Capítulo 13
Griffin
Paramos frente al edificio que conozco tan bien. Le he dicho a Nadia que dejara de hacer tantas preguntas, y me ha hecho caso .
—Te he buscado en Google.
Aunque no por eso va a parar de hablar.
—¿Qué?
—Ay, claro. —Me guiña un ojo—. Google es como una biblioteca moderna donde puedes buscar cosas. Ya te lo enseñaré.
Estupendo. Otro chiste de viejos.
Ignoro la pulla y le abro la puerta.
—¿Y qué has encontrado?
—Pues he dado con una encuesta muy esclarecedora —dice; la guío hasta el ascensor mirándole el culo como un pervertido.
Pulso el botón, suelto un gruñido y enarco una ceja para indicarle que le estoy prestando atención—.
He descubierto que estoy de acuerdo con el ochenta y dos por ciento de la gente.
Frunzo el ceño.
—¿En qué?
El ascensor se detiene y salimos al pasillo. Le pongo una mano en la espalda y la dirijo a la puerta correcta. Percibo que experimenta un escalofrío, pero me obligo a ignorarlo.
—En si te quedan mejor los vaqueros o las mallas que llevabas para jugar al fútbol. Había fotos y todo.
Me freno e intento contener la sonrisa.
Esta chica es la monda.
—¿Y qué eligió ese ochenta y dos por ciento?
—Vaqueros. Vaqueros, sin duda —sonríe.
Resoplo y sacudo la cabeza. Le quito la mano de la espalda y llamo a la puerta antes de asestar el golpe.
—¿Lista para conocer a mis padres?
Sonrío ante la expresión de incertidumbre de Nadia. Es idéntica a la que puso cuando me vio correrme en la camiseta con su nombre en los labios, aunque los dos fingimos que eso no ha ocurrido, y me parece genial.
Se pasa las manos por la blusa que lleva puesta.
—¿En serio? —sisea, echándose hacia mí.
Está nerviosa. No como el perro, que sigue contoneándose bajo mi brazo, tirando hacia ella y conformándose con lamer el aire cerca de su cara.
Te entiendo, amigo. No sabes cómo te entiendo, joder.
Incluso así de nerviosa, Nadia es bellísima. Parece joven, sí, pero cuando la miro a los ojos, cuando la miro de verdad, es su alma la que me devuelve la mirada, y encierra una sabiduría y un cansancio impropios de su edad.
Hasta ahora solo me había fijado en el número de años que nos separan, en la cifra, pero ella ha sufrido mucho más que cualquier persona de su edad.
Cuanto más tiempo paso con ella, más me sorprende que no parezca una veinteañera, y eso es peligroso de cojones.
La puerta se abre, y mi madre suelta un gritito de felicidad.
—¡Griffin!
Ya está sonriendo al verme, pero entonces descubre al perro, y entonces juraría que puedo ver corazones de dibujos animados en sus ojos.
Y cuando dirige su atención a Nadia, me doy cuenta de que he cometido un grave error: mi madre ladea la cabeza, su melena oscura se desliza sobre la camisa amarilla que lleva puesta y los corazoncitos de sus ojos se convierten en putas campanas de boda.
—Hola, mamá. —Hago una mueca, intentando tomar el control de la situación lo antes posible.
—Griffy, ¿a quién tenemos aquí? —Parece el puñetero y espeluznante gato de Cheshire cuando mira a Nadia y al perro, como si yo hubiera aparecido con la familia ya montada.
Error, error, error.
—¿Te acuerdas de mi mejor amigo?, ¿de Stefan?
Ella es su hermana, Nadia. Es t… t… técnica veterinaria y ha estado c…
c… cuidando del perro. —Le tiendo el perro de tres patas a mi madre, intentando no demostrar lo nervioso que me he puesto de pronto.
Tropiezo con las palabras como un idiota—.
De mi nuevo perro —preciso. Joder. Eso no aclara nada—. Nadia, esta es mi madre, Joan.
Mi madre coge al perro en brazos, sonriente, y le deja que le lama la barbilla como el pequeño histérico mimoso que es.
—Oh, estupendo. Pasad los dos. —Da media vuelta y se pavonea alegremente por el apartamento; las ventanas dan a un patio que se abre hacia el campo de golf.
Cuando entramos, Nadia me da un empujón con su esbelto hombro.
—Griffy. —Sus ojos están inundados de diversión y yo suelto un gemido Lo único que pretendía demostrarle a Nadia es que mucha gente tiene relaciones sanas y duraderas.
No es tan raro como ella cree, y mis padres son un ejemplo excelente.
Solo trataba de ser amable por una vez. Baja la voz y su aliento me acaricia el cuello cuando se agacha hacia mí—.
Solo nos hemos besado una vez. No me digas que eres tan cumplidor que crees que debes presentarme a tus padres.
No puedo evitar reírme y sacudir la cabeza mientras me quito las botas.
«Cumplidor» . Creo que nunca me han acusado de ser tal cosa.
Me cierno sobre ella, aprovechándome de mi estatura.
No la toco, pero me acerco lo suficiente a su oreja para poder besarla si quisiera.
Me inunda una oleada de deseo porque su olor siempre me recuerda ese beso.
Mi cerebro ha creado un atajo basado únicamente en ese olor: soy como el puñetero perro de Pavlov.
—Vuelve a llamarme Griffy otra vez y te daré unos azotes como la mocosa que eres. —Las palabras escapan de mis labios antes de que pueda detenerlas. Quedan suspendidas entre nosotros, y desearía poder agarrarlas y volver a esconderlas en mi interior.
Nadia no parece tan mortificada como yo. De hecho, sus ojos marrones brillan con calidez.
—Lo tendré en cuenta, señor Sinclaire. —Me guiña un ojo y se adentra en casa de mis padres—. Me encanta tu piso, Joan. Qué vistas más hermosas.
Oigo cómo charlan, pero necesito unos segundos para controlar la hinchazón de mis pantalones. Y para recriminarme por pensar que esto era una buena idea.
Cuando me he recompuesto lo suficiente como para unirme a ellas en la cocina, mi madre ha acaparado a Nadia y le está taladrando a preguntas sobre lo que pasó con el perro mientras prepara el café.
—¿Te ha hablado Griffin del café de cafetera italiana?
Nadia se acoda sobre la isla de la cocina para ver cómo se desarrolla el minucioso proceso, con una enorme sonrisa en el rostro.
—Todavía no.
Cada café va a tardar como diez minutos en hacerse, lo que significa que voy a estar aquí atrapado mirando a Nadia, que está apoyada sobre la encimera como si lo estuviera pidiendo, joder.
No quiero café. Lo que necesito es una ducha fría.
—Griff, no me habías dicho que atropellaste a un perro. —Frunce el ceño, preocupada. Sé lo que está pensando, y me siento como una mierda por haberle dado suficientes razones en el pasado para creerlo.
Sacudo brevemente la cabeza para diluir su preocupación.
—Aparté la vista de la carretera para coger un chicle.
El chicle de canela es mi nuevo whisky, y no estoy seguro de que sea mejor que estar borracho.
—Ah. —Mi madre baja la mirada hacia el perro, que está bebiendo de un pequeño cuenco de cristal que le ha puesto—. Bueno, nunca te ha gustado seguir el camino fácil, así que ¿por qué ir a buscar un perro a un refugio cuando podías hacerlo de esta manera?
Me río. Ha dado en el clavo.
—En cierto modo, Griffin lo salvó. Cuando lo trajo, el perro estaba desnutrido y con el pelaje todo enredado. Debía de llevar un tiempo solo y le hacía falta un poco de cariño.
Nadia le sonríe al perro y no se da cuenta de la mirada interrogativa de mi madre. Sé que la está matando no preguntar por qué he traído a Nadia, pero me conoce lo suficiente como para saber que, si hace demasiadas preguntas, me cerraré en banda.
Me vuelvo hacia Nadia: no es normal ni feliz; es mucho más que eso.
—Es una bonita forma de verlo, Nadia —dice mi madre, arrancándome del curso de mis pensamientos. Pero sigo sin mirarla. No puedo apartar los ojos de la chica reclinada sobre la encimera de la cocina: la curva de su culo, la turgencia de sus pechos sobre la encimera de mármol…
Me estoy comiendo a Nadia con los ojos para no mirar a mi madre.
Soy un desastre, y por eso vivo solo en el bosque: porque nunca es suficiente.
Nunca hay suficientes victorias, hasta que me caigo con todo el equipo; nunca hay suficiente whisky, hasta que me jodo la vida; y la amistad nunca es suficiente, porque cuanto más miro a Nadia, más me convenzo de que al final también decepcionaré a Stefan.
—Sí. Es un perro con suerte. Tuve que atropellarlo para salvarlo. Soy un héroe. —Pongo los ojos en blanco y me paso la mano por el pelo, intentando relajar el ambiente. Quiero que estas dos mujeres dejen de tratarme como si fuera un santo.
En ese momento la puerta principal se abre de golpe.
—Cariño, ese café huele increíble. —No necesito mirar a mi padre para reconocer el sonido de sus palos de golf al llevarlos a rastras para apoyarlos en la pared del pasillo—. Me muero por…
Cuando entra, su enorme cuerpo y su pecho con forma de tonel llenan el pasillo. Deja de hablar cuando el perro corre hacia él, temblando de emoción al ver a otra persona. Se va a llevar un buen susto cuando volvamos a la montaña dentro de un par de meses y estemos los dos solos.
Y entonces, con toda su excitación, el perro orina a los pies de mi padre, salpicando el suelo con un líquido amarillo. Escondo la cara entre las manos y suelto un gemido, pero la bulliciosa risa de mi padre inunda la estancia.
—Joan, ¿por qué ya no te emocionas tanto al verme?
Mi madre se ríe. ¡Se ríe!
—Porque sería yo la que tendría que limpiarlo.
Y oigo la risa de Nadia: es melódica y está salpicada de incredulidad.
Esto es lo que quería que viera: que dos personas pueden ser felices juntas, consideradas la una con la otra; que la confianza y el amor existen, y que ella no está demasiado destrozada como para disfrutar de algo así.
Lo que ocurre es que aún no ha conocido a un hombre que la merezca, uno que esté dispuesto a esforzarse para ganarse esa faceta de ella.
—Hola, amiguito. —Mi padre se agacha y coge al perrito, riéndose entre dientes. Pasa por encima del charco del suelo, como si no fuera para tanto—. ¿Cómo te llamas?
—Trípode —responde Nadia.
Resoplo; la empujo para llegar al papel de cocina y le clavo un dedo entre las costillas con disimulo.
—No voy a llamar Trípode a mi perro.
—Ya le he puesto nombre, es lo que hay. —Se ríe, pero todos los demás permanecen en silencio.