Capítulo 9 #2
Ni siquiera me mira. Está demasiado ocupado contemplando al perro. Ojalá pudiera verle la cara, los ojos, para saber qué le pasa por la cabeza. Este hombre grande y rudo mirando a un cariñoso perrito de tres patas. Son una pareja extraña, eso está claro.
Es el turno de Mira de reír; sacude la cabeza y señala al perro callejero.
—Considéralo tuyo, Griff. Aunque tiene que pasar un par de días más en la clínica antes de que puedas llevártelo.
—Sí —es todo lo que dice antes de darse la vuelta y salir de la clínica.
Como si esperara que lo siguiera.
—Es un poco capullo, ¿eh? —le digo a Mira; pongo los ojos en blanco y espero que se una a mis quejas.
Pero, en lugar de eso, se muestra contemplativa.
—No sé. Para ser sincera, creo que es muy tierno.
Niego con la cabeza y vuelvo a poner los ojos en blanco; salgo de la clínica en pos de ese pavoneo arrogante y de ese culo de infarto coronado por unos hombros anchísimos.
Al parecer, soy la única a la que no le salen chiribitas en los ojos cuando está con Griffin Sinclaire, ante su tranquila y sombría presencia.
—Está cojo. Cojea como si estuviera roto.
Odio al hombre que tengo enfrente al instante por la forma en que fuma un cigarrillo y luego exhala el humo en mi dirección, y por cómo ha hablado del caballo atado junto a nosotros como si fuera una cosa; y eso por no mencionar cómo me recorre el cuerpo con la mirada, con esa sonrisa burlona y humedeciéndose los labios.
Estoy completamente vestida, pero este puto tío me hace sentir como si alguien me hubiera servido en bandeja.
Sí. Lo aborrezco. Conozco a los de su calaña Ya he tratado con alguno.
De repente, saber que Griffin está detrás de mí como un centinela gruñón e inquebrantable no parece tan absurdo. De repente, estoy la hostia de contenta.
¿El trayecto hasta el pueblo fue incómodo y silencioso? Sí. ¿Griffin escucha una música country horrible? Sí, también.
He intentado hablar con él: —No sabía que querías un perro…
—Sí.
—¿Te gustan los perros?
—Bastante.
—¿Habías tenido uno antes?
—No.
—¿Tienes algún nombre en mente?
—No.
—¿Le vas a poner «Milú» porque es blanco?
Gruñido.
Y esa fue la última frase de nuestra conversación durante noventa puñeteros minutos.
Pero en este momento, con este hombre mirándome y tratando a su caballo de carreras como un objeto y no como un ser vivo, debo reconocer que me alivia tener a Griffin aquí.
—Tiene muy hinchado el menudillo trasero. —Me agacho junto a la pata trasera del caballo y le paso la mano por la articulación—. Tranquilo, amigo.
En cuanto mis manos tocan la zona hinchada, noto el calor que irradia. Pobrecillo.
—¿Le ha dado manguerazos de agua fría o le ha aplicado hielo?
Da una calada al cigarro.
—No.
Me levanto, me limpio las manos en el uniforme y vuelvo a la parte delantera del caballo.
—La doctora Thorne me ha pedido que hagamos una videollamada para que pueda ver cómo se mueve. Luego tomaré algunas radiografías y ella hará el seguimiento con usted.
—No voy a gastarme tanto dinero en este caballo. Su carrera está a punto de terminar y ya me ha dado bastante pasta. Supongo que me desharé de él.
—¿Deshacerse de él?
—Lo llevaré a una subasta o al mercado de carne. O lo venderé como adorno de jardín, me da igual.
Se me llenan los ojos de lágrimas de rabia cuando mi mirada recorre el hermoso pelaje marrón del caballo y sus ancas moteadas. Parpadeo rápidamente para mantener la compostura y le paso la palma de la mano por los ollares y el hocico blanco.
Cierra los ojos bajo mi caricia y se me encoge el corazón.
—Podría ser algo muy leve. Deberíamos investigar más antes de tomar una medida tan drástica.
El hombre echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada seca; parece que le falta el aire: con un poco de suerte, el tabaco acabará con él.
Es un pensamiento cruel, pero a veces soy cruel.
Debería avergonzarme por ello, pero, después de toda la mierda que les he visto hacer a gilipollas como este, no es así.
Rechino los dientes e intento mantener la compostura profesional. Hace dos años me habría enfadado con este tipo. Me habría dejado llevar por el mal genio y habría dicho algo que no debía. Ahora solo lo pienso, y si los pensamientos pudieran matar, el tío estaría acabado.
—Ay, pequeña, aún te queda mucho por aprender de este negocio. —Se acerca a mí, su mirada me recorre con avidez y a mí se me pone la carne de gallina. Apoya una mano manchada de nicotina en mi hombro—. Yo podría enseñarte si…
—Si quieres conservar la mano, será mejor que se la quites de encima. —La voz de Griffin atruena a mis espaldas. Ahora mismo su ronquera es diferente, como si se le hubieran oxidado las cuerdas vocales de no usarlas, pero su voz sigue siendo aterciopelada, rica y cálida.
Está mucho más cerca que hace un momento.
El hombre se limita a sonreír. Quita la mano, pero no aparta la mirada de mis tetas.
Oigo las dos zancadas que da Griffin; me rodea el codo con la mano, suavemente, y me refugia tras su ancho cuerpo.
—La vista al frente, gilipollas —sisea.
Me gustaría enfadarme con Griffin por intervenir cuando ha prometido que no iba a hacerlo, que solo iba a quedarse ahí de pie con cara de cabreo, pero ahora, con su cuerpo como una montaña de puro músculo que me protege del hombre del pelo grasiento y la mirada lasciva, suspiro, aliviada.