Capítulo 16
Un mes después
Griffin
Los campos pasan volando cuando hago el trayecto de cinco minutos por carretera, aferrándome al volante con tanta fuerza que casi podría arrancarlo.
Trípode está sentado en mi regazo, mirando tan contento por la ventanilla; es mi nuevo compañero inseparable.
Me sigue a todas partes , y no voy a protestar por ello .
Este fin de semana tenemos que ir a mi casa para hacer mantenimiento y que, cuando termine mi contrato a finales de agosto, no nos encontremos un absoluto desastre al volver.
Pero antes le he dicho a Stefan que iría a su casa temprano para ayudarlo con la enorme carga de heno que acaba de recibir, y luego vendrá él a echarme una mano con las reparaciones en mi casa durante un par de días.
Incluso hemos quedado en hacer prácticas de tiro para prepararnos para la temporada de caza; haremos un fuego, llevaremos algo de comida y acamparemos un par de noches con su esposa. Creo que es un trato justo.
Es lo menos que podía hacer, viendo cómo los he estado evitando, a él y a su hermana pequeña. Mi plan de ser lo bastante gilipollas como para alejar a Nadia ha funcionado de manera espectacular.
Aunque ahora no estoy tan seguro de que fuera un buen plan.
Ha pasado un mes desde que la devoré detrás del pub local.
Desde que se montó en mi pierna mientras yo le dejaba las tetas marcadas como un cavernícola descontrolado.
Machaqué a una chica de veintiún años que tiene «hacer el amor» en su puta lista de deseos como si fuera una de esas fans ansiosas que esperan detrás del estadio a que les eche un vistazo distraído cuando paso.
Soy un imbécil, y tan egoísta como para haberla espantado. Misión cumplida. Entonces, ¿por qué me siento como una mierda?
A los pocos días, trasladó a Vaquero al rancho de su hermano, probablemente porque me pilló mirándola por la ventana de atrás mientras trabajaba con él.
Cuando mi único amigo apareció con un remolque, estaba entusiasmado porque su hermana iba a quedarse con él y así podría verla más a menudo, así que tuve que fingir que me alegraba por él cuando en el fondo estaba celoso.
Mi parte más mezquina se sentía como si estuviera robándomela.
Aunque ya soy mayorcito como para saber que no era así, lo bastante listo para saber que fui yo quien la mandó a paseo. Esa chica me miró a los ojos y me dio la oportunidad perfecta para decirle que estoy obsesionado con ella, y no la aproveché porque soy un cobarde.
Me dijo que dejaría de perseguirme, y así lo hizo, pero no esperaba que me fastidiara tanto.
Lo que ha ocurrido entre Nadia y yo no debería tenerme tan alterado después de un mes; no debería seguir sintiéndome mal. He sido el rey de los rollos sin compromiso durante toda mi vida adulta. No es algo de lo que me sienta demasiado orgulloso a mi edad, pero es lo que hay.
El problema con Nadia es que hay demasiados lazos que nos unen, y me he quedado atrapado en ellos. Estoy obsesionado con ella, y eso es nuevo, porque normalmente son las mujeres las que se obsesionan conmigo, y no yo el que se queda pillado de ellas.
La visión de atar las esbeltas muñecas de Nadia arraiga en mi mente cuando atravieso la entrada de Cascade Acres: cómo se retorcería de placer contra ellas, todo lo que le haría si la tuviera a mi merced, todo lo que podría enseñarle.
Ver el coche de Nadia aparcado frente a los establos y a su hermano saludándome desde la enorme puerta corredera me arranca del libidinoso curso de mis pensamientos.
Stefan me sonríe porque no tiene ni idea de lo que estaba pensando en hacerle a su hermana.
Aprieto los dientes, orando para que se me baje la hinchazón de los vaqueros, algo bastante sencillo porque ahí está Stefan, encantado de verme: la vergüenza mata las erecciones.
Me recoloco los vaqueros, inspiro hondo, asiento y me bajo la visera de la gorra para esconderme debajo de ella.
—Hola —saludo con voz ronca cuando salgo de la camioneta.
Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria y Trípode se va a dar una vuelta, supongo que a comer mierda de caballo, que le encanta; después de pasar hambre durante tanto tiempo, su paladar no es muy exigente.
El sol ya ha despuntado y calienta el aire fresco de la mañana. Estamos a punto de llegar al otoño y las noches son frías, pero el sol sigue ahuyentando el frío. Cuando está en su cénit, el calor es insufrible.
A decir verdad, prefiero el verano, porque detesto abrigarme y aborrezco quedarme incomunicado cuando cae una gran nevada en la montaña y no puedo ir a ninguna parte.
Lo único que espero con ansia de esas noches frías es la temporada de caza, y me aprovisiono de comida para los días en que no puedo ir a ninguna parte.
Por un lado, me encanta la soledad. Por otro, cuanto más tiempo paso en la montaña, más me pesa estar solo, algo que no habría sido capaz de admitir ante mí mismo hasta el verano pasado en el Gold Rush Ranch.
Puedo ser un capullo gruñón y no hablo mucho, pero encuentro agradable tener a gente charlando a mi alrededor o conversando conmigo como lo hacía Nadia.
Lo echo de menos. Nadia parloteaba sin esperar que yo interviniera y aun así disfrutaba de mi compañía.
La mayoría de la gente se siente decepcionada cuando no respondo, pero ella no, a ella no le hacía falta que yo hablara.
—¿Estás listo? —Stefan se pone un par de guantes de cuero y señala con la cabeza la plataforma en la que están apiladas las pacas cuadradas.
Maldita sea. Vamos a estar aquí todo el día.
Me había olvidado de la cantidad de trabajo que da este sitio.
En la montaña solo tengo a un par de caballos a la vez para entrenar, además de a Mancha, y es fácil de gestionar, pero esto…
Esto es demasiado. Y Stefan tiene bastante dinero como para pagar a alguien que haga el trabajo por él, pero creo que le gusta sentirse útil.
Suelto un hondo suspiro y lo miro.
—Vamos.
Me da una palmada en el hombro.
—Te debo una, tío.
Me estremezco. «Te debo una» . Dios, para nada. Ni de lejos.
—No hay problema.
Saco los guantes del bolsillo trasero y, cuando estoy poniéndome el segundo, siento como un calambre que me recorre la piel y me quedo sin aliento cuando mi mirada se clava en los cálidos ojos de Nadia, del color del bourbon; el único bourbon que me apetece ya.
Está de pie en la puerta abierta, sujetando la cuerda de Vaquero, pero no sonríe. Tiene los labios entreabiertos y se ha quedado petrificada al verme, con todo el aspecto de no quererme aquí.
Me encantaría poder decir lo mismo, pero la verdad es que me alegro de verla, joder.
Hemos mantenido las distancias durante semanas y yo he intentado mantenerme ocupado: he agachado la cabeza y he trabajado con los caballos jóvenes; he visitado a Billie para ponerla al día de sus progresos —y, sinceramente, he disfrutado trabajando con ella, charlando sobre los potros a mi cargo—, pero ahora, al ver a Nadia, me doy cuenta de que no he hecho más que dejarme llevar.
Vaquero tiene la pata de atrás vendada, y aprieto los labios para no preguntarle si está bien o si lo han operado.
Tengo muchísimas ganas de hablar con ella, y solo con estar en su presencia siento una opresión desconocida en el pecho.
Después de enrollarme con ella me dije a mí mismo que iba a llamar a uno de mis ligues habituales, pero me quedo en casa todas las noches masturbándome en una toalla en el sofá mientras me la imagino ante esa puerta trasera, aunque en mis fantasías ella no se queda ahí, sino que se acerca, se sienta a horcajadas sobre mi regazo, se me echa encima y me besa.
Sacudo la cabeza: no quiero que Stefan me vea mirándola como un adolescente cachondo o que se dé cuenta de que Nadia está enfadada conmigo.
Me arden las mejillas y subo a la plataforma sintiéndome peor de lo que me he sentido en años.
—¿Listo? —pregunta mi amigo con una amplia sonrisa.
Asiento y me pongo a sacar las balas de heno del camión, con la esperanza de que el trabajo físico me haga olvidarme de la expresión de Nadia, pero no tengo tanta suerte.
—Oye, ¿y si nos echas una mano? —grita Stefan al cabo de unos minutos.
—No, gracias. Acabo de hacerme las uñas —dice Nadia a mi espalda, con voz gélida. No me hace falta mirarla para saber que no quiere que esté aquí, y mucho menos quiere ponerse a trabajar a mi lado.
Stefan se ríe como si no se hubiera dado cuenta de que ella intenta quitárselo de encima.
—Coge unos guantes del establo. Solo será un rato. Tenemos que ir a casa de Griffin a pasar la noche. Mira ha conseguido que Hank y Trixie se queden con Silas, y quiero terminar con esto antes de marcharnos.
Su suspiro resuena en mis oídos aunque no haya sido muy fuerte. Es lo que tiene no hablar mucho: se oye más. Los ruidos más pequeños suenan muy altos.
—Vale, está bien. —Se marcha, disgustada porque la ha convencido, pero dispuesta a ayudar de todos modos.
—¡Eres la mejor hermana que un hombre podría desear!
—exclama Stefan: ríe entre dientes, sacude la cabeza y vuelve hacia mí—.
Tío, ha crecido un montón, pero sigue teniendo un mal genio del tamaño de Texas —dice, risueño.
Respondo con un gruñido. A mí me gusta su carácter—.
Espero que encuentre a alguien que sepa valorarla como se merece.
Detestaría que apagaran esa llama salvaje.
Resoplo.
—Antes se lo comería vivo. Las mujeres como ella no están hechas para que las domestiquen —suelto antes de que me dé tiempo a obsesionarme con la te de la última palabra que he dicho.
—Eso es. —Stefan resuella y se pasa el antebrazo sobre la frente sudorosa—. Lo has pillado.
Me vuelvo hacia los fardos. Hablar de esto con Stefan es terreno pantanoso.
—Vale. ¿Qué quieres que haga?
Que te arrodilles, joder.
Cierro los ojos. No puedo verla desde donde estoy, pero hasta su puñetera voz me excita.
Me estoy volviendo loco. No he tomado ni una gota de alcohol y, sin embargo, cuando estoy a su lado me siento como borracho y fuera de control, y después de pasar tantos años trabajando para recuperarlo detesto esa sensación.
—Cámbiale el sitio a Griffin y baja los fardos para que él los lleve dentro. ¿Te parece bien, Griff?
No.
—Sí, claro. —Stefan frunce el ceño ante mi tono mordaz, así que fuerzo una sonrisa llena de dientes.
Pone los ojos en blanco y vuelve a coger balas de lo alto de la pila como si estuviera acostumbrado a que yo sea un puñetero gruñón y no le molestara lo más mínimo.
Cuando me doy la vuelta, Nadia ha puesto uno de sus pies calzados con botas sobre el parachoques del remolque y se impulsa para subirse a él.
Le tiendo la mano para ayudarla, pero me hace un gesto y me ignora; me envuelve su característico aroma a pétalos de rosa, ese que me llega cada vez que paso por la sección de flores del supermercado. Esta chica me está volviendo loco.
Una bala de paja pasa volando a mi lado; el aire que levanta me refresca la piel y el olor a hierba seca se mezcla con su aroma floral.
—Ponte a trabajar, Sinclaire —dice, y da media vuelta para coger otra paca mientras su hermano se ríe de mí desde el otro extremo del remolque.
No sé cuánto tiempo trabajamos así, como una especie de cadena de montaje: Stefan le pasa una paca a Nadia desde lo alto de la pila, y luego Nadia me la pasa a mí, que estoy en el suelo.
Evita mirarme, y yo también hago un buen trabajo ocultando mi expresión bajo la visera de mi gorra de béisbol.
De vez en cuando, nuestras manos enguantadas entran en contacto.
Sus dedos envueltos en cuero rozan los míos, como si fuera algo prohibido.
Es una sensación agradable. Es una puñetera tortura.
Pero cuando anuncia que ya ha terminado de ayudar, que tiene más cosas que hacer y se va…
Eso es aún peor.