Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 19
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Capítulo 19

Nadia

El aire fresco desciende desde la montaña y ahuyenta el calor de finales de verano cuando el sol se pone sobre las cascadas .

Me he convertido en una adicta del paisaje que se ve desde aquí arriba: el extenso valle verde, las pequeñas propiedades cuadradas de abajo, todas de diferentes colores, lo que hace que esa extensión de tierra parezca una imagen pixelada.

Cada cuadrado luce un tono diferente de verde y las carreteras serpentean entre ellos; las luces titilan bajo el cielo magenta.

Es una imagen que quiero atesorar. Cierro los ojos y suspiro profundamente, como si pudiera grabarla en mi mente por pura fuerza de voluntad. El aroma a pino y al aire fresco de la montaña se arremolinan a mi alrededor, y antes incluso de oír cómo él se acerca ya puedo sentir su presencia.

Siempre ha sido así, desde aquella primera noche, como si hubiera un vínculo invisible entre nosotros, como si lo que nos une fuera más grande que quiénes somos, de dónde venimos o cuántos años tenemos. Todo eso solo es ruido de fondo cuando él me mira o me toca.

Todo lo que podría considerarse malo desaparece porque lo que podríamos tener es perfecto.

Una ramita se quiebra bajo sus suaves pisadas y me estremezco; un escalofrío me recorre la columna vertebral y el olor a canela inunda mis sentidos.

Ese hombre ha matado una especia en mi cabeza: jamás podré olerla o probarla sin pensar en él.

Creo que jamás dejaré de pensar en él.

Me ciño la suave manta de lana alrededor de los hombros como si fuera a protegerme de lo expuesta y vulnerable que me siento a su lado.

A lo largo de mi vida he estado mucho más expuesta ante otros hombres, pero nunca me he sentido tan impotente como con Griffin. La forma en que me mira y ve más de lo que yo quiero mostrar…

Lo detesto.

—Hola. —Una simple palabra bisílaba y el corazón se me encoge en el pecho.

Tiro de la manta con más fuerza. Me estrangularé con ella si hace falta.

—Hola. —Mi voz es apenas un susurro, y mantengo la vista clavada en el valle y en la puesta de sol, intentando con todas mis fuerzas no mostrar mis cartas cuando se detiene a mi lado.

Ya he dicho demasiado esta noche, me he emocionado y me he mostrado como una amargada cuando él solo intentaba bromear conmigo sobre lo poco que habla. Rechino los dientes al recordar lo que le he dicho antes de venir aquí para buscar un poco de intimidad, un poco de aire fresco.

Creo que, si lo hubiera intentado, no me habría salido mejor la escena de la niña llorona.

—Tienes muy buena puntería, florecilla silvestre. —Se mete las manos en los bolsillos; un lugar seguro.

Suspiro.

—Sí. Cuando Stefan se fue de casa me di cuenta de que tenía que estar preparada para defenderme si las cosas empeoraban.

—Un sonido estrangulado nace de su grueso cuello, y se queda paralizado—.

Así que aprendí. Esa persona usó los puños conmigo una vez, y en ese momento me prometí que no iba a convertirme en su saco de boxeo, que iba a encontrar una salida.

Y aprendí a disparar un arma. No solo me volví buena: me volví genial.

De ese modo, si venía a mi habitación, podía sacar el arma de debajo de la almohada y darle la vuelta a la situación, y eso hice; no llegué a apretar el gatillo, pero le apunté y lo consideré muy en serio.

Era lo bastante joven y estúpida como para pensar que me daba igual, que podía sentirme segura pasando horas en el campo de tiro; que podía sentirme segura mudándome al otro lado del mundo; que podía sentirme segura si él tenía un accidente.

Pero solo hace un año que dejé de dormir con el arma bajo la almohada.

Un escalofrío me recorre el cuerpo, y no precisamente por la temperatura.

Se vuelve hacia mí, y esta vez no puedo evitar mirarlo: desaliñado y varonil, con el pelo revuelto después de montar nuestras tiendas y algunos mechones sobre la frente.

Me cosquillea el estómago al contemplarlo, en perfecto contraste con la fuerte opresión que siento en el pecho.

—Oye, oye —dice con ternura; se acerca a mí y me rodea los hombros en un abrazo reconfortante; me acaricia la cara con la otra mano y su pulgar calloso se desliza por mi mejilla húmeda.

Estoy llorando.

—¿Sabes lo fuerte que eres? —Su aliento a canela templa el aire entre nosotros, y agacha la cabeza para captar mi mirada—. ¿Eres consciente de todo lo que has superado?, ¿de lo decidida e inspiradora que eres?

Aprieto los labios con la garganta atenazada y más lágrimas surcan mi rostro.

—No me siento fuerte —digo con la voz quebrada.

Un profundo rugido nace en su pecho y su vibración me recorre el cuerpo cuando me abraza con fuerza, rodeándome con sus brazos musculosos, y me besa en la coronilla. Mi mirada se clava en el tatuaje negro que asoma, tentador, por el cuello de su camiseta blanca.

—No he pasado ni por la mitad de la mierda que has sufrido tú, y tuve que venirme aquí para huir de mi vida. A la primera señal de adversidad, me derrumbé. Me convertí en un borracho, estuve a punto de perderlo todo y después me escondí en las montañas para revolcarme en mi vergüenza.

—Todos hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Los traumas son una putada. Y complicados —digo; me aferro a su camiseta blanca y me acurruco contra el calor de su pecho firme, sintiéndome segura por un momento entre sus brazos.

—Vivir con vergüenza es diferente a vivir con un trauma.

Tú te vuelves más fuerte cada día. —Lo miro con timidez y él me aparta el pelo de la cara, pasándomelo por detrás de la oreja—.

Como las flores silvestres. —Esboza una dulce sonrisa y me contempla como si fuera un tesoro, acariciando entre sus dedos los mechones de mi pelo—. Yo soy débil.

Sus palabras me sientan como un puñetazo en el estómago. Detesto que se vea a sí mismo como débil. Si es débil, ¿por qué me siento tan segura con él?

Me quito la manta de los hombros y envuelvo a Griff con ella; lo acerco a mí y le aparto de la cara los mechones revueltos. Paso las yemas de los dedos por las arrugas de su frente y las deslizo por su sien hasta que topo con el vello áspero de su barba.

Esa que sueño con tener entre mis muslos.

No intenta detenerme. Es como si nos hubiéramos concedido una tregua para contarnos nuestros secretos más oscuros y permitir que las caricias que nos calientan el alma nos guíen de regreso a la luz.

Las puntas de nuestras narices se rozan. Nos adentramos en terreno peligroso, y ambos lo sabemos.

—No creo que el trauma y la vergüenza sean tan diferentes, Griffin.

—Sus ojos oscuros brillan bajo la luz mortecina; solo se escucha el canto de los grillos—.

El primero viene por algo que le pasa a alguien, y el otro es un sentimiento que eliges tener.

La verdadera diferencia entre nosotros es que yo no te compadezco, pero tú sí te compadeces de ti mismo.

Estoy segura de que lo he hecho callar. La mirada que me dirige es tan intensa que mis rodillas amenazan con flaquear y dejarme caer a sus pies como si estuviera sobre un altar al que rendir culto.

En lugar de eso, le doy un suave beso justo al lado de la boca; el roce de su barba contra mis labios es como una burla cruel. Y antes de que pueda decir o hacer nada más, bajo la mirada, me envuelvo en la manta y me dirijo a mi tienda.

Lo primero que hago cuando cierro la cremallera de esa endeble entrada es coger el diario. Algunos se confiesan. ¿Yo? Yo dejo mis mierdas en las páginas de este cuaderno.

Oigo las fuertes pisadas de Griff cuando se acerca a las tiendas con Trípode saltando alegremente a su lado.

Se detienen fuera. Ha montado nuestras tiendas una al lado de la otra, cerca de la casa y del fuego que sigue vivo y arrojando luz suficiente para inundarlo todo con un resplandor anaranjado.

El corazón me da un vuelco en el pecho. Lleva demasiado tiempo plantado ahí fuera. Dejo escapar un sonoro suspiro cuando oigo una cremallera al otro lado, y lo peor es que quería que entrara aquí, que dejáramos de una puta vez de privarnos al uno del otro.

No sé lo que tengo para ofrecer, y tampoco sé si voy a poder mantener separado el sexo de los sentimientos en lo que a él respecta. La verdad es que no estoy segura de querer hacerlo, y eso me aterra.

Escribo y el sonido del bolígrafo al arañar el papel me relaja; es terapéutico, y supongo que ese era el objetivo de mi psicólogo cuando me propuso este ejercicio.

Garabateo mis pensamientos y sentimientos hasta que oscurece tanto que ya no puedo ver con claridad los trazos del bolígrafo.

Entonces dejo el cuaderno y me pongo los sencillos leggings y el jersey que me he traído como pijama, buscando menos la estética que la comodidad, aunque de repente deseo tener algo bonito que ponerme.

Me tiembla todo el cuerpo al saber que Griffin está en la otra tienda, a tan solo unos metros de distancia.

El ambiente entre nosotros siempre está cargado, y las finas capas de nailon que nos separan no hacen nada para contrarrestarlo.

Parece más bien que podrían derretirse bajo el calor de nuestra conexión en lugar de separarnos.

Mis muros ahora mismo son demasiado frágiles, y no soy lo bastante fuerte para mantenerlos en pie. Esta noche estoy harta de todo.

Escondida entre las capas de mi saco de dormir, dejo que mi mano temblorosa se deslice por debajo de la ancha cintura elástica de los leggings negros. Mi dedo recorre la humedad en la unión entre mis muslos.

Solo alguien tan jodido como yo pasaría de llorar sobre el pecho de un hombre a excitarse con solo saber que está durmiendo a unos metros.

Me acaricio el clítoris y noto cómo se hincha al imaginar que lo tocan unos dedos que no son los míos. Me meto un dedo, deseando que fuera más grueso, más calloso; fantaseo con que lo es.

Bombeo una vez. Dos veces. Añado un segundo dedo y meto la mano bajo la sudadera para pellizcarme un pezón.

Echo la cabeza hacia atrás sobre la almohada, que huele a detergente y a él. Y gimo. Rodeada de su olor, se me forma la imagen de su pelo revuelto entre los muslos y juego con mi cuerpo hasta que jadeo, completamente perdida en las sensaciones que crepitan bajo mi piel.

Si antes tenía frío, ahora ya no: estoy envuelta en llamas.

Y estoy tan ensimismada que apenas oigo distraídamente la cremallera de la tienda.

Reacciono con lentitud, así que cuando abro los ojos cargados de lujuria, veo la silueta corpulenta de Griffin Sinclaire de rodillas, ocupando casi toda la entrada, iluminada únicamente por las brasas que se apagan a nuestras espaldas.

—¿Intentas hacerme perder la cabeza?

Su aspecto es salvaje: los hombros anchos y el pecho agitado, las manos temblorosas por lo fuerte que agarra la tela de la tienda.

No sé qué pensar. De hecho, estoy convencida de que no estoy pensando. Lo único que sé es que estoy agotada, que estoy harta de tener miedo y cansada de fingir que lo que hay entre nosotros no es real.

Mis manos vuelven a moverse. Le sostengo la mirada y me acaricio el pecho y entre los muslos.

—Joder, Nadia —jadea. Está tan quieto que resulta inquietante, y todos sus músculos están en tensión, como si estuviera preparándose para saltar. Y ahora mismo me importa una mierda protegerme de él.

Quiero que me tome, que me deshaga, que me destroce. Si soy tan fuerte como él cree, me recuperaré.

Así que sigo adelante y ruego por que pierda su querido autocontrol, que entre aquí y me use como sé que desea hacerlo.

Como yo deseo que lo haga.

Oigo su gruñido característico; suspiro y se me cierran los ojos.

—A la mierda.