Capítulo 11
Nadia
Griffin me sigue al interior de la casa de mi hermano , y juraría que puedo sentir su mirada clavada en mí, como si todo mi cuerpo respondiera a él.
¿Me está mirando el culo? Eso espero.
Aprieto los labios e intento reprimir ese pensamiento. No debería fijarme en el amigo de mi hermano, pero cuanto más tiempo paso con él, más difícil es cumplir ese propósito.
No puedo dejar de darle vueltas: me ha regalado un caballo, aunque dice que solo lo ha comprado para rescatarlo.
Entonces, ¿por qué regalármelo?, ¿por qué no quedarse con él?
¿Por qué le parece bien darme clases de equitación y que vaya a su casa cuando lo que quiere es mantenerse alejado de mí?
Soy lo bastante lista como para percatarme de que algo no cuadra, pero no sé qué significa.
—¡Hola! —exclamo; el aroma de la pizza me hace la boca agua.
—Hola, chicos. —Stefan dobla la esquina con su característica sonrisa. Ya no está tan encerrado en sí mismo como antes, así que no sé por qué sigue escondiéndose detrás de esa máscara. O se ha acostumbrado a esa expresión facial o Mira lo ha hecho tan feliz que ya no es un disfraz.
Me gustaría pensar que es eso.
Me alborota el pelo como si aún fuera una niña pequeña, pasa a mi lado y le da una palmada en el hombro a Griffin.
—¿Qué tal, tío? Me alegro de que hayas venido.
Esos dos juntos son adorables. Griffin gruñe y yo suelto una risita cuando entramos en la casa a la que he llamado hogar durante los últimos años.
Es amplia pero acogedora, con vigas de madera oscura y una cocina industrial.
Los grandes ventanales proporcionan una increíble iluminación natural, y la casa combina a la perfección con el agreste paisaje de Ruby Creek, aunque también resulta un poco exagerada.
Intento imaginarme a Griffin viviendo aquí; también intento imaginármelo como futbolista profesional, y la verdad es que no concibo ninguna de las dos cosas.
Los dos hombres charlan sobre no sé qué, y me da igual. Ahora mismo solo puedo pensar en la comida. Pueden apañárselas sin mí.
Entro en la sala de estar, me siento y miro las cajas de pizza que hay sobre la mesa. Podría comérmelas todas: me he pasado todo el día liada con el nuevo caballo y no he probado bocado, así que ahora estoy famélica.
Cojo una porción de la pizza de pepperoni . Sin plato. Sin cubiertos. La doblo por la mitad y le doy un bocado.
—Muy femenina, hermanita —se burla Stefan. Capullo .
—Di lo que quieras —respondo con la boca llena—. Me muero de hambre.
Se ríe y coge unos platos. No pienso usar el mío solo por fastidiar.
—¿Dónde está Mira?
—Está durmiendo con Silas, acurrucados los dos juntos.
Son muy tiernos. —Mi hermano tiene una expresión afectuosa que no solía verle antes de conocer a Mira—.
No tengo valor para despertarla. Ha estado trabajando mucho, entre la clínica, Billie y todo lo demás.
Se excede. —Pone en un plato unas porciones de la pizza favorita de Mira, la vegana suprema, y lo cubre con film transparente.
Apuesto a que le llevará un tentempié a medianoche a la cama o algo así de romántico.
Esa es la clase de hombre en que se ha convertido.
Doy otro mordisco enorme; cuando levanto la vista, Griffin está sentado a mi lado y se tapa la boca con el puño, intentando sofocar la risa, sin éxito.
—Sí, vale, que te den, Sinclaire. Tú eres el que me ha dejado tirada sin comer.
Stefan se apoya en la encimera frente a la isla con su plato de pizza.
—¿Qué ha hecho?
—¿No te ha dicho Mira que Griffin me ha comprado un caballo?
Mi hermano enarca las cejas y Griff carraspea.
Pongo los ojos en blanco. Tampoco es que le haya contado que nos enrollamos en el baño del bar; eso sí que no habría sido buena idea.
—Diría que ahí hay una buena historia. —Stefan le da un mordisco a la pizza y mastica, pensativo, deslizando la mirada de uno a otro.
—A ver, hemos ido a ver a un imbécil a las pistas, y Mira ha querido que Griffin me acompañara porque sabe la clase de tío que es…
—Iba a enviar a un caballo en perfecto estado al matadero y se ha quedado embobado mirando a tu hermana como si fuera un trozo de carne —me interrumpe Griffin. Se pasa una mano por la boca y vuelve a clavar la vista en el plato—. Y yo he intervenido.
—Voy a pagárselo —suelto, y se me calientan las mejillas. No sé por qué tengo la impresión de que nos hemos metido en un lío. Supongo que porque estamos ocultándole cosas a mi hermano, aunque, al menos esta vez, no hemos hecho nada malo.
La intensa mirada de Griffin se detiene un instante en mi cara, pero se vuelve hacia mi hermano y se encoge de hombros. No se molesta en corregirme.
Otro secreto que debemos guardar.
—Bueno, Nadia, parece que tienes mucho trabajo por delante. Enhorabuena por tu nuevo caballo.
Doy otro mordisco a la pizza y sonrío; los dos hombres se ponen a hablar de la cacería que están planeando para el otoño.
Su conversación está llena de risas y chistes privados, y escucho las palabras que utiliza Griffin y con las que cree que tartamudea: no lo hace en compañía de un buen amigo.
Una observación que me calienta el corazón y a la vez hace que se me encoja en el pecho.
Estaba empezando a pensar que podíamos mantener la calma delante de mi hermano, pero me doy cuenta de lo equivocada que estaba cuando se dirige a mí y me sobresalta.
—¿Qué tal tu novio, Nadia?
Me tenso. Puto Tommy.
—No es mi novio.
Stefan se ríe entre dientes.
—Ah, ¿sí? ¿Y se lo has dicho, devorahombres?
Inspiro hondo. Odio que me llame así, tanto si lo dice en broma como si no. ¿He sentado la cabeza con un chico? No. Pero eso cambiará pronto. Ansío la seguridad que me daría algo más serio, algo como lo que ha encontrado mi hermano, aunque no va a ser con Tommy.
Y que tendré que decírselo la próxima vez que hablemos.
En lugar de compartirlo con mi hermano, pongo los ojos en blanco.
—No hablamos mucho…
Stefan suelta una carcajada y me tapo la boca con la mano.
Miro a Griffin, que se ha quedado congelado un instante con la pizza a medio camino de la boca.
—No me refería a eso. —Las risas siguen llegando desde el otro lado de la cocina, y me arden las mejillas—. ¡Stef! Stef, cállate. Me refería a que no hemos estado en contacto.
Levanta una mano en señal de rendición y niega con la cabeza.
—No es asunto mío. Me limito a disfrutar viendo cómo te entra la timidez. Es mono.
—¿Sabes lo que va a ser mono? Tu aspecto después de que te afeite las cejas mientras duermes.
Eso le hace reír aún más. Tal vez mi hermano me lleve trece años, pero eso no impide que caiga en burlas infantiles de vez en cuando. Aunque no debería reírse tanto, porque estoy lo bastante loca como para afeitarle las cejas.
Cojo otro trozo de pizza, evitando mirar a Griffin. No quiero que piense que estoy con Tommy, y eso es malo, porque no debería importarme lo que Griffin piense de mi vida amorosa.
Stefan intenta retomar la conversación anterior sobre la caza.
Comenta algo sobre prácticas de tiro y me pregunta si quiero ir; asiento, aunque no estoy prestando atención: estoy demasiado ocupada analizando esa breve pausa en el movimiento de Griffin, que no se ha reído de los chistes de mi hermano, y cómo ha pasado de conversar a gruñir, asentir y comunicarse con monosílabos.
—Quiero darle las buenas noches a mi caballo. Nunca he tenido un caballo y estoy emocionada. Llévame contigo y volveré a casa andando .
—No.
Estoy tratando de convencer a Griffin para que me lleve a su casa y luego me deje regresar al rancho atravesando el campo.
Hace una noche muy agradable, así que no debería haber ningún problema.
En lugar de eso, me ha acompañado hasta las empinadas escaleras que conducen a mi pequeño apartamento encima de los establos, ha abierto la puerta de un tirón y me ha señalado el interior como si fuera una niña a la que mandan a su cuarto.
—Sí.
—Entra. —Después de un día bastante agradable, Griffin se está comportando como un auténtico gilipollas.
—Oblígame. —Me cruzo de brazos y enarco una ceja en señal de desafío. De ninguna manera va a…
Da una zancada y pone las manos alrededor de mi caja torácica. Me agarra con firmeza pero también con suavidad; huele a montaña, a bosque de pinos y a chicle de canela, y me dan ganas de acercarme y recorrer con la punta de la nariz la curva de su cuello.
Su aroma es embriagador.
Me levanta como si fuera un puto fardo de heno, da un par de largas zancadas y me deja en lo alto de las escaleras.
—Buenas noches. —Vuelve a la camioneta y cierra de golpe la puerta del copiloto. Ya no quiero olerlo. Ahora lo que quiero es darle una patada en las pelotas.
—¡¿Qué crees que soy?! —grito, furiosa, cuando rodea la parte delantera de su camioneta—. ¿Una cría?
Y estoy casi segura de que murmura «Más o menos» antes de subirse a la camioneta y salir por el camino circular hacia la carretera cada vez más oscura.
¿En serio acaba de dejarme aquí y se ha largado? Le levanto el dedo corazón a la parte trasera de su camioneta.
Y sonrío al mirar el prado que lleva a su cabaña en el otro extremo de la propiedad: hace una noche estupenda para pasear.
En menos de diez minutos paso por debajo de la valla blanca que separa el campo de heno de la parte trasera de la parcela en la que se encuentra la casa de invitados.
Intenta decirme otra vez lo que tengo que hacer, gilipollas. A ver qué tal te va.
—Hola, chicos —susurro en la oscuridad de la noche. Dos cabezas se asoman y me miran fijamente. Una es de Mancha; la otra, la de mi caballo.
Su brillante pelaje hace juego con la cálida luz menguante que inunda el valle en estos momentos. Solo pasan unos minutos de las nueve, pero el sol se pone muy rápido en la falda de las Cascades, que rodean los verdes campos con sus cimas afiladas y sus salientes rocosos.
A veces resultan casi opresivas. Doy la espalda a las montañas y me dirijo al corral que hay al fondo para pasar un rato contemplando a mi nueva mascota.