Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Tengo el cuerpo agotado, y eso quiere decir que mi mente está en paz.

El trabajo físico ha evitado que me meta en líos durante los seis últimos años.

Una cosa es estar cansado por la noche, pero estar físicamente agotado después de un día entero de trabajo físico es una sensación única: estoy relajado de pies a cabeza, aunque me duelan los músculos de la espalda después de acarrear balas de heno.

—¿Por qué no? —pregunta Stefan, confuso, y da un sorbo a su vino.

Los ojos color whisky de Nadia se abren de par en par y se queda mirando a su hermano como si fuera tonto.

—Esta es vuestra primera noche fuera y a solas en casi dos años —dice, dando un golpecito con el dedo sobre la mesa. Mira se remueve en su asiento y se sonroja—. Y no me apetece nada estar encerrada con vosotros escuchando cómo la llamas «gatita».

Nadia finge un dramático escalofrío y su hermano estalla en carcajadas, negando con la cabeza.

Han estado hablando en voz baja junto a la parrilla, y mi mejor amigo ha fruncido el ceño con expresión desolada cuando Nadia le ha dedicado una tensa sonrisa.

Sus ojos se han anegado en lágrimas y los dos se han fundido en un fuerte abrazo.

Lo que hayan hablado ha hecho desaparecer la incomodidad que surgió cuando Nadia nos hizo quedar a todos como unos aficionados durante lo que pretendía ser una divertida y desenfadada ronda de prácticas de tiro en el bosque.

—Pero ¿es que no tienes filtros? —pregunta Stefan.

Resoplo. No puedo evitarlo. Ese comentario resulta un tanto irónico viniendo de mi amigo, que llama a su mujer con ese apelativo un montón de veces mientras la mira como si pudiera desnudarla con el poder de su mente.

Frunce el ceño en mi dirección.

—¿Intentas decirme algo, Griff?

Doy un trago a mi refresco, disimulando una sonrisa.

—Tengo por ahí… —levanto dos dedos: no quiero arriesgarme a decir tantas palabras seguidas con tes y des— tiendas de campaña que puedo montar para Nadia y para mí.

La casa es pequeña. —Me trago una risita porque Mira parece a punto de esconderse debajo de la mesa para escapar de esta conversación tan descarada.

Stefan no tiene esos reparos.

La noche avanza y nos acercamos a la gran hoguera que Nadia ha llenado de leña hoy mismo. Junto a tres personas que me conocen, que no me consideran una decepción, que me tratan como si fuera uno más, las palabras fluyen libremente. Apenas tartamudeo. Casi ni lo pienso.

Disfruto más de la compañía de lo que lo he hecho en años. Sobre todo con Trípode acurrucado en mi regazo. Estoy acariciándole el lomo, donde ha vuelto a crecerle el pelo rizado.

Yo, Griffin Sinclaire, hombre entre los hombres y antiguo mago del fútbol, tengo un suave perrito blanco como mascota. Es para partirse de risa, pero no me importa. Me encanta este perro.

Cuando la luz se atenúa y el cielo se tiñe de rosa, Mira bosteza.

—Lo siento. —Se tapa la boca con una mano—. Sigo el horario infantil y ya se me ha pasado la hora de acostarme.

Me incorporo en el asiento con las palmas de las manos sobre las rodillas.

—Pues vamos a prepararlo todo.

—¿Puedo hacer algo? —pregunta Nadia cuando los otros dos van hacia la casa. Tiene el puente de la nariz y las mejillas tostados por el sol y el pelo le cae en suaves ondas sobre los hombros.

—Coge ropa de cama del armario que hay bajo la escalera. O la que haya en el sofá. Yo pondré las t… t… —me mira fijamente, esperando sin meterme prisa— las tiendas de campaña. No me llevará mucho tiempo.

Asiente y me mira a la cara. Ojalá me hubiera puesto la gorra después de ducharme. Al menos el ala me da un lugar donde esconderme de su escrutinio, porque ahora mismo estoy expuesto a su mirada, y es desconcertante.

Sus ojos se posan en mis labios, y me pregunto qué estará pasando por su hermosa cabeza. Al cabo de unos instantes, se da la vuelta muy despacio, como si le costara despegarse de mí, y recorre el camino que conduce a mi casa como si llevara años aquí conmigo y conociera bien esta tierra.

Entra en mi casa como si fuera suya, y eso me provoca una dolorosa punzada en el pecho.

Saco del cobertizo que está junto a la entrada las dos tiendas pequeñas que utilicé por última vez cuando Stefan y yo fuimos de caza.

Las he montado tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados.

Cuando Nadia vuelve, con los brazos cargados de sacos de dormir y de almohadas, ya tengo una tienda montada.

—La tuya —señalo.

Resopla, tira los sacos de dormir enrollados, coloca las almohadas encima y sacude la manta de lana gris que debe de haber cogido del sofá.

—Tu vocabulario es impresionante, Sinclaire. ¿Dirás algo si hago un chiste sobre ti y una tienda de campaña?

Me río entre dientes, deleitándome con sus pullas, que no son mordaces ni crueles, sino tan solo bromas entre amigos.

—La gente no me quiere por mis palabras, florecilla silvestre.

Se queda paralizada, pero no se vuelve hacia mí. No le hace falta, sabe cómo dar en el blanco sin necesidad de hablar, y su silencio es como una puñalada en el corazón cuando se envuelve la manta alrededor de los hombros y va hacia la cresta rocosa que domina el valle.

—Me gustan tus palabras, Griffin. Es lo que no dices lo que me mata.