Aprender a ganar (Gold Rush Ranch 4) Capítulo 9
17%

Capítulo 9

Nadia

El perrito se pone a correr en círculos a mi alrededor en cuanto lo saco de la jaula. Su cola afeitada parece una vaina de judías , y juraría que le tiembla todo el cuerpo. Está loco de contento, y solo porque lo he sacado y me he sentado con él en el suelo de la clínica .

Sonrío hasta que me duelen las mejillas, no puedo evitarlo. Le acaban de amputar una pata, pero se pone como loco porque me he sentado con él y le hablo con voz infantil.

—¿Quién es un buen chico? ¿Eh? —Ladea la cabeza en un gesto cargado de inteligencia—. ¿Quién? —Pone el pecho en el suelo y levanta el culito como si estuviéramos jugando a algo divertidísimo.

Doy una palmada en el suelo delante de él, se levanta de un brinco y da vueltas por la clínica como si se sintiera el caballo de carreras más elegante del rancho sin darse cuenta de que se contonea como un borracho.

Suelto una carcajada que resuena en todo mi pecho.

—¿Se te ha ido la olla, Trípode?

La puerta detrás de mí se abre y la risita de Mira corea la mía.

—Trípode. Me gusta.

—Le queda bien.

Sonreímos, y Mira se agacha para rascarlo detrás de las orejas.

—¿Cómo está Billie? —pregunto, ansiosa.

Mira suspira y deja sus cosas detrás del mostrador.

—Está bien, y los bebés también, pero le han recomendado reposo absoluto, y ya te imaginas lo bien que lo lleva. Y Vaughn está en modo sobreprotector, así que imagino que va a haber un montón de peleas.

Resoplo. Eso es quedarse muy corto. Billie es como un huracán, así que Vaughn va a estar muy ocupado.

—Uf. Pobre Vaughn.

Mi cuñada se agacha a mi lado y Trípode se acerca al instante, aún contoneando todo el cuerpo.

—Me he puesto en contacto con otras clínicas y con el refugio local. Incluso he pegado carteles en la ciudad. Pero nadie ha preguntado por él. Pobrecito.

Siento una punzada en el corazón al pensar en que nadie va a venir por este perrito, que nadie lo quiere ni lo echa de menos. Y, por desgracia, me siento muy identificada.

Ahora tengo a Stefan. Pero no volvió a por mí.

Se largó en cuanto pudo sin volver la vista atrás.

Y entiendo por qué. Dios, en ese momento estaba más celosa que nada.

Yo era un canario en una jaula y él era el halcón que revoloteaba fuera.

Así que, aunque no puedo culparlo por poner distancia entre nuestra casa de la infancia y su bienestar, siempre habrá una pequeña parte de mí que se lamenta por que me haya dejado atrás. Y que hasta está enfadada.

Pero mantengo esa parte de mí bien oculta. No sirve para nada y, desde luego, no encaja en mis planes de llevar una vida feliz y normal, de olvidar el pasado y construir un nuevo y deslumbrante futuro. Una carrera, una verja blanca, dos hijos y medio. Lo quiero todo.

Me doy cuenta de que me he desconectado con la vista clavada en cómo Mira acaricia al cachorro huérfano.

—¿Y ahora qué? —pregunto.

Frunce los labios con gesto sombrío.

—No sé, supongo que habrá que llevarlo a un refugio si no lo adopta nadie. Si no estuviera tan ocupada, me lo quedaría yo.

Miro los saltones ojos castaños del cachorro.

No quiero abandonarlo, y reprimo las lágrimas porque estoy proyectando mis traumas sobre un perrito perfectamente feliz.

Ojalá pudiera quedármelo, pero hay una vocecita en mi cabeza que me dice que aún no estoy preparada para sentar cabeza. Que aún me quedan cosas por hacer.

—¿Qué tal la clase de equitación? —Mira cambia totalmente de tema, y me alegro de interrumpir el flujo de mis pensamientos.

Una lenta sonrisa se dibuja en mi cara.

—Ha sido increíble.

—¿Sí? —Se le iluminan los ojos, emocionada por mí—. ¿Griff se portó bien? Soy consciente de que no es muy hablador.

Me pregunto distraídamente si ella sabe por qué. ¿Lo sabe Stefan? ¿Alguien le ha prestado la suficiente atención como para darse cuenta?

—Se portó genial. —Asiento—. Monté a su caballo, Mancha. No me dejó ni trotar porque es un capullo —Mira se ríe—, pero aun así fue increíble. Hemos quedado esta noche después del trabajo para dar otra clase.

Me acaricia la espalda como una hermana y me sonríe.

—Estoy muy orgullosa de ti, Nadia. —Me pego a ella y disfruto de sus caricias. Sé que la gente piensa que Mira es un poco seca, pero conmigo siempre se ha portado de forma muy cariñosa y protectora, desde la primera vez que nos vimos.

Es el alma gemela de mi hermano, pero creo que también estaba destinada a entrar en mi vida.

—¿Vas a presentar la solicitud?

—¿Para qué? —¿Estoy siendo obtusa a propósito? Sí. Y por la forma en que pone los ojos en blanco, se ha dado cuenta.

—Para la facultad de Veterinaria, tonta.

Río entre dientes.

—Tengo abierta la ventana en el portátil y me he pasado un montón tiempo mirándola. ¿Eso cuenta?

Me da un codazo.

—Rellénala.

—Yo… yo no quiero dejarte en la estacada. Acabo de volver a trabajar después de marcharme a estudiar.

—Oye. Mírame. —Obedezco y clava en mí su mirada más fiera—. Nunca te disculpes por perseguir tus metas, y no permitas que nadie se interponga en tu camino. Si lo hacen, no te quieren como te mereces. Y yo te quiero. Rellena la solicitud. Tienes que intentarlo.

Vuelvo a sentir esa punzada en el pecho, pero por un motivo muy distinto. Soy muy afortunada de tenerla, a ella y a Stefan. Tal vez no haya sabido lo que era el amor incondicional antes de cumplir los dieciocho y largarme de Rumanía, pero más vale tarde que nunca.

La puerta se abre de nuevo, interrumpiendo nuestro momento fraternal, y vuelvo la cabeza hacia el sonido.

Mira se levanta al instante, pero yo me he quedado clavada en el suelo, a los pies de Griffin Sinclaire. Demasiado atontada como para moverme.

Sigo diciéndome que aquel beso de hace dos años solo fue eso: un beso. He besado a un montón de chicos. A un montón de chicos guapos. Pero ninguno se ha quedado grabado en mi mente como Griffin.

Y mientras sigo aquí arrodillada, contemplando su mirada inexpresiva y la absoluta falta de calidez en su rostro, me odio a mí misma por seguir deseándolo. Es como una garrapata que, nada más rozar un arbusto, se queda enganchada. Y ahora lo tengo clavado en la carne y me está envenenando.

La buena noticia es que en este trabajo he arrancado muchas garrapatas de animales, así que voy a hacer justo eso: coger unas pinzas imaginarias y arrancarlo de mí como si fuera uno de esos dichosos insectos.

Mi nuevo y deslumbrante futuro no incluye la enfermedad de Lyme, muchas gracias.

—Hola. —Le doy una palmadita a Trípode antes de levantarme. No voy a quedarme arrodillada delante de él cuando ni siquiera es capaz de dedicarme una sonrisa. Por encima de mi cadáver—. ¿Qué hay?

Se cruza de brazos y me mira con el ceño fruncido, como si no estuviera impresionado. No sé qué hace falta para impresionar a Griffin Sinclaire, pero, teniendo en cuenta que se comporta como si fuera una estatua, supongo que no soy capaz de hacerlo.

—Vengo a ver cómo está el perro.

—Eres un encanto, Griffin —dice Mira con suavidad; rodea el escritorio para sentarse en el ordenador—.

Como puedes ver, está bien. Los perros soportan muy bien las amputaciones.

—Observa la pantalla y hace clic con el ratón; debe de estar abriendo la agenda de hoy—.

No he podido encontrar a su dueño, así que, en cuanto se recupere, iniciaré los trámites para llevarlo a una protectora.

—Griffin se echa hacia atrás y frunce el ceño más de lo habitual, pero Mira no se da cuenta y continúa despreocupadamente—: En realidad, tengo que pediros un favor.

Enarco una ceja: no me gusta cómo ha sonado eso.

«Pediros», en plural, a Griffin y a mí. Y ya bastante miedo me da la clase de equitación que llevaba esperando desde ayer, porque parecía que él y yo habíamos avanzado, hasta que ha entrado aquí y me ha mirado con el ceño fruncido como si fuera una cría molesta.

—No hay problema. ¿Qué puedo hacer por ti? —pregunta Griffin con un gruñido.

Será grosero…

—Tengo el doble de trabajo porque no me ha quedado más remedio que reprogramarlo después de lo de ayer.

En realidad… —dice, preocupada, mordiéndose el labio—, estoy más que ocupada.

Tengo una consulta en el hipódromo sobre una cojera, pero todo lo demás es aquí.

Nadia, ¿estarías dispuesta a ir a echar un vistazo?

Puedes llamarme por videoconferencia para que vea qué pasa.

Me encojo de hombros.

—Claro. Pero puedo hacerlo sola.

Le dedica a Griffin una mirada suplicante, con los ojos muy abiertos, y casi me echo a reír. Sabe muy bien cómo poner ojos de cervatillo para salirse con la suya.

—Griffin, el dueño del caballo del hipódromo es…, bueno, no quiero que Nadia vaya sola. ¿Puedes acompañarla? Te compensaré con una cena en nuestra casa esta noche.

—Hola. —Muevo un brazo entre ellos—. Estoy aquí. Y no necesito que este montañés gruñón me acompañe.

Griffin resopla, pero Mira me contempla con expresión suplicante.

—Nadia, este tipo no es de los buenos de este negocio. Ni siquiera a mí me gusta ir sola, pero al menos tengo más años y más experiencia para bregar con él.

Me vuelvo hacia Griffin: en su mirada baila una diversión que no se refleja en ninguna otra parte de su cuerpo. Si no fuera por los ojos, este tío sería una puta estatua.

—Vale, pero puedes quedarte ahí de brazos cruzados, como ahora. No necesito que me lleves de la mano.

El ala de su sombrero baja y su rostro desaparece tras ella.

—Ni lo sueñes. —El cuerpo de Mira se relaja notablemente ahora que hemos accedido a su petición—. Pero no quiero una cena. —Se queda mirando al perrito blanco que está sentado en el suelo y mueve el rabo como si entendiera nuestro idioma—. Quiero al perro.

Mira ladea la cabeza y una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

—¿Quieres decir que te gustaría adoptar a Trípode?

—Qué nombre más tonto —dice, pero asiente, decidido, para indicar que, efectivamente, le gustaría adoptar al perro.

Me vuelvo en su dirección.

—Has llamado Mancha a tu caballo manchado. No eres nadie para hablar de nombres tontos.

—Es mi perro y yo le pondré nombre.