Capítulo 11 #2
—Hola, caballo. —Pasa la cabeza sobre la verja y cierra los ojos cuando lo acaricio. Deslizo los dedos por sus crines y lo rasco entre las orejas. Se acurruca contra mi pecho, y juraría que está dándome las gracias porque sabe que lo hemos salvado.
Quizá aún no sepa montar muy bien a caballo —bueno, no sé y punto—, pero he trabajado con ellos sobre el terreno lo suficiente como para saber que son intuitivos e increíblemente sensibles.
Apoyo la mejilla en su polvorienta testuz. Está claro que ha estado revolcándose en la tierra, y no me importa en absoluto cuando lo abrazo. No me había dado cuenta de lo alto que es, más que un caballo de carreras normal.
—Eres un chico muy dulce —murmuro, abrazándolo. Y él se deja, encantado—. Pronto te sentirás mejor. Mira va a darte más medicinas.
Resopla y yo sonrío: es como si me devolviera el abrazo, y hoy es uno de esos días en los que lo necesito.
Cuando se enciende la luz de fondo de la casa de madera, levanto la cabeza con una sonrisilla.
—Uy, creo que Griffin el gruñón está a punto de darme unos azotes…
La puerta trasera se cierra de golpe y me obligo a no respingar: ese tío me crispa los nervios sin siquiera proponérselo.
—Nadia. —Parece exasperado, y yo me siento extrañamente satisfecha de mí misma por ser la fuente de su frustración. Irritar a alguien no debería ser tan divertido—. ¿Qué haces aquí?
Intento no reírme. No quiero que sepa lo mucho que me divierte esta situación.
—Haciéndole una visita a Caballo.
—¿Caballo?
—Sí.
Me doy la vuelta por fin y lo veo en lo alto de los tres escalones que conducen al amplio porche de la parte trasera de la cabaña, con los brazos en jarras. Esos puñeteros vaqueros parecen hechos para él.
Está enfadado, y el ceño fruncido no hace más que realzar su belleza. Da la impresión de que quiere hacerme cosas muy malas.
Y yo quiero permitírselo.
Se me escapa una risita. Estoy completamente sobria, pero bajo la mirada de Griffin Sinclaire me siento tan mareada como si estuviera borracha.
—Sí. Este chico de aquí. —Señalo con el pulgar a mi espalda, hacia el caballo de carreras de largas patas que sigue acurrucado contra mi espalda.
—¿Le has puesto de nombre «Caballo»?
Me paso una mano por la boca, intentando ocultar la sonrisa.
—Un hombre que ha llamado Mancha a su caballo manchado no tiene derecho a criticarme.
Me fulmina con la mirada. Los segundos se alargan, y me pregunto muy en serio si estará sufriendo un derrame cerebral. Suspiro y me vuelvo hacia el dulce gigante que tengo a mi espalda.
—Aún no he decidido el nombre. Lo único que sé es que necesita un nombre nuevo para empezar de cero.
Griff suspira y levanta la barbilla para mirar al cielo como si le agotara la paciencia.
Ignoro lo claramente frustrado que está.
—¿Puedes dejarme un cepillo?
—Eres muy pesada —resopla; baja a toda velocidad y coge un cubo con cepillos que está bajo las escaleras. Me lo acerca y regresa para sentarse en un escalón.
—Gracias —digo alegremente; le coloco el ronzal al caballo, lo ato a la valla y me pongo a acicalarlo.
Me dejo llevar por la cadencia de los movimientos circulares del cepillado; él estira el cuello y vuelve la cabeza cuando doy con el sitio justo, y yo le dedico una sonrisa a esa carita tan dulce que muestra cómo disfruta de mis atenciones bajo el tranquilo cielo estrellado de Ruby Creek.
Estoy tan absorta acicalándolo que casi no oigo a Griffin cuando habla.
—Para que conste: no vas a pagármelo.
—Lo sé. —No me arriesgo a mirarlo; mantengo la vista clavada en el suave pelaje del caballo.
—Entonces, ¿por qué lo has dicho?
Buena pregunta.
Suspiro tan profundamente que los hombros me llegan hasta las orejas.
—No lo sé. No quería que Stefan sospechara nada.
—¿Que no sospechara qué? —Le dedico una mirada cómplice y retomo mi tarea—. Tienes novio. —En sus labios, la palabra suena fatal—. ¿Por qué iba a sospechar?
—Dios mío. ¿Por qué todo el mundo dice que es mi novio? No lo es.
Griffin apoya despreocupadamente los codos en las rodillas.
—Bueno, tenéis algo. Estaba contigo esa noche…
«Esa noche». Lo dice como si hubiera pasado algo terrible. Pensé que había sido el mejor beso de mi vida, pero eso fue antes de saber la clase de capullo gruñón que es Griffin Sinclaire. Ahora que lo conozco mejor, no voy a volver a pensar que fue muy sexy.
—Esa noche fue la primera vez que besé a Tommy.
Me escabullí por la puerta trasera cuando te fuiste y, al parecer, se marchó con otra chica.
Eso fue todo. Tampoco me importó demasiado: no tenía muchas esperanzas de que lo nuestro fuera a funcionar.
Y eso es lo que pasa con la mayoría de mis «novios».
—Alzo las manos para dibujar unas comillas con los dedos—.
Cuando tienes unos problemas paternos no resueltos como los míos, pensar en algo serio provoca un montón de ansiedad.
—Griffin me mira fijamente y está enfadado, pero no me da la sensación de que lo esté conmigo, así que continúo, llenando el silencio con todo lo que me ha estado rondando por la cabeza durante los últimos años—.
Mi hermano y Mira son las dos primeras personas a las que veo quererse y respetarse de verdad.
Y me gustaría vivir algo parecido, pero no lo estoy buscando.
Es difícil, improbable, y no creo que pueda soportar que me hagan más daño del que ya me han hecho.
—Las palabras siguen fluyendo, como si fuera más seguro decir estas cosas en voz alta al amparo de la oscuridad—.
Supongo que aun así voy a intentarlo porque es lo que se supone que debo hacer ahora, ¿no?
Tengo la educación que quería y el trabajo que quería.
¿Por qué no ir a por el triplete? Y entonces llevo a cenar a un chico una vez.
Un chico que, para que conste, ha sido una gran decepción, y soy el blanco de todas las bromas posibles sobre tener novio.
Todo por un tío que ni siquiera me gusta.
—Lanzo el cepillo al cubo. El ruido metálico hace que Caballo dé un pequeño respingo—.
No soy más que la hermanita tonta que no puede sentar la cabeza y va de flor en flor.
Y lo odio, joder. No quiero ser esa chica.
Solo quiero una vida normal y feliz. Aunque se me da demasiado bien autoboicotearme y me aterroriza intentar conseguir esa vida, pero aun así me obligo a intentarlo.
Y es como… ¿Qué se supone que debo hacer con una persona normal y feliz como Tommy?
La gente normal y feliz no quiere oír hablar de la mierda que he visto ni de la mierda que he soportado.
A la gente normal y feliz le gusta estar rodeada de otra gente normal y feliz.
¿Tengo que fingir el resto de mi vida? Quiero todo esto —hago un gesto en dirección a la casa de mi hermano—, pero no sé si alguna vez podré permitírmelo.
—Estoy jadeando cuando por fin miro a Griff, que sigue sentado en silencio, testigo mudo de mis inseguridades, pero ahora con una expresión distinta en el rostro.
Menos enfadado; más… otra cosa—. Sabes escuchar —digo, enfrentando su mirada.
Nos contemplamos en silencio unos segundos y después…
Griffin se echa a reír—. ¿Estás…? —Lo miro, boquiabierta, y el cálido sonido de su risa inunda el aire nocturno—.
¿Estás riéndote de mí? —Se tapa la cara con las anchas palmas de las manos, con el cuerpo temblando por la intensidad de sus carcajadas—.
¡Griffin Sinclaire! ¡Te he abierto mi corazón y tú te ríes de mí!
Al principio, estoy indignada —¿cómo se atreve?—, pero cuanto más tiempo estoy aquí plantada con cara de asombro, más me contagia su diversión. Griff el gruñón tiene la risa floja.
Y eso me hace reír a mí.
Empieza poco a poco con una risita y, cuando la tensión se diluye, la risita se convierte en carcajadas.
Me tapo la cara con las manos y lloro de risa.
No me había reído así desde… Nunca. La risa seca de Griffin se entrelaza con la mía, y compartimos un momento de frivolidad en la tranquila oscuridad de la noche.
En sintonía, nos vemos invadidos por el mismo sentimiento y nos entregamos a él, como ya hicimos en otra ocasión.
—Dios mío —resoplo; me agacho y me agarro las rodillas—. Pero ¿qué te pasa?
Suelta una última carcajada antes de hablar.
—Supongo que yo tampoco soy una persona normal y feliz.
Encuentro su mirada alegre y chasco la lengua.
—Pues claro que no lo eres.
Se apoya en las escaleras; su aspecto es seductor y delicioso sin necesidad de proponérselo, y la camiseta se ciñe a su cuerpo de un modo que debería ser ilegal y que me obliga a humedecerme los labios.
—Acabas de decirle a un hombre —dice, bajando un poco la barbilla— que apenas habla que sabe escuchar. —Cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás y vuelve a reírse a carcajadas.
Y me encanta ese sonido, que es como un bálsamo. Quiero oírlo de nuevo y, mientras contemplo cómo se le mueve la nuez, me pongo como objetivo ser quien haga reír más a menudo a Griffin Sinclaire.
No tiene por qué saberlo, pero acabo de añadir ese propósito a mi lista.
Me incorporo y me apoyo en la valla.
—Porque es así. Eres un capullo gruñón, pero me escuchas. La mayoría de la gente no lo hace porque está demasiado ocupada con su propia vida y me oyen, pero no asimilan lo que digo. Pero tú no solo oyes: escuchas.
Suspira y su expresión se transforma en una de asombro que se apresura en disimular.
—Buenas noches, florecilla silvestre —dice con suavidad; se levanta y me deja ahí, plantada en la oscuridad.