Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 9 #3
21%

Capítulo 9 #3

Quiero mostrarme competente, valiente y segura de mí misma, pero lo cierto es que, en el fondo, los tíos así me dan miedo. Los hombres como mi padre, con una ira que hierve a fuego lento apenas oculta bajo la superficie, que saben que sus acciones rara vez tienen consecuencias.

Si dejara que mi mente vagara por ese camino, me daría cuenta de que, de forma subconsciente, los hombres me dan miedo, en general.

Problemas paternos no resueltos.

—Tranquilo, vaquero —ríe el hombre, divertido y sin inmutarse—. Solo quería explicarle a la rubia lo que es la vida. Los caballos de carreras van y vienen, y a mí lo que me importa es el resultado.

Griffin se tensa ante mí. Le palpita una vena del cuello y aprieta los puños.

Normalmente es imperturbable, pero ahora parece a punto de estallar. Sin siquiera pensarlo, alargo una mano temblorosa y la deslizo por la parte baja de su espalda. La tela gris de su camiseta se arruga bajo mis dedos y el cuerpo de Griff se queda inmóvil.

De pronto, un calambre me recorre el brazo y llega hasta el codo. Suelto un grito ahogado, me aparto y muevo la muñeca para aliviar la sensación, pero Griff sigue mirando fijamente al otro hombre, así que engancho dos dedos en una de las trabillas de sus vaqueros y doy un fuerte tirón hacia atrás.

Vuelve la cabeza hacia mí y me mira por encima del hombro. En su expresión ya no hay ni pizca de la alegría de esta mañana, solo furia.

—No hagas ninguna tontería —susurro, implorándole que suavice el tono. Por un lado, que alguien salga en mi defensa es una experiencia nueva. Por otro, ese brillo violento en sus ojos me asusta un poco—. Por favor. —Vuelvo a tirar.

Parpadea a modo respuesta y tomo una nota mental para añadir esa reacción a su amplio catálogo de respuestas no verbales.

—Se lo haremos saber a la doctora Thorne —dice.

Se da la vuelta y me guía entre los establos. Me pone la mano callosa en la nuca y me da un apretón reconfortante, sin moverse de mi espalda para apartarme de la vista del baboso propietario.

No sé si es la adrenalina, que alguien me haya defendido o que ese pobre caballo vaya a ser vendido como carne después de haberle dado sus mejores años a un imbécil, pero ya no puedo reprimir las lágrimas, que se deslizan por mi rostro y me humedecen las mejillas.

Cuando salimos a la luz del día, me alejo a toda prisa de Griffin hacia la camioneta del Gold Rush Ranch que está aparcada al final del callejón: mi vehículo de fuga.

Es como si los pies no pudieran sacarme de ahí lo bastante rápido, pero cuando agarro el tirador, me quedo paralizada.

Apoyo la otra mano en la ventanilla y agacho la cabeza, intentando recuperar la compostura antes de tener que pasar otra hora y media encerrada con Griffin.

El hombre que me besó una vez, y que se suponía que lo había olvidado.

—¿Estás bien?

No me pone ni un dedo encima, pero es como si lo hiciera; aún puedo sentir ese apretón que me dio en el cuello como si lo llevara marcado a fuego en la piel. Cada vez que me toca, todo mi cuerpo se estremece de placer.

Lo odio. Lo odio porque me rechazó y porque es el mejor amigo de una de las pocas personas en el mundo a las que nunca les haría daño.

Lo odio por ser el único hombre que me ha hecho sentir así. Y lo odio aún más por ser el único hombre al que no puedo tener bajo ningún concepto.

Pero, sobre todo, odio no poder salvar a ese caballo.

—No —sollozo a pesar de mis esfuerzos por controlarme.

—Ese tío es un gilipollas —escupe las palabras con ira.

—Ese caballo, Gri… Griffin. —Se me quiebra la voz al pronunciar su nombre—. Ese pobre caballo…

Me estoy desmoronando y ni siquiera puedo explicar por qué. Me abruman la rabia y una tristeza aplastante.

—Joder —masculla, y oigo cómo da media vuelta y se va.

Me da vergüenza mirarlo, así que cierro los ojos e intento recomponerme y controlar mis emociones. La chica que quieres ser no se desmoronaría así .

La chica en la que quiero convertirme debería estar cabreada porque Griffin ha intervenido y se ha puesto como un troglodita con ese desecho humano, pero no estoy cabreada: estoy aliviada.

No sé cuánto tiempo pasa mientras sigo aquí, de pie, inspirando por la nariz y espirando por la boca, y redactando una charla motivadora en mi mente.

Al fin, el golpeteo irregular de unos cascos me arranca de la burbuja de serenidad que he construido en mi cerebro y, cuando me doy la vuelta, veo a Griffin, llevando a su lado al precioso —y dolorido— animal bayo oscuro.

—¿Qué haces? —pregunto; él se acerca y me tiende la cuerda roja que sujeta el ronzal de cuero del castrado.

—Toma. —Apenas puede sostenerme la mirada. Probablemente porque lo he dejado aterrorizado con mi arrebato.

Cojo la cuerda, confusa.

—¿Por qué?

—Porque ahora es tuyo.

—¿Qué? —pregunto, incrédula, y mi mirada va del caballo melancólico al hombre melancólico que acaba de dármelo—. ¿Me has comprado un caballo?

—Está un poco hecho polvo.

Me ha comprado un caballo.

Miro la piel rosada de los belfos del caballo y la emoción me embarga de nuevo; mi cerebro avanza a trompicones, intentando dar sentido a los quince últimos minutos.

—No pasa nada. Yo también —respondo, porque no sé qué más decir, mientras le acaricio el hocico a mi nuevo caballo.