Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 10
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Capítulo 10

Griffin

Salimos en silencio de los establos del Bell Point Park .

La verdad es que llevo tres horas sentado sin decir palabra. He dejado a Nadia y a su nuevo caballo en los establos del Gold Rush Ranch, y he conducido hasta Ruby Creek para recoger el remolque porque, por supuesto, no lo hemos llevado.

Luego he hecho todo el camino de regreso, devanándome los sesos para intentar entender por qué le he comprado un puto caballo a esa chica, y después me he puesto a pensar en cómo nos lo hemos llevado.

Dejando al margen que no soporto la idea de que manden a un caballo al matadero, todo esto no tiene ningún sentido.

Sí, salvé a Mancha del mismo destino —y ojalá pudiera salvar a todos los caballos que se enfrentan a ello—, cuando era tan solo piel y huesos y tenía el pelaje apagado y los ojos muertos, como si supiera que había llegado su fin, pero nada de eso ofrece una explicación racional a por qué le he comprado a Nadia Dalca un caballo de carreras lesionado.

Podría haberme comprado yo otro caballo, pero ella quería uno, y todavía no he superado que dijera de sí misma que estaba hecha polvo.

Cuidar de Mancha me ayudó a recomponerme, y quizá este animal haga lo mismo por ella.

Lo único que sé es que he visto en sus preciosos ojos marrones cómo se le encogía el corazón. Es demasiado inocente; ¿acaso no sabe nada de la peor parte de este negocio?, ¿de la cantidad de caballos que se abandonan cuando dejan de dar dinero?

Hace dos años era una adolescente atrevida y de labios carnosos, y ahora se ha pulido hasta conseguir un bonito brillo falso.

Pero hoy he visto una grieta en sus muros, y he reconocido la emoción infernal que la embargaba; he reconocido esa mirada: es la que me devuelve el espejo de vez en cuando.

Detesto enfrentarme a esa expresión en cualquiera: en un perro, en un amigo…, en la hermana pequeña de ese amigo.

Joder, hasta en ese caballo, que parecía saber que había llegado al final de su camino. Salvarlo era la opción más sencilla porque, además, soy un blando cuando veo a un caballo que necesita que lo rescaten. Ahí está Mancha para demostrarlo.

Ahora estamos en el caos de tráfico de Vancouver para dirigirnos hacia la autopista.

Puedo sentir la mirada de Nadia recorriendo mi rostro con tanta intensidad que bien podría estar pasando un dedo por él.

Sé que tener su propio caballo estaba en su lista porque escuché esa parte de la conversación aquella mañana, y yo tengo los recursos para comprarlo, así que por qué coño no iba a hacerlo.

Es un gesto amable e inocente por completo.

O al menos eso es lo que me digo a mí mismo.

—Gracias. Por hacer lo que has hecho. Por hoy. Por todo. —Se lleva la mano al pecho—. Estoy abrumada.

Era más fácil ignorarla cuando se comportaba como la hermanita malcriada que con esta nueva versión de sí misma.

—No hay de qué. —Me aferro al volante y me obligo a mantener la vista en la carretera; se hace el silencio entre nosotros, y, aunque normalmente me gusta, en esta ocasión es incómodo porque hay mucho que decir y ninguno de los dos da el primer paso.

—¿Cuánto has pagado él? —Tiene la mirada clavada en los dedos que retuerce sobre su regazo.

—Da igual. No quiero que me lo de… de… devuelvas. —Me rasco la barba, dando gracias porque esconde parte del rubor que me sube por el cuello—. Considéralo un regalo. Mi forma de pedir perdón. —Me vuelvo hacia ella, que sigue mirando su regazo. Aprieta los labios y mueve un poco la cabeza.

—De acuerdo.

Suelto una risita suave para diluir la tensión.

—Esperaba que me llevaras la contraria, florecilla silvestre.

Ella alza hacia mí esos ojos marrones enmarcados por sus espesas pestañas oscuras.

—Nadie me ha hecho jamás un regalo más considerado, Griffin.

Me cuesta respirar cuando veo esa sonrisa llorosa pero sincera; ella se vuelve hacia la ventanilla y contempla el tráfico que nos rodea.

¿Nadie?

La palabra resuena en mi cerebro y pienso en todo lo que he recibido en mi vida, en todas las experiencias increíbles que me han proporcionado mis padres: los regalos, las vacaciones, las baratijas cargadas de significado…

. Nunca habría imaginado que comprarle un caballo de carreras cojo estuviera a la altura.

No vuelve a hablar hasta que salimos de la ciudad.

—¿Stefan te ha hablado alguna vez de nuestra familia?

—Sé que murieron en un accidente de avión.

Ella asiente.

—¿Nada más?

Me devano los sesos intentando recordar y me doy cuenta de que no sé más.

—No.

—Mi padre era alcohólico.

Gruño. Yo también. ¿Qué voy a hacer?, ¿juzgarlo?

—Le pegaba a nuestra madre. — Sí, puedo juzgar a ese cabrón—.

Stefan se fue a un internado cuando yo era un bebé y solo volvía en verano.

Así tenía alguien con quien esconderme en el armario cuando ocurría.

—Se me escapa un gemido estrangulado, pero no digo nada porque las palabras fluyen con naturalidad y no quiero interrumpirla.

Apoya la cabeza en la ventanilla y continúa—: Con el tiempo Stefan se fue a la universidad y luego no volvió nunca más.

Fue entonces cuando mi madre empezó a beber.

Estoy segura de que él era su favorito, porque le recordaba una época más feliz de su vida, pero ¿yo?

Yo era el recordatorio del monstruo con el que estaba encerrada en esa puñetera casa.

Por lo que sé, ella tenía grandes planes antes de conocerlo, grandes sueños, y todo se fue por la borda.

Aunque en realidad no lo sé, porque no llegué a conocerla bien.

Estoy horrorizado. Me paso un montón de tiempo compadeciéndome de mí mismo y ahora entiendo que no tengo ningún derecho a lamentarme tanto.

¿Cómo puedo sentirme mal cuando Nadia ha pasado por todo eso?

Continúa con su flujo de consciencia antes de que pueda decir nada.

—Debió de aburrirse de darle palizas cuando estaba desmayada, así que, con el tiempo, yo me convertí en su nuevo objetivo.

La primera vez ocurrió cuando tenía catorce años.

Fue entonces cuando decidí que nunca sería su víctima.

Nunca sería ella. Y empecé a quedarme en las casas de otra gente porque eran preferibles a la mía.

—¿Dónde te alojabas?

—Al principio con mis amigas. Luego con mis novios. —Su voz suena como si estuviera a millones de años de aquí—. Estuve así varios años, así que al final fueron… muchos chicos.

Se me encoge el corazón al pensar en alguien tan joven e impresionable sin rumbo, sin amor.

—¿Tus padres no se preguntaban dónde estabas?

Resopla.

Es una tortura no cogerla de la mano, no tocarla después de cómo se ha abierto en canal para mí. Pero también sé que no tocarla es lo mejor para todos.

Así que, en lugar de eso, lleno el silencio con una confesión propia.

—No siempre he sido t… tartamudo, ¿sabes? —Me atasco un poco con la palabra «tartamudo». Es desconcertante y bastante cruel que precisamente esa palabra tenga tantas tes. Me encantaría darle una patada en los huevos al que se le ocurrió.

Sale de los recuerdos en los que ha estado inmersa durante los últimos minutos y se vuelve hacia mí.

—¿De verdad? —pregunta, y yo asiento—. ¿Y qué pasó?

—Jugaba al fútbol profesional. Fui dos veces campeón de la Super Bowl.

La sensación de Ruby Creek. —La risita que se me escapa está cargada de decepción.

No solo me defraudé a mí mismo, defraudé a todo un pueblo.

Nadia asiente con entusiasmo, con todo el cuerpo girado hacia mí, pendiente de cada palabra—.

Vivía para el fútbol. Me pasaba la vida en la carretera, persiguiendo victorias, de fiesta y follando con todas las chicas que podía.

—La miro de reojo. Traga saliva y sus mejillas se tiñen de rosa—.

Una jugada sencilla salió mal. No me había ceñido la correa a la barbilla, y, cuando salí despedido, caí al suelo con fuerza y el casco salió volando.

—Suelto un gemido al pensar en lo joven y estúpido que era.

—Mierda. —Frunce el ceño.

Es adorable que se muestre tan preocupada por mí.

—Lo único que recuerdo es despertarme en el hospital. Mi cuerpo estaba bien; mi cerebro, no tanto. Tenía una conmoción de cojones. Pasé un par de semanas allí. Creo que les robé varios años de vida a mis padres.

—Debió de ser aterrador para ellos.

Me limito a asentir. No me gusta pensar en lo mal que me he portado con mis padres.

Han estado preocupados por mí desde que era un niño, eso seguro, pero estos últimos años se han llevado la palma: su único hijo, cayendo en un espiral de autodestrucción mientras ellos solo podían asistir al proceso, impotentes.

—Al parecer, algunas lesiones cerebrales dejan como secuela un tartamudeo. A veces dura poco; en otros casos es permanente. —Me encojo de hombros—. Creo que también tiene su parte mental. Y me pasa más con las tes y las pes, y a veces también con las des y las ces.

—¿Qué quieres decir con lo de la parte mental? —Ladea la cabeza, con expresión curiosa.

—No sé… A veces lo pienso demasiado y entonces es peor. El estrés y la tensión lo empeoran. Y unos días son mejores que otros.

—¿Hoy es un buen día? —Su voz es cadenciosa y suave, y no puedo evitar dirigir mi atención a su hermoso rostro, con sus cálidos tonos dorados y esos ojos del color del chocolate derretido.

—¿Por qué? —pregunto con un tono más grave del que pretendo.

Se humedece los labios y una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

—Has utilizado palabras que empiezan por esos dos sonidos en los últimos minutos sin ningún problema.

—Rebobino la conversación en mi mente, intentando averiguar cuándo he pronunciado esas letras.

Estaba tan concentrado en ella y en la carretera que, por una vez, no he estado midiendo las palabras—.

A lo mejor es que te sientes cómodo conmigo.

Amplía la sonrisa y su lenguaje corporal cambia. Cuando nuestras miradas se cruzan, me guiña un ojo con descaro. Lo ha dicho en tono de broma, pero la verdad es que me siento cómodo con ella, aunque no sé por qué.

—Nadia. —Le dirijo una mirada de desaprobación.

—Uf. —Se deja caer en el asiento con un sonoro suspiro—. Eres duro de pelar.

Esbozo una sonrisa torcida.

—Es porque tu nombre empieza por ene. Eso hace que sea mucho más fácil reñirte —explico, aunque no debería decirle esas cosas.

Y me divierte hasta que ella se vuelve hacia mí.

—Me parece que lo que te gusta es pronunciar mi nombre —murmura.

Trago saliva, porque estoy muy jodido en lo que respecta a Nadia Dalca.

Sí, florecilla silvestre. Me gusta pronunciar tu nombre.

—¿Por qué no lo ponemos en el corral pequeño que hay detrás de la cabaña de Griffin?

—pregunta Mira cuando llegamos al aparcamiento delantero, señalando el lugar—.

Este caballo necesita un poco de paz y tranquilidad, no unos establos atestados; descansar, manguerazos de agua fría y relax.

Y entonces podremos averiguar qué hacer con esa pata.

Supongo que habrá que operarlo de lo que me da que es una articulación llena de astillas óseas.

Nadia asiente con los brazos en jarras; se ve fuerte y capacitada, y yo me esfuerzo por no mirar la curva de su culo.

Pero fracaso estrepitosamente.

Los uniformes médicos nunca me han parecido sexys, pero con Nadia la cosa cambia. Tendría que estar ciego para no haberme fijado en sus curvas y sus largas piernas: son brutales.

Se vuelve hacia mí y bajo la vista hasta las punteras rozadas de las botas, sintiéndome culpable a más no poder.

—Así voy a tener que pasarme a menudo por tu casa. ¿Te parece bien?

Di que no, imbécil.

—Sí, claro.

Griffin Sinclaire vuelve a fallar.

—Ha sido un día muy largo. Instaladlo y luego venid a cenar —dice Mira—. No voy a hacer nada especial, ya pediremos algo.

Están las dos parloteando, planificando y organizándolo todo, y no estoy acostumbrado a tratar con la gente, a amoldarme a sus planes o a alterar los míos para que encajen con los suyos.

En las montañas no respondo ante nadie. Hago mis tareas diarias, algo de ejercicio y entreno a los pocos caballos que me envían.

Como solo. Leo solo. Y cuando esa soledad me abruma, voy a visitar a mis padres.

—Bien.

—Quiere decir «Gracias. Me parece estupendo, Mira» —bromea Nadia—. Iremos enseguida.

Mira nos observa, sonriente. Si alguien es capaz de leer la mente, debe de ser ella. Probablemente se ha dado cuenta de que me estaba comiendo con los ojos a la hermana pequeña de su marido.

Nadia y yo volvemos a la camioneta, aunque estoy harto de conducir: lo único que me apetece es relajarme y disfrutar de un poco de paz y tranquilidad. Cuando salimos de la entrada circular del Gold Rush Ranch suelto un hondo suspiro que me estremece los hombros.

Echo de menos mi hogar en las montañas.

Echo de menos estar solo.

Echo de menos mi intimidad.

Y acabo de aceptar que Nadia venga a mi casa a diario, en lugar de apartarla de mi lado, como debería.

También le has comprado un puto caballo, gilipollas.

Suelto un sonoro suspiro y Nadia clava su mirada en mí.

—¿Estás gruñendo? —Sacudo la cabeza y mantengo la vista en la carretera, con el remolque tras nosotros—.

Eso es muy de montañés asilvestrado. He pasado de pensar que no hablabas a darme cuenta de que hablas sobre todo con gruñidos y rezongos.

—Se cruza de brazos y se reclina en el asiento con una sonrisa satisfecha—.

Cualquier mujer pensaría que estás chiflado, pero, por suerte para ti, a mí me gustan las locuras.

— Señor, dame paciencia para sobrevivir a Nadia Dalca—.

Forma parte de tu encanto. A veces la gente solo habla para llenar el silencio o porque les gusta el sonido de su propia voz.

Pero tú te sientes cómodo estando callado.

Es relajante, la verdad. —La fulmino con la mirada.

Es irónico que esté hablando de la gente que llena el silencio de cháchara innecesaria cuando ella no deja de parlotear—.

Mírame todo lo que quieras, Sinclaire. Sé que bajo esa coraza eres un blandengue. Como las tortugas —dice alegremente.

Está disfrutando como una loca y yo no puedo dejar de pensar en todas las guarradas que podríamos hacer para borrar esa sonrisa de su cara bonita.

Suelto un gemido y me golpeo la nuca contra el reposacabezas. Me gustaría decir algo sobre lo lamentable que es eso de compararme con una tortuga, pero no me atrevo a pronunciar esa palabra ahora, cuando está dedicándome toda su atención.

Es la hostia de desconcertante. Teniendo en cuenta la diferencia de edad entre nosotros, solo debería sentir algo fraternal por esta chica, pero lo de «fraternal» está al final de la lista de las emociones que me provoca.

Como tengo un don para joder las cosas cuando van bien, a lo mejor también estoy predestinado a perder al único amigo de verdad que he tenido en años.