Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

Nadia

Griffin Sinclaire es gilipollas.

Caliente y frío. Izquierda y derecha. A toda máquina y frenada en seco.

No sé qué le pasa a este hombre, y estoy hasta los ovarios.

Por eso he subido a mi apartamento y he enviado la solicitud para la facultad de Veterinaria.

Casi se me había pasado el plazo y seguramente no me acepten, pero lo he hecho de todos modos.

Estoy cepillando a mi caballo con tanta fuerza que casi me siento mal por él, pero por el modo en que entrecierra los ojos, diría que no le importa.

Me arden los dedos por verter todos mis pensamientos y sentimientos en mi diario.

Ya he elegido un montón de palabras malsonantes para Griffin, y me pregunto si esta noche podré ser aún más creativa.

No me apetecía nada estar cerca de la casa de invitados donde vive Griffin, pero he cogido el diario, me he comido un sándwich de atún y me he obligado a venir cuando aún había luz, porque soy una buena dueña y tengo que hacerle las curas a Caballo en la pata y darle su dosis diaria de —demasiadas— manzanas.

Quiero ofrecerle todo el amor del que no ha podido disfrutar, lo que significa venir todos los días para demostrarle que no voy a abandonarlo.

—Me dijo que una vez fue un accidente, pero que dos sería un error.

Yo. Un error. ¿Te lo puedes creer? —Paso el cepillo con un movimiento circular sobre el anca hasta la cruz.

Quizá es porque está atado al poste de la valla y no puede ir a ninguna parte, pero sabe escuchar—.

Y luego me lleva a casa de sus padres, y yo me pregunto por qué.

Pero, al parecer, hemos vuelto a la política del silencio, así que no voy a averiguarlo.

—Caballo resopla, moviendo alegremente la cabeza—.

¿A que sí? Ese tío es una puta pesadilla.

Al final habla, pero no dice una mierda.

Oigo otro bufido, aunque no es equino. Me quedo helada, pero no me doy la vuelta. Trípode aparece por la esquina y se echa a mis pies para suplicarme que le rasque la barriga. No puedo negarme, pero ahora mismo tampoco quiero darme la vuelta y enfrentarme a Griffin.

—No estoy de humor, vaquero —murmuro por encima del hombro, y me agacho para acariciar a Trípode.

—¿Ese es el nombre que le habías puesto? —masculla Griffin.

Miro los ojos brillantes de mi caballo, que reflejan el dorado sol del atardecer. Vaquero . Se me dibuja una sonrisa en los labios. Los vaqueros son duros, los derriban y siguen adelante, como este caballo y como yo.

—No. Pero ahora sí. —Oigo otro bufido. Por fin me doy la vuelta hacia Griffin y el estómago me da un vuelco, como siempre que mi mirada se posa en él—. ¿Qué quieres? No estoy de humor para charlar.

Enarca una de sus espesas cejas y se dirige despreocupadamente hacia los escalones traseros, donde se sienta siempre que viene. Trípode se va a olisquear por el patio, como si le diéramos vergüenza ajena y no quisiera saber nada de nosotros.

—Puedo oírte desde mi porche.

Mierda… Vale…

Se lleva una jarra de algo a los labios y apenas puedo apartar la mirada de la forma en que se le mueve el cuello cuando traga, de la forma en que me mira por encima de esa jarra, de la forma en que sus labios rodean el borde.

Hasta ahora nunca había querido ser una pieza de cerámica.

Yergo los hombros y cambio el cepillo de goma por uno de cerdas.

—¿Me estabas espiando, Sinclaire? Qué mono.

—¿Sigues enfadada por algo que dije hace dos años, florecilla silvestre? —sonríe, y me encantaría borrarle esa expresión chulesca de la cara. Supongo que volvería locas a las mujeres con ella antes de retirarse a las montañas.

Rechino los dientes y me concentro en cepillar a Vaquero. No tengo ni idea de qué responder. Está claro que todavía estoy enfadada; está claro que sigo pensando en ello, y está claro que aún estoy un poco obsesionada con él por mucho que me esfuerce en evitarlo.

Y como no tengo ni idea de qué responder, no digo nada. Es difícil hablar con este nudo en la garganta. Griffin estuvo en silencio todo el trayecto de vuelta al rancho después de lo que demonios fuera aquello del ascensor, así que supongo que estoy en mi derecho de hacer lo mismo.

Sigo cepillando el cuerpo larguirucho de mi caballo, dejándome llevar por la belleza del entorno: los verdes campos que llegan al pie de las montañas Cascade, los melódicos trinos de los pájaros en los árboles…

Miro tan fijamente a Vaquero que me percato de que ha engordado un poco; ha perdido ese físico de caballo de carreras superdelgado con toda la comida de más que le he dado.

La jubilación le sienta bien. Y también le sienta bien su nuevo nombre.

Cuando doy la vuelta para encargarme de su otro flanco, Griff vuelve a hablar.

—Te llevé conmigo para que vieras gente feliz. Algún día tendrás esa vida, estoy seguro. —Tiene los codos apoyados en las rodillas y parece demasiado grande para esos escalones en los que está sentado—. Sé que puedes hacer todo lo que te propongas.

Inspiro hondo y clavo la mirada en el hombre que tengo delante. Ese hombre que a veces se comporta como un auténtico gilipollas y otras me dice cosas como esa o rescata a un caballo o me defiende de los babosos que me miran como si quisieran devorarme.

—Eres un tío complicado, Sinclaire.

Un hoyuelo asoma en una de sus mejillas un poco sonrosadas y baja la mirada, como si ser amable le provocara timidez.

—Eso dicen.

Satisfecha con el brillo del pelaje de Vaquero bajo el sol poniente, dejo el cepillo y lo llevo al corral.

La hinchazón de su pata trasera ha bajado mucho, aunque Mira está convencida de que, si pretendo hacer con él algo más que tratarlo como si fuera mi perro, va a necesitar una operación para quitarle algunas astillas de hueso.

Y es lo que pretendo: Vaquero y yo vamos a hacer grandes cosas juntos.

—Buenas noches, Vaquero —digo, y le doy un beso en la mancha en forma de corazón que tiene en la testuz.

—¿Lo dices en serio?

Cierro la verja del corral donde Vaquero está merodeando. Le encanta que le preste atención, y sé que me espera todas las noches.

Me vuelvo hacia el hombre fornido y gruñón sentado en los escalones detrás de mí.

—¿El qué?

—Lo de llamarlo Vaquero.

—Sí, le queda bien —sonrío, y recibo un gruñido a modo de respuesta.

Cuelgo el ronzal de cuero en el gancho que hay junto a la verja, y estoy a punto de marcharme cuando Griff me detiene en seco.

—¿Qué más hay en tu lista de cosas que hacer antes de morir?

Me vuelvo muy despacio.

—¿Perdona?

—La lista. Esa en la que apuntaste que querías montar a caballo y… —Enarco una ceja cuando se detiene. ¿Por qué demonios le importa?—. En lo otro no puedo ayudarte. —Sus nudillos se ponen blancos al aferrar la taza—. Pero ¿qué pasa con el resto?

En las palabras que busca no hay ninguna de las letras con las que se traba, pero, aun así, no la pronuncia. Por desgracia para él, hablar de sexo no me pone nerviosa: ya lo he hecho lo suficiente como para que no me parezca tabú.

—¿Te refieres a hacer el amor? ¿Es eso en lo que no puedes ayudarme? —Me cruzo de brazos a la defensiva y cambio el peso del cuerpo de una pierna a la otra.

Espero que se eche atrás, pero su mirada encuentra la mía y no la baja.

—No.

—¿Porque soy un error? —Aprieto los labios después de arrojarle a la cara las palabras que me dijo hace dos años.

Traga saliva y el ardor que brilla en sus ojos cuando me recorre de arriba abajo casi me hace estallar en llamas.

—No.

—¿Porque no te atraigo? —Si dice que es por eso, miente. Ningún hombre mira a una mujer como Griffin me está mirando ahora mismo a menos que quiera follar con ella. No soy nueva en este juego.

—No.

Sacude la cabeza y me sostiene la vista un instante antes de apartarla y volverse hacia donde están Vaquero y Mancha, con las cabezas juntas como si estuvieran planeando algo.

—Toda mi experiencia se limita a follar. Eso es lo único que puedo ofrecer, y no es lo que estás buscando.

Follar .

La palabra suena deliciosa en su boca, envuelta en las profundidades oscuras de su voz. Me acelera el corazón y me pone la carne de gallina. La verdad es que no estoy segura de poder entregarme lo suficiente como para sentir que hago el amor con alguien, por más que me gustaría. Y sin embargo…

Ladeo la cabeza porque lo he pillado. No debería haberme confesado eso. Pensar que esta atracción era unilateral es una cosa, pero ¿saber que no lo es? Eso es algo muy distinto: una oportunidad.

—¿Y si es lo que busco?

Su ancho pecho sube y baja de forma visible.

Yo también me he quedado sin aliento y solo puedo quedarme ahí, mirándolo.

Frunce el ceño y levanta una mano entre los dos, como si quisiera detenerme. Ni siquiera he dado un paso hacia él y ya me está ordenando que pare.

—No.

—¿Por qué?

—Tu hermano.

—¿Qué pasa con él? No necesito su permiso, y tú tampoco.

Griffin se rasca la barba y cierra los ojos un instante.

—No es tan fácil.

—Pues simplifícalo. Soy demasiado joven y tonta como para entender tus cambios de humor.

Cuando vuelve a abrir los ojos, el ardor de antes se ha convertido en puro anhelo. Su mirada se me clava en el pecho y se me encoge el corazón. Ningún hombre me ha mirado nunca como Griffin lo está haciendo ahora mismo.

He compartido muchas miradas cargadas de lujuria con otros hombres. He visto deseo en los ojos de un hombre. ¿Pero esto? Esto raya la desesperación, la agonía.

—Te mereces a alguien normal y feliz. Quiero que lo encuentres, y yo no soy ese tío.

Me echo hacia atrás, molesta.

—Lo has entendido mal, Griffin. Me merezco a alguien que me haga sentir normal y feliz, que es algo muy distinto.

Se hace de nuevo el silencio entre nosotros. Se me parte el corazón porque quiero que diga algo y no lo hace.

Necesito alejarme, así que doy media vuelta y echo a andar por el prado envuelto en el ocaso hacia mi casa. Quiero que me detenga, y me odio por ello; estoy desesperada, y lo aborrezco.

Creo que Griffin es perfectamente capaz de hacerme sentir feliz y normal. A veces lo consigue, pero otras me provoca justo lo contrario, lo que significa que también tiene el poder de destrozarme por completo.