Capítulo 35
Griffin
El viejo Gold Rush Ranch es precioso. Todo está impecable: los campos rodeados de vallas blancas, los caballos relucientes y los edificios inmaculados.
Este no es mi sitio.
Hago rodar entre los dedos el guijarro que tengo en la mano, sentado en el escalón trasero de la casa de invitados. Lo lanzo, golpea el suelo y rebota en otra roca.
No soy estúpido: he visto cómo me miraba Nadia cuando ha vuelto a salir al patio. Su rostro reflejaba tensión, ansiedad, preguntas… Preguntas que no tendría por qué hacerse.
Se merece un amor sencillo, natural, tan poco complicado como respirar, que es justo lo que quería, y no este camino tortuoso que hemos iniciado. Es absurdo pensar que podemos salir ilesos de ese recorrido.
Tal vez sí soy estúpido, pero no tanto como para no esperarla en la colina porque tenemos asuntos pendientes que resolver, cosas de las que hablar y, por mucho que me duela admitirlo, espero que su hermano la haya hecho entrar en razón lo suficiente como para que no tenga que ser yo quien le rompa el corazón.
Rompería mi propio corazón un millón de veces antes que tocar el suyo.
Asumiré la agonía de lo que hay que hacer si eso significa que ella derrama una lágrima menos; asumiré la culpa, el odio, la decepción.
Puede echármelo todo encima, y aun así volveré a por más, porque Nadia Dalca lo es todo para mí.
Y si tengo que esperar a que llegue el momento adecuado, lo haré.
Porque ella merece la espera. Ya se lo he dicho, y hablaba muy en serio.
Me agacho para agarrar otra piedra y la hago rodar en mi palma, y eso me recuerda la sensación de su suave piel bajo mis manos.
Un tirón en el pecho me hace levantar la vista: Nadia está bajando por la ladera de la colina que separa el rancho de este pequeño oasis, como sabía que haría.
Como no puedo fingir que no la estoy mirando, apoyo los codos en el escalón que tengo a mi espalda y la contemplo a placer, intentando memorizarla: el contoneo de sus caderas, la curva de su cuello, su pelo alborotado… Mi florecilla silvestre.
Me embebezco de su imagen, tratado de grabarla en mi memoria, porque algo me dice que pronto voy a perderla de vista, y es una sensación devastadora.
—Hola —dice con una sonrisa triste cuando se acerca, restregándose las manos contra los vaqueros como si estuviera nerviosa.
—Ven aquí, florecilla. —Le tiendo un brazo y señalo con la cabeza el sitio que hay a mi lado.
Se le humedecen los ojos y arruga la nariz, como si eso pudiera detener las lágrimas que está a punto de derramar.
Frunce sus labios brillantes, pero con un par de pasos se llega junto a mí y se acomoda en el escalón, a mi lado, acurrucándose bajo mi brazo; es tan pequeña y frágil contra mi cuerpo… Cuando apoya la cabeza en mi pecho, inhalo su aroma a rosas y le acaricio el pelo.
Nunca olvidaré cómo huele; me hace sentir que podría alcanzar la redención, y eso es demasiado bueno para ser verdad.
—¿Estás bien? —Suspiro y la estrecho más contra mi cuerpo.
—No —dice, con la voz quebrada; y mi corazón se parte también al ritmo de ese sonido. Yo tampoco estoy bien, joder—. ¿Mi hermano te ha echado la bronca?
Poso la mano en su muslo y le doy un rápido apretón.
—Ha sido ecuánime. Solo quiere lo mejor para ti.
Su cabello me acaricia cuando asiente.
—No quiero que dejéis de ser amigos. Durante mucho tiempo eras todo lo que tenía.
—No vamos a dejar de ser amigos, no te preocupes.
Nos quedamos un momento en silencio, contemplando el paisaje bajo la puesta de sol.
Jamás volveré a ver una puesta de sol sin pensar en ella: esa vista sobre los acantilados de mi casa va a perseguirme todas las dichosas noches.
Intento no enfrentarme a la idea de seguir siendo amigo de Stefan el resto de mi vida y no tener a Nadia.
De tener que ver cómo pasa página con otra persona. Solo pensarlo me destroza por dentro.
Al final, ella rompe el silencio.
—Tengo que ir a la facultad. Tengo que demostrarme a mí misma que puedo hacer algo con mi vida, algo más de lo que siempre he pensado que iba a poder hacer. Tengo que superar esa vocecita que me hace menospreciarme y alcanzar una meta que me haga sentir orgullosa de verdad.
Ahora mismo no soporto no mirarla. La siento en mi regazo, le sujeto la barbilla con los dedos y la obligo a levantar la cabeza.
—Claro que sí. Estoy deseando ver cómo esc… esc… escalas esa montaña, aunque ya sé que vas a t… t… triunfar a y a dejar a t… t… todo el mundo con la boca abierta. Est… t… estoy muy orgulloso de ti.
Le acaricio el labio inferior tembloroso con el pulgar. Mi tartamudeo me importa una mierda cuando ella me mira de ese modo.
—Tengo que hacerlo sola. —Me rodea el cuello con los brazos y me acaricia la nuca.
—Ya lo sé.
Muevo la mano para acariciarle la mejilla y le limpio una lágrima con el pulgar. Es muy joven y tiene toda la vida por delante, y no quiero ser yo quien la frene.
—Por ahora. —Su mirada tiene un brillo de desesperación, y a mí me escuecen los ojos al ver sus mejillas húmedas.
—Por ahora —acepto.
—También quiero que estés orgulloso de ti mismo.
—Un suspiro desgarrador escapa de mis labios, y trago saliva para intentar contener las lágrimas, para que regresen a lo más profundo de mi alma, donde llevan años escondidas—.
Quiero ver el hombre que puedes llegar a ser cuando superes toda esa vergüenza que intentas esconder.
Te mereces empezar de cero, Griffin. Mereces ser feliz, y yo no puedo ser lo único que haga que lo consigas.
No quiero ser la causa de tu felicidad, quiero ser el motivo por el que quieres alcanzarla.
—Asiento y me pierdo en su mirada, deseando poder pasarme la vida contemplando esos ojos, memorizando cada manchita, cada tono…
Pero sé que tiene razón—. Esto no es un adiós, es un hasta luego.
Una ruptura limpia, de momento. No puedo hacer otra cosa y no quiero que me esperes, ¿de acuerdo?
¿Es que no me ha estado escuchando? La esperaré, tarde lo que tarde. Una lágrima se derrama por mi mejilla y lucho contra el impulso de escaparme. Si puedo derrumbarme delante de alguien en el mundo, debe de ser delante de ella.
—Vale. —Mi voz suena ronca, como si no la hubiera usado en años, y supongo que así ha sido.
Se me atragantan las palabras que no quiero pronunciar, esas con las que le suplico que se quede, las que ofrecen un montón de buenas razones para no dejarlo, las que explican que, si me lo permite, voy a hacer lo mejor para ella.
Pero esta situación se merece más: se merece dos adultos preparados y seguros de sí mismos. Y ella necesita tomarse ese tiempo tanto como yo. Nunca me perdonaría si yo fuera la razón por la que ella no tachara todos los deseos de su lista.
Le daría cualquier cosa que me pidiera: una pierna, un órgano…, una ruptura limpia.
Pero ¿no esperarla? Eso ni siquiera es una posibilidad. No puede serlo.
Sus delicadas manos me acarician la barba incipiente.
—Tú también tienes una montaña que escalar. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí. —Se me revuelve el estómago, y estoy seguro de que, si miro a mis pies, ahí estará mi corazón, arrancado de mi pecho y hecho pedazos, porque tiene razón: tengo muchas cosas que solucionar.
Me da un tierno beso en los labios y me inundan las emociones; se me escapan por los poros, me ahogan. Apoya la frente en la mía y las puntas de nuestras narices se tocan.
—¿Nos vemos en la cima, Sinclaire?
Mis dedos se aferran a sus costillas y sé que ha llegado el momento de dejarla marchar.
Siento náuseas, pero, aun así, digo lo que ella necesita escuchar.
—Nos vemos en la cima, florecilla silvestre.