Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

Nadia

Estoy a medio camino cuando me doy cuenta de que no hemos confirmado la clase de equitación de mañana. Estábamos demasiado ocupados riéndonos de lo jodidos que estamos.

De pie en lo alto de la colina que separa los establos de la casa de invitados, sopeso mis opciones. No tengo su teléfono y ya estoy aquí; además, hemos terminado bien y no hay ningún motivo por el que no pueda volver y preguntarle si podemos dar otra clase.

Hasta se lo pediré por favor y todo.

Con un suspiro, me doy la vuelta y regreso por la suave pendiente hacia la casa de madera. Es un lugar precioso, enclavado entre los árboles, con los corrales en la puerta trasera y el camino de grava que lo rodea por completo. Está lleno de encanto.

Me pregunto cómo será la casa de Griffin en la montaña. ¿Es tan acogedora como esta o se trata de una casa de soltero sin apenas decoración? ¿Lleva a mujeres allí? ¿Alguna vez ha vivido con alguien? ¿Acaso tiene pareja?

Esas últimas preguntas me generan ansiedad, pero me tranquilizo, porque, la verdad, no lo veo: está demasiado cohibido por el tartamudeo.

La verdad es que yo ni siquiera me doy cuenta, porque estoy muy ocupada mirando embobada ese culo con los vaqueros, ese tatuaje tan sexy que tiene en el antebrazo, ese pelo y esos ojos tan oscuros, esas miradas cargadas de significado…

Es el material del que están hechos los sueños húmedos, la clase de tío de la que tu madre te dice que debes mantenerte alejada. Por suerte para mí, mi madre ya no está, pero, aunque así fuera, no escucharía a nadie que me dijera que no me acercara a Griffin Sinclaire.

Su carácter no es gran cosa, pero es follable hasta decir basta, y a mí ya me vale, porque no creo estar preparada para dejar los rollos informales. El psicólogo al que visitaba cuando vivía en la ciudad estaba convencido de ello, por mucho que me gustaría que no fuera así.

Cuando llego a la casa, me acerco de puntillas a la puerta trasera porque no quiero molestarlo si ya se ha acostado. Está abierta de par en par, salvo por la mosquitera.

Es una noche cálida, e imagino que en un lugar tan pequeño como este viene bien dejar las puertas abiertas para que haya un poco de corriente.

Levanto el puño, y estoy a punto de dar un golpecito en el fino metal que hay junto a la malla de la mosquitera cuando me freno en seco y me quedo congelada porque desde donde estoy puedo ver el sofá de la sala de estar, donde está sentado Griffin, con los pantalones bajados y empuñando su miembro.

Tiene las rodillas separadas, está descamisado y reclinado sobre los cojines con los ojos cerrados, el pelo revuelto, la cabeza echada hacia atrás y los labios entreabiertos mientras se masturba.

Es un Adonis y su cuerpo está definido hasta la locura: hombros anchos, musculosos y cubiertos de tatuajes que le llegan al pecho. Sus clavículas sobresalen sobre unos pectorales bien marcados, con la cantidad justa de vello para que parezca aún más masculino de lo que ya es.

Se me hace la boca agua —o se me seca, no sé— cuando recorro con la mirada las líneas que rodean sus cincelados abdominales, junto a las caderas, que apuntan directamente hacia el campo de juego.

Me humedezco los labios con avidez. Estoy mirándolo —espiándolo— de un modo muy impropio de una dama, pero cuando se muerde el labio para reprimir un gemido y su nuez se mece bajo la ligera barba incipiente que se extiende por su cuello, de repente no me siento mal por cotillear: ha dejado la puerta abierta y, de todos modos, yo no soy una dama, así que todo bien.

El seco sonido de la palma de su mano contra la sedosa piel de su miembro es tan erótico como el profundo gruñido que emite cuando sus caderas se mueven hacia delante y arquea la espalda por el placer.

Solo pienso en subirme encima de él: podríamos decir que es una clase de equitación y él podría enseñarme todo lo que sabe.

Aprieto los muslos al pensarlo. Si lo hiciera, me mataría. No, espera, borra eso: diría «Nadia» y alargaría la última sílaba de esa forma malhumorada tan suya.

Pero eso no me disuadiría, porque está claro que no tengo límites. Si fuera educada, me iría y no volvería a mencionar esto. Lo olvidaría.

En este momento, lo mejor que puedo hacer es guardar esa imagen de Griffin masturbándose en el sofá para alimentar mis fantasías.

Acepto que me siento cómoda siendo una mirona y me llevo la mano al cuello para cubrir el rubor que me invade en estos momentos.

Quiero grabar esto en mi mente para no olvidarlo jamás.

La perla de humedad en la punta de su miembro es una provocación.

Vuelvo a humedecerme los labios e imagino todo lo que haría si tuviera los ovarios de empujar esta puerta y presentarme ante él.

Tiene una polla espectacular y enorme, y no me importa admitir que quiero que me la meta hasta hacerme daño.

Acelera el ritmo y su pecho sube y baja con más rapidez a medida que se acerca a la liberación. La transpiración brilla en su piel y siento una tensión familiar entre los muslos. Estoy hipnotizada, disfrutando como una voyeur de un hombre que está absolutamente fuera de los límites.

Mi respiración agitada se acompasa a la suya. Su mano libre araña el cojín del sofá hasta dar con la camiseta que ha dejado ahí tirada; se precipita hacia su liberación, y creo que es lo más sensual que haya visto nunca.

Pero estoy equivocada.

—Joder, Nadia —gruñe mi nombre, y es como una corriente eléctrica que me recorre las entrañas.

Se cubre la polla hinchada con la camiseta y se vacía con mi nombre en los labios. Jadeo sin poder reprimirme, y me tapo la boca con la mano como si pudiera disimular ese sonido en la silenciosa cabaña.

Vuelve al cabeza en mi dirección, sobresaltado. Pero en lugar de decir algo, me mira fijamente, furioso. Me fulmina con la mirada.

No sé por qué, pero hace que me flaqueen las rodillas; me hace ruborizarme.

Me hace mojar las bragas.

—Yo… Eeeh… ¿Clase de equitación mañana?

Tiene las mejillas sonrosadas por el esfuerzo y la polla cubierta de semen aún en la mano. ¿Qué puedo decir? Solo con mirar a Griffin me quedo sin neuronas en el mejor de los días.

Y hoy no es el mejor de los días, como me confirma cómo me está mirando ahora mismo.

—Valegraciasadiós —digo a toda prisa.

Y salgo corriendo.

—Baja las piernas. —Griffin me coloca el tobillo en la posición que quiere.

Hemos vuelto a su versión malhumorada, la cara de gruñón y los monosílabos.

Y, desde luego, no hay risas que me calienten las entrañas.

Supongo que eso me pasa por invadir su intimidad. Yo no tenía que haber visto esa escena, y, después de consultarlo con la almohada, me siento culpable por no haberme ido antes.

Así que no hablamos. En lugar de eso, sus manos me indican lo que tengo que hacer. Estoy montando a Mancha, y él critica mi posición una y otra vez, como si yo tuviera alguna idea de cómo hacer esta mierda.

Le chasca la lengua a Mancha y se aparta; la cuerda atada a la brida se extiende entre nosotros y yo dibujo un gran círculo a caballo alrededor de Griffin.

—¿Estás lista? —Está evitando decir la palabra «trote», pero es en eso en lo que estamos trabajando: en trotar. Trotar es más rápido que caminar, y lo que yo quiero es galopar en la playa, así que vamos allá.

Asiento y ciño las piernas alrededor de Mancha.

Es un caballo bien entrenado, así que empieza a trotar al instante.

Intento mantenerme firme, pero me echo un poco hacia atrás y levanto los talones; trato de acomodarme de nuevo en la silla, pero sigo rebotando como una muñeca de trapo.

Echo un vistazo furtivo a Griffin y veo que las comisuras de sus labios se levantan, confirmando que, en efecto, parezco una muñeca de trapo.

—¿Te estás riendo de mí, Sinclaire? —pregunto, intentando mantener las manos quietas. ¿Cómo es posible que montar a caballo sea mucho más difícil de lo que parece?

Frunce los labios, esforzándose por contener la risa.

—Eh, chico. —Levanta la mano y Mancha se frena en seco.

Está claro que solo voy de pasajera.

Griffin se enrolla la cuerda en la mano y se acerca de nuevo a mí, con la expresión tensa por estar obligándose a fruncir el ceño en lugar de reírse. Testarudo…

—Vale, estás demasiado rígida. —Me agarra de las caderas y trato por todos los medios de ignorar lo que me provoca ese contacto, incluso por encima de los vaqueros.

Casi no puedo soportar el roce de sus manos—.

Tensas demasiado esta articulación. —Me hunde los dedos en los huesos—.

Tienes que relajar las caderas para absorber el impacto del movimiento.

Abro los ojos de par en par y enarco las cejas en su dirección.

Frunce el ceño.

—Nadia…

Levanto las manos con gesto inocente.

—Oye, lo has dicho tú, no yo.

Suelta un gruñido, pero ignora el comentario. Testarudo de narices .

Lo peor es que ni eso me impide embebecerme de él: manos fuertes, antebrazos entintados que se mueven bajo el cálido sol del verano y las dos líneas que se forman entre sus cejas cuando me frunce el ceño, pero lo que quiero ver son las arrugas alrededor de sus ojos cuando sonríe.

Eso es con lo que fantaseo: con hombres mayores, corpulentos y protectores.

Sobre todo, con uno llamado Griffin Sinclaire.

Oírlo reír liberó algo en mi interior, y anoche no pude dejar de soñar con que me manoseaba.

Fantasear con el mejor amigo de mi hermano mayor es una idea terrible, pero cuanto más tiempo paso cerca de Griffin, más me pregunto por qué me molesto siquiera en intentar evitarlo. No sé qué tiene de malo.

Nunca me he sentido tan atraída por alguien como por Griffin, y los catorce años que nos separan no me molestan lo más mínimo. De hecho, estoy convencida de que mejoran la fantasía.

Un latido sordo echa raíces en los huesos de mis caderas, justo donde acaba de clavar las puntas de los dedos, y levanto los talones cuando intento apretar los muslos.

Mueve la mano, coge la parte de atrás de mi tobillo y tira hacia abajo con firmeza.

—He dicho «abajo», Nadia. —Su voz es autoritaria y todo su delicioso cuerpo está tenso. Hincha el pecho y parece un globo a punto de explotar.

Me excita que sea tan intenso; eso hace que los momentos relajados sean mucho más gratificantes. Me cosquillea el estómago cuando miro hacia abajo y veo su mano sobre mi cuerpo.

—Si no te conociera mejor, diría que solo quieres que te coloque en posición —murmura.

Me mira a los ojos bajo el ala del sombrero; un tono rosado tiñe sus mejillas bronceadas.

Debería ignorarlo. Debería pasar. Es lo más maduro que puedo hacer, pero la veinteañera que hay en mí asoma la cabeza y una sonrisa se abre paso en mi rostro.

—A lo mejor sí.

Le tiembla la mandíbula y casi puedo oír cómo rechina los dientes.

—Otra vez —rezonga, ignorando por completo mi comentario insinuante.

Y luego vuelvo a montar en círculos, practicando cómo relajar las caderas mientras Griffin brama instrucciones.

Y estoy lo bastante jodida como para que eso me excite.

Al final de la clase estoy agotada, pero no tanto como para no bromear diciéndole que me ha hecho montar tanto que me tiemblan las piernas.

Intenta fruncir el ceño, pero juraría que está reprimiendo una sonrisa.

—He venido a buscar a mi perro.

La puerta se cierra de golpe y levanto la vista desde mi asiento en la recepción de la clínica.

Y tengo que volver a mirar para asegurarme; se me seca la boca y siento un cosquilleo entre las piernas: Griffin Sinclaire está delante de mí, muy arreglado.

Se ha peinado hacia atrás, lleva la barba recortada, una camiseta blanca y vaqueros oscuros.

El tío está para comérselo, y me vuelven a la memoria las imágenes de él masturbándose; las tengo grabadas a fuego en la memoria, y es ahí donde deben estar.

Tampoco es que se haya esforzado demasiado en arreglarse: es la confianza que destila. Parece capaz de hacer que una mujer se corra hasta quedarse ciega, y estoy convencida de que no tiene ni idea de que esa es la imagen que proyecta sin esforzarse.

A lo mejor es porque era un atleta.

—¿Ya has acabado el trabajo?

—Eeeh… —Me doy media vuelta como si estuviera hablando con otra persona, más que nada porque este tío me ha estado evitando durante días. Ni siquiera aparece cuando voy a su casa a cepillar a mi caballo y a curarle la pata hinchada.

Seguro que cree que no me doy cuenta de que me mira por la ventana de la cocina, pero se equivoca. Los hombres son así de tontos.

—¿Yo? —Me señalo el pecho con un dedo.

Se cruza de brazos y suspira, como si yo fuera la persona más exasperante del mundo.

—¿Quién más va a ser, Nadia?

Vale, tiene razón.

—Sí. Sí. Puedo cerrar en… —Miro el reloj—. Cinco minutos.

Griffin me desconcierta, y voy a ciegas con él. Es como si pudiera ver lo que he estado pensando cuando uso la alcachofa de la ducha de un modo que no es para el que se diseñó. Estoy segura de que fue una mujer la que inventó esas alcachofas.

Pero si Griff se da cuenta, no lo demuestra.

—Vale. Voy a buscar a mi perro mientras espero. Mira dijo que podía venir durante el d… d… Ya.

Día. Quería decir «día», pero ha tartamudeado, y eso significa que vuelve a estar incómodo conmigo.

—¿Esperar a qué?

Empuja la puerta que lleva hacia la parte trasera, donde está Trípode.

—Quiero mostrarte algo.

Vuelve con el diminuto e inquieto perrito blanco bajo un brazo, como si fuera un balón de fútbol, y yo me paso los cinco minutos siguientes derritiéndome en silencio, comprobando el reloj una y otra vez e intentando no quedarme embobada mirando lo increíblemente sexy que está Griffin con el perrito que ha rescatado en su regazo, ese que intenta desesperadamente lamerle la cara y que no se deja disuadir ni lo más mínimo por la suave mano que intenta reconducir su excitación.

No sabes cómo te entiendo, amiguito.

—¡Vale! —exclamo, aliviada de salir de esa clínica demasiado silenciosa—. Ya he terminado. ¿Qué quieres enseñarme?

—Tenemos que ir en coche. —Griffin ni siquiera me mira. Está demasiado fascinado con su nueva mascota. Su expresión se ha suavizado y abraza al perro contra su pecho con ademán protector.

Me duelen los ovarios. Juro que me duelen. ¿Este enorme ermitaño gruñón, abrazando a un perro blandito de tres kilos? Es más de lo que una chica amante de los animales como yo puede soportar.

—¿Adónde?

—No te preocupes. —Me mira—. ¿Quieres cambiarte? —Está claro que mi bata rosa no es apropiada para la excursión secreta que ha planeado.

—¿Seguro? ¿Necesito ropa de montar?

—No. —Me sigue por la puerta, todavía mirando a Trípode.

Odio las sorpresas.

—¿Cuánto tiempo nos va a llevar? —pregunto; pulso el código de la alarma y cierro la puerta tras nosotros.

—Nos llevará menos si dejas de hacer tantas preguntas.

Y como no tiene el ala de su sombrero para esconderse, puedo ver la diversión bailando en sus ojos tan clara como el agua.

Griffin Sinclaire acaba de burlarse de mí.