imposible. Sus ojos me atraen tanto como el bourbon con el que me torturo en el bar.

Al menos he llegado al punto en que puedo resistirme al bourbon, pero ¿los ojos cobrizos de Nadia?

Son irresistibles. Podría perderme en esos ojos y tocar fondo, y aun así no sería suficiente.

He pasado meses —joder, años— diciéndome a mí mismo que tenía que alejarme de ella por Stefan, porque no podría hacerle eso, porque ella se merece algo mejor que el estúpido deportista fracasado, el chico de oro de la ciudad caído en desgracia, el hombre con un gran cabo suelto al que aún no se ha enfrentado.

Brilla con tanta intensidad, es tan luminosa que se merece a alguien a su altura, aunque no dejo de preguntarme si la belleza está en el contraste: nada hace brillar tanto el oro como un fondo negro.

Qué poético, cabeza de chorlito.

Me levanto de un salto y cojo la ropa del montón en el que la dejé anoche antes de caer en el saco de dormir y me la pongo, frenético; jadeo un poco al sentir el aire fresco de la mañana, un recordatorio de que mis días en el rancho están tocando a su fin: a finales de este mes termina mi contrato, y entonces Mancha y yo volveremos a escondernos en las montañas.

Y estaré solo.

Abro la cremallera de la puerta y salgo de la tienda; necesito distancia, aire libre, algo de perspectiva.

Me alejo de la tienda de Nadia, pero entonces me enfrento al campo de flores silvestres, que no es mejor. Está por todas partes.

Soy un hombre de treinta y cinco años, por el amor de Dios, colgado de una chica de veintiuno con toda la vida por delante.

Si fuera un buen tío, me iría y le evitaría el daño que puede hacerle un hombre como yo; la mantendría alejada de las cosas que he hecho, de los errores que he cometido y por los que me odiaría si los conociera, estoy seguro: creció bajo la sombra de un alcohólico, y lo último que necesita es atarse a otro.

—Buenos días. —La suave voz de Mira me arranca de mi regañina interior.

Me doy media vuelta y la veo sentada en el porche trasero de la casa, envuelta en una manta y bebiendo una taza de líquido humeante.

—Hola —resoplo, demasiado nervioso para decir mucho más.

Una sonrisa sabia se dibuja en sus rasgos faciales. Siempre me mira así. Me cae muy bien, pero me siento tonto a su lado, y es molesto de cojones.

—¿Has dormido bien? —Enarco una ceja, bebe un sorbo y me mira a la cara, como si pudiera leerme la mente y ver las guarradas que le dije y le hice anoche a su cuñada.

Gruño y echo a andar hacia la casa.

—No eres muy madrugador, ¿eh? ¿Una noche larga? —Sus ojos brillan, y me esfuerzo en mantenerme inexpresivo. ¿Sabe algo? No, es imposible.

—He estado despierto bastante rato. —No quiero comportarme como un idiota con ella, aunque hay una parte de mí que quiere decirle a todo el mundo que se vaya, que necesito estar solo.

Oigo una cremallera y pasos suaves detrás de mí, pero no me detengo.

Necesito un café, montarme en el caballo y cabalgar hacia las montañas lo más lejos posible de la tentación.

Durante años he escapado del alcohol, pero esta vez es la tentación sexual la que está detrás de mí dándome los buenos días como si nada hubiera pasado.

—¿Cómo has dormido? —le pregunta Mira cuando subo los escalones de la casa de dos en dos.

—Genial. —Puedo oír la sonrisa en la voz de Nadia: no le cuesta nada mantener la compostura.

Y entonces caigo en la cuenta: ¿estoy enfadado porque he caído en la tentación o porque quiero más y ella no?

—Odio haceros esto —dice mi amigo, con expresión avergonzada, cuando estamos disfrutando del increíble desayuno gourmet que nos ha preparado—, pero vamos a regresar hoy al rancho en lugar de mañana.

Apenas son las nueve de la mañana y estamos todos sentados alrededor de la mesa de pícnic del porche trasero; ellos tres llevan el peso de la conversación como si esto hubiera sido una escapadita divertida, mientras que yo me escondo, abstraído, bajo el ala de mi sombrero.

Si alguien se ha dado cuenta, nadie lo comenta, y resulta casi gracioso: supongo que me comporto tan a menudo como un gruñón que mi comportamiento no parece fuera de lugar, aunque el monólogo que tengo en la cabeza sea diferente esta vez.

—De acuerdo. —Corto el grueso trozo de beicon sin levantar la vista.

—Lo siento, tío, sé que quedan cosas por hacer y que prometimos pasar aquí otra noche. —Mi amigo se sonroja y mira hacia su mujer, que le sonríe satisfecha.

—Yo… Es que echo de menos a Silas. ¿Por qué nadie te dice que cuando tienes un hijo a veces quieres escapar de él, pero también detestas estar lejos? —ríe Mira, y Stefan pone los ojos en blanco.

—Se pasó semanas convenciéndome de que nos vendría bien pasar fuera una noche o dos, y ahora… —Sacude la cabeza y sonríe; en su mirada hay tanto amor que casi es difícil contemplarlo.

—No te preocupes —digo con la boca llena.

—Nadia, no te importa llevar a Griff al rancho mañana, ¿verdad? —pregunta Stefan.

Abre un poco los ojos y esboza una sonrisa, y solo puedo pensar en lo mucho que me arrepiento de haber permitido que mis amigos me convencieran de compartir el coche hasta aquí. Ahora mismo me vendría bien tener un vehículo de fugas.

—Por supuesto que no.

—Vale, genial. —Stefan sonríe y parece aliviado, pero Mira sigue con esa expresión en la cara y su aguda mirada se clava en Nadia y en mí, lo que me hace pensar si nos oyó anoche; algo me dice que no la hemos engañado.

Debería haberle metido los dedos en la boca antes.

—¡Genial! —repite Nadia, demasiado alegre, y Mira disimula una sonrisa tras su taza.

Nadia y yo recogemos los restos del desayuno sin decir palabra para que los nerviosos padres se pongan las pilas y se preparen para conducir una hora montaña abajo.

Nos mantenemos a una distancia prudencial en el porche mientras suben a la camioneta, se despiden con la mano al salir del camino de entrada y desaparecen entre los árboles al tomar la curva; y entonces se hace un denso silencio entre nosotros.

Contemplo el perfil de Nadia y ella aprieta los labios, demasiado quieta para estar relajada.

Tal vez sea catorce años mayor que ella, pero aún puedo ser muy torpe con una chica que me gusta, y me ha dejado muy tocado que anoche me echara de la tienda, y más teniendo en cuenta que no he estado con una chica que me importara de verdad desde hace… , bueno, nunca.

El sexo fue increíble, pero también me gustaba la forma en que mis manos se veían en su espalda desnuda, cómo se retorcía debajo de mí y gemía mi nombre.

Quiero que vuelva a gemir mi nombre, y solo mi nombre.

—Deja de mirarme así —suelta; unos mechones de pelo dorado se deslizan por sus labios carnosos.

Un caballero haría lo que ha pedido, pero yo nunca he sido tal cosa y sigo mirándola; no sé si podría apartar los ojos de ella aunque lo intentara.

—¿Así cómo?

Pone los ojos en blanco y se cruza de brazos; con eso lo único que consigue es levantar el pecho de una forma de lo más irritante. Así que dejo de contemplar su cara, como ella me ha pedido, y bajo la mirada hacia el sur.

Mueve la cabeza en mi dirección con una sonrisita sarcástica, como si supiera lo mucho que la deseo y se excitara con ello.

—Como si quisieras devorarme.

Me río entre dientes, no puedo evitarlo: es muy directa, y me encanta.

—No digas tonterías. —Frunce el ceño como si la hubiera ofendido—. Ya he desayunado.

Paso los dedos por el ala del sombrero y le dedico mi mejor sonrisa de chico de oro. Me quito el sombrero y enseño los dientes blancos como si hubiera salido de una puñetera película. Siempre funciona.

Esta vez no es la excepción, y no puedo evitar resoplar mientras me alejo porque quizá estuviera mirándola como si quisiera devorarla, pero ella a mí también.

—Pero estoy listo para el postre cuando quieras, florecilla silvestre —digo por encima del hombro, pavoneándome hacia la parte trasera de la casa con Trípode saltando a mis pies.