Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

Griffin

Stefan se está portando como un niño pequeño; está demasiado entusiasmado con las prácticas de tiro, sobre todo teniendo en cuenta que ha fallado todos los blancos .

A mi amigo se le dan bien muchas cosas, pero disparar no es una de ellas.

El año pasado lo llevé a cazar, e hizo dos cosas muy bien: me hizo compañía y preparó unos deliciosos bocadillos gourmet .

Aparte de eso, lo único que puedo decir es que llegó a ser casi una carga, aunque jamás se lo diría.

Los miserables como yo no podemos elegir cuando se trata de amigos.

Además, le ha entrado el gusanillo: se está adaptando a la vida en el campo después de vivir en la gran ciudad, y al parecer cree que tiene que aprender a cazar.

Y aquí estoy yo, el mejor amigo que lleva cazando desde que era un niño.

Pongo las latas sobre el tronco.

—Vale, Stefan. —Me echo hacia atrás para comprobar el espacio entre las cinco latas antes de volver hacia donde están todos; intento no mirar a Nadia—. Ya está.

Lleva todo el día distrayéndome sin proponérselo; solo tenerla aquí en mis dominios, en mi refugio, me está volviendo loco, y no precisamente en el mal sentido, porque me la imagino viviendo aquí arriba, conmigo.

Está apoyada contra un árbol, con un par de orejeras mías, bebiendo un refresco con sabor a piña, y se está divirtiendo como una loca al ver cómo su hermano le explica a Mira cómo sujetar la pistola.

Nadia no es tan remilgada como parece. No tenía ni idea de qué iban a hacer Mira y ella todo el día, y desde luego no he creído que fuera a meterse en los pocos parterres que hay alrededor de mi casa para podar los setos.

La he visto de rodillas, escarbando en la tierra con las manos desnudas, y me he quedado fascinado por el modo en que ponía los brazos en jarras mientras miraba a su alrededor sin importarle en absoluto el barro que manchaba su ropa.

Cuando estaba reparando el tejado la he visto en el campo de atrás, que está lleno de flores silvestres rosas, amarillas, moradas y con todos los tonos de verde imaginables. Se ha pasado una mano por la frente y ha oteado el horizonte: puñeteras flores silvestres hasta donde alcanza la vista.

Durante unos minutos me olvidé de respirar mientras contemplaba sus largas piernas y su cabello dorado.

Llevo años mirando ese campo e intentando encontrar la manera de deshacerme de las flores que proliferan en el valle alpino.

No puedo dejar que los caballos pasten allí y no me entusiasma la idea de llenarlo de herbicidas.

La alternativa es quitar la capa superior de las plantas y el suelo, y, bueno, eso es demasiado trabajo y todavía no me he decidido a hacerlo.

Cuando compré este lugar era invierno y estaba desesperado por aislarme de todo, así que ni me molesté en preguntar qué había en el campo, pero cada primavera nacen más flores, las semillas se esparcen con el viento y sus raíces, muy resistentes y casi imposibles de eliminar, se extienden por todo el terreno.

Así que, en lugar de ocuparme del asunto, el puñetero campo lleva ahí años, burlándose de mí. Como Nadia.

—Bien, ahora aprieta suavemente el gatillo. —Stefan está de pie detrás de Mira y ella aprieta el gatillo del rifle que ha elegido.

—¡Bang!

Trípode enloquece dentro de casa, el muy cabroncete. Pongo los ojos en blanco, pero no puedo reprimir una sonrisilla. Ese perrito ha sido mi compañero fiel durante el último mes: me sigue a todas partes y duerme en mi cama, aunque me juré que no iba a permitírselo.

No tengo ni idea de por qué está ladrando ahora mismo, si por el sonido del disparo o porque lo he encerrado y eso le molesta.

—¡Bang!

Lo intenta de nuevo. Y falla. Y vuelve a fallar. Y otra vez. Pero no le importa. Ella y Stefan se ríen. El chico de ciudad y su mujer, el ratón de biblioteca, se ríen disparando un rifle por primera vez, y mentiría si dijera que no es adorable.

—¿Quieres intentarlo, Nadia? —Mira se vuelve hacia ella, preguntando un poco más alto de lo necesario porque lleva tapones en los oídos.

Nadia está apoyada contra un árbol con el tobillo cruzado sobre la espinilla, con aire despreocupado, y sostiene una lata en la mano.

—No hace falta, gracias. —Esboza una tensa sonrisa. Miro hacia atrás para ver si los otros dos notan la incomodidad en su expresión, que hace un momento era relajada.

—Pruébalo, Nadia. Es divertido, incluso aunque ni siquiera te acerques a acertarle a una de las latas. ¿Verdad, gatita? —Stefan le guiña un ojo a su mujer, que pone los ojos en blanco y le da un codazo juguetón en las costillas.

—Griff puede enseñarte. Es todo un profesional. ¿Verdad, Griff?

Mi amigo me señala con la barbilla y yo desvío la mirada hacia su hermana pequeña, intentando con todas mis fuerzas no mirarla fijamente, no recorrer con la vista cada curva y cada valle de su cuerpo, pero es imposible.

Esa chica es la tentación personificada sin siquiera proponérselo, y quizá por eso estoy tan perdido.

No intenta impresionarme: todavía tiene barro en las caderas, el pelo ondulado recogido en una coleta alta y la piel de su escote de color rosa claro por haber pasado demasiadas horas al sol.

No es su intención, pero me está volviendo loco.

¿Qué pasaría si pusiera en voz alta ese enorme interrogante que hay entre nosotros?, ¿si lo hiciera real?

No sería capaz de detenerme. Eso pasaría.

—Si quieres… —Me encojo de hombros, y quiero que diga que sí: quiero saber por qué está incómoda.

Suelta un hondo suspiro y me mira con una expresión que no soy capaz de descifrar.

—Sí. Sí, vale.

—¿Alguna preferencia? —Hago un gesto hacia donde están colocadas las distintas armas.

No da ni un paso, pero se vuelve hacia los estuches colocados sobre la desvencijada mesa de madera que tiene a su lado y estudia las armas de fuego mordiéndose el labio.

Se queda tanto tiempo observándolas que me pregunto si va a decir algo por fin.

Por el rabillo del ojo, veo que Stefan y Mira se lanzan miradas, interrogantes.

—La pistola.

No esperaba que eligiera eso, pero me encojo de hombros otra vez.

—De acuerdo.

Deja la lata amarilla sobre la mesa y se acerca a la línea desde la que hemos estado disparando.

Cojo la pistola, me pongo detrás de ella y se la coloco en la mano.

Si me vuelvo hacia Stefan, que está detrás de mí, va a darse cuenta de mi cara de culpabilidad.

Solo estoy mostrándole a su hermana lo que tiene que hacer, y no hay ninguna intención en cómo la toco, pero si me pongo nervioso se dará cuenta; sabrá que me masturbo todas las noches pensando en su hermana.

—Así. —Pongo mis dedos sobre los de su mano dominante—.

Y así. —Le levanto la otra mano para ponerla debajo de la culata de la pistola.

Cuando mis dedos le recorren el dorso, se le pone la carne de gallina en el antebrazo.

Joder . El aire crepita a nuestro alrededor, en los escasos centímetros que nos separan, y los dos inspiramos hondo para ocultar nuestras reacciones—.

Vale… —El aroma de mi chicle de canela se entremezcla con el de su loción de rosas y con algo propio de ella, el olor del sol en su piel—.

Sigue la línea del cañón con la mirada. —Echo un vistazo a su cara para comprobar que lo está haciendo bien, pero termino contemplando sus labios y recordando la sensación de tenerlos contra los míos, suaves y ávidos.

Me aclaro la garganta—. El codo arriba. —Le recorro el brazo con los dedos y su respiración se entrecorta.

Traga saliva y mira fijamente la lata de refresco.

Tengo que apartarme de ella ya—. Quita el seguro.

—Doy un toquecito en el sitio y ella asiente.

Entonces echo un paso atrás—. Ahora bloquea los codos y aprieta el gatillo con suavidad. No hace falta fuerza.

Pasan unos segundos y vuelvo a preguntarme si lo hará. Juraría que hasta puedo ver cómo giran los engranajes en su cabeza.

Sucede a cámara lenta: inspira hondo, relaja el cuerpo, clava los pies en el suelo y una expresión feroz se apodera de su rostro.

Mueve los dedos con muchísima suavidad.

—¡Bang!

Y se escucha el ruido metálico de una lata al caer al suelo bajo el tronco. Le ha dado.

La conmoción impide que reaccione con rapidez y el siguiente estruendo me sobresalta; veo la segunda lata volar por los aires y caer al suelo.

—¡Bang!

Le acierta a la tercera lata. Dejo de fijarme en los blancos y estudio a la mujer que sostiene la pistola.

—¡Bang!

Que no parece sorprendida en absoluto.

—¡Bang!

Se mueve imperceptiblemente, apunta.

—¡Bang!

Cinco blancos seguidos, con absoluta facilidad.

Creo que el bosque jamás ha estado tan silencioso.

Nadia no nos mira: baja la barbilla y vuelve a poner el seguro.

A juzgar por el color de la cara de su hermano y la expresión angustiada de Mira, hay una historia detrás de todo esto, una que nadie conocía hasta ahora.

Por fin se vuelve y viste su hermoso rostro con una débil sonrisa.

—Gracias. —Da un par de pasos y llega hasta la mesa, donde coloca la pistola en su estuche—. Ha sido divertido. —Recorre el metal negro con las uñas, con gesto reverente, y nadie dice ni palabra.

Normalmente, soy yo quien hace que todo se vuelva incómodo con mi silencio, pero esta vez todos me imitan.

—Voy a darme una ducha. Estoy hecha un asco. —Le da un suave apretón en el bíceps a su hermano cuando pasa por su lado, y se marcha arrastrando las deportivas por la tierra y las agujas de pino. Y dejando un montón de preguntas sin respuesta a su paso.

—No voy a dormir en casa con vosotros.

Nos sentamos alrededor de la mesa de pícnic para disfrutar de lo que queda de la cena que Stefan ha preparado en la barbacoa: filetes, patatas rellenas y maíz de la zona, que en esta época del año es estupendo. Es la cena perfecta tras un largo día de trabajo físico.