Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Reacciono al momento y le devuelvo el beso con toda la emoción de la que soy capaz. No me creerá si le digo que es bueno para mí. Tendré que demostrárselo.

Mis labios se mueven frenéticamente contra los suyos y me aferro al dobladillo de su camisa. Lo único que quiero es poner mis manos sobre su cuerpo y sentirlo; quiero más de lo que él está dispuesto a darme.

Tiro del faldón de su camisa, desesperada, y escucho el chasquido de los botones al abrirse.

Gimo contra su boca cuando las palmas de mis manos se deslizan por su abdomen desnudo, trazando las líneas de esa deliciosa V que desaparece bajo sus vaqueros, con la que llevo fantaseando desde que lo vi en el sofá la semana pasada.

Suena un gemido y ni siquiera sé de quién es. Su piel se estremece bajo mi contacto y su miembro se hincha contra mi muslo.

—Joder, Nadia. —Mi nombre suena como una plegaria en sus labios, con voz ronca y asombrada, y me deja muy claro que sea lo que sea esto no es unilateral.

Me muerde el labio inferior y me arqueo hacia él, incitándolo, ansiando más.

Todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se crispan cuando mi cuerpo se pega al suyo.

Echo la cabeza hacia atrás, y Griff lo toma como una invitación para llevar la boca hasta mi cuello; yo levanto las manos para enlazarlas con las de él.

Primero un beso, luego otro mordisco. Me sobresalto al sentir el pellizco, pero entonces su lengua está ahí, calmando el escozor y volviéndome loca. Acerco su cabeza hacia mí, desesperada por más. Se mueve un poco y vuelve a morderme, justo donde el cuello se une al hombro.

—Eres deliciosa, joder. Tan sensible… —Me agarra del pelo y tira de él para obligarme a echar la cabeza hacia atrás; mi pecho queda expuesto ante él como si fuera un banquete.

Y actúa como si lo fuera.

Desliza los dientes y sus labios siguen a besos esa estela abrasadora; la punta de su lengua es un bálsamo para el pequeño dolor, lamiendo y tentando, y entonces desciende hasta la parte superior de mis pechos.

—Estos… —Me acaricia uno de los montículos con la nariz, agachado sobre mi cuerpo, con la mano aún enredada en mi pelo—. Son perfectos.

Entonces su mano libre baja y me tira del escote de la camiseta, llevándose al mismo tiempo la copa del sujetador.

Inspira justo cuando todo el aire sale de mis pulmones, como si me hubiera robado, literalmente, el aliento. Nos quedamos mirando mi pecho al descubierto, elevado por la ropa que llevo debajo, con el pezón apuntando hacia arriba, justo hacia él.

Griff levanta la mirada hacia mi rostro, con expresión ardiente y descontrolada. Adoro esa expresión; me encanta lo que me provoca. Nos miramos fijamente durante unos segundos y el fuerte sonido de nuestras respiraciones atruena en mis oídos.

Algo cruza el aire entre nosotros: una pregunta, una respuesta, un acuerdo; y entonces sus labios pecaminosos se aferran a mi pezón. Suelto un gemido y cierro los ojos para perderme en la sensación de su boca sobre mi cuerpo, en la forma en que pierde el control conmigo.

Me suelta el pelo y me baja el otro lado de la camiseta para liberar mis dos pechos.

—Mírate, florecilla. —Me los aprieta con fuerza, casi con demasiada fuerza, pero luego me suelta, alternando siempre un roce duro con uno suave en un equilibrio perfecto—.

Son suaves y preciosas. —Se mueve hacia el otro pecho; me ha dejado el pezón húmedo y duro bajo la suave brisa nocturna que se desliza por mi piel.

Me chupa el otro pezón y luego lo suelta con un sonoro chasquido; se aparta unos centímetros y los contempla como si estuviera teniendo una especie de experiencia mística.

—Tan dispuesta… Tan deseosa de complacer…

Dios mío. Maldita sea.

Trato de apretar los muslos para aliviar la palpitación entre ellos, pero él mete su pierna musculosa entre ellos para mantenerme pegada a la pared, y yo me restriego contra él.

El alivio que me produce el movimiento es adictivo. Lo hago una y otra vez y siento un delicioso calor florecer en la base de mi columna vertebral.

—Nadia —pronuncia mi nombre como una amenaza. Suspiro de placer; me encanta cómo esa voz profunda retumba en su ancho pecho. Es tan intensa que con la camisa desabrochada casi puedo ver cómo estremece su cuerpo.

Contoneo las caderas moviéndome sobre él, perdida en la sensación de estar en sus brazos, de tener toda su atención.

Sus dedos callosos se clavan en mi pecho.

—Si vuelves a moverte así, no me hago responsable de lo que pase después.

Me pesan los párpados; saco la lengua y me mojo la comisura de los labios. Y suelto un gemido a pesar de que sé que voy a provocarlo con eso. No me importa.

Lo miro fijamente a los ojos y me abalanzo sobre él.

—Eres imposible —dice con voz queda.

Alza una mano y me rodea el cuello, empujándome contra la pared con firmeza pero con suavidad, con gestos muy controlados. Con la otra mano me agarra el pecho desnudo y me da un mordisco que me sobresalta.

—¡Ay! —grito, pero el dolor no dura. No cuando usa la mano que tiene en mi cuello para moverme sobre su pierna. Y yo me dejo ir. Me dejo llevar y siento la humedad en mis bragas.

He perdido el control por completo.

Me maneja de un modo que no he vivido jamás. Tengo experiencia, pero nada me ha preparado para Griffin Sinclaire.

—¿Vas a correrte en mi pierna, Nadia? —Sus palabras son casi burlonas, pero apenas tengo tiempo de pensar en ellas antes de que se acerque y me aplique el mismo tratamiento en el otro pecho.

La presión de sus dientes es adictiva. Es salvaje y desquiciada y fuera de control y me hace sentir más viva que nunca. Más deseada que nunca.

Cuando retira la boca para admirar su obra enredo los dedos en su pelo desordenado, que hace juego a la perfección con las marcas que brillan en la suave carne de mis pechos.

—Joder —suspiro—. Qué sexy. Nadie me había mordido antes.

Se tensa bajo mis manos, y juraría que hasta deja de respirar. Y entonces se yergue y se echa hacia atrás como si alguien lo hubiera empujado lejos de mí.

Se pasa por la boca la mano que me estaba agarrando de la forma más deliciosa.

—Lo siento mucho. —Parece a punto de vomitar, como si algo hubiera activado esas náuseas—. Lo siento mucho, joder.

Se me acelera el corazón cuando le veo dar vueltas; los brazos me cuelgan laxos a los costados, y uso la pared para mantenerme erguida. Toda esa excitación se ha convertido en arrepentimiento.

—No tienes de qué disculparte.

—Dios. —Inspira hondo, con los ojos clavados en mis pechos; estoy demasiado conmocionada para tapármelos—. Lo siento, de verdad.

—Basta —suelto, fastidiada—. Para. No hagas que parezca algo malo.

Por fin su mirada se enfrenta a la mía; es imposible ignorar el brillo de tristeza que la adorna.

—Vale.

Se pasa una mano por el pelo y da unos pasos vacilantes hacia mí.

Desliza el dedo índice por la marca de un pecho antes de subirme la camiseta por encima, como si no pudiera soportar mirarla.

Hace lo mismo con el otro lado y vuelve a centrar su atención en mi cara, en mis labios, que aún están hinchados por la forma en que me ha besado, en que me ha poseído.

—No hay nada malo en ti, Nadia. Eres perfecta y te mereces algo mejor que un hombre que te besa en el baño sucio de un bar o junto a contenedores grasientos; a alguien que no te deje marcas en el cuerpo, joder. —Sacude la cabeza.

La incomodidad que había desaparecido cuando nos hemos perdido el uno en el otro vuelve a hacer su aparición: ni siquiera puede mirarme a la cara.

Y no lo acepto. Levanto la mano entre los dos, le cojo la barbilla y alzo suavemente su atractivo rostro hacia mí.

Espero a que sus ojos se encuentren con los míos y le acaricio la línea de la mandíbula barbuda con el pulgar, deleitándome con la sensación.

No se parece a ningún otro hombre con el que haya estado.

Hasta ahora solo he jugado con mojigatos de ciudad, y Griffin Sinclaire es el Salvaje Oeste.

Y lo deseo de arriba abajo.

—¿Sabes lo que me merezco? —Su mirada me recorre el rostro—. A alguien que me desee lo suficiente como para tomarme sin disculparse; a un hombre que sabe lo que quiere; a un hombre que me quiera a mí. —Asiente, el pulso le late con fuerza en el cuello—. ¿Y sabes lo que te mereces tú?

—¿Qué?

—A una mujer que se sienta como una diosa cuando le dejas una marca como esta; a una mujer que lo único que quiere es que la adores. —La intensidad de su mirada me estremece—. Te mereces a una mujer que te vuelva loco a todas horas, nada más y nada menos.

Se hace el silencio. Mis palabras quedan suspendidas en el aire hasta que su profundo suspiro las hace desaparecer: una oportunidad perdida.

Me pongo de puntillas y lo beso con suavidad en los labios. Él me devuelve el beso, pero ya no es lo mismo: es casto, inocente; ha desaparecido todo el ardor.

Hay algo desgarrador en ese beso, y ahora soy yo la que no puede enfrentar su mirada.

De pronto, me siento infinitamente inexperta y colosalmente tonta. ¿Quién coño me he creído que soy para ir detrás de un hombre maduro como si fuera una sirena tentadora? ¿Como si no fuera la patética y problemática hermana pequeña de su mejor amigo?

Una carcajada abatida brota de mis labios cuando me deslizo por la pared para apartarme de él, con los ojos clavados en el suelo.

—Espero que la encuentres.

Y luego me escabullo hacia mi coche, dispuesta a lamerme las heridas en privado.