Capítulo 15
Nadia
A lo mejor todavía no estoy preparada para entregarle mi corazón a un hombre, pero tampoco tengo por qué perder el tiempo con gente como Tommy Koss. Protegerme no significa conformarme.
Me he dado cuenta de eso de camino a casa, y es por eso que estoy aquí, atravesando la puerta principal del Neighbor’s Pub.
No contesta al teléfono, y necesito hablar con él cuanto antes.
De repente, deshacerme de Tommy es como un picor que tengo que rascarme, y no puedo esperar. Tengo que aliviar mi conciencia.
Aunque no pueda tener nada con Griffin, no quiero nada con Tommy, aunque soy consciente de que no somos nada en realidad, como me confirma la chica que está acurrucada a su lado cuando entro en el bar.
No me sorprende. Sabía que lo encontraría aquí.
—Hola, Tommy —digo cuando me acerco a la mesa donde está sentado con sus amigos. Está repleta de cerveza barata y de las cestas rojas de plástico de las alitas.
—Hola, Nadia —sonríe, y ni siquiera se molesta en retirar el brazo del respaldo de la silla de la rubia. No se puede decir que no los tenga bien puestos.
—¿Puedo hablar contigo un segundo? —Hago un gesto con la cabeza hacia algún lugar a mi espalda. No necesito mucho tiempo ni mucha intimidad para decir lo que tengo que decir. Y por lo bien que parece estar con la otra chica, él tampoco tendría por qué decir nada, pero siento esa necesidad.
Lo he hablado con mi psicólogo: no puedo controlar las acciones de los demás, pero puedo controlar las mías. Y puedo controlar mis reacciones, mi vida y mis elecciones. Ya no vivo bajo la autoridad de nadie.
—Sí. —Frunce el ceño—. Claro, por supuesto.
Se levanta, y la otra chica me dedica una sonrisa tímida que le devuelvo con otra de mi propia cosecha. Estoy a punto de desearle suerte con ese idiota colosal.
—Por aquí está bien —digo; me doy la vuelta y choco con una sólida pared de músculos.
—Tranquilo, tío. —La mano de Tommy pasa por encima de mi hombro y se posa en el pecho que tengo delante, cubierto con una camisa vaquera que reconozco de antes. Es como si esos botones nacarados me miraran fijamente—. De vuelta al ruedo, ¿eh?
Vuelvo la cabeza y miro a Tommy, que tiene una sonrisa malvada en la cara.
—¿Perdona? —pregunto; siento el calor del cuerpo de Griffin en mi piel.
—Ah, claro… Que no creciste aquí. Eres la estrella del fútbol reconvertida en borracho del pueblo. Eso no salió en la cena de la otra noche, ¿eh?
Se me para el corazón cuando me doy la vuelta para contemplar el hermoso rostro de Griffin. Borracho . No estaba borracho esa noche, ¿verdad? Su boca no sabía como la de un borracho. Intento encontrar la respuesta en sus ojos, pero está mirando más allá de mí, hacia Tommy.
Y, Dios mío, si las miradas mataran…
Un músculo de su mandíbula se contrae, y usa mis propias palabras.
—No todos somos personas normales y felices.
Parpadeo; entiendo esa frase mejor que nadie.
Entonces vuelve hacia mí esa dura mirada.
En sus profundidades se libra una guerra entre la vergüenza, el deseo, la humillación, la ira…
Después de todo lo que he vivido, eso debería espantarme, pero si Griffin es el fuego, yo soy la polilla destinada a bailar entre sus llamas.
Mi sentido de la autopreservación se escapa por la ventana cuando me mira así.
Si Griffin Sinclaire me pidiera que saltara de un puente, lo haría.
—Buenas noches, florecilla silvestre —dice; me da un apretón en el codo y va hacia la puerta trasera. Ese contacto ha sido tan dulce que lo siento hasta en el hombro.
Se aleja con los anchos hombros caídos, como si no pudiera soportar la carga que lleva sobre ellos.
Puedo controlar mis reacciones.
Me vuelvo hacia Tommy y levanto una mano para detener cualquier tontería que esté a punto de decir. Estoy furiosa, hirviendo en mi propia rabia.
—Eso ha sido muy grosero y cruel, y ya he tenido suficiente crueldad en mi vida, Tommy. Lo que podía haber entre tú y yo —nos señalo a ambos— no va a pasar. Nunca.
Antes de que pueda responder, me voy corriendo por el bar hasta el oscuro pasillo que lleva a la parte de atrás; dejo que mi corazón me guíe fuera de este lugar sin volver la vista atrás. Quiero llegar junto a él cuanto antes.
—¡Nadia! Espera —me llama Tommy, pero no viene a por mí. Gracias a Dios, es coherente en su dejadez.
Paso por el baño de hombres donde empezó lo que sea que hay entre Griffin y yo.
Qué romántica, Nadia.
Me duele el corazón. No sé cuál es su historia, pero sé que Griffin es un buen hombre. Un hombre muy bueno. Un hombre que no quiere traicionar a su amigo, un hombre que se está dejando la piel para resistirse a lo que hay entre nosotros porque cree que es un error.
Y tal vez lo sea, pero a lo mejor no, y dejar que se vaya de aquí pensando que estoy de acuerdo con lo que Tommy acaba de decir sí que sería un gran error.
Asomo la cabeza en el baño de hombres y me saluda un «¡Vete a la mierda!» de un tío que no es Griffin.
Así que solo me queda la puerta trasera. Podría haberse ido ya, pero siento un tirón en esa dirección que no puedo ignorar.
Está oscuro y huele a grasa. Miro a la izquierda y no hay nada más que unos enormes cubos de basura y los coches de los empleados en el aparcamiento de grava, que por lo demás está desierto.
Miro a la derecha, y ahí está Griffin, apoyado contra la pared de estuco, con las manos a la espalda y mirando el cielo azul marino en el que titilan un millón de brillantes estrellas.
No reacciona a mi presencia, pero es consciente de que estoy aquí. Y yo solo me quedo mirándolo. Es como un animal acorralado: salvaje, asilvestrado, angustiado.
Doy un par de pasitos y me pongo frente a él, que no aparta la vista de las estrellas.
—Tienes que dejar de perseguirme. —Traga saliva audiblemente.
Asiento porque probablemente tiene razón: eso sería lo más inteligente. Pero está claro que, cuando se trata de él, no tomo decisiones inteligentes.
Así que inspiro hondo y suelto lo que en realidad quiero decir.
—Vale. Pararé mañana. —Me acerco más. Mis pechos se aplastan contra su torso musculoso cuando lo abrazo.
Meto la cabeza bajo su barbilla y lo estrecho contra mi cuerpo. No decimos palabra, pero tampoco hace falta. La tensión abandona su cuerpo, se desvanece despacio, y me alegro de estar aquí: soportar el dolor ajeno es mucho mejor que revolcarme en el propio.
—No deberías estar aquí fuera conmigo cuando tu novio está ahí dentro, Nadia —rezonga al fin.
Entreabro los labios e inspiro profundamente por la nariz, deseando envolverme en su aroma a pino y a jabón de lavandería.
—He venido aquí esta noche solo para decirle que lo nuestro ha terminado. Se lo he dejado muy claro.
El cuerpo de Griffin se estremece contra el mío, como aliviado por lo que acabo de decirle. Y entonces saca los brazos de detrás de la espalda, los pone sobre mis hombros y apoya su mejilla barbuda sobre mi cabeza.
Estoy acurrucada en sus fuertes brazos y me siento en el paraíso; si fuera un gato, ronronearía.
—Bien. Puedes tener algo mejor. —Su voz es apenas audible, pero da igual, porque estamos pegados uno al otro y puedo sentir su respiración y los latidos de su corazón. Si él es el mar, yo solo quiero cabalgar sus olas.
—Sí que puedo —murmuro, y me aferro a la espalda de su camisa vaquera.
En los brazos de Griffin estoy más en paz que nunca, y no soy capaz de entender el porqué.
—Yo no soy algo mejor —dice con la voz quebrada.
—Vale. —No pienso discutírselo porque no es lo que necesita ahora mismo. Lo que necesita es alguien en quien apoyarse, no palabras bonitas.
—Soy alcohólico. No he probado una gota en años, pero siempre voy a serlo.
—De acuerdo.
—Eso debería hacer que salieras corriendo —dice con un tono más agudo.
—No pasa nada. —Me acurruco más. Si lo que intenta es asustarme, no va a funcionar.
—Me he acostado con más mujeres de las que soy capaz de contar.
Resoplo.
—Bien. —Le doy un beso casto en el pecho, justo sobre el corazón.
Suelta un gruñido que retumba en su interior, se da la vuelta, me empotra contra la pared y pone los brazos a los lados de mi cabeza, encerrándome. Estoy segura de que intenta intimidarme, pero siempre me he sentido segura con Griffin, y esta vez no es la excepción.
Sé cómo cambia el ambiente cuando un hombre quiere hacerme daño, sé cómo me mira —con asco, con desprecio—, y por mucho que refunfuñe, Griff nunca me ha mirado así.
—Joder, Nadia. —Su mirada me recorre frenéticamente la cara—. ¿No lo entiendes? Soy un pájaro de mal agüero. No tengo nada que ofrecer —susurra.
Yo tampoco tengo nada que ofrecer.
—Vale —murmuro. Está temblando y el pulso le palpita con fuerza en el cuello. Me humedezco los labios y me dejo llevar por el ritmo de ese latido.
—Nadia. Esto no puede pasar.
Parece como si estuviéramos escondiéndonos entre las sombras del callejón trasero del pub . Podría decirle que no soy yo la que lo retiene, pero me limito a perderme en sus insondables ojos oscuros. Todo en él grita masculinidad en estado puro, tanto que hace que me flaqueen las rodillas.
En mis labios se dibuja una sonrisita; una mueca; un desafío.
—De acuerdo.
Se mesa el cabello oscuro con una mano, frustrado.
—Joder.
Aún tiene el brazo apoyado en la pared, por encima de mi cabeza. Está nervioso. Y enfadado, aunque no conmigo. Al instante, su rostro está pegado al mío y su aliento revolotea sobre mis labios húmedos.
—Me vuelves loc…
Enarco una ceja.
—¿Qué?
Se le desencaja la mandíbula y se acerca imperceptiblemente.
—Loc… loc…
—Dilo. Atrévete. —Giro la cara y las puntas de nuestras narices se rozan. Parece a punto de acabar conmigo…, pero en el buen sentido.
Suelta el aire con un suspiro tembloroso. Se me pone la carne de gallina en los brazos bajo el aire húmedo de la noche. Su voz es como una pluma que me acaricia la piel cuando nos miramos cara a cara.
—Me vuelves loco —dice.
Y luego me besa.
Su mano libre me acaricia la nuca y sus labios se mueven contra los míos. Por un segundo, me quedo paralizada. Quería que me besara, lo he incitado a hacerlo, pero no creía que fuera a ceder.