Capítulo 17
Nadia —¡Ven con nosotros! Podemos celebrar que te han admitido en la facultad de Veterinaria —dice Mira , entusiasmada ante la perspectiva .
La verdad es que yo también estoy emocionada desde que recibí el correo en el que me daban la bienvenida al programa, así que celebrarlo suena de maravilla, y quedaría como una bruja al rechazar su invitación.
¿Todo el fin de semana en la cabaña de Griffin en el bosque mientras ella y mi hermano se escapan a hacer sabe Dios qué y me dejan con el único hombre con el que no quiero estar?
Prefiero sentarme aquí sola y escribir en mi diario.
Mentirosa.
Reprimo esa vocecita interior. Es mucho más sano para mí fingir que no me gusta el plan.
—No, gracias. Prefiero quedarme con Vaquero y asegurarme de que está bien y todo eso.
Clavo la vista en el camino de grava; vamos de regreso al rancho después de comer con Hank y Trixie, que también están entusiasmados porque me hayan aceptado en la facultad; les hemos dejado a Silas, algo que Mira fingió que no le importaba, aunque estaba claro que le costaba.
—Por favor… Te prometo que estará bien. La operación ha ido perfectamente y ya ha pasado una semana; se encuentra bien y el personal está más que cualificado para cuidarlo —dice Mira con un brillo suplicante en sus ojos oscuros y cara de cachorrito abandonado.
—Preferiría que no. Por si acaso. Quiero seguir haciendo lo que he estado haciendo; nunca me lo perdonaría si algo saliera mal.
—Nadia. Yo he dejado a mi bebé por primera vez y estoy aterrorizada, así que estoy convencida de que tú puedes dejar a un caballo en un establo con todos los servicios.
—Tiene razón, pero no pienso reconocerlo—.
¡Ni siquiera está tan lejos! Si tienes que volver, puedes estar aquí en… ¿cuánto?, ¿una hora?
Esbozo una sonrisa torcida.
—¿Me lo estás diciendo a mí o a ti misma?
Mira suelta una carcajada y se pasa una mano por el pelo.
—Bruja sarcástica… —dice, y yo también me río.
Pasamos la curva del lago, en el valle, justo al lado de los establos.
—Lo siento, hermanita —digo, sin apartar la mirada del lago.
Por toda respuesta escucho un suspiro soñador. Me vuelvo hacia ella y reconozco al instante la expresión de su cara: es la misma que puso la primera vez que Stefan la invitó a cenar a casa, la misma que puso cuando le miraba el culo mientras él cocinaba para ella.
Era asqueroso entonces y sigue siéndolo ahora, pero cuando sigo la dirección de su mirada, estoy segura de que pongo la misma cara.
Esta mañana, cuando mi hermano y su amigo se han puesto a descargar el heno, hacía calor, así que imagino que por eso se han quedado sin camisas.
Y yo me he quedado sin habla.
Vaqueros.
Abdominales bañados en sudor.
Guantes de cuero.
Y esa gloriosa cara barbuda.
Griffin rezuma atractivo sexual por todos los poros yo no soy inmune a ello.
—Vaya —susurra mi cuñada cuando nos detenemos al pie del camino de entrada.
—Sí —suspiro como una idiota—. Pero no por mi hermano —añado rápidamente—. Eso sería asqueroso.
Suelta un resoplido risueño.
—No soy pariente de ninguno de ellos, así que puedo disfrutar de la experiencia al completo. —Lanzo una carcajada—. ¿Qué? Míralos. No sabía que Griffin estuviera tan cachas.
—Sí —repito; mi vocabulario se ha reducido mucho al verlo trabajar sin camiseta, con el sudor chorreándole por el cuello, los antebrazos tatuados moviéndose bajo el sol y los músculos de su espalda tensándose cada vez que levanta una bala.
—Tía, te lo estás comiendo con los ojos.
Mira ya no los está contemplando: se ha vuelto hacia mí y sus iris están cargados de diversión y complicidad.
—No. Es demasiado… —Me interrumpo. ¿Demasiado qué? ¿Varonil? ¿Fuerte? ¿Reconfortante?
—¿Viejo? —me sugiere Mira, y esa frase cae sobre mí como un jarro de agua fría.
Trago saliva y asiento, haciendo todo lo posible por no parecer una idiota obnubilada, que es justo como me siento.
Fingir que Griffin no me atrae —de un modo inexplicable— es mucho más fácil cuando no tengo que verlo. Con camisa o sin ella, estoy totalmente vendida en lo que a él respecta.
Mira me aprieta el hombro y me lanza una mirada indescifrable, entre arrogante y divertida, como si tuviera un secreto que yo no conozco.
—La edad es solo un número, pequeña Dalca. Y aquí el único número que cuenta es el ocho. —Señala hacia donde está Griff, jadeante y resplandeciente bajo el sol abrasador—. Porque ese es el número de abdominales que puedo contar en su cuerpo.
—Por Dios, Mira.
Echa la cabeza hacia atrás y ríe a carcajadas cuando me sonrojo. Esa risa atrae las miradas de los hombres, y es entonces cuando se comporta como una maldita traidora.
—¡Buenas noticias! Nadia va a venir a hacerme compañía mientras vosotros hacéis esas cosas de hombres que tenéis planeadas.
Mi hermano levanta una mano enguantada con el pulgar hacia arriba.
Griffin frunce el ceño.
La propiedad es impresionante , y está tan alta que puede verse el valle entero , que parece de otro mundo.
En Ruby Creek, la sólida presencia de los altos picos rocosos puede resultar opresiva y agobiante, pero aquí arriba me siento como si volara.
Salgo del coche y voy hacia el jardín delantero, pensando en echar un vistazo rápido a las vistas desde la casita, pero ahora que estoy aquí, no tengo muchas ganas de moverme.
El sol abrasador está en lo alto del cielo, pero corre una brisa fresca. Me pongo una mano sobre los ojos y oteo el horizonte, embelesada por lo bella que es esta parte de Canadá.
Inspiro hondo y el aire puro de la montaña inunda mis pulmones. El viento trae un fresco aroma a pino desgarradoramente familiar: me recuerda a Griffin y a cómo me sentí entre sus brazos, cómo me envolvió al besarme.
No debería desearlo tanto; nunca he deseado tanto a un hombre.
Normalmente es al revés: ellos me persiguen, a mí me gusta esa parte y me dejo llevar.
Nos acostamos un par de veces, es divertido y sexy, y luego me aburro con ellos y todo se vuelve rutinario.
Entonces me siento atrapada, destinada a seguir los pasos de mi madre: quedarme embarazada, atada, atrapada en una espiral oscura y patética.
Hay una parte de mí que piensa que quiero eso, y otra parte que está aterrorizada de seguir ese camino.
Así que paso al siguiente chico, con todas mis inseguridades y con mi corazón a buen recaudo.
Sin siquiera intentarlo, Griffin me ha hecho salir de ese bucle: no me ha cortejado y no me ha perseguido. En realidad, ha hecho todo lo posible para alejarme.
A decir verdad, no estoy segura de gustarle.
Y digo «gustar», y no solo follar, porque estoy acostumbrada a eso, a que los hombres me miren y a que les guste lo que ven.
Me creció el pecho muy pronto y soy idéntica a mi hermosa madre, así que siempre he disfrutado de la atención masculina, pero a veces me muero por conocer a un hombre que vea más allá de mi apariencia, a un hombre que se moleste en atravesar mis muros, pero la mayoría de ellos dejan de perseguirme en cuanto me quitan la ropa.
Como si esa fuera la meta con una chica como yo.
Y quiero algo más.
—Es precioso, ¿verdad? —Mi hermano aparece a mi lado y otea el horizonte, igual que yo.
—Es perfecto —digo, asombrada.
—Griff y yo hemos pasado grandes fines de semana aquí.
—Me limito a asentir porque estoy sin palabras—.
No había venido desde que nació Silas. Caray, no.
—Se lleva la mano a la nuca—. Desde Mira.
Me siento fatal. —Ladeo la cabeza a modo de pregunta y él traga saliva—.
Lo ayudé con la reforma. —Señala la casa que tenemos detrás, con sus tejas de cedro y la puerta de color rojo vivo, a juego con el tejado en tonos bronce—.
Pasamos mucho tiempo juntos antes de que llegaras.
Él me ayudó a preparar el rancho y yo lo ayudé aquí.
Los dos teníamos nuestros demonios, pero ninguno obligaba al otro a hablar de ellos.
Nuestra mutua compañía nos ofrecía consuelo, y no esperábamos que el otro hablara de lo que lo atormentaba.
A él le gustaba que yo no supiera quién era, que no lo hubiera reconocido.
Se me revuelve el estómago y pestañeo para apartar las lágrimas. Sé que mi hermano vivió en la oscuridad durante mucho tiempo y que carga con las culpas de cómo fueron las cosas para mí y para nuestra madre.
No tenía por qué llevar ese peso, aunque todos estos años he visto cómo lo hacía, hasta que apareció Mira y lo iluminó como nunca antes. Y cuando llegó el bebé… Nunca he visto a mi hermano más feliz. Dios sabe que merece ser feliz después de la mierda por la que ha pasado.
—Me alegro mucho de que pudieras contar con él, Stef. —La sonrisa no me llega a los ojos. He estado ignorando que lo que hay entre Griffin y yo podría tener repercusiones en otros. No soportaría ser la causante de una ruptura entre Stefan y Griff.
—Yo también. Pero me siento un poco como si lo hubiera abandonado. Como si antes nos unieran nuestras miserias y ahora…, bueno, ahora estoy tan lejos de sentirme triste que casi da risa.
Esta vez la sonrisa llega a todos los rincones de mi cara. Hay algo cálido y esperanzador en ver a un tipo duro y protector como mi hermano tan cariñoso y feliz.
—Espero que Griff pueda ser así de feliz algún día. —Mira por encima del hombro, como si le preocupara que el otro pudiera oír su deseo.
Trago saliva.
—Y yo —digo, porque es así: nadie merece ser tan profundamente infeliz como parece Griffin.
—¿Tú eres feliz?
Esa pregunta me pilla desprevenida. No estoy segura de a qué viene esto de desnudar nuestras almas, si es porque ha recuperado a su padre o porque se ha convertido él mismo en padre.
Asiento y apoyo la cabeza en su bíceps.
—Sí, hermano. Más feliz que nunca.
Y es cierto, pero lo que no digo es que es suficiente con esa felicidad solo por ahora, o que soy feliz porque todo va mucho mejor que antes.
—Gracias por venir con nosotros. Me gusta tenerte cerca. Y Griff no es tan malo como parece, ¿sabes?
Le doy un codazo en las costillas mientras contemplamos las vistas desde la cima de la montaña.
—Lo sé.