Capítulo 13 #2
—Tú puedes llamarlo como te dé la gana, pero yo no voy a usar un nombre que es un chiste. Se merece algo mejor.
—Le pusiste Mancha a tu caballo, por el amor de Dios. —Se incorpora y extiende los brazos.
—No era mi intención —refunfuño—. Se me quedó grabado.
Pero todo el mundo me ignora en favor de Nadia y Trípode. Al parecer, su nombre también se queda grabado, y me gusta que haya sido ella quien se lo haya puesto.
—Ahí tiene razón —acepta mi padre—. Creo que no nos conocemos. Soy Doug. —Le tiende la mano libre a Nadia y sonríe cuando se la estrecha.
—Nadia.
—Es la hermana pequeña de Stefan —refunfuño, y me agacho para limpiar la mancha de pis.
—¿Tu amigo?
—Sí.
Restriego el suelo con papel de cocina hasta que me convenzo de que está limpio y voy hasta la papelera que hay debajo del fregadero.
—¿Y esto le parece bien? —Me doy la vuelta y veo a mi padre haciendo un gesto para abarcarnos a Nadia y a mí.
—No hay ningún «esto» —suelto para evitar cualquier confusión.
Nadia aprieta los labios para disimular una sonrisa. Mocosa descarada .
—Solo somos amigos. Le he estado dando clases de equitación a Nadia.
Mi padre apenas puede contener una carcajada.
—¿Es así es como lo llamáis los jóvenes hoy en día?
Dios, vale… ¿En qué estaba pensando? Es como si hubiera olvidado por completo lo ridículos que pueden llegar a ser mis padres.
—Douglas —lo regaña mi madre; le da una palmadita juguetona en el pecho y vuelve a su café.
Cuando mis ojos se posan en Nadia, tiene el puño apretado contra los labios y le tiembla el cuerpo de la risa.
—Díselo tú, Nadia.
—¿Decirles qué? —Me mira con esos ojos de cervatillo y sé que estoy jodido si insisto. Nadia es cualquier cosa menos tímida, y estoy convencido de que le da igual revelar lo que ha pasado entre nosotros.
—No sé por qué he llegado a pensar que esto era buena idea —contesto. Intento mirarla con seriedad, pero se echa a reír.
—Yo tampoco, hijo. Yo tampoco. —Mi padre vuelve a reír entre dientes y va hacia el salón—. Ven a sentarte un rato, Nadia. Charlemos.
—Encantada, señor Sinclaire. —Se aparta de la encimera, me da un empujón con la cadera al pasar y sonríe.
Mocosa descarada .
Nadia y yo vamos por el pasillo hacia el ascensor, en silencio .
El café con mis padres ha sido muy agradable.
En cuanto se calmaron un poco y todos tuvimos una taza de café en la mano, la conversación ha fluido con facilidad.
El perro se ha acurrucado en el regazo de mi madre y no ha tardado en ponerse a roncar alegremente.
Y ni siquiera he tartamudeado, lo que ha sido una novedad bienvenida.
Esperaba que llevar a Nadia a casa de mis padres le daría algo de perspectiva, pero no había contado con que encajara tan bien, como si fuera la pieza que faltaba en el puzle.
Mi padre la ha invitado a jugar al golf con él. Mi madre le ha pasado unos enlaces para que compre una cafetera italiana. No esperaba que fuera tan encantadora y divertida, ni que mis padres la acogieran en el seno de nuestra unidad familiar como si fuera una amiga de toda la vida.
Pero Nadia es divertida y encantadora. Su energía es contagiosa. Es como si hiciera felices a todos los que la rodean.
Hasta el perro está enamorado, y todo el mundo, excepto yo, lo llama Trípode. Estoy convencido de que mis padres adoran a Nadia y ya están pensando en los nietos, aunque les haya asegurado cien veces que solo somos amigos.
He usado la palabra «amigos» siempre que he podido, además de recalcar varias veces nuestra diferencia de edad. Y aun así, mi padre me dice al darme un abrazo de despedida: —Se te ve el plumero.
Será imbécil… Le doy un puñetazo juguetón en el estómago.
—Te estás poniendo blando, viejo.
Y mi madre deja de susurrarle algo al oído a Nadia e interviene.
—Para nada…
Ag . Esa es la señal de que debemos irnos cuanto antes. Cojo la correa de Trípode con una mano, a Nadia del bíceps con la otra y los saco a rastras, prometiéndoles a mis padres que volveremos pronto.
Siempre me hace ilusión visitar a mis padres, pero nunca he llevado a ninguna mujer a casa, y he subestimado mucho su capacidad de hacerse los interesantes.
Nos quedamos en silencio ante los ascensores, mirando cómo se iluminan los números de las plantas a medida que va subiendo. Nadia ladea la cabeza y clava la vista en el lugar donde aún le sujeto el bíceps.
La verdad es que no quiero soltarla. Me ha encantado lo bien que ha encajado las pullas. Mis padres iban como locos, y ella lo ha disfrutado.
—Me estás sujetando con bastante fuerza… —Alza la vista hacia mi cara porque sigo intentando no mirarla—. ¿Me he metido en un lío, señor Sinclaire?
—Nadia… —digo en tono de advertencia. Cuando me llama «señor Sinclaire», me hace sentir viejo y espeluznante.
—¿Qué?
Cuando se abren las puertas del ascensor, la llevo a rastras al interior —por suerte, vacío—, deseando poner tierra de por medio entre mis padres y lo que estoy a punto de hacer.
Canturrea divertida mientras las puertas se cierran, muy satisfecha por haberme puesto nervioso.
En cuanto se cierran del todo, levanto la mano en la que llevo la correa y pulso con fuerza el botón rojo de parada de emergencia.
Me doy la vuelta, suelto la correa y empotro a Nadia contra la pared de espejos del ascensor, con una mano en su brazo y la otra en su cintura.
Abre los ojos de par en par, pero no se acobarda. De hecho, parece encantada de la vida.
—¿Qué, Griffin? —se burla.
Yo estoy a punto de romperme la mandíbula por culpa del modo en que rechino los dientes. Esta mujer pone a prueba mi paciencia. Debería alejarme de ella, quitarle las manos de encima. Debería ocultarle esta parte de mí.
Ya la han maltratado bastante en su vida, y lo último que necesita es que yo la trate con rudeza. Y lo haría, a lo bestia, y ella lo disfrutaría, no hay duda; jamás he recibido quejas, al contrario, pero no soy delicado, no hago el amor.
—Dilo. —Posa una mano en la cintura de mis vaqueros y mi cuerpo entero se pone en tensión. Desliza los delicados dedos por debajo de la parte delantera de mi camisa, me pasa una uña por el hueso de la cadera y un dolor sordo nace entre mis riñones.
Si no recupero el control y paro ahora mismo, vamos a follar contra la pared de este ascensor, y no es lo que ella necesita.
Me echo hacia atrás como si acabara de tocar una estufa caliente y me apoyo en la pared de enfrente, intentando poner distancia entre nosotros mientras estamos encerrados en esta puñetera caja de tentaciones. Mi aliento escapa en jadeos rápidos y repletos de frustración.
—Vuelve a llamarnos a mi padre y a mí «señor Sinclaire» con pocos minutos de diferencia y…
—¿Y qué, Griffin? ¿Me vas a dar unos azotes? —Se muerde el carnoso labio inferior—. ¿O vas a besarme otra vez para decirme después que ha sido un error?
Un gruñido sordo retumba en mi pecho. Tengo todo el cuerpo tenso, y mis propósitos de mantenerme alejado de ella se desvanecen con cada segundo que paso mirándola. Aún siento el calor de sus dedos en los abdominales.
Tengo que apartarme de ella. Lo último que me hace falta es echar a perder el pequeño atisbo de felicidad que he conseguido en mi vida por no poder mantenerla dentro de los pantalones cerca de Nadia Dalca.
Vuelvo a pulsar de golpe el botón rojo y reanudamos la marcha.