Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Griffin Acorralo a Nadia en el pequeño espacio y cierro la cremallera de la tienda lo más rápido que puedo.

A la mierda lo de mantenerse alejado, a la mierda lo de ignorarla; que le den a todo. A la mierda lo de olvidar lo que quiero, lo que necesito.

La he oído desde mi tienda y, si esta mujer era una prueba, no voy a pasarla, y me da igual.

Con la endeble tienda cerrada a mi espalda, me arrodillo en el saco de dormir. Me encanta lo que está haciendo ahí debajo. Gateo hacia ella, pero no se detiene; sus ojos se nublan por el placer.

—No sabes lo que te espera, florecilla silvestre.

—Demuéstramelo. —Hay un matiz de súplica en sus palabras, así que me acerco y abro la cremallera del saco. Deslizo una mano bajo su camiseta y la otra entre sus piernas abiertas.

Ya estaba excitado, pero verla jugar consigo misma me ha puesto dolorosamente duro contra la tela de los vaqueros, y tengo que hacer lo que sea para aguantar un rato más, porque no pienso ir con prisas con Nadia Dalca: pienso saborear a esta belleza.

Me cierno sobre su esbelto cuerpo y su dulce aroma a rosas me envuelve como un bálsamo cuando me pongo a horcajadas sobre sus piernas. Agarro el dobladillo de su sudadera y se lo subo para dejar al descubierto sus suaves y redondos pechos y sus pezones erectos.

Son tan increíbles como los recordaba.

Abre los ojos dorados de par en par. Son dulces como la miel y no rehúyen mi mirada.

Mi florecilla silvestre no es tímida.

Una oleada de celos se escapa de los muros que he levantado en torno a mis sentimientos.

—¿Sabes lo que pensé la primera noche que te vi sentada en lavabo, besando a ese niñato?

Ver cómo le dedicaba su tiempo a ese imbécil fue una puta tortura.

Sus ojos se iluminan ante mi tono mordaz.

—¿Qué? —dice con voz ronca; se humedece el labio inferior sin dejar de acariciarse el pecho.

Pongo las manos sobre su esbelta cintura y las deslizo hacia arriba, admirando lo suave y tersa que se ve su piel bajo la mía, ajada por el sol.

Cuando llego a las costillas se estremece; posa sobre mi antebrazo la mano con la que está tocándose el pecho y me lo acaricia: una invitación para incitarme a subir más.

—Pensé… —Mis dedos alcanzan el pliegue tentador bajo sus pechos y se me escapa un gemido.

Le doy un suave apretón, rozo con los pulgares sus pezones duros y ella respinga—.

Pensé que eras demasiado guapa para perder el tiempo con alguien como él.

—Respira de forma entrecortada cuando me agacho para dibujar la línea de su mandíbula con mis labios y saborear la carne de gallina de sus pechos—.

Pensé que necesitabas que te tocara un hombre de verdad.

Uno como yo. —Le doy un mordisquito en la oreja; me encanta cómo enreda los dedos en mi pelo, como si quisiera acercarme más a ella—.

Pensé que debías ser mía. —Gime y aprieta los labios.

Intenta contenerse, y eso me hace sonreír—.

Está bien, florecilla. No tienes que decir nada.

No tienes por qué mostrar tus cartas. —La beso en el cuello, conteniendo las ganas de morderla y dejar su fascinante piel llena de marcas—.

Tu cara de póquer es bastante buena, pero sé lo que sentimos los dos aquella noche, y ya estoy harto de fingir lo contrario, así que puedes descubrir tu juego cuando estés preparada.

Suelta una risita seca y profunda y me tira del pelo: creo que le gusta tanto como a mí.

—¿Y si nunca estoy preparada? —Su tono es juguetón, pero también inseguro.

Me alzo sobre ella y una sonrisa divertida se dibuja en mis labios; me siento un poco como mi antiguo yo al contemplar a la hermosa mujer que tengo debajo: el chico alocado, el quarterback; el hombre al que se le daba tan bien follar como lanzar una pelota.

Desciendo por su cuerpo y esa pregunta cuelga entre nosotros hasta que agarro la cintura de sus finos leggings .

—Entonces, esperaré.

Cualquier rastro de humor se esfuma de sus facciones.

—No digas eso.

—No me digas lo que tengo que decir, Nadia. —Le bajo los leggings y gimo cuando me doy cuenta de que no lleva bragas y ante mis ojos solo aparece esa perfección desnuda y rosada—. Ahora mismo no estamos jugando a eso.

Se lame los labios nerviosa, sin apartar la vista de mi cara.

—¿A qué estamos jugando?

Paso el pulgar por su abertura, llevando la resbaladiza humedad hacia arriba, sobre el tenso brote, y corcovea contra mi mano.

Qué sensible…

—Estamos jugando a que vamos a follar como llevo soñando desde la primera vez que posé la vista en ti. No vamos a hacer el amor ni voy a ser suave: vamos a follar. Y vas a aceptarlo como debe ser.

Sus ojos se iluminan.

—Sí —murmura.

Lo que no he dicho es «esta noche». Porque esta noche no vamos a hacer otra cosa: me mantendré en un terreno familiar para ambos porque la mirada de pánico que me ha lanzado cuando le he dicho que esperaría me ha dejado claro que es lo único que puede soportar ahora mismo; y Dios sabe que no tengo ni idea de cómo ir más allá de follar sin que signifique nada, pero voy a intentarlo.

Voy a tachar eso de su maldita lista aunque sea lo último que haga.

Vuelvo a pasar el pulgar por su humedad, ella se retuerce y me doy cuenta de que incluso follar con Nadia va a significar algo.

—Hazlo. —Sus ojos brillan de emoción en el suave resplandor de la tienda.

—¿Que haga qué? ¿Por qué no me dices lo que quieres? —Le acaricio el clítoris y le arranco un gemido.

—Haz que lo acepte.

Me echo hacia atrás y le arranco los leggings, deseando ver sus muslos tersos y desnudos abiertos para mí.

Cuando le libero los tobillos, me siento sobre los talones para contemplar la vista: tiene la sudadera rosa pálido sobre las clavículas, y el resplandor de la hoguera ilumina sus pechos firmes, con los pezones tensos; las redondeadas caderas desembocan en unas piernas torneadas.

—Abre bien las piernas y déjame mirar. —Obedece al instante y yo suelto un gemido por lo bien dispuesta y confiada que se muestra. Va a ser mi perdición—. Ahora fóllate con los dedos, como estabas haciendo cuando he entrado.

—¿Así? —pregunta, parpadeando con un tono mucho más inocente de lo que es; dos de sus dedos entran y salen de ella, brillando con su humedad. Joder .

Alargo la mano por encima del hombro y me quito la camiseta; me pongo en cuclillas en el reducido espacio para deshacerme de los pantalones y los bóxers, y me cierno sobre su cuerpo, dispuesto para mí como un puto festín.

Una de sus manos juguetea con sus pechos y la otra bombea lentamente entre sus piernas.

Cuando caigo de rodillas entre sus piernas, gime y capto el destello de sus blancos dientes mordiéndose el carnoso labio inferior.

—Tócame —dice, excitada.

Me río entre dientes y me agarro la polla, meneándola en su dirección como he soñado durante las últimas semanas.

—No creo que vaya a hacerlo. —Deslizo la palma de la mano por el tronco y le recorro el cuerpo firme con la mirada hasta posarla en su sexo, que se estira alrededor de los dos dedos que entran y salen—.

Añade un dedo. —Cierra los ojos y de sus labios brota un tembloroso gemido cuando añade, obediente, un tercer dedo.

Mi polla se hincha en mi mano cuando contonea las caderas para acomodarse a la plenitud—.

Qué mujer, joder… —murmuro con un ronco gruñido, muy consciente de que tenemos que mantener el tono de voz bajo—. ¿Cómo te sientes?

—Llena —gime con la voz tomada.

No he estado más duro en mi vida. Me duele la polla, brillante de humedad. Si no aparto la mirada de Nadia y de cómo se lo está haciendo con los dedos, voy a estallar sobre ella ahora mismo.

—Eso es. Quítate el puto jersey.

Suelta un quejumbroso murmullo y aparta las manos para quitarse el jersey por la cabeza; antes de que termine, me sumerjo entre sus muslos y paso la lengua por su núcleo empapado, solo una vez.

—¡Ay, Dios! —jadea; lanza la camiseta al otro lado de la tienda y se apoya en los codos para mirarme fijamente.

—¿Tienes idea de lo deliciosa que eres, florecilla silvestre? —No puedo apartar la vista de su cuerpo desnudo cuando me acomodo sobre ella—. Deliciosa… —Abre aún más las piernas, con la respiración agitada. Me encanta lo atrevida y desvergonzada que es—. Qué avariciosa…

—Lo soy.

Su coño brilla ante mí.

—Estás empapada. Y sabes a caramelo.

Se aferra al saco de dormir, y el sonido de sus uñas al deslizarse por el nailon resuena en el silencio de la tienda. Las comisuras de sus labios en forma de corazón se elevan, me sonríe y se encoge un poco de hombros.

—Podría estar más mojada.

Mocosa descarada .

Me paso la lengua por los dientes, bajo la cabeza y escupo en su coño ya resbaladizo.

—Joder —jadea cuando le meto un dedo con fuerza.

—¿Así te gusta más? —Añado un segundo dedo y su sedoso calor los envuelve.

—¡Sí! —Le tiemblan las piernas por el esfuerzo de mantenerlas tan abiertas. Añado un tercer dedo y noto su pulso cuando se estira para aceptarlos.

Bombeo dentro de ella y sonrío.

—Voy a hacer que te sientas muy bien, florecilla.

—Más te vale —dice sin aliento, y una sombra de emoción recorre su rostro.

Y con ese ruego, le paso una pierna por encima de mi hombro y me acomodo entre ellas, viendo cómo mis dedos desaparecen en su cuerpo con un ritmo pausado.

—Primero vas a correrte en mi boca y luego en mi polla.